por Alberto López Girondo | Nov 2, 2016 | Sin categoría
El discurso exacerbado del antichavismo es una amenaza no sólo para Venezuela sino para toda la región, porque representa un riesgo de violencia sin límite ante la embestida que despliega la Mesa de Unidad Democrática (MUD) contra el gobierno constitucional.
Como se sabe, el presidente Nicolás Maduro se reunió con el Papa Francisco y acordaron, con mediación del Vaticano, convocar a un diálogo para atemperar la explosiva situación, acentuada tras la suspensión del referéndum revocatorio, luego de que en varios distritos prosperaran judicialmente denuncias por falsificación y adulteración de documentos en la recolección de firmas para el llamado a consulta.
Esa medida puede demorar el llamado a las urnas, al punto de que, de hacerse luego de enero de 2017, el PSUV siga en el poder, aunque deba cambiar al primer mandatario por su vicepresidente.
Al cierre de esta columna, el secretario general de la MUD, Jesús Torrealba, aseguró que iría al encuentro de Maduro en isla Margarita, pero el resto de los dirigentes (desde Henrique Capriles hasta el titular de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup) no sólo se burlaron de ese llamado sino que «aconsejaron» a Jorge Bergoglio que no peque de inocente al avalar esa convocatoria.
El Parlamento unicameral venezolano, con mayoría abrumadora de la oposición desde diciembre pasado, se encamina a desconocer el mandato de Maduro, al que denuncia por abandono del cargo. La MUD promueve una masiva manifestación al palacio Miraflores el jueves para exigir la renuncia del primer mandatario.
Una aclaración: Maduro se reunió en Arabia Saudita con los líderes de los países productores de petróleo y logró que se aprobara un plan para estabilizar el precio del crudo.
En la raíz de la situación económica que atraviesa el gobierno está la colosal baja del valor del principal producto de exportación venezolano, lo que generó una profunda crisis de ingreso en moneda fuerte. Que los mercados puedan recuperar previsibilidad e incluso incrementar el margen de entrada de divisas debería ser una buena noticia para los venezolanos.
Pero para la rabiosa oposición es un mal augurio, porque implicaría que a la par de la estabilización del precio del barril de petróleo, Maduro podría estabilizar la economía y encarrilar el resto del mandato hacia travesías menos conflictivas.
La arremetida opositora alarmó incluso al director de uno de los diarios más influyentes de Venezuela, Últimas Noticias, hasta hace tres años ligado a una rama de la familia Capriles y ahora en manos de un fondo de inversión británico.
Eleazar Díaz Rangel alertó sobre el empecinamiento antichavista luego del pedido de diálogo. «Echar a un lado esa vía negociadora y democrática y vistos los antecedentes más recientes, desde la resolución de la Asamblea el pasado domingo, el agresivo y grosero discurso del presidente de la AN (Ramos Allup) contra el ministro de la Defensa, el llamamiento a un paro en todo el país, la decisión anunciada de suspender al presidente de la República de sus funciones y su llamado a la OEA de aplicar la carta democrática a Venezuela, para finalmente pretender anunciar en Miraflores las medidas contra el presidente, significa que lo que buscan es una salida violenta, o un intento de golpe parlamentario, como ha sido denunciado.»
Líneas más abajo recuerda lo que ya ocurrió en 2002, las violentas manifestaciones con un saldo de 19 muertos y un golpe de tres días contra Hugo Chávez.
Maduro señala que se trata de un golpe parlamentario como los que ya se dieron en la región contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009, Fernando Lugo en Paraguay en 2012 y Dilma Rousseff hace unos meses y promete resistir. Tiene de su lado a las Fuerzas Armadas, más allá de que haya algún militar dispuesto a sumarse a un golpe como los de antes, al igual que ocurrió hace 14 años.
Pero fundamentalmente a los golpistas les falta la pata judicial, que fue muy necesaria en Brasil, en Honduras y también lo es en Argentina para intentar demoler todo vestigio populista. El sistema de justicia venezolano fue reformado totalmente con la nueva Constitución chavista desde 1999.
Venezuela es clave para estabilizar la región noroeste de Sudamérica. El resultado negativo del referéndum por el acuerdo de paz con las FARC en Colombia marca una tendencia peligrosa. La de que un porcentaje mínimo de la población (terminó 50,2% a 49,7%) defina un rumbo para lo que sería la otra mitad de la ciudadanía.
Venezuela, y específicamente Hugo Chávez junto con Néstor Kirchner, fueron claves para sentar a una mesa de negociaciones a los líderes de la guerrilla y al presidente Juan Manuel Santos, flamante Premio Nobel de la Paz 2016. Venezuela también es uno de los garantes de esos acuerdos, mientras que el principal opositor es el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, quien sintoniza perfectamente con el discurso agresivo y denigrante de la MUD. La mejor noticia para él sería que cayera el gobierno de Maduro y así embarrar la cancha hacia los futuros pasos en el camino hacia la paz definitiva en Colombia.
El miércoles pasado, la representante de Washington en la ONU, Samantha Powers, destacó el alcance de la sorpresiva y reveladora abstención en el voto con el que 191 países instaron a levantar el embargo al gobierno de Cubaisla. Reconoció, como lo había hecho en 2014 el presidente Barack Obama, que la política de aislar al país caribeño había sido un error que había aislado a EE UU de América latina.
Pero Estados Unidos necesita enemigos y demostrar y demostrarse que mantiene sometido al «patio trasero». Y más aun un par de semanas antes de una crucial elección como la que se desarrollará el 8 de noviembre. Reconocido el error en Cuba, ahora decidieron ir por Venezuela, como denuncia Maduro y todos quienes apoyan al proceso revolucionario bolivariano.
Como en Cuba durante 56 años, no buscan un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen. Para el departamento de Estado y el Pentágono, factores claves en esta desestabilización, la peor noticia sería que Maduro recupere el rumbo del crecimiento y se cumplan los objetivos del Socialismo del siglo XXI tal como lo planteó Chávez.
Las disputas violentas, que en febrero de 2015 segaron la vida de 43 personas con las guarimbas organizadas por la oposición, y por las que el opositor Leopoldo López fue condenado a 13 años de prisión, pueden volver con peor ímpetu.
Y la OEA, de la mano del excanciller uruguayo Luis Almagro, puede repetir otro error histórico como el que en 1962, y precisamente en Punta del Este, dejó afuera de ese organismo a Cuba. A un precio en vidas y desestabilización regional que no parecen calibrar del todo los gobiernos que apoyan la destitución de Maduro, entre ellos el argentino.
Tiempo Argentino
Octubre 30 de 2016
por Alberto López Girondo | Mar 28, 2014 | Sin categoría
El editorial que publicaron el miércoles los diarios latinoamericanos que decidieron coincidir en una campaña contra el gobierno de Nicolás Maduro es elocuente. Por la forma, el contenido y la oportunidad. Periódicos de derecha de Argentina, Chile, Uruguay, Colombia y Brasil, tradicionalmente implicados en golpes de Estado –uno de ellos, incluso, el O’Globo brasileño, hizo un mea culpa el año pasado- emitieron esta suerte de comunicado conjunto mientras una comisión de cancilleres de la Unasur mantenía encuentros en Caracas con las autoridades democráticas y con la oposición para facilitar un diálogo que ponga fin a la ola de violencia que se ensaña con ese país.
En el texto el editorialista (¿o habrá sido una tarea colectiva?) reclama un mayor compromiso de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la crisis de Venezuela. Como se sabe, Panamá intentó forzar un llamado del Consejo Permanente de ese organismo a una reunión de cancilleres latinoamericanos. Por abrumadora mayoría los países de la región rechazaron esa demanda. Ya estaba en marcha, para entonces, un pedido de Maduro para que la Unasur hiciera un esfuerzo de acercamiento.
Unos días más tarde, la diputada de la oposición Corina Machado –»lideresa» de las movilizaciones opositoras que, según dijo explícitamente, deberían terminar con el derrocamiento del gobierno–, aceptó la invitación de Panamá para sentarse en el sitial correspondiente a ese país en otro encuentro de la OEA en Washington. Hubiera sido un buen golpe publicitario que ella lograra hablar de la situación interna de Venezuela en un ámbito que ya había decidido por mayoría no entrometerse en el asunto. Pero el horno no está para ese tipo de bollos en este momento y le negaron la posibilidad.
El ex candidato presidencial Henrique Capriles salió de inmediato a atacar a la OEA con las mismas razones que expuso el editorial de los diarios regionales: el organismo se desentiende de una crisis que atañe a uno de sus miembros. El que le respondió fue el secretario general, el chileno José Miguel Insulza. Le dijo, claramente, que «la OEA no está para poner ni sacar gobiernos».
Lo que revelan estas últimas jugadas políticas y mediáticas es de qué se está hablando cuando se habla de crisis en Venezuela. Se trata, en realidad, de la pérdida de influencia de los organismos diseñados en función y beneficio de la derecha latinoamericana y de Estados Unidos. Y si los golpes en Honduras y Paraguay demostraron que todavía tienen posibilidad de producir daño y causar escozor, no es menos cierto que es enorme el camino recorrido. Por eso la crítica de los medios y de la dirigencia ligada al establishment americano. De otro modo, ambos tienden a quedarse afuera del debate por la «cosa pública», algo a lo que no están acostumbrados y que no toleran hasta por una «cuestión de piel».
No es casual que mientras todo esto ocurría en Venezuela, en Brasil el coronel Paulo Malhaes relataba sin sonrojarse detalles escabrosos de las torturas a que sometió personalmente a detenidos durante la dictadura militar en ese país. El hombre «trabajó» en la llamada «Casa de la Muerte» de Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, donde habrían sido asesinadas una veintena de personas y no será juzgado en virtud de la ley de autoamnistía que pergeñaron los dictadores antes de entregar el gobierno, en 1985. Pero su testimonio ante la Comisión de la Verdad creada por Dilma Rosseff tiene el valor de ser el primer reconocimiento de la barbarie, aunque Malhaes parece sentirse orgulloso de su oscuro pasado y hasta es posible que haya abierto la boca para amedrentar.
El lunes se cumplen 50 años de aquel golpe, que adelantó otras barbaries a nivel regional. Los militares brasileños venían complotando para voltear la débil democracia en ese territorio. Habían logrado desplazar a Janio Quadros, catalogado como «comunista» por haberse reunido con el Che Guevara. El sucesor, João Goulart fue derrocado también por su cercanía con la izquierda, según la versión oficial, el 31 de marzo de 1964. Pero las pruebas posteriores –aunque parezca insólito– demuestran que el golpe se produjo un día después. Sucede que en Brasil el 1 de abril es el Día del Bobo –o del Inocente- y se lo «celebra» contando mentiras que solo creería un tonto. No era una buena manera de comenzar.
Es otro dato bien conocido que Guevara representaba a Cuba en la reunión de Montevideo en 1962, cuando el gobierno de Fidel Castro fue expulsado de la OEA porque la revolución se había declarado socialista. Un encuentro con el Che también fue la excusa para sacar de la Casa Rosada a Arturo Frondizi. La resistencia sobre todo de los gobiernos argentino y brasileño a la expulsión de Cuba no logró el suficiente consenso como para evitar que se siguiera al pie de la letra el libreto que forzaba la Casa Blanca.
El dato que registra la derecha continental es que ya no se puede imponer así como así el deseo del Departamento de Estado al sur del Río Bravo. Hay una masa crítica con suficiente peso como para contrarrestar esas presiones. El remanido editorial sugiere que algunos de los apoyos que obtuvo Venezuela en la OEA se deben a que ese país entrega petróleo en condiciones beneficiosas para los países que integran Petrocaribe. Y por lo tanto exigen «pronunciarse valientemente sobre Venezuela y demostrar si quiere conservar o abdicar a su legitimidad».
Olvida el informe –o escamotea el dato– que Unasur surgió a impulso de Hugo Chávez. Y que precisamente se trata, a través de su última contribución a la integración regional, la CELAC, de avanzar hacia un club que no tenga entre sus socios a Estados Unidos ni a Canadá. De allí la importancia simbólica que tendría un avance de la OEA contra un gobierno chavista. De allí también la importancia de detectar quiénes son los que se candidatean en Buenos Aires pero van a rendir cuentas a Washington y a la OEA.
EN EUROPA DEL ESTE. En forma paralela se viene desarrollando la crisis en Ucrania. Para completar el círculo de lo que implica un golpe blando, ayer el Parlamento de Kiev aprobó una «ayuda» del FMI por un total de 27 mil millones de dólares. A cambio, deberá aumentar las tarifas de los servicios públicos y despedir gradualmente a un 30% de los funcionarios estatales, cosa de reducir el déficit fiscal a un 2,5% hacia 2016. El paquete financiero fue previamente aprobado por el Congreso estadounidense. En Washington, el FMI no logró que pasara una reforma a su carta orgánica que permitiría mayor peso específico de los países emergentes, entre ellos China, Rusia, Brasil y la India. Los congresistas también saben de la pérdida de influencia estadounidense y se niegan a renunciar a las pocas prerrogativas que aún conservan.
Mucho se habló de los tres golpes simultáneos que apoyó Estados Unidos en estos meses: Siria, Ucrania y Venezuela. A medio siglo del golpe en Brasil es bueno recordar la cadena de asaltos al poder entre los 60 y 70. Todos ellos enlazados bajo lo que después se conoció como el Plan Cóndor, que fue una maniobra casi simultánea con otra que se desarrollaba en Europa, conocida como Operación Gaudio. Que básicamente consistía en un plan de desestabilización mediante las acciones de grupos paramilitares que apuntaba a «combatir la amenaza comunista». El plan puso en marcha una «estrategia de tensión» contra la democracia italiana, cuando el PCI amenazaba con llegar al poder en cualquier momento.
Si alguien cree que estos planes forman parte de un pensamiento conspirativo muy propio de periodistas paranoicos, sería bueno mencionar que los entretelones de la Operación Gaudio fueron revelados en octubre de 1990 por el entonces presidente del Consejo de Ministros de Italia, el fallecido Giulio Andreotti, hombre de la Democracia Cristiana. Y que un par de meses después, Gaudio recibió la condena del Parlamento Europeo.
Para aquellos que aún así cuestionan al gobierno venezolano y eligen confiar en la información que emiten los centros de difusión conservadores, es bueno señalar que la burocracia estadounidense registra todos sus actos. Y que los archivos desclasificados nunca desmintieron las sospechas sobre acciones de ese país en el exterior.
Como colofón, esta frase que el economista Jorge Beinstein publicó en un imprescindible artículo titulado La ilusión del metacontrol imperial del caos (http://beinstein.lahaine.org/?p=516). Es el extracto de una charla que mantuvo el periodista estadounidense Ron Suskind con un asesor de George W. Bush: «La gente cree que las soluciones provienen de su capacidad de estudiar sensatamente la realidad discernible. En realidad, el mundo ya no funciona así. Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras tú estás estudiando esa realidad, actuaremos de nuevo, creando otras realidades que también puedes estudiar. Somos los actores de la historia, y a vosotros, todos vosotros, sólo os queda estudiar lo que hacemos.»
Tiempo Argentino, 28 de Marzo de 2014
por Alberto López Girondo | Mar 15, 2014 | Sin categoría
Venezuela está, una vez más, en el centro de una disputa trascendente. Lo supo Simón Bolívar cuando percibió que el Congreso Anfictiónico con el que soñaba unir a las antiguas colonias españolas no llegaba a buen puerto. Lo corroboró cuando vio que se le escapaba como arena entre los dedos la Gran Colombia en la que pretendía nuclear a las naciones del extremo noroeste del subcontinente durante la segunda década del siglo XIX. Lo sabía Hugo Chávez, a quien se lo recordó a un año de su muerte como el gran gestor de la integración regional. Y lo aprendió su sucesor, Nicolás Maduro, que no por casualidad sufre el embate de la oposición más acérrima fronteras adentro y de los sectores de la derecha continental.
Como una voltereta inesperada de la historia, aquel congreso de Panamá, que Bolívar pensó como el ámbito para integrar una suerte de federación hispanoamericana, fue la excusa con la que Estados Unidos vino presionando a los gobiernos latinoamericanos ya desde 1890 para construir «unidad continental». Una unidad, claro, basada en los principios más ventajosos para Washington. Conviene aquí confrontar algunas fechas clave: el Congreso bolivariano logró reunirse en 1826, tres años después de que el presidente James Monroe proclamara la doctrina que establece que América debe ser para los americanos, lo que al norte del Río Bravo quiere decir exactamente que el continente pertenece a Estados Unidos.
El fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría fue el momento adecuado para que las aspiraciones de Monroe encontraran su cauce. La Organización de Estados Americanos se fundó en 1948, y tiene su sede en Washington. Son conocidos los derroteros del organismo desde entonces. Seguramente el hito más definitorio es la expulsión de Cuba en 1962 por no adherir a los «principios democráticos» al uso estadounidense.
Pero la región se modificó en la última década, y detrás de cada uno de esos cambios está la mano de Chávez y de Venezuela; tanto que Cuba tuvo que ser readmitida, en 2009, por votación de la amplia mayoría de los gobiernos regionales. Con justa razón, la respuesta de los cubanos fue que no tenían interés en reincorporarse. Para entonces, Unasur ya era una instancia de integración para los países sudamericanos que se había probado eficaz al impedir los golpes en Bolivia y Ecuador. Fue entonces que Chávez apuró la creación de una entidad que nucleara a todos los países de América y el Caribe, sin participación de Estados Unidos ni de Canadá, el socio irreductible de su vecino. Así nació la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
Mecanismo golpista
Con sagacidad, el líder bolivariano buscó integrar naciones, más allá de gobiernos circunstanciales, y por eso la primera presidencia pro témpore recayó en el chileno Sebastián Piñera, quien luego entregó el cetro a Raúl Castro. Este gesto reciente explica en buena medida las últimas jugadas de la derecha radicalizada de Venezuela. La segunda cumbre de la CELAC se desarrolló el 28 y 29 de enero pasado en La Habana. La importancia del organismo quedó reflejada en que asistió al encuentro el secretario general de la ONU, el coreano Ban Ki-moon. Pero el dato clave es que también participó su homólogo de la OEA, el chileno José Miguel Insulza. Las cartas estaban jugadas a favor de una integración entre pares y con mucho predicamento.
Para comprender mejor cómo se fue armando el mecanismo de relojería que puso en vilo a Venezuela y al resto del continente es bueno recordar que, antes de su última internación en La Habana, Chávez designó como sucesor al que fue su canciller y mano derecha desde sus inicios en la lucha política, Nicolás Maduro. Refrendado para un nuevo mandato en octubre de 2012 con 11 puntos de diferencia sobre el candidato de la oposición –el gobernador de Miranda, Henrique Capriles–, Chávez no llegó a asumir su nuevo mandato. Maduro, presidente provisional, debió enfrentar una crisis económica generada por la inestabilidad a la que se veía sometido el país a raíz del agravamiento de la enfermedad de Chávez –y también por errores de gestión–, y dispuso una devaluación de casi el 50% de la moneda local en febrero de 2013, lo que agudizó las tensiones en una sociedad que venía enfrentando una crisis económica y el desabastecimiento de productos esenciales. Con la muerte del mandatario, el 5 de marzo, se debió convocar nuevamente a elecciones en un marco de desafío al liderazgo de Maduro, un ex dirigente gremial del transporte público. El oficialismo ganó los comicios del 14 de abril por apenas un punto y medio de diferencia, o 320.000 votos. La derecha, enrolada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no esperó para salir a las calles a denunciar fraude. Ya entonces hubo una decena de muertos en enfrentamientos. Capriles se convirtió en el abanderado de la protesta y tildó a Maduro de «ilegítimo». Siguiendo el manual básico del «golpe blando», se sumó a las campañas para primero deslegitimar al mandatario electo, luego ridiculizarlo y finalmente forzar el derrocamiento.
El 8 de diciembre pasado los venezolanos volvieron a las urnas para elegir alcaldes en 337 distritos de todo el país. La campaña de la MUD se basó en la idea de plebiscitar la tarea aún incipiente de Maduro. Envalentonado por la escasa diferencia de abril, Capriles apostó al desgaste que iba a tener un mandatario que no había alcanzado a afianzar todos los resortes de la nación tras la desaparición física de un líder tan personalista y aglutinante como Chávez. En Venezuela, el Banco Central mide la inflación y también entrega el índice de desabastecimiento, que señala la cantidad de productos que no encuentra el público en los centros de distribución. Los últimos datos señalan una inflación del 56% para 2013 y un faltante de 28% de productos; principalmente, azúcar, harinas, aceite, café y papel higiénico. Son rubros que, se sabe, generan malestar en la sociedad y que fueron, en su momento, desencadenantes de las protestas de las clases medias contra Salvador Allende en Chile en los 70. La acción del gobierno logró revertir algunos de esos inconvenientes y, más aún, hizo rebajar los precios de electrodomésticos a valores compatibles con el dólar oficial –desde 2003 hay mercado de cambios controlado–, que está entre 6,3 y 11,5 bolívares, según qué tipo de operación se haga. A fines de noviembre hubo un boom de ventas que contradijo las expectativas más pesimistas y la derecha también se quejó por este «festival» del consumo.
Hablaron las urnas
En definitiva, el chavismo logró una diferencia de un 10% sobre la derecha en la sumatoria de los votos y retuvo más del 70% de las comunas. Cierto es que perdió en distritos claves como Caracas, Barcelona y Chacao, por mencionar a algunos. Pero si la oposición esperaba apurar algún referendo revocatorio –por la Constitución, correspondería recién en 2016– o pensaba generar condiciones para un levantamiento masivo, no tuvo cómo. De todos modos, tampoco es que la MUD fue aplastada, ya que mantuvo e incluso amplió presencia en bastiones tradicionales del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV).
El resultado de diciembre no sólo hizo acallar las sospechas de fraude sino que dejó emerger las diferencias que existen entre los distintos actores de la derecha desde la fundación de ese conglomerado que reúne intereses diversos y hasta contradictorios con el único objetivo de acabar con el modelo chavista. Es decir, a la MUD no la une el amor sino el espanto.
Capriles, el activo gobernador de Miranda, se cargó la campaña al hombro, jugándose una patriada que lo expuso demasiado en un sendero que no todos comparten a su alrededor. El líder opositor fue uno de los más implacables críticos del acercamiento a Cuba y llegó a ocupar la sede diplomática cubana en Caracas en la intentona golpista de abril de 2002, violando las convenciones internacionales. Ante cada protesta del gobierno por la injerencia estadounidense, siempre respondió alegando injerencia cubana. Suele decir que Maduro viaja a La Habana «a recibir instrucciones de los Castro». Su jefe de campaña fue otro notorio anticubano que lo acompañó en aquellas jornadas de 2002: el ex alcalde de la comuna capitalina de Chacao, Leopoldo López. A los 42 años, este economista con un máster en Harvard ya no quiere esperar más y, tras la derrota de diciembre, aceleró su decisión de salir a las calles de todo el país para apurar la caída de Maduro. Poco importaba el apoyo electoral al PSUV; para él, el imperativo era derrocar al presidente. Y no lo disfrazó con un discurso políticamente correcto, lo dijo con pelos y señales.
Lo acompaña en esta gesta la diputada Corina Machado, quien, al margen de su anticubanismo visceral, aparece en filtraciones de Wikileaks como asidua visitante de «la embajada», además de haber sido recibida en alguna ocasión por el entonces presidente George W. Bush para tratar precisamente la situación venezolana. Tampoco ella es de callar sus objetivos: quedarse en la calle hasta que el gobierno se vaya. La disputa estratégica se venía deslizando desde hacía meses. Capriles, si bien usaba todos los micrófonos y estamentos políticos para cuestionar la legitimidad de Maduro, apostaba a derrotarlo en elecciones. Por eso habla de «convencer» a chavistas descontentos para que le den su voto antes que de enfrentar al oficialismo de un modo violento. Sabe que así lo único que lograría sería asustar a quienes temen perder las conquistas que lograron en estos 15 años. Por eso, también, casi le gana a Maduro prometiendo «mejorar» lo que no está bien y mantener los beneficios obtenidos por las capas más bajas de la población.
Línea dura
López, en cambio, sabe que por esa vía él y los más reaccionarios dentro de la derecha no tienen cabida. Pero, además, y en esto está el quid de la cuestión, Estados Unidos necesita tener el «patio trasero» controlado para mantener la ofensiva en otros frentes, como el de Oriente Medio y el que la Unión Europea le facilitó en Ucrania. La convocatoria de la CELAC es una muy mala noticia para esta estrategia. Y Venezuela es la llave para avanzar sobre el resto de los gobiernos díscolos ue desde el «No al Alca» de Mar del Plata en 2005 le vienen dando tantos dolores de cabeza.
Fue en este marco que López y Machado apuraron una «pueblada» aprovechando una marcha de los estudiantes para celebrar el Día de la Juventud, el 12 de febrero pasado. Bajo la irritación por algunos casos puntuales de estudiantes víctimas de violencia callejera –la inseguridad ciudadana es otra factura que le pasan al chavismo–, lo que podría haber sido una manifestación pacífica terminó con tres muertos y un clima de efervescencia que no se veía en el país desde las guarimbas de 2004. Los cultores de estas protestas violentas se amparan en el artículo 350 de la Constitución bolivariana, que señala como un deber ciudadano desconocer «cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos y menoscabe los derechos humanos». Por eso, de inmediato, los medios concentrados –y sobre todo las cadenas internacionales– pusieron el grito en el cielo contra lo que denominaron un ataque a las libertades civiles en Venezuela. La palabra represión aplicada a un gobierno como el del PSUV fue un baldón contra el que tenían que justificarse las autoridades en medio de un clima destituyente. Poco importaba el «plebiscito» de diciembre a esta altura.
La fiscalía general del país, al cierre de esta edición, había confirmado un total de 22 muertos en las refriegas, entre los que había varios militantes chavistas. También reveló que se investigaba una veintena de denuncias por violaciones a los derechos humanos cometidas por efectivos de fuerzas de seguridad, aclarando que no había en ningún caso consentimiento de sus superiores. Entre tanto, la justicia pidió la captura de Leopoldo López, quien se entregó en una estudiada maniobra tras una marcha hasta la fiscalía. No son pocos los que consideran que es un error político, porque lo hace aparecer como víctima de un régimen opresivo. Las autoridades dicen que había un plan de la ultraderecha para asesinarlo y echar las culpas sobre el gobierno.
Diálogos
Sin embargo, la pelota ya estaba lanzada, y hasta en la entrega de los Oscar el actor Jared Leto dio un mensaje de apoyo a los «soñadores» de Kiev y de Caracas. El golpe blando mostraba toda su eficacia. Sólo faltaba que alguien dentro del chavismo «sacara los pies del plato» o que las fuerzas armadas aceptaran el convite de ser la «reserva moral de la Nación», como en otras épocas latinoamericanas. Pero no es el caso y nada hace prever que lo sea en el futuro.
A todo esto, los presidentes de la Unasur mostraban diferencias de enfoques. Mientras Cristina Fernández y Evo Morales daban un decidido apoyo a la democracia y específicamente al presidente Maduro, Dilma Rousseff mantenía una distancia llamativa. Los mandatarios ubicados en el arco conservador fueron algo más evasivos y hablaron de dar lugar al diálogo y de pacificar al país. Maduro, en tanto, convocó a una Conferencia de Paz a la que acudieron todos los gobernantes del oficialismo más un par de gobernadores y diputados enrolados con la oposición, y las cámaras empresarias, que fueron claves en 2002 en el intento de derrocar a Chávez. Capriles y la gente de López y Machado no fueron, alegando que era un circo montado por Maduro para darse un baño de legalidad institucional.
Luego, el presidente de Panamá, el empresario Ricardo Martinelli, «preocupado» por la situación en el vecino país, pidió una cumbre de cancilleres de la OEA para «buscar una salida a la crisis». Venezuela rompió relaciones con esa nación en forma inmediata. Pero aquí viene lo mejor: tras dos jornadas de no menos de 10 horas cada una, y a puertas cerradas, los representes ante el Consejo Permanente del organismo no lograban destrabar un punto esencial: bajo qué condiciones la OEA podía tratar un caso semejante.
Un borrador presentado por Bolivia pedía apoyar el «diálogo nacional», defender la democracia en el país y respetar las garantías constitucionales de todos los actores políticos. Panamá, Estados Unidos y Canadá exigían, en cambio, la intervención de un mediador externo. Seguir debatiendo en esas condiciones hubiese sido una muestra peor de «rebeldía», por lo que el documento salió, pero debajo de la firma de los 29 países que avalaron el texto de consenso está el protesto de Panamá y Estados Unidos, que consideraron –y no se sonrojaron con el planteo– que la OEA debía ser neutral y no tomar partido por una de las partes, igualando al gobierno democráticamente elegido con quienes abiertamente intentan derrocarlo. La soledad en que Estados Unidos quedó dentro de la OEA es una muestra de lo que se avanzó en materia de integración regional desde que en 1999 Hugo Chávez comenzó a batallar por el objetivo de hacer realidad el proyecto de Bolívar.
Revista Acción, 15 de Marzo de 2014
por Alberto López Girondo | Abr 15, 2013 | Sin categoría
Ahora Nicolás Maduro tiene por delante un par de desafíos en los que le va la suerte de la revolución bolivariana. En primer lugar, deberá revalidar su liderazgo hacia adentro del partido creado por Hugo Chávez. Pero también lo tendrá que hacer hacia una sociedad que le dio su confianza por mucho menos holgura de la que le auguraban las encuestas. Y eso en política tiene su peso, como ya se lo marcó Henrique Capriles al desconocer el resultado del comicio de ayer.
Si bien la elección del 7 de octubre le dejó una amplia mayoría en la Asamblea Nacional y el panorama en los estados que componen la nación no es diferente, teniendo en cuenta que el PSUV ganó 20 de los 23 distritos, Maduro deberá demostrar con gestión que lo suyo es nada menos que el comienzo de un chavismo sin un líder de la talla del bolivariano fallecido el 5 de marzo.
Maduro tendrá que hacerse cargo de domar la encabritada economía venezolana, que en medio de una fenomenal crisis internacional viene además de dos elecciones presidenciales en seis meses. Todo esto en el marco de un proceso fuertemente imbuido del protagonismo de Chávez, una sombra que hasta puede resultar asfixiante si no esquiva las trampas que le tenderán los sectores oligárquicos.
Construir liderazgo será entonces una tarea excluyente, porque cada una de sus medidas será puesta a prueba no sólo por la eficacia que prometan sino por la destreza del mandatario electo para sostener el vendaval que le espera. A cada paso le van a contar las costillas buscando demoler la imagen de solidez que necesita para consolidarse en Miraflores.
Del otro lado, la sorpresiva elección de Henrique Capriles le da una estatura de poderoso opositor al gobierno, que si bien no debería traslucir en trabas para el Palacio de Miraflores, sin dudas significará un fuerte condicionante de cara a la opinión pública. Hacia la región, además, la derecha lo pondrá de ejemplo de que puede aspirar a algo más que a la queja continua, si encuentran el personaje adecuado. La pregunta es si con eso alcanzaría para administrar un país. Pero por ahora ese no es el desafío de Capriles.
El problema que planteó el gobernador de Miranda al desconocer el resultado del comicio, ya entrada la madrugada de hoy, es que cualquier futuro civilizado para Venezuela está ceñido al respeto por la Constitución y a un sistema electoral que nadie hasta ahora había cuestionado. Y que todos veedores de toda pelambre reconocieron como uno de los más prolijos y confiables del mundo, lo que no es poco.
Es más: si fuera por amañanaruna elección, lo más cómodo y conveniente hubiese sido «dibujar» una diferencia abrumadora que no dejara hilachas de donde agarrarse.
Políticamente, este resultado no es una buena noticia para el oficialismo. Pero como dijo Maduro, «así es la vida». En política se gana y se pierde y el chavismo ya probó que es capaz de tolerar una derrota, como le pasó en 2007. Le falta a la oposición ahora hacer otro tanto, aunque sea por tan poco.
Tiempo Argentino, 15 de Abril de 2013
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