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¿Contra quién estaremos mejor?

Fue Manuel Vázquez Montalbán, el notable periodista y escritor catalán que creó la saga del detective Pepe Carvalho, quien acuñó la frase. La usó como título de un artículo que publicó en 1978 para la revista La Calle y lo repitió para el diario El País, dos jóvenes apariciones surgidas del renacimiento de la democracia en España tras la muerte del dictador Francisco Franco. El concepto ilustra ese momento de fastidio y desilusión que se vislumbraba al percibir que la cohesión que había dado lugar la lucha contra la tiranía entre los sectores progresistas y de izquierda de la sociedad se iba diluyendo ante la certeza de lo cotidiano. Esa unidad tangible por donde se iba colando el descontento al descubrir que las promesas no se parecen a las realidades, que lo concreto se da de bruces con lo ideal. La misma imagen la utilizó 18 años después en la novela El Premio, cuando un personaje, Alma Pondal, le dice, amargamente, a Marga Segurola: «Oye, que contra Franco estábamos mejor».
El planteo de Vázquez Montalbán era que en tiempos de la dictadura «había una claridad de objetivos y una totalidad de expectativas que compensaban los disgustos inherentes a la lucha contra un régimen fascista».
En aquel verano del 78 en que reflexionaba el autor de Yo asesiné a Kennedy y Asesinato en el Comité Central, entre otras joyas, nació el nuevo régimen constitucional que ahora mismo languidece hacia su desaparición en su Cataluña natal. Sin pretender comparar los momentos históricos, sería oportuno hacer un giro a la frase aplicable a la Argentina de estos días. Una Argentina atravesada por el resultado de la elección del domingo pasado, y en la que desde muchos sectores surgen críticas, cuestionamientos, revelaciones y desazones de todo calibre. Sobre todo de entre quienes desde la izquierda o el progresismo dudan entre el voto en blanco o la inasistencia electoral. Incluso entre quienes se sienten desgarrados o desilusionados ¿Contra quién estaremos mejor los argentinos? Lo que lleva a otra cuestión: ¿A quién se le podrá reclamar qué cosa en este futuro tan cercano?
¿Estaremos en mejores condiciones de defender conquistas y exigir derechos contra Mauricio Macri o contra Daniel Scioli? Quizás esa sea la clave para el 22-N. Entender claramente qué se gana y qué se pierde, y que para comer durazno hay que bancarse la pelusa.

Camino a Octubre

Es un excelente recurso que alguna vez inauguró el recordado Osvaldo Soriano y que sigue como una suerte de homenaje el analista Mario Wainfeld: imaginar algún estudioso de la Argentina proveniente de un país escandinavo que en el marco de una tesis doctoral pregunte por la realidad vernácula, tan proclive a la paradoja y la excentricidad. Los meses previos a las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) le hubieran dado a ese doctorando mucho material para su tesis, por lo sorpresivo del escenario electoral.

Porque el domingo 9 de agosto comenzó en realidad la verdadera campaña para la sucesión de Cristina Fernández, que puede culminar en la elección de octubre o se puede prolongar en una eventual segunda vuelta.

Ese escandinavo imaginario podría revisar los medios más influyentes en este período y encontraría que desde la denuncia y posterior muerte del fiscal Alberto Nisman en febrero se alertaba sobre un país a punto de incendiarse con un Gobierno que llegaba sumido en la corrupción e incluso capaz de llegar al magnicidio con tal de preservar el poder. Paralelamente, insistían en que se avecinaba un fin de ciclo, que lo que venía luego del 10 de diciembre de este año –si es que no se cumplía el deseo explícito en muchos de los voceros mediáticos, de que la presidenta tuviera que irse antes de tiempo– era otro modelo de país. Porque al mismo tiempo arreciaban las presiones sobre la economía, alentada por la especulación financiera montada en un contexto internacional particularmente esquivo para los principales mercados y productos del país.

Pero mientras el caso Nisman se fue desinflando al ritmo de la revelación de cuestiones escabrosas de su actuación pública y privada y el Gobierno fue sofrenando las consecuencias del ataque especulativo, el clima político fue cambiando. Y con ese clima, el humor de los medios concentrados y de la dirigencia opositora. A medida que se fueron calmando las aguas y «el hombre de a pie» fue comprobando que las tormentas pronosticadas no se presentaban, les resultó necesario cambiar el eje del debate.

Ya lo avizoraba el verdadero diseñador de la campaña de la derecha local, el ecuatoriano Jaime Duran Barba, asesor del líder del PRO, Mauricio Macri, cuando a principios de junio le dijo al empresario Francisco De Narváez, cercano entonces al impulsor del Frente Renovador, Sergio Massa: «Cristina es imbatible, porque la economía de bolsillo solo va a mejorar». Se sabe que Duran Barba no tiene pruritos y que el jefe de Gobierno porteño es un muy buen discípulo de sus recomendaciones. Por eso no extrañó el giro de 180 grados que dio el mismo día en que se conoció el resultado del balotaje porteño. Esa vez su ladero Horacio Rodríguez Larreta había sufrido bastante hasta que le confirmaron que venció por muy poco al ex ministro de Economía del Gobierno kirchnerista, Martín Lousteau. Se lo notaba golpeado a Macri cuando salió al tablado en el búnker aquella noche. Sin embargo, a medida que tomó calor sorprendió a los presentes, que con abucheos recibieron la noticia de que ahora el PRO defendía el rol del Estado en la economía y que celebraba la estatización de Aerolíneas, YPF, la jubilación y hasta pedía votar por ley los aumentos a la Asignación Universal por Hijo, algo que en esos días ya se había aprobado pero que él ignoraba. Habló desde entonces como si su espacio político hubiera votado a favor de alguna de esas iniciativas.

Giros

Habrá que reconocer que como estrategia mediática funcionó, porque ya no se habló del pobre desempeño del PRO en esa jornada, ni de que venía maltrecho de Santa Fe y Córdoba, sino del sorpresivo giro de Macri. En simultáneo, fue creciendo la figura de Massa, que había sufrido su propio calvario cuando muchos de los líderes del conurbano que se habían pasado a sus filas volvieron al kirchnerismo porque olfatearon algo que Duran Barba necesitaba ver en las encuestas: que los aires soplaban para un nuevo apoyo al Gobierno.

El nuevo escenario era de un cómodo triunfo del gobernador bonaerense Daniel Scioli. En la provincia, el jefe de Gabinete Aníbal Fernández parecía también acercarse a un holgado triunfo en la interna con Julián Domínguez. Hasta que una semana antes de las PASO se conoció la denuncia de un condenado por el triple crimen de General Rodríguez, que involucró a Fernández en el brutal asesinato ligado al tráfico de efedrina, que se había producido exactamente 7 años antes, un tema que nunca había aparecido en el juicio oral y público y que golpeó de lleno en el Gobierno. Casi tanto como lo había hecho a principios de año la denuncia de Nisman y la aparición de su cuerpo sin vida horas antes de ir a declarar en el Congreso.

En ese marco, y en un fin de semana con inundaciones en varios distritos, los argentinos fueron a cumplir con una obligación ciudadana que tiene la particularidad de representar una encuesta real y verdadera. En las PASO se define quiénes siguen y quienes quedan en el camino. No significa que en la instancia final se vayan a repetir los guarismos fundamentales, pero muestran la tendencia y abren la perspectiva de otros enfoques de campaña.

Por lo pronto estas PASO abrieron las puertas a una renovación en la política que no se daba desde que despuntó el kirchnerismo, hace 12 años. Los que algunas vez «cruzaron el charco» para irse con Massa y volvieron al redil –esos que el ex intendente de Tigre llamó «amigos del campeón»– fueron castigados en sus propias comarcas. Le ocurrió al intendente de Merlo, Raúl Otacehé, y al que fuera el brazo derecho de Massa, Darío Giustozzi, en Almirante Brown, entre otros. En muchos de estos casos, los que ganaron pertenecen a La Cámpora, que revalida así su inserción política con lauros territoriales, a los que suma la candidatura a diputado por Santa Cruz de Máximo Kirchner, el hijo de los dos últimos presidentes.

Otro dato es que políticamente podría decirse que desaparecen protagonistas de estos años de la política y de la batalla mediática. La UCR, que se adosó a la candidatura de Macri, quedó invisibilizada a nivel federal. Y Elisa Carrió, habitué de los programas televisivos en los que amplifican sus frecuentes denuncias, sumó todavía menos. Otro dato saliente: un referente tradicional del trotskismo como Jorge Altamira perdió su interna a manos de una joven promesa mendocina, Nicolás del Caño.

Por otro lado, Massa consolida su liderazgo en un sector de la población que comparte su enfoque sobre el endurecimiento de las leyes penales, su caballito de batalla. A nivel económico, Massa se rodeó de un equipo que tuvo participación en el Gobierno de Néstor Kirchner, acaudillado por el exministro Roberto Lavagna. Es claro en su caso el intento de reflotar la alianza con que comenzó este proceso, allá por 2003, porque entre sus espadas cuenta también con el empresario José Ignacio de Mendiguren, que fuera titular de Producción durante la gestión de Eduardo Duhalde y luego comandó la Unión Industrial Argentina.

Las PASO alentaron una campaña que venía cayendo en picada según las encuestas como la del Frente Renovador. Y aquí viene un punto interesante para analizar por el imaginario amigo escandinavo. Las principales plumas de los medios dominantes venían presionando sin tapujos a una alianza entre Macri y Massa para derrotar al kirchnerismo. Ante la deserción en las filas massistas, pusieron el foco en Macri. Pero el mismo día en que pareció que Macri perdía en la ciudad, redoblaron sus críticas a una oposición que, al decir del mismo periodista que hizo la entrevista con el reo condenado por el triple crimen, «no sirve para nada» porque no fue capaz de encontrar un Henrique Capriles nativo para ponerle fin al ciclo.

El problema es que según este análisis, más del 60% de la población está contra el Gobierno. Pero suman a sectores de la derecha peronista con la izquierda trotskista o la centroizquierda encolumnada detrás de Margarita Stolbizer, tres sectores que no irían juntos a un comicio. Entonces, ¿será cierto que Massa venía perdiendo apoyo, o era el deseo de los estrategas que forzaban su renuncia para sumarle puntos a Macri?.

El caso es que ni bien se conoció el resultado de la primaria, tanto Massa como Macri dieron señales de que quieren, ahora sí, elaborar planes en conjunto si es que alguno de los dos logra entrar a un balotaje con Scioli (ver recuadro). El alcalde porteño, incluso, reforzó su nueva imagen en el discurso pronunciado al fin de la elección. Dijo, esta vez sin recibir abucheos, que había aprendido de radicales, de peronistas, de maestros, de científicos, de sindicalistas, y que por eso ahora valoraba tanto el rol del Estado.

Scioli exhibe en su favor los 12 años de fidelidad y consecuencia con el Gobierno. La dupla con Carlos Zannini representa una fusión razonable para los que piden más kirchnerismo y quienes pretenden continuidad con moderación. Massa ofrece volver al tiempo dorado del crecimiento a tasas chinas –entre 2003 y 2008– y un encendido mensaje penalista. Macri busca contener a los votantes del radicalismo que aceptaron ir a la interna en Cambiemos y a la vez seducir a peronistas antikirchneristas que lo vean como el hombre para derrotar al oficialismo.

De aquí a octubre se irán develando incógnitas. ¿Se sumarán los votos de Elisa Carrió y Sanz a Macri? ¿Irán los de Domínguez a Aníbal Fernández? ¿Se cumplirá la teoría del voto útil, es decir que los que quieren un determinado modelo de país votarán aun con un broche en la nariz al que aliente la esperanza de llevar hacia ese sendero? ¿Les creerán a los antiK que ahora dicen que sostendrán parte de lo que hizo el Gobierno?

 

Revista Acción · 15 de Agosto de 2015

 

Superdomingo: una vuelta más

Mediáticamente el 5 de julio fue presentado como el «superdomingo», porque en una misma jornada coincidían en las urnas distritos que representaban, en grados bien diferentes, el 20% del electorado del país. Puede decirse que, salvo la excepción de unas PASO muy particulares como las pampeanas, los oficialismos salieron refrendados por la ciudadanía de cada distrito. Y este es precisamente un punto a destacar: extrapolar lo ocurrido este 5 de julio al plano nacional es un ejercicio bueno para especialistas en marketing político, pero no sería errado considerar que fueron elecciones con un determinante contenido local.

De hecho, si bien no logró ganar en primera vuelta, Mauricio Macri se animó a festejar y lanzar desde su búnker un bien planificado discurso de campaña presidencial, aunque con un dejo de sabor a poco por los guarismos que mostraban los centros de cómputos. Y los radicales correntinos, que con justa causa celebraron el triunfo en las legislativas locales del gobernador Ricardo Colombi, quedaron opacados ante las cámaras por Sergio Massa, que se apersonó a copar los medios nacionales atribuyéndose el éxito en una coalición de la que participó el Frente Renovador junto con el radicalismo correntino.

De allí el exintendente de Tigre se cruzó a Córdoba para mostrarse de fiesta al lado de José Manuel de la Sota, con la intención de demostrar que su propuesta alternativa a la polarización FPV-PRO está viva para las presidenciales a pesar de que las encuestas indiquen que se viene desgajando de manera acelerada. El dato mediterráneo es que De la Sota le salió con todo a Macri, de cara a las internas abiertas de agosto. Luego del debate que ambos protagonizaron en TN, la imagen del búnker cordobés representa un desafío para quienes ya habían puesto todos los huevos en la canasta del actual jefe de Gobierno porteño.

Hilando más fino, es cierto que en la Capital Federal ganó Horacio Rodríguez Larreta y que se debe ir a segunda vuelta. Algo poco novedoso, ya que desde que la Ciudad de Buenos Aires es un distrito autónomo, ningún gobernante ganó en la primera vuelta. El que más cerca estuvo fue Aníbal Ibarra, con el 49,4% de los votos en el año 2000, cuando Domingo Cavallo, que quedó segundo con el 33,3%, resignó, tras una serie de insultos, acusaciones y exabruptos, sus aspiraciones de seguir en carrera para el balotaje.

Pero hay algunos datos a tener en cuenta. A favor, que luego de 8 años de gestión, el PRO resulta imbatible en todas las comunas, incluso en los viejos bastiones peronistas del sur profundo de la ciudad. En contra, que tras unas PASO en que Rodríguez Larreta dirimió la interna con Gabriela Michetti, el oficialismo porteño perdió unos 50.000 votos. Incógnitas: como bien marcó el candidato del Frente para la Victoria (FPV) Mariano Recalde, el que quedó segundo para el balotaje, Martín Lousteau, es otra cara de una misma moneda y a nivel nacional apoya a la entente formada por radicales, macristas y sectores de la derecha encolumnados detrás de Lilita Carrió.

Con el resultado puesto, el PRO necesita algo menos de 5 puntos para mantener el poder contra 25 que debería sumar el ex ministro de Economía de Cristina Fernández. Una cifra que aparece como inalcanzable. Por lo pronto, Lousteau tuvo que salir a aclarar que no se bajaría de la segunda vuelta, ante versiones –presiones de los medios concentrados y de dirigentes radicales– que avizoran el riesgo de competir con un socio a nivel nacional, algo incómodo de sostener en el tiempo. Y que también arrastró resquemores de la diputada Elisa Carrió, la virtual armadora de una coalición antikirchnerista que buscó adosar el poder territorial que conservan los radicales a la imagen de líder opositor que se nucleó alrededor de Macri.

En este caso habrá que ver qué hará ese casi 22% de votantes de Recalde –unas 400.000 personas–, muchos de los cuales entendieron que el PRO y el ECO, el partido armado a las apuradas para sustituir el devastado frente UNEN, son lo mismo.

Por otro lado, resta determinar qué harán los votantes que desde distintas variantes de la izquierda representan más de 7% de los electores, alrededor de 120.000 votos que difícilmente se inclinen por alguno de los dos contendientes. ¿Votará en blanco ese medio millón largo de ciudadanos, optarán por el mal menor y apoyarán a Lousteau? Mejor aún, ¿irán a votar o se abstendrán, a modo de disgusto ante esta suerte de interna abierta de la oposición? Sería una señal inédita desde la recuperación de la democracia en 1983 y fundamentalmente desde la crisis de 2001.

Esos son los peligros para Cambiemos, el sello con que el radical Ernesto Sanz y Macri disputarán en las PASO. Por eso desde los mismos centros mediáticos con que se intentó llevar a los miembros dispersos de la oposición a crear un frente común, como en Venezuela logró la derecha en torno a la Mesa de Unidad Democrática para apoyar la candidatura de Henrique Capriles, ahora respirarían más tranquilos si Lousteau diera un paso al costado.

Las denuncias sobre los fondos de su campaña, que presuntamente provendrían a través del radicalismo capitalino de negociados oscuros en la Universidad de Buenos Aires, tal vez le limaron algunos votos. Posiblemente, sus propias denuncias de las vinculaciones del macrismo con el negocio del juego hicieron lo propio en el oficialismo porteño. La búsqueda de nuevos votos con estos antecedentes puede ser una mano de brea para ambos de cara a agosto.

El caso es que Lousteau, de la nada, se coló en la segunda vuelta porteña y aspira a crecer para una próxima ronda presidencial como el líder que la UCR no tiene desde hace mucho tiempo. Y Macri no logró más que reposicionarse como un líder «municipal» tras la derrota de Miguel del Sel en Santa Fe –donde compitió contra aliados nacionales como el socialismo y el radicalismo provincial– algo que preocupa a su mentor, el ecuatoriano Jaime Durán Barba.

Córdoba va

El otro distrito donde hubo compulsa electoral fue Córdoba, el bastión del delasotismo desde 1999. Juan Schiaretti arañó el 40% para ganarle por algo más de 5 puntos al radical Oscar Aguad, que iba con el apoyo de su partido, del exintendente de la capital provincial, Luis Juez, y del PRO, la «triple alianza» al decir del actual gobernador, De la Sota, de UPC (Unión por Córdoba). Tercero quedó el representante del FPV, Eduardo Accastello, que gobernó Villa María por 3 períodos.

Como viene ocurriendo desde que el kirchnerismo incursionó en la política nacional, el peronismo cordobés es esquivo al partido a nivel federal, haciendo gala de lo que con cierta gracia los delasotistas denominan «cordobesidad». Ahora De la Sota se presenta como precandidato en las PASO para competir contra Massa en un espacio al que llamaron UNA (Unidos por una Nueva Argentina), y aprovechó también él muy ventajosamente las cámaras durante la celebración del triunfo de su elegido, quien fue secretario de Comercio e Industria de Cavallo durante el menemismo. Ni lerdo ni perezoso, De la Sota apuntó directamente a Macri, al que tildó de «mal líder político y mal gobernante», ya que perdió en Córdoba, abundó, y «tiene por delante un balotaje muy complicado» en la Capital Federal.

Lo que tanto De la Sota como Massa se encargaron de manifestar es la irritación contra una estrategia que, confiados en el supuesto viento de cola que acompañaba a Macri hasta no hace mucho, los dejó afuera de unas PASO de las que podría haber salido el Capriles salvador de la derecha vernácula. Y ahora le gritan en la cara que el nuevo escenario planteado por la decisión del PFV de nombrar como candidatos presidenciales al gobernador bonaerense Daniel Scioli con el actual secretario de la presidencia Carlos Zannini –una fórmula que acarrea en la práctica el perfil moderado y de previsibilidad que el voto independiente reclama al oficialismo nacional con el núcleo duro de las transformaciones logradas en estos 12 años– les hace dudar de sus posibilidades de destronar al kirchnerismo. Sucede que si bien el gobierno de Córdoba fue en esta década un territorio bastante hostil a la Casa Rosada, no es menos cierto que Cristina ganó en 2011 después de que perdiera su candidato provincial. Lo mismo ocurrió en la ciudad de Buenos Aires. De allí la preocupación de los sectores opositores, que reparan en que el presidente de Aerolíneas Argentinas salió tercero y quedó bastante alejado del resultado que cuatro años antes obtuvo en el mismo distrito Daniel Filmus. Pero saben que luego de las PASO porteñas fue el candidato que más creció y partiendo no solo desde el desconocimiento público sino también desde la animosidad por su gestión en la aerolínea de bandera y por su adscripción a La Cámpora. En este contexto, puede decirse que lo suyo fue un éxito y una importante apuesta al futuro en una ciudad que ni siquiera en el mayor auge del peronismo le fue afín. Salvo que se cuente aquel triunfo pasajero de un candidato menemista, Erman González, en los 90.

Fórmula en campaña

En La Rioja el triunfo del delfín del gobernador Luis Beder Herrera, Sergio Casas, fue también importante: 57,6%, sobre el candidato de la «triple alianza», Julio Martínez, con algo más del 39%. A favor del opositor habrá que anotar que es la segunda vez que se presentaba y que en la anterior sumó menos de 20% de los votos.

Hacia allí fueron Scioli, Zannini, Aníbal Fernández y Eduardo Wado de Pedro. Algunos medios cuestionaron que los popes kirchneristas hubiesen ido a festejar a La Rioja, donde Casas no llegó a los 150.000 votos cuando en CABA Recalde había logrado cerca de 400.000. Pero se sabe cómo es la alquimia electoral: el porteño era tercero en la discordia y quedaba afuera de la discusión en la segunda vuelta. El oficialismo venía de ocupar el tercer lugar en Córdoba y en Santa Fe y de ser relegado en Mendoza, tres lugares clave quizá no tanto para determinar el voto a la presidencia, aunque sí al menos para servir de aliento y publicidad a la oposición más acérrima. Por supuesto, no computa a pérdida que en Tierra del Fuego la candidata Rosana Bertone se haya alzado con una victoria peleada pero determinante en el balotaje dos semanas antes, uno de los escasos cambios de mano en los comicios provinciales hasta ahora.

En cuanto a La Pampa, conviene hacer una pequeña digresión. Esta provincia, gobernada por el peronismo desde 1983, tiene una ley electoral que obligaba a realizar internas antes de que se aprobaran las PASO a nivel nacional. La oposición eligió «a dedo» a quienes los representarán en las provinciales, de modo que el único partido que dirimió diferencias fue el peronismo. No hubo acuerdo para ir con una propuesta unificada y se impuso la lista Peronismo Pampeano, del exgobernador Carlos Verna, con el 58,14% de los votos, contra el 41,86% de Fabián Bruna por Compromiso Peronista, el sector kirchnerista.

Scioli, muy activo desde que fue ungido único presidenciable por el FPV, saludó efusivamente el triunfo de Verna y lo anotó como tropa propia, algo razonable porque se sabe que es un electorado «amigo». Lo mismo hizo con Schiaretti que, bueno es recordar, ya fue gobernador entre 2007 y 2011, en esta suerte de cambio de roles que mantiene con De la Sota. No tuvo entonces un mal diálogo con Cristina Fernández, a diferencia de su líder partidario, que trató siempre de diferenciarse y en eso basa su oferta para las PASO. Mucho menos, se descuenta, lo tendría Schiaretti con Scioli en la Rosada. Mientras tanto el exmotonauta sigue sumando a independientes y remisos para su proyecto de llegar al sillón de Rivadavia.

Revista Acción  Julio 15 de 2015

Duran Barba y las lecciones que dejó Ronald Reagan

Duran Barba y las lecciones que dejó Ronald Reagan

Seymour Hersh tiene prestigio como periodista desde que en 1969 publicó una investigación sobre la masacre cometida por tropas estadounidenses en la aldea vietnamita de My Lai. Ganador de cuanto galardón existe en Estados Unidos a una profesión que supo tener mejores tiempos en todo el mundo –Pultizer, George Polk y George Orwell– «Sy» Hersh se destapó en 2004 con otro caso espeluznante: los vejámenes contra detenidos en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Hace unos días, de su pluma salió otra denuncia que si bien tiene menos carnadura, no dejó de generar escozor en la política norteamericana y especialmente en el gobierno de Barack Obama.

Según Hersh –que como se percibe, es de los que de verdad tienen fuentes recontrachequeadas– la Casa Blanca mintió en su versión sobre la muerte de Osama bin Laden en mayo de 2011. La administración demócrata indicó en su momento que había obtenido información sobre el líder de Al Qaeda rastreando su servicio de mensajería y que al intentar detenerlo fue baleado en un tiroteo con un comando de los Navy Seals, todo esto sin conocimiento de las autoridades pakistaníes.

Hersh, en cambio, contó que el Pentágono ubicó a Bin Laden por los datos que aportó un soplón del servicio de inteligencia de Pakistán y que los espías de ese país guiaron a los Navy Seals hasta la habitación que ocupaba el creador de Al Qaeda. «La historia de la Casa Blanca pudo haber sido escrita por Lewis Carroll», reflexionaba Hersh, que ligó de un plumazo la versión oficial con la inventiva del autor de Alicia en el País de las Maravillas. De paso, le quitaba heroísmo a una acción que, más allá de la legalidad y de la legitimidad de un crimen cometido en una nación extranjera y sin juicio alguno, había reimpulsado la imagen de Obama como de un presidente ejecutivo en el orden exterior a meses de su reelección.

Como era de esperar, el gobierno salió a desmentir a Hersh. Y ayer agregó otro punto sobre la cuestión que en principio desvía la atención del planteo del periodista. Así fue que la Oficina del Director Nacional de Inteligencia (ODNI) anunció la desclasificación de documentos relacionados con el caso y corroboró es que efectivamente hubo un soplón, Usman Khalid, un oficial del Ejército pakistaní que había vivido por 35 años en Londres y murió en 2014. La otra cuestión sobre Bin Laden es que se difundió la lista de los libros de su biblioteca y de sus futuros objetivos terroristas. Los libros, justo es decir, valen la pena puesto que van desde Noam Chomsky y Paul Kennedy hasta Bon Woodward, uno de los que reveló el escándalo Watergate.

Es interesante constatar que en el mundo del marketing se suele decir que Obama es uno de los mejores cultores de una técnica desarrollada en los inicios de los ’90, el storytelling. Una traducción pobre diría que se trata de una narración de cuentos. Y tiene mucho de eso, pero no solamente es eso. Como alerta el francés Christian Salmon, el storytelling es una «máquina de fabricar historias y formatear las mentes».
Según publicó el especialista colombiano David Gómez, contar historias para vender un producto tiene varias ventajas: generan confianza, son fáciles de recordar y de contar, brindan un contexto de datos pero por sobre todas las cosas, apela al costado emocional de las personas porque, dicho sea de paso, «todos amamos las historias».

El ejemplo que ponen los especialistas es el de Steve Jobs, el fallecido creador de Apple que, cuando presentó la revolucionaria Macintosh, en 1984, no detalló en qué consistía sino que asoció su creación a la lucha de seres de espíritu libre por romper con el Gran Hermano, representado en la televisión unidireccional, mediante la metáfora del famoso libro de Orwell.

En política hay coincidencia en que el mayor storyteller fue Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos entre 1981 y 1989. La imagen de Reagan, un hombre que mostraba pocas luces, surgido de Hollywood, donde había protagonizado películas menores como cowboy elemental, no lo autorizada para ocupar el Salón Oval. Una de las peores críticas a un film de 1942 fue que «había estado solo casualmente en contacto con su personaje». Luego sería dirigente gremial de los actores y desde allí delató a todos los que en Hollywood tenían inclinaciones de izquierda en la época del macartismo. Como gobernador de California y luego candidato a presidente solía cometer errores incluso de geografía y tenía un lenguaje más bien escaso. Sin embargo, logró captar a multitudes hacia un proyecto notoriamente retrógrado, como fue la imposición a nivel mundial del neoliberalismo más descarnado, junto con su socia británica Margaret Thatcher.

¿Cuál era el secreto del actor devenido en líder político? En la década del ’50 la General Electric lo contrató para presentador en un programa de ficción en la recién nacida televisión que se hizo muy popular. Los directivos de la multinacional le extendieron entonces el contrato para hacer giras por todas las plantas de la firma. Debía dar hasta 14 discursos por día ante un público popular, lo que le granjeó una experiencia inigualable para seducir audiencias con frases cortas, contundentes y sobre todo sencillas. «Él era demócrata. Pero recorrió el país en tren, leyó libros sobre economía e historia. En todos lados donde fue, la gente le contaba historias de cómo el gobierno se entrometía y lastimaba en sus negocios. Así se hizo republicano», señaló hace unos días la revista británica The Economist al presentar la última biografía sobre Reagan, del historiador Henry William Brands.
Otro de los biógrafos del actor-presidente, que murió con Alzheimer en 2004, es William F. Lewis, quien también hace hincapié en este aspecto de Reagan para explicar el secreto de su éxito. «Reagan usó dos tipos de historias. Era experto en anécdotas cortas, chistes y detalles que ilustraban preceptos simples, porque las historias parecían verdaderas o al menos verdaderas para la vida.» Pero también el ex presidente derechista –ligado al combate ilegal del sandinismo y al apoyo a feroces dictaduras latinoamericanas pero también a la caída de la Unión Soviética ayudado por el Papa Juan Pablo II– usó el mito para seducir al electorado con la historia de un Estados Unidos como nación elegida con base en la familia y el vecindario «conducido inevitablemente hacia adelante por su heroico pueblo trabajador».

Salmon anota en su libro –que debe esta columna a la generosidad de Jorge Mancinelli– una frase de los expertos en imagen política James Carville, conocido en estas pampas por haber asesorado alguna vez a Eduardo Duhalde, y Paul Begala: «Reagan ha sido el mayor narrador de la historia política de los últimos 50 años, aunque la mayoría de las historias que contaba eran simplemente falsas.» Una de ellas narraba el caso de una «reina bienestar» (queen welfare) que se había comprado un Cadillac gracias a la demagogia económica del gobierno en contra de todos los trabajadores asediados por impuestos. El discurso caló hondo.

El miércoles se conoció un Manual de Instrucciones del asesor del PRO Jaime Duran Barba para los candidatos de la alianza Juntos por Córdoba. Llamó la atención de los medios desprevenidos pero en realidad es una vieja guía que Mauricio Macri viene siguiendo al pie de la letra desde que se cruzó en la vida con el experto en marketing político ecuatoriano.  Dice el texto filtrado a la prensa que en el discurso de campaña se debe «contar historias (con nombre, apellido y localidad) de gente común que haya conocido durante la campaña. No importa hablar de propuestas, importa emocionar a la gente que está escuchando, mostrar a los candidatos humanos, cercanos. Reforzar la idea de cambio. Hablar de la gente.»

Es decir, el catálogo del storytelling que llevó al éxito a Reagan y sus políticas que perjudicaron irremisiblemente a quienes lo votaron y no sólo en el aspecto económico. Y que ahora, de la mano de otro conservador británico, David Cameron, prometen profundizarse en Gran Bretaña luego del triunfo del 7 de mayo. En Argentina, por los ejemplos que mostraron sus pupilos del PRO, el eje pasa por la seguridad y la historia de un Juan, esposo de una María amiga de un Cacho. O algo así.

Tiempo Argentino
Mayo 22 de 2015

Ilustró Sócrates