por Alberto López Girondo | Abr 7, 2015 | Sin categoría
En setiembre pasado, el papa Francisco visitó el cementerio de Fogliano Redipuglia, cerca de la frontera con Eslovenia, donde descansan los restos de miles de caídos en el frente nordeste de Italia durante la Primera Guerra Mundial. Fue su modo de recordar el centenario de una disputa que dejó unos 20 millones de muertos, pero que no sería la última gran batalla por el control del mundo. Desde ese lugar, el pontífice argentino advirtió que hoy puede hablarse de «una Tercera Guerra Mundial». Una simple observación del mapa de puntos críticos que pueden envolver al mundo en una nueva y fatal conflagración le da la razón a Jorge Bergoglio, con el agregado de que en algunos lugares calientes del planeta, incluso, la amenaza es nuclear.
En los últimos meses el riesgo de una gran contienda similar a las dos que vivió el siglo XX se extiende peligrosamente en algunas regiones críticas del globo. Pero a diferencia de la Primera y la Segunda Guerra, cuando era posible determinar los bandos enemigos, hoy todo resulta más difuso. Porque por un lado aparece el extremismo identificado como Estado Islámico (EI), que controla amplias regiones en Irak y Siria y sumó a otro grupo terrorista, Boko Haram, de Nigeria. Conocido en algunos distritos como ISIS, por las siglas en inglés para Estado Islámico de Irak y el Levante, o DAESH, por su acrónimo árabe, aboga por la construcción de un califato de tipo medieval en zonas de población árabe, regido por una interpretación radical del Corán, y cobró notoriedad en todo el mundo tras la difusión de una serie de videos en los que sus milicianos muestran atrocidades pocas veces vistas, desde degüellos hasta quema de personas, en una expresión de tétrico marketing del horror. Son también designados genéricamente como yihadistas, porque defienden el concepto de «guerra santa» para imponer la sharía (ley islámica), pero como no son un estado constituido, están al margen de la ONU y la única sanción posible sería la aniquilación a manos de fuerzas coordinadas bajo su amparo. Algo que Estados Unidos viene pretendiendo imponer desde que tras el retiro de sus tropas en Irak se fue conformando este descalabro generalizado en la región.
El otro punto de gravedad superlativa es Ucrania, que desde el derrocamiento de Viktor Yanukovich en febrero de 2014 potenció viejas rencillas nacionales y provocó en primer lugar la reincorporación de la región de Crimea a la Federación Rusa un mes más tarde y luego una guerra civil en el este ucraniano, donde la población es mayoritariamente prorrusa. El oeste del país se alinea con la Unión Europea, aunque sus espadas en el terreno son militantes ultraderechistas que apelan a métodos violentos aprendidos del fascismo. Tampoco ellos tienen demasiado apego a las normas de convivencia internacionales.
Dada la relativa cercanía de ambos escenarios y teniendo en cuenta que tanto en Crimea como en la ciudad de Tartus, Siria, hay bases militares rusas, es dable entender que Rusia –y especialmente su presidente, Vladimir Putin– sea en realidad el verdadero enemigo para los estrategas del Pentágono.
La parábola de Obama
Con la llegada de un hombre negro al poder en Estados Unidos en 2009, una nueva señal pareció alumbrar desde Washington, luego de las controvertidas invasiones a Irak y Afganistán que había iniciado George W. Bush. En esta certeza, Obama fue ungido con el premio Nobel de la Paz a fines de ese mismo año.
Poco antes había lanzado desde El Cairo un discurso que parecía alentador. «He venido aquí a buscar un nuevo comienzo para Estados Unidos y los musulmanes en todo el mundo, que se base en intereses mutuos y el respeto mutuo…», dijo el presidente demócrata ante un auditorio que lo contemplaba complacido en el aula magna de la Universidad Islámica de Al-Azhar.
A tal punto llegaba el sesgo pacifista que en julio de 2009 Obama viajó a Moscú para decirles a los mandatarios rusos –Dmitri Medvedev, presidente, y Putin, primer ministro– que «ningún país puede afrontar los desafíos del siglo XXI por su cuenta, ni imponer sus condiciones al mundo. Es por eso que Estados Unidos busca un sistema internacional que permita a las naciones perseguir sus intereses en paz, sobre todo cuando esos intereses sean divergentes; un sistema donde se respeten los derechos universales de los seres humanos, y se rechacen violaciones a esos derechos; un sistema en el que tengamos con nosotros los mismos estándares que aplicamos a otras naciones, con derechos y responsabilidades claras para todos».
Parecía un giro de 180 grados con respecto a la política beligerante que predominaba en ese país. En mayo de 2010 Obama presentó su primera Estrategia de Defensa Nacional. La Ley de Reorganización del Departamento de Defensa de Goldwater-Nichols, de 1986, obliga a que cada presidente eleve un informe anual al Congreso sobre el rol militar que su gestión le asigna a Estados Unidos en el mundo. Obama siguió la misma línea que había abierto en El Cairo y Moscú un año antes. Mencionaba allí ese esperanzado discurso en la capital rusa y agregaba su compromiso con «nuestros amigos y aliados en Europa, Asia, América y Oriente (…) incluyendo a China, India y Rusia, así como naciones cada vez más influyentes como Brasil, Sudáfrica e Indonesia».
Eran los tiempos en que el retiro de tropas de Irak y Afganistán tenía fecha firme y la Casa Blanca necesitaba acuerdos con el resto de las potencias para garantizar la paz. También eran los tiempos en que Estados Unidos padecía una crisis económica y financiera que asfixiaba sus recursos, como reconocía en aquel documento que ahora parece histórico. A sus aliados de la OTAN no les iba mejor, y además era notorio el crecimiento de las potencias emergentes que terminarían uniéndose en el BRICS, y de otros países latinoamericanos que poco a poco iban alcanzando mayores grados de libertad respecto de Washington.
Lo que parece un análisis económico geopolítico es el punto de partida para el segundo informe de Estrategia de Defensa Nacional, que Obama presentó en febrero pasado. Allí hay un profundo cambio en la concepción geopolítica. Ya la administración demócrata no habla de crisis y economía de esfuerzos sino más bien informa que crecieron el empleo y el PBI y China sigue siendo amigo de Estados Unidos, pero ahora Rusia es una amenaza, lo mismo que los grupos fundamentalistas que crecieron bajo el amparo de sus propias políticas en relación con el mundo islámico. «El extremismo violento y una amenaza terrorista en evolución plantean un riesgo persistente de ataques contra Estados Unidos y nuestros aliados. La escalada de desafíos a la seguridad cibernética, la agresión por parte de Rusia, los impactos de aceleración del cambio climático y el brote de enfermedades infecciosas dan lugar a preocupaciones acerca de la seguridad global».
Pero el cambio más dramático está expuesto en la siguiente frase: «Cualquier estrategia exitosa para garantizar la seguridad del pueblo estadounidense y avanzar en nuestros intereses de seguridad nacional debe comenzar con una verdad innegable, Estados Unidos debe liderar. Un liderazgo estadounidense fuerte y sostenido es esencial para un orden internacional basado en normas que promuevan la seguridad global y la prosperidad, así como la dignidad y los derechos humanos de todos los pueblos. La pregunta no es si Estados Unidos debe liderar o no, sino cómo debe hacerlo».
Luego detalla las ventajas de acciones conjuntas y señala cómo su gobierno lidera con más de 60 socios «una campaña mundial para degradar y en última instancia derrotar a Estado Islámico en Irak y Siria» y cómo «hombro con hombro con nuestros aliados europeos, estamos haciendo cumplir duras sanciones a Rusia para imponer costos e impedir futuras agresiones».
¿Qué pasó entre un informe y otro? ¿Cómo fue que el Premio Nobel de la Paz se involucró en una escalada que potenció a grupos extremistas sin mucho apego por las formas y los valores que Estados Unidos dice sustentar? ¿Cómo fue que Rusia de pronto se convirtió en un enemigo de fuste, reviviendo los peores momentos de la Guerra Fría?
Luego de aquel discurso de El Cairo, comenzaron en el norte de África levantamientos populares, fomentados desde redes sociales, que se conocieron como la Primavera Árabe. Los gobiernos autocráticos de Túnez, Egipto y Yemen alineados con Occidente tuvieron que irse ante las protestas masivas y luego de brutales represiones. También debieron enfrentar este tipo de cuestionamientos mandatarios para nada proestadounidenses, como los de Libia y Siria.
Pero el tablero internacional no daba para revoluciones democráticas, y prontamente tomaron el poder otros «amigos». La caída de Muammar Khadafi en Libia llevó el caos al país, que se desmembró en bandos tribales, algunos de ellos vinculados con extremistas islámicos.
El caso sirio es más complicado y revela hasta qué punto algunas acciones políticas solapadas despiertan resultados demenciales. Porque el presidente Bashar al Assad es heredero de una dinastía que gobierna a nombre del partido Baas, socialista moderado y laico en una región subyugada por el fundamentalismo religioso. Para derrotarlo, la coalición de la que hace gala Obama en su documento al Congreso no dudó en apoyar a los grupos yihadistas más fanatizados. Cuesta creer que esos milicianos se hayan desbordado en pos de un califato sin que quienes los financiaron –entre los cuales está en primer lugar Arabia Saudita– lo hayan podido prever. Ya había pasado en Afganistán a fines de los 80, cuando para combatir la intervención soviética, desde la CIA entrenaron a los talibán, que luego demostraron ser un grupo fundamentalista y retrógrado. Allí nacería, según el discurso oficial, el grupo Al Qaeda, que ahora dejó su lugar protagónico a EI.
En muy poco tiempo, EI tomó parte del territorio de Irak y Siria. La intentona de Obama de sostener una coalición internacional contra el gobierno sirio, como antes lo había hecho contra Khadafi, tropezó con la negativa de Putin, de nuevo presidente, en setiembre de 2013. La base de Tartus y la tradicional alianza con Al Assad eran un sólido motivo, pero también la necesidad de poner freno a Estados Unidos luego del affaire libio. Obama, entonces, se fue «con la cola entre las patas» pero no es casual que al poco tiempo el grupo yihadista se extendiera como una mancha de aceite.
Las fronteras de Irak, creadas artificialmente por los británicos tras la desaparición del Imperio Otomano en 1922, incluyen población chiíta, sunnita y kurda. Las dos primeras son interpretaciones divergentes y enfrentadas del Islam, los últimos, una nación en busca de un Estado propio. Los kurdos, reprimidos en Irak, Siria y Turquía por décadas, ayudaron a las tropas estadounidenses a derrocar a Hussein y lograron un estatus autonómico con la nueva Constitución. Pero el débil acuerdo entre sunnitas, chiítas y kurdos en Irak se fue quebrando por la propia inoperancia de los amañados ganadores de las elecciones preparadas por los invasores.
El primer ministro chiíta, Nuri al Maliki, tuvo que dejar el poder casi expulsado por Obama ya que se había transformado en un factor irritativo para la mayoría sunnita, lo que fue alimentando el crecimiento de los yihadistas. Si a esto se suma que los territorios ganados por EI o disputados con kurdos y tropas siras son ricos en petróleo que los grupos extremistas no dudan en vender –a comerciantes que tampoco dudan en comprar– se puede tener un panorama de lo que está en juego en la región. También así se entiende la necesidad de Washington de acordar con Irán para que el régimen chiíta persa colabore en la estabilidad regional, a pesar de la fuerte oposición del gobierno israelí, que mantiene a Teherán como amenaza a su existencia. Hace unos días, el secretario de Estado, John Kerry, tuvo la osadía de reconocer que cualquier solución en Siria, luego de cuatro años de una guerra civil sin haber podido expulsar a Al Assad, pasaba por negociar con el líder. Recibió quejas desde Gran Bretaña y Francia, pero también desde su propio gobierno, que se apuró a desmentir al funcionario demócrata.
Nigeria, el país más poblado de África y sexto exportador mundial de petróleo, también sufre los embates de un grupo yihadista, Boko Haram (que algunos traducen como «la educación occidental es un pecado»), que saltó a la fama cuando en abril de 2014 secuestró a más de 200 chicas de una escuela de Jibik. Con un esquema mediático igualmente tenebroso, hace semanas anunció que había decidido someterse a los dictados del califa Abu Bakr al-Baghdadi, de EI, quien prontamente aceptó la promesa de lealtad de los nuevos vasallos.
La oferta de asociación de Ucrania con la Unión Europea (UE) que recibió el presidente Yanukovich en noviembre de 2013, alentó a los sectores proeuropeos de ese país, en muchos casos herederos de una tradición que se puede rastrear hasta la invasión nazi, cuando se aliaron al enemigo de la Unión Soviética. La caída de la URSS y el resurgimiento como nación autónoma de Ucrania no había hecho sino potenciar esa división entre el occidente y el oriente ucraniano, ligado por lazos étnicos y culturales con la Federación Rusa.
También hay que tener en cuenta que en Crimea está la base naval más importante de Rusia y que allí, a mediados del siglo XIX, se consolidó el nacionalismo ruso en la guerra contra las potencias imperiales francesa y británica. La península había sido incorporada administrativamente a Ucrania por el líder soviético Nikita Kruschov en 1954 pero la base de Sebastopol quedó luego en alquiler dentro de una región «rusificada». El rechazo de Yanukovich a la ue despertó protestas masivas en Kiev en febrero de 2014. Con la plaza Maidan tomada por opositores, y tras la muerte de al menos 70 manifestantes, el presidente renunció y el poder quedó en manos de prooccidentales. Unos días más tarde los pobladores de Crimea votaron reincorporarse a Rusia, que inmediatamente aceptó la vuelta del estratégico territorio desde donde se controla el acceso al Mediterráneo por el Mar Negro. Tras las quejas diplomáticas de rigor, la comunidad internacional consintió la nueva situación. Un poco porque reconoció lo que implicaba para los rusos, y otro poco porque en el ajedrez, a veces se deben cambiar alfiles. Y ya tenían a uno de los propios en Kiev. El problema es que las regiones de Donestk y Lugansk, en el este, también votaron por volver a la Federación Rusa. Cierto es que dependen incluso comercialmente de las relaciones con Moscú, pero no es un dato menor que temen una limpieza étnica de parte de las bandas fascistas que pululan en Kiev. Desde entonces, una guerra civil larvada se desarrolla en esa parte del país. Paralelamente, EE.UU. y la UE impusieron sanciones a Rusia por lo que consideran una actitud agresiva al dar apoyo a los «rebeldes» del este.
Un acuerdo de última hora en febrero pasado entre Putin y los mandatarios de Francia y Alemania con el actual presidente ucraniano, el empresario Petro Poroshenko, logró una débil tregua que frenó el deseo de Obama de atacar en lo que sin dudas sería el estallido de la Tercera Guerra Mundial, a las puertas de Moscú. Para Estados Unidos esa sería una nueva guerra fuera de su propio territorio y una enorme posibilidad de negocios para su industria bélica. Para Europa sería una batalla devastadora en sus narices. Ya bastante tienen con los más de 20.000 millones de euros que llevan perdidos por las sanciones económicas.
Peligro atómico
El presidente Barack Obama apura un acuerdo de los 5+1 (los países con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania) por el plan nuclear de Irán. Cada una de esas naciones –Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia– es una potencia nuclear y lo que se busca es la firma de un documento que permita un control internacional sobre el desarrollo atómico del país persa. ¿Quién se opone a este arreglo? Israel y sus aliados internos en el Congreso estadounidense, la mayoría republicana. Para el gobierno de Benjamin Netanyahu, Irán es una amenaza a la seguridad de Israel. Y un Irán con potencial atómico, un peligro letal que se debe exterminar. Pero los 5+1 quieren acordar controles. El riesgo nuclear es real y concreto y mucho más si no hay certidumbre y verificación externa, lo que despierta paranoias que ponen en riesgo de extinción a la humanidad en su conjunto. Sucede que Israel tiene artefactos atómicos, pero como oficialmente nunca los declaró, tampoco se someten a control. Según un informe de la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS por sus siglas en inglés), Israel es potencia atómica desde 1967 y hoy tiene 80 cabezas nucleares listas para disparar. Poco en comparación con Estados Unidos (4.764) y Rusia (4.300), pero es el único país de Oriente Medio con ese tipo de armamento, con el telón de fondo del nunca resuelto conflicto en Palestina.
Otros focos de tensión bélica en el mundo coinciden con potencial nuclear de alguna o las dos naciones en conflicto. Es el caso de la India y Pakistán, que mantienen un enfrentamiento por Cachemira. India tiene 120 cabezas nucleares, Pakistán 110.
China tiene una vieja rencilla con Japón por las islas Senkaku. Oficialmente los japoneses, que padecieron los dos únicos ataques con bombas atómicas contra un territorio poblado en la historia de la humanidad, no cuentan con ese tipo de artefactos mortíferos, aunque son aliados férreos de Estados Unidos. China tiene según la FAS 230 ojivas. Beijing reivindica el control de la isla de Taiwán, donde en 1949 se refugió el gobierno derechista de Chan Kai Shek y también recibe el apoyo estadounidense para mantener su independencia. Los chinos, finalmente, rivalizan y mantienen rencillas fronterizas con la India, pero en este caso como ambos integran el grupo BRICS, podría sostenerse que conservarán sus diferencias en sordina. Corea del Norte, por su parte, sigue estando en las pesadillas de los estrategas del Pentágono desde 2012, con sus 10 cabezas nucleares que según su gobierno, podrían alcanzar objetivos hasta en Washington.
Caos y petróleo
Desde que Muammar Khadafi fue asesinado en octubre de 2011 tras 42 años en el poder, Libia se fue sumiendo en el caos. El líder libio fue enemigo declarado de Estados Unidos durante toda su vida y un fuerte apoyo para movimientos de liberación de todo el mundo. En los últimos años había tenido acercamientos con gobiernos derechistas de Europa, como con el italiano Silvio Berlusconi y el francés Nicolas Sarkozy. Eso no impidió que el mandatario galo fuera uno de los más encendidos gestores de la alianza que lo derrocó, que, aparte de los países de la OTAN, incluyó a muchos enemigos internos de Khadafi.
Hoy, en Libia, hay dos gobiernos. Estados Unidos, Francia, Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes reconocen al que tiene sede en la ciudad de Tobruk, en el este; Gran Bretaña, Turquía y Qatar apoyan al gobierno islamista moderado de Trípoli. En el caso de Londres, eso le garantiza petróleo sin cortapisas. Pero en el medio de todo esto también está el avance de EI, que en este clima es casi un elemento de racionalidad, valga la paradoja. La ue, también aquí, busca intervenir. Hay mucho combustible en disputa para dejarlo en manos yihadistas.
En Yemen, luego de la renuncia en 2011 de Alí Abdalá Saleh, quedó en el poder Abdo Rabu Mansur Hadi. Con la promesa de escuchar las históricas reivindicaciones de cada uno de los sectores, mantuvo el orden durante algunos meses. Pero un grupo rebelde chiíta, los hutíes, aceleró el paso para que se cumpliera la palabra empeñada. Hoy día controlan la capital y gran parte del país y el mandatario pidió ayuda a la ONU. En Yemen, EI usa su táctica de atentados terroristas como amenaza contra los hutíes. En Túnez también se hacen fuertes los yihadistas, como para mostrar su intención de construir un califato donde hace un siglo reinaban los turcos.
Revista Acción
Marzo 30 de 2015
por Alberto López Girondo | Feb 21, 2015 | Sin categoría
En un contexto regional altamente complejo, no viene mal una mirada geopolítica de lo que ocurre en el sur del continente, desde Venezuela, pasando por Brasil y Argentina. «Estamos viviendo un cambio de época», dice Miguel Ángel Barrios, doctor en Educación, en Ciencias Políticas, asesor del Centro de de Estudios Estratégicos para la Defensa, con una serie innumerable de artículos sobre el tema y cursos dictados para fuerzas armadas de varios países latinoamericanos. Barrios escribió uno de los capítulos de Geopolítica y estrategia suramericana, un «insumo estratégico» editado por la Universidad de las Fuerzas Armadas ecuatorianas, e impulsado por Rafael Correa.
«A nivel general podemos destacar tres o cuatro ejes –abunda Barrios– el epicentro político del mundo se ha desplazado hacia el Pacífico; en segundo lugar la crisis del petróleo como generador y motor de una economía-casino mundial; en tercer lugar: el declive relativo de los Estados Unidos y la emergencia de nuevos poderes continentales que generan un mundo multipolar y en cuarto lugar: la gran posibilidad de América Latina de a través del Mercosur, de la Unasur, y de la CELAC de materializar la Patria Grande por la cual lucharon nuestros libertadores».
–¿Cuáles deberían ser las hipótesis de conflicto en el marco de la Unasur?
–En principio hay una Escuela de Defensa que todavía está en etapa de elaboración de programas. A eso apunta el libro. Lo concreto es la guerra por los recursos: tenemos que generar hipótesis de confluencia. Estados Unidos viene avanzando y muy fuertemente con el apoyo de Canadá, inclusive de México, en querer policializar a las fuerzas armadas para crear una conjunción entre Defensa Nacional y Seguridad Interior. Hoy el peligro es a categorizar a cada uno de nuestros países como «estados fallidos»; áreas sin gobierno, áreas afectadas por catástrofes naturales para instalarse allí a través de misiones humanitarias o de ONG, para ir realizando lo que siempre ha hecho Estados Unidos, dividir para reinar. Porque ellos necesitan tranquilidad en el «patio trasero» para apostar todas sus fuerzas en Eurasia, donde se juega el poder mundial en la lógica de ellos.
–¿Cómo entra en este análisis la reanudación de relaciones de Estados Unidos con Cuba?
–Yo pienso que es un punto de inflexión. (Barack) Obama ve que no hay otra posibilidad que ante la presión interna y el lobby externo del empresariado norteamericano negociar con Cuba para levantar el bloqueo. Cuba está ante una gran oportunidad histórica de volver a Martí. Eso implica la latinoamericanización de Cuba. Ya hemos visto que Cuba ha presidido la CELAC, está participando activamente en las negociaciones de paz con las FARC. Es decir que Cuba, luego de la caída de la Unión Soviética y tras la muerte de Hugo Chávez, tiene la posibilidad de reinsertarse como siempre lo fue en la Patria Grande, siendo éste un hecho paradigmático de la nueva política internacional. Esto a Cuba y exige a los latinoamericanos a un reencuentro histórico, por eso la figura de Martí cobra una gran importancia. Porque Martí ha sido el último libertador de América Latina y el primero que anuncia la emergencia del poder norteamericano en 1895.
–Usted dio cursos en Venezuela para miembros de las Fuerzas Armadas. ¿Cómo ve la situación allá?
–La situación es preocupante porque Venezuela es la frontera real con Estados Unidos. Venezuela tiene una particularidad geopolítica única: es latinoamericana, es sudamericana y es caribeña simultáneamente. Y el que descubrió eso fue Chávez. Hay un saboteo permanente a través de los paramilitares vinculados a Uribe y de los grupos económicos vinculados a los Estados Unidos contra el gobierno. Es una provocación activa, lo que se está tratando de realizar en Venezuela es un golpe blando, para ir luego contra Brasil y contra el Río de la Plata. La muerte de Chávez produjo gran vacío, pero al mismo tiempo hay que destacar la unidad entre Fuerzas Armadas y pueblo a través de algo que acá todavía nos cuesta entender, pero que en Venezuela es cotidiano como es el concepto de la Defensa Integral. Hay cinco componentes: el Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada, la Guardia Nacional –que vendría a ser la Gendarmería– y las Milicias Populares. Por supuesto que se vive una crisis económica que no podemos dejar de reconocer y hay un problema de formación de precios de los grandes monopolios, pero al mismo tiempo decir que Venezuela se está cayendo a pedazos es una difamación tremenda.
–El gobierno de Dilma Rousseff en Brasil está sufriendo embates mediáticos y judiciales.
–El resultado de la segunda vuelta mostró que en Brasil todavía hay fuerzas que históricamente no están compenetrados con la visión de integración. Si ganaba la oposición, el Mercosur quedaba destruido. Llama poderosamente la atención que una vez que ganó Dilma, de un hecho de corrupción que pudo haber existido en Petrobras hacen un problema de política mundial. Evidentemente es un ataque sincronizado que está habiendo contra América Latina en el cual no es ajeno también el gobierno argentino, independientemente de que hay que diferenciar la causa AMIA y la muerte de Nisman de la cual, por supuesto, todos nuestros dolores y condolencias. Pero evidentemente, como está comprobado a través de Wikileaks, Nisman respondía a las directivas de la Embajada de los EE UU, entonces todo aparece como un movimiento sincronizado de ataque hacia América Latina del que estar muy atento, que empezó en Venezuela. Tiene que ver con la doctrina del general Gene Sharp, quien ha escrito un libro sobre cómo ir generando procesos de desestabilización a partir de generar incredulidad en el sistema político, saboteando el sistema político, no a través de los golpes de Estado clásicos sino de lo que se llama «golpe blando». Hay un movimiento sincronizado del imperio. Lo dijo John Kerry el año pasado en la comisión de relaciones exteriores de la Cámara de Senadores: «América Latina debe ser el patio trasero nuevamente de los Estados Unidos». No se debe escapar nuevamente como ocurrió con los procesos de integración de Unasur.
–¿Cómo se implementaría ese proyecto?
–El 6 de febrero pasado la Casa Blanca presentó su Segunda Estrategia de Seguridad Nacional (ESN). Algo menos de cinco años después de su Primera ESN, y con dos años más de presidencia, Barack Obama quiere reafirmar el papel de EE UU en un sistema-mundo en transición hacia un nuevo «orden» mundial. En 2010, los EE UU, estaban en el pantano de dos guerras perdidas: Afganistán e Irak, con una grave recesión, un desempleo que superaba el 10% y un déficit de un billón de dólares. Siguiendo las categorías del Pentágono, un Imperio fallido. En el 2015 si uno mira superficialmente se encuentra ante un EE UU supuestamente más potencializado internamente, con la reducción del déficit, con mejores cifras macroeconómicas, y la reducción del desempleo a un 5,5% actual con la creación de más de once millones de puestos de trabajo. Pero esto es un engaño geopolítico, una falsedad estratégica en la que no debemos caer, la nueva ESN reafirma la centralidad de EE UU como nación Indispensable frente a las «amenazas» mundiales. La crisis de Ucrania y la «agresión rusa» como llama el documento, es un fracaso de lo planificado en 2010, ya que allí hablan de la cooperación con Rusia, tal vez pensando en quebrar la dupla Medvedev y Putin, lo que no ocurrió. Además, la aparición de un actor en la política internacional como el Papa Francisco, latinoamericano y partidario de un sistema multipolar y de la Patria Grande como lo deja en claro en su primer Encíclica «El Evangelio de la Alegría» y la irrupción de (Alexis) Tsipras en Grecia, son la demostración elocuente de que la historia fluye, y de que no es un tablero electrónico manejado desde un comando. En esta visión multidimensional de la seguridad, el documento expresa la obsesión de no perder en ningún campo de acción, y en especial en el cibernético.
Tiempo Argentino
Febrero 21 de 2015
por Alberto López Girondo | Feb 13, 2015 | Sin categoría
Hace justo 70 años, el 13 de febrero de 1945, comenzó el que tal vez fuera el ataque más brutal de la Segunda Guerra Mundial contra población civil. Durante tres días la Royal Air Force británica y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos descargaron unas 4000 toneladas de bombas y explosivos sobre la ciudad alemana de Dresde, un fuerte centro económico e industrial germano, provocando al menos 35 mil muertos.
Todavía hoy se discute sobre ese ataque a 12 semanas de la rendición del nazismo porque se lo considera un hecho innecesario que daría pie a denuncias por crímenes de guerra si no fuera porque quienes lo protagonizaron fueron los ganadores de la contienda. Paralelamente las tropas soviéticas avanzaban hacia Berlín, acelerando la caída del régimen nazi, lo que justifica que muchos analistas sostengan que el ataque a Dresde fue, en realidad, contra el Ejército Rojo y para marcarle la cancha a Stalin.
Cuarenta años después, la canciller alemana Angela Merkel lidera junto con el presidente francés François Hollande una verdadera cruzada para frenar las ansias armamentistas que reiteradamente se expresan desde Washington. Barack Obama señaló en estos cruciales días que si no se llegaba a un acuerdo por Ucrania estaba dispuesto a enviar armamento letal a Kiev. Curiosa definición para los productos de la industria bélica más poderosa del mundo. ¿Hay armamento que no sea letal? Salvo que hubiera aludido a algún tipo de herramienta cultural, educativa o sanitaria en forma metafórica…
El caso es que ante la negativa de Hollande y Merkel, que le habían pedido unos días más para negociar con el líder ruso Vladimir Putin, Obama se apuró en pedir al Congreso autorización para combatir al Estado Islámico (EI) por un período de tres años. «No es una autorización de otra guerra en tierra», aclaró el mandatario, pero el recuerdo de las guerras de Irak y Afganistán desmiente esta aseveración.
El gobierno de Obama a todas luces busca mostrarse activo y resuelto para enfrentar a la nueva composición del Capitolio, con una mayoría republicana en ambas cámaras que intenta aguarle una sucesión demócrata el 20 de enero de 2017. De allí que en el ámbito exterior intente estar en el centro de la escena, como lo demuestra en las áreas que están bajo control de los yihadistas del EI. Putin no le va en zaga y el martes viajó a El Cairo, donde se entrevistó con el presidente-militar Abdelfatah al Sisi, firmó acuerdos nucleares y hasta le regaló un fusil Kalashnikov, en un gesto sin medias tintas.
El acuerdo alcanzado en Minsk tras 16 horas de negociaciones al máximo nivel, mientras tanto, puede ser el inicio del camino hacia una paz permanente y duradera o el preanuncio de tormentas mayores y definitivas en el futuro cercano. Dependerá de cómo se vayan desmontando los mecanismos que llevaron a esta situación.
«No fue la mejor noche de mi vida, pero creo que la mañana es positiva porque hemos podido coincidir en los temas principales pese a todas las dificultades de las negociaciones», se sinceró Vladimir Putin ante los periodistas. Hollande y Putin consideraron que esta frágil tregua es «un alivio para Europa».
Para que no queden dudas de qué estofado se cocina en esa olla, en forma inmediata la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, anunció un crédito de 17 mil millones de dólares destinados a programa de cuatro años «para apoyar la inmediata estabilización económica de Ucrania, al igual que el conjunto de reformas emprendidas por el gobierno para restaurar un crecimiento económico firme a medio plazo y mejorar los estándares de vida de la población». Si todo marcha al gusto del FMI, habrá otro paquete de «asistencia financiera» que suma 40 mil millones de dólares.
No es un dato para descartar, cuando los organismos financieros europeos están tratando de sofrenar el fuerte rechazo que les viene desde las calles griegas. El primer ministro Alexis Tsipras intentó en Bruselas no romper con la troika pero tampoco al precio de traicionar el mandato de las urnas y el reclamo de los manifestantes, hartos de los recortes a los que Grecia es sometida desde el inicio de la crisis europea.
Los griegos desafiaron las presiones desembozadas en los medios de comunicación del continente y depositaron sus esperanzas en Syriza, una coalición de izquierda que busca resolver la enorme deuda externa con medidas calcadas de la Argentina tras el default de 2001.
A los organismos paneuropeos les resulta difícil demostrar que son demócratas consumados mientras el titular de finanzas alemán diga que no se aceptarán cambios en el programa elaborado desde Bruselas para Grecia. Algo más dispuesta se mostró Merkel, quien al irse de Belarus dijo que habría alguna solución que no lleve la sangre al río, aunque no especificó cuál. Por lo pronto dejaron todo en manos de «expertos», una forma de patear la pelota para adelante. Otra tregua al fin de cuentas.
Tsipras volvió a repetir que Alemania le debe mucho a Grecia desde la Segunda Guerra, cuando tropas nazis ocuparon el país. Se trata de un préstamo obligatorio impuesto por las tropas hitlerianas que los técnicos griegos estiman en 11 mil millones de euros actuales. Además, el reclamo por los daños causados en instalaciones y en la población civil treparía a 160 mil millones más. La mitad de la deuda actual de Grecia.
Cuando están por cumplirse 70 años del fin de la guerra, en Europa reaparecen muchos de los problemas que por siglos la llevaron al incendio. Francia y Alemania coinciden en llevar la batuta, pero Rusia vuelve a cantar presente. Si a la caída de la Unión Soviética la Unión Europea pensó que tenía el mundo a sus pies, este cuarto de siglo demostró que estaban equivocados.
Putin busca recomponer el antiguo papel que desde Pedro y Catalina venía cumpliendo el imperio zarista. Se dice que el PBI ruso es menor que el de Italia, potencia de segundo orden, y es cierto. Pero nunca fue mucho más que eso cuando los Romanov buscaban su lugar la mesa de discusiones del orden mundial. Y buen barullo que hicieron.
Esta escalada en Ucrania, conviene recordar, se produjo luego de que la alianza occidental intentara derrocar al presidente sirio Bashar al Assad, enfrascado en una guerra civil desde 2011. El que frenó la segura invasión fue Putin, quien se plantó frente a Obama para recordarle que Siria es aliada de Rusia desde tiempos de la URSS y que allí hay una base militar de Moscú. Fue después que la UE y la OTAN intentaron avanzar hacia la frontera más íntima de Rusia y apoyaron el golpe contra Víktor Yanukóvich, en febrero pasado. La otra gran base rusa está en Crimea. Parece que se estuviera hablando del siglo pasado, pero la reincorporación de la península a la Federación Rusa se produjo el 18 de marzo de 2014. El levantamiento de los rebeldes pro-rusos del este vendría a continuación.
Esta semana el presidente sirio ofreció una entrevista a la BBC. El entrevistador Jeremy Bowen comenzó el reportaje como «para romper el hielo»: le preguntó si ante el avance del grupo yihadista y la pérdida de control de parte de su territorio no creía que Sira era un Estado fallido. Al Assad rechazó esa caracterización, como era de esperarse. El cuestionado mandatario sirio espera poder resistir el embate de los grupos fundamentalistas, pero quién sabe hacia dónde se encamina la situación, con tantas manos metidas en el plato.
Vistas las cosas desde este rincón del mundo, resulta interesante analizar el concepto de Estado fallido, una definición elaborada por la CIA hace 20 años para explicar la situación en diferentes naciones del mundo y justificar así una intervención «civilizadora». Son muchos los que inscriben a México en esta lista, por la violencia desatada en esa nación.
En el caso argentino, hubo quienes en el inicio de este milenio pedían a gritos que alguien de afuera viniera a resolver la endiablada crisis en la que se había caído por la convertibilidad.
Aún se recuerda a la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright reclamando prácticamente una intervención externa en la economía argentina cuando era evidente que los planes pergeñados por el FMI habían llevado al fracaso. En estos días se vuelven a escuchar voces en esa misma línea tras la muerte del fiscal Alberto Nisman. Convendría mirar cómo viene la mano afuera antes de reclamar por lo que aparece de adentro.
Tiempo Argentino
Febrero 13 de 2015
por Alberto López Girondo | Dic 19, 2014 | Sin categoría
En política internacional –al igual que en la vida en general, aunque esto es más discutible– conviene no creer que las casualidades existen. Durante las últimas semanas fueron corriendo en paralelo un puñado de situaciones que no podrían asociarse al azar. Por un lado, la crisis en la frontera rusa fue generando una serie de sanciones contra el gobierno de Vladimir Putin, al que se acusa de intentar rehacer el imperio zarista. Mientras tanto, persiste el acoso al gobierno de Nicolás Maduro, que también fue sancionado por la administración de Barack Obama por lo que considera una violación de los Derechos Humanos.
En otro tablero de esta partida de ajedrez, el precio del petróleo se seguía desplomando en una operación de la que no es ajena la Casa Blanca, principal apoyo político y militar de Arabia Saudita. Es que la Organización de Países Productores de Petróleo, OPEP, fundada en 1960 a instancias del gobierno venezolano de Rómulo Betancourt, no pudo acordar una reducción en la producción del crudo ante la negativa del reino saudí. Integrada, entre otros, por venezolanos y saudíes, la OPEP cuenta entre sus miembros a países como Libia, Irak, Irán, Ecuador y Nigeria. En 1973, la organización fue clave en la crisis del petróleo que disparó los precios en boca de refinería al doble.
A pesar de las diferencias ideológicas y económicas, durante décadas hubo marcos para el acuerdo entre un rey Abdalá bin Abdelaziz en Riad con un Saddam Hussein en Bagdad, Muhammad Khadafi en Trípoli, los ayatolás en Teherán y hasta un Hugo Chávez en Caracas. Esta vez, la negativa de Arabia Saudita a disminuir la extracción para que los precios no caigan le dio un golpe mortal a la propuesta encabezada por el presidente Nicolás Maduro. La propuesta funcionaría si todos se pliegan, si de las arenas saudíes sigue fluyendo el líquido, además de que no se evitaría la caída se reducirían aún más los precios del principal ingreso venezolano.
Como se entiende, la jugada también perjudica a Irán, Libia e Irak. Pero sucede que en estos dos últimos países hay grupos irregulares (como el EI en el caso iraquí) que venden por su cuenta y sin intervención de ningún Estado establecido. Pero este escenario golpea sobremanera a Rusia, que no integra la OPEP pero es el tercer productor mundial y obtiene del oro negro su principal ingreso, junto con el gas, también devaluado por la caída de precios.
Circula la idea de que la baja tiene como objetivo lesionar el naciente negocio del fracking, con lo cual resultaría a salvo la sospecha sobre Estados Unidos, que se coló entre los top ten productivos precisamente a través de esta nueva técnica en territorio propio. Pero no parece un buen argumento puntual: cualquier dumping es inicialmente una pérdida para el que lo realiza, pero con suficientes espaldas, a la larga destruye a los competidores. Nadie duda del aguante que tiene quien maneje la maquinita de fabricar dólares.
Y aquí viene la otra cuestión: ayer Putin tuvo que salir a señalar que los rusos deberán soportar dos años de crisis por la debacle de la economía. El rublo se desplomó un 30% en lo que va del mes y como el mandatario explicó, la poco diversificada economía de ese país impide evitar una caída semejante porque muchos productos que se podrían elaborar en Rusia deben importarse, y en moneda dura. Para Putin, las sanciones son responsables de esta crisis en parte, y otra parte lo es el derrumbe del precio del petróleo.
La economía venezolana también sufre el embate de esta pérdida en su principal activo, que es el crudo. Hay otro país que hace fuerza por ingresar a las grandes ligas de productores y que sufre las consecuencias de otra crisis que afecta a su empresa de bandera. En Brasil arreciaron estos días las denuncias por corrupción en Petrobras que amenaza a funcionarios del gobierno, opositores y empresarios privados y además, arrastraron a la baja sus acciones a un nivel histórico, a pesar de los yacimientos marinos que multiplicaron sus reservas en los últimos años.
Tras la derrota electoral de los demócratas en la elección de medio término de noviembre pasado, el gobierno de Obama intentó quitarse de encima la resaca a las apuradas. La iniciativa de legalizar a millones de inmigrantes indocumentados fue una, rechazada por la oposición republicana. Los medios más influyentes, léase The New York Times en primer lugar, venían insistiendo en el carácter retrógrado de mantener el bloqueo económico a Cuba, mientras denunciaban operaciones encubiertas a través de la USAID para desestabilizar al gobierno de la revolución.
La frutilla del postre parecía el informe del Senado –todavía controlado por los demócratas– sobre las bárbaras torturas cometidas por la CIA en cárceles ilegales e incluso en Guantánamo. Desde esa base en la isla de Cuba salieron seis presos con rumbo a Montevideo, en el marco de un acuerdo con el gobierno de José Mujica para encontrar dónde llevar a acusados de terrorismo nunca juzgados ni condenados por los delitos por los que estuvieron detenidos. Pero faltaba algo más.
Mujica había pedido a cambio de aceptar a los presos de Guantánamo un gesto de Obama para levantar las sanciones a Cuba, que ya llevan 53 años de vigencia. Parecía un pedido que caería en saco roto. Pero inesperadamente el miércoles, en ¿coincidencia? con el cumpleaños de Jorge Bergoglio y con la sesión en la capital entrerriana de los presidentes del Mercosur, Obama y Raúl Castro anunciaron un intercambio de presos y la apertura de negociaciones para reanudar las relaciones diplomáticas, suspendidas cuando Fidel Castro declaró que Cuba marchaba al socialismo. Por la misma fecha en que un grupo de aventureros con apoyo de la CIA intentaba una invasión a la isla en Playa Girón.
«Estos 50 años de aislamiento no han funcionado, es momento de cambiar de postura. No creo que debamos de hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto», dijo Obama en su discurso. Fue una de las tantas frases con las que trató de edulcorar el fracaso de este medio siglo. La política que buscaba aislar a Cuba, reconoció el inquilino de la Casa Blanca, terminó por aislar a Estados Unidos. Las últimas votaciones en la ONU para levantar el bloqueo –188 a favor de Cuba y dos a favor de Estados Unidos– son la prueba más evidente, analizó Obama.
La reunión presidencial de Paraná estalló en alegría. Era un triunfo no solo de los cubanos, que resistieron las peores presiones durante más de cinco décadas, sino de los latinoamericanos, que cada uno a su manera fueron desandando un camino sinuoso iniciado durante los años 60 por dirigencias teñidas de un anticomunismo cerril cuando no de una obsecuencia venal con los mandatos de Washington.
Pero la cumbre del Mercosur no olvidó tras este gesto arriesgado de Obama –los anticastristas antediluvianos abundan en Estados Unidos– de rechazar las sanciones que paralelamente su administración había aprobado contra Venezuela.
Para Cuba se inicia un período de expectativas favorables. La reapertura de relaciones permitirá despejar un flujo de inversiones latentes que se demoraban por las restricciones y las sanciones establecidas en el paquete de leyes que sustentan el bloqueo, y que castigan también a terceros países que negocien con la isla.
Castro aleccionó en su discurso sobre la necesidad de aprender «el arte de la convivencia» entre naciones con perspectivas y sistemas diferentes. Y le aclaró a Obama que lo principal, que es el bloqueo, no está resuelto. Y que tiene cómo sortear lo que seguramente será un rechazo del congreso republicano a levantar la cincuentenaria medida, algo sobre lo que el presidente estadounidense ya había anunciado avances.
Los demócratas, en tanto, despejan el camino hacia la posibilidad de un nuevo período demócrata, en las elecciones de 2016. Con un tercer Bush en la gatera –Jeff, ex gobernador de Florida– el camino de Hillary Clinton suena menos dificultoso Obama cumple con promesas hechas a la comunidad hispana en su campaña. No cerró Guantánamo, pero fue liberando presos. No levantó el bloqueo, pero fue quien más avanzó en ese sendero. No logro una ley de inmigración, pero facilitó la legalización.
Al mismo tiempo, libera tensiones en el agitado «patio trasero» latinoamericano en vista de los frentes abiertos en Ucrania, Siria, Irak e Irán. No conviene creer que una potencia es capaz de dar una puntada sin nudo y menos si un discurso presidencial termina con un «todos somos americanos». En castellano.
Tiempo Argentino
Diciembre 19 de 2014
Ilustró Sócrates
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