por Alberto López Girondo | Oct 24, 2014 | Sin categoría
El domingo se plebiscitan dos proyectos políticos que atraviesan América Latina casi desde que este puñado de naciones inició su vida independiente. Uno vinculado a clases dominantes y el otro, a las grandes mayorías. En ambos casos, el núcleo político que desafía al establishment es un conglomerado de partidos y sindicatos creados en el curso de los últimos 40 años. En ambos casos, llegaron al gobierno luego de varios traspiés electorales. El precio pagado, además, se hizo sentir e interpela en términos ideológicos hacia el futuro.
El Frente Amplio es una construcción que comenzó en Uruguay en febrero de 1971, cuando esta parte del mundo estaba atravesada los embates de la Guerra Fría y los militares se formaban en la Escuela de Panamá, donde la materia principal era la identificación del enemigo como quien luchaba por los derechos sociales y las reivindicaciones populares.
Gran parte de los militantes del FA fueron presos o debieron exiliarse durante la dictadura. Con el retorno de la democracia, en 1984, y con su líder histórico Líber Seregni de candidato, nunca superó el 22 % de los votos. Escasos como para subir a la cima pero suficientes como para dar testimonio. Dos veces fue candidato y dos veces perdió el médico oncólogo Tabaré Vázquez, aunque el Frente seguía creciendo y en 2004 dio el batacazo: ganó en primera vuelta con casi el 51 por ciento. Era la primera vez en 174 años que alguien por fuera de los tradicionales partidos ocupaba democráticamente el gobierno. Un golpe difícil de asimilar para la derecha uruguaya.
En Brasil la historia fue diferente. El golpe militar de 1964 arrasó con lo que quedaba del Estado Novo creado por Getulio Vargas en 1930 y los intentos progresistas de Juscelino Kubischek y Joao Goulart de principios de los ’60. Los viejos gremios ligados al varguismo también se esfumaron en medio de un golpe feroz que había llevado a la cárcel a líderes guerrilleros como la actual presidenta Dilma Rousseff o José Dirceu.
Eso evitó grandes conflictos gremiales en los primeros años del régimen militar, pero a la vez facilitó la creación de nuevos sindicatos, más influidos de propuestas socialistas y marxistas. En ese marco fue ascendiendo en el cinturón industrial de San Pablo el liderazgo de un joven e impetuoso dirigente metalúrgico, Lula da Silva, que por una de esas casualidades del destino, había perdido parte del índice de su mano izquierda en una prensa hidráulica en el mismo año en que se produjo el golpe.
Para 1980, Lula fundaba el Partido de los Trabajadores, una herramienta política a la que se fueron adosando dirigentes e intelectuales de izquierda que en muchos casos ya comenzaban a retornar al país con la tenue apertura que permitía para entonces la dictadura. En abril de ese año, Lula encabezó una huelga de 41 días en las fábricas automotrices y terminó preso y procesado.
Otra vez la Guerra Fría se coló en la historia de estos pueblos: en octubre de 1978 el polaco Karol Wojtyla había sido ungido Papa. Indisimulable anticomunista, Juan Pablo II se reunía semanalmente con el jefe de la CIA, William Casey, para analizar la situación detrás de «la cortina de hierro». También comenzaban los tiempos del neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña.
La gran apuesta de la agencia de inteligencia –y de la Casa Blanca– era un líder también metalúrgico, aunque polaco, Lech Walesa. El hombre había creado Solidarnosc (Solidaridad), y dirigía las protestas contra el régimen comunista. Era el primer sindicato opositor en un país del bloque soviético y la punta de lanza de la ofensiva sobre la Unión Soviética que los estrategas de Washington encontraron para perforar el mundo del socialismo real.
Walesa, católico militante, fue el estandarte del «mundo libre» en contra de la «opresión comunista». ¿Podía, en ese contexto, un aliado incondicional de Estados Unidos como Brasil tener entre rejas a otro metalúrgico que reclamaba derechos? Así fue como Lula fue liberado y terminó desprocesado.
Tras la primera ronda electoral luego del retiro de los militares, el PT decidió que era hora de participar en la lucha por el poder desde la democracia establecida. Tres veces se presentó Lula y tres veces perdió contra candidatos de la derecha, en 1989, 1994 y 1998. El sistema electoral pergeñado por los dictadores no dejaba demasiados resquicios por donde llegar al gobierno. Como detalle a anotar, las últimas dos derrotas del PT fueron ante Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), un intelectual de fuste en los movimientos progresistas de los ’60 que debió exiliarse pero terminó siendo defensor del modelo neoliberal tres décadas más tarde.
Fue en ese contexto que grupos internos del PT, entre los cuales Dirceu fue quizás el más influyente, resolvieron aliarse con sectores tradicionales para dejar de ser un partido testimonial. Fue así que el Partido del Movimiento de la Democracia Brasileña (PMDB) se convirtió en el principal socio del laborismo brasileño. El PMDB es la continuación del movimiento «opositor» legalmente aceptado por el régimen militar y en tal sentido resultó el ganador del primer comicio tras la dictadura, en 1985. Sarney era el candidato a vicepresidente de Tancredo Neves, el abuelo de Aécio, el mismo que ahora disputa la presidencia con Dilma.
Pero Tancredo enfermó tras la elección y murió antes de poder asumir.
Mediante la coalición con sectores centroderechistas, el 1º de enero de 2003 por primera vez un obrero industrial podría llegar al gobierno en un país americano. Pero allí comenzarían también algunos de los problemas que arrastra esta nueva reelección para el PT. Dirceu y encumbrados dirigentes del partido, entre ellos el tesorero, resultaron acusados de pagos irregulares a partidos afines para sacar las leyes que necesitaba el gobierno de Lula. La causa se inició en 2005 con la denuncia de uno de los personeros de esos socios políticos y generó ríos de tinta en los medios concentrados, entre ellos la revista Veja.
Culminó con la condena de todos ellos por la Suprema Corte, en 2012.
Cuando Dilma sucedió a Lula, en enero de 2011, sabía que el tema de la corrupción sería un asunto central en su gestión. Por eso obligó a renunciar a todo funcionario que resultara acusado de no ir por el camino correcto. De ese modo, se fueron siete ministros en el primer tramo de su gestión. Todos de partidos aliados. Las condenas a Dirceu y al presidente del PT José Genoino golpearon de lleno en el partido de Lula.
El tema de la corrupción fue, como se esperaba, central en la campaña tanto en la primera vuelta como en la segunda. Pero en ese sentido, nadie quedó exento de acusaciones, como la presidenta se encargó de recordar en los debates televisados a su oponente, quien fuera gobernador de Minas Geraes y a quien le caben también las generales de la ley.
En Uruguay, los avances que logró el FA no se vieron manchados por denuncias y el inefable José Mujica, resistido por algunos sectores de la sociedad en su momento debido a su pasado guerrillero y sus gestos inusitados, deja el cargo con una imagen favorable del 80%, la misma que tenía Lula cuando entregó la banda presidencial.
Tabaré, un socialista moderado, lleva once puntos de ventaja sobre su inmediato perseguidor, el representante del Partido Blanco Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle. El tercero en discordia, Pedro Bordaberry, es hijo del dictador civil Juan María Bordaberry, quien siendo electo presidente dio un golpe institucional en 1973.
Como eje de todas las campañas, aparte de la corrupción y la inseguridad –en Uruguay hay también un referéndum por la baja en la edad de imputabilidad– figura en lugar destacado la cuestión social. Todos los opositores prometen dejar este esbozo de Estado de bienestar nacido al calor de los gobiernos de Lula y el primer Tabaré. Todos se presentan, también como «lo nuevo».
El recuento de esta historia muestra que nada hubo de nuevo bajo el sol en Brasil y en Uruguay hasta los gobiernos del PT y el FA. Pero que deberán renovar lo nuevo para que esa bandera no la enarbole la derecha, vaciándola de contenido. Un gran porcentaje de los votantes estaba en la escuela primaria cuando lo nuevo llegó al poder, tal vez necesiten más persistencia en el mensaje para percatarse de cómo eran las cosas antes. Y de cómo pueden volver a ser en cualquier momento.
Tiempo Argentino
Octubre 24 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Oct 10, 2014 | Sin categoría
Es un gran paso adelante hacia la integración que en un par de años comiencen a circular los vehículos con patentes del Mercosur. Puede parecer un avance mínimo, una nimiedad incluso, pero sin dudas representa el fortalecimiento de un proyecto fundamental de cara a la sociedad de cada una de las naciones que integran el organismo regional. Es la bandera de la unidad sudamericana en cada auto, en cada ciudad, en cada rincón. Un mensaje de pertenencia que hace falta en un organismo que parece por momentos languidecer en disputas que los medios concentrados se encargan de magnificar pero muchas veces los gobiernos no alcanzan a resolver para bien del conjunto. La Unión Europea puso en marcha un mecanismo similar en 1992, casi una década antes que la moneda común y bastante después de haberse lanzado a la unión aduanera.
Cierto que con la patente no alcanza. En Europa, donde el proceso de integración está a todas luces mucho más adelantado, a las tensiones secesionistas en algunos sitios clave como Cataluña y Escocia se suman grandes capas de la sociedad que ven con sospecha o resquemor a la unión, a la que culpan de muchos de sus males. En todo grupo todos tienen que ceder algo a favor del bien del equipo. El problema se sucede cuando los vientos soplan en contra, como ocurre en muchos países del viejo continente. Es allí que las acusaciones se esparcen sobre los socios. Es entonces que aparecen sobre la mesa aquellas renuncias originales y en grandes sectores son muchos los que creen que estarían mejor fuera del paraguas de la UE que adentro.
Los británicos marchan a la cabeza entre los que dudan de las ventajas de seguir en la UE y no sería extraño que vayan a un referéndum para su continuidad dentro del organismo paneuropeo en 2016. Partidos derechistas de Francia –el Frente Nacional– y de Holanda se posicionan de un modo similar, al igual que grupos más inclinados a la izquierda en Grecia. Lo que demuestra que el camino hacia la integración está más sembrado de espinas de lo que se cree en su inicio.
Sin haber llegado a niveles como los alcanzados del otro lado del Atlántico, hay que admitir que nuestros organismos regionales –Mercosur en primer lugar, pero Unasur y CELAC a continuación– enfrentan dificultades luego de una década de avances. En el caso del Mercado Común al que adhieren Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, a las tensiones propias de un nuevo rumbo para el organismo creado durante el decenio neoliberal se agrega el complicado ingreso de Venezuela como nuevo miembro. Además, los países más chicos mantienen históricos reclamos contra los dos socios mayores que, lejos de solucionarse, con el recrudecimiento de la crisis internacional, se fueron agravando. Lo que debería quedar claro para las dirigencias, con todo, es que la mejor opción siempre es la unidad. No hay otra forma de plantarse frente a los poderosos de turno.
En Brasil, las élites industriales, que desde la llegada de Lula da Silva a Planalto, en enero de 2003, pudieron desarrollarse a nivel global mediante políticas de apoyo, créditos oficiales y la ampliación de su mercado interno, nunca dejaron de ser críticas del PT. Lula solía decir que no le perdonaban que alguien que jamás había pasado por una academia universitaria le diera el progreso que él le había dado a Brasil. Tal vez sea que no toleran que un hombre nacido en la pobreza, y que por lo tanto estaba destinado a no trabajar de otra cosa más que de tornero, haya dado vuelta al país con un partido que demuestra su capacidad de ser el más adecuado para gobernar un territorio de ese tamaño y contradicciones. Tampoco le toleran el acercamiento a sus socios vecinales y a las naciones que buscan un nuevo orden mundial, como las del BRICS.
Los dos candidatos con mayor caudal de votos tras la presidenta Dilma Rousseff en las elecciones del domingo pasado decidieron sumar voluntades para derrotar al PT luego de 12 años en el poder. Más allá de las críticas sobre las que se asienta su discurso opositor en todos los planos, ambos hicieron hincapié en la necesidad de nuevas alianzas y miran hacia el Pacífico. Si es cierto, como los mismos sondeos indican, que la unión regional no es el principal tema de agenda en las encuestas, la única explicación para semejante compromiso antes del balotaje sería lograr el apoyo de los grandes jugadores económicos tanto brasileños como regionales.
Las élites gobernantes, que son las mismas que en los ’90, cuando Fernando Collor de Melo y Carlos Menem firmaron el Tratado de Asunción que dio origen al Mercosur, apoyaron en su momento la creación del espacio común. Las empresas multinacionales también, porque les resultaba y resulta beneficioso planificar e intercambiar libremente entre los socios y con protección externa común. Entonces también firmó el uruguayo Luis Alberto Lacalle y el paraguayo Andrés Rodríguez, que poco antes había desplazado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Pero desde la llegada de Néstor Kirchner y Lula da Silva el enfoque con que se manejó el Mercosur fue cambiando hacia una mayor integración industrial. Que no favoreció a todos los socios pero le dio un perfil más autonómico en relación con las potencias centrales, además de haber avanzado hacia posiciones sociopolíticas más progresistas. Sobre esta base es que crecen las críticas en Uruguay y Paraguay. Un guante que recogió el candidato opositor oriental Luis Lacalle Pou, hijo del mandatario que firmó en Asunción y que ahora intenta canalizar las quejas por lo que reclaman los uruguayos.
En Brasil el rechazo es más bien porque los caballeros de la industria paulista consideran que Mercosur es un freno para un país que, creen, está para cosas mayores. Sueñan con volver al «primer mundo». Pero fundamentalmente saben que con organismos regionales sólidos y una integración más profunda a nivel social y económico pierden privilegios obtenidos de su conexión con el establishment global.
Este domingo hay elecciones en Bolivia y nada indica que Evo Morales vaya a tener menos votos que hace cinco años, cuando se alzó con el 64% de los sufragios. Es posible, incluso, que el triunfo sea por un porcentaje mayor, con el dato adicional de que ganaría en Santa Cruz de la Sierra, que fuera foco de la resistencia a su gobierno y donde se llegó a plantear el secesionismo de la mano de sectores vinculados a la oligarquía más reaccionaria.
No es inocuo que Evo se convierta en el mandatario que más tiempo estuvo en el poder en su país desde la independencia, superando al general Andrés de Santa Cruz, quien gobernó entre 1829 y 1839. Pero aquellos eran otros tiempos y para ocupar un despacho en la casa de gobierno era necesario mucha voluntad política y bayonetas fieles, algo que nadie logró desde entonces, al punto de que en los 180 años anteriores al triunfo del MAS, en 2005, hubo 84 mandatarios –34 de ellos de facto– a un promedio de 172 días en el cargo para cada uno.
Morales encarnó las transformaciones más profundas desde la Revolución de Paz Estenssoro en 1952 y tiene el más firme apoyo popular. Hay razones para su éxito. Uno es la sólida alianza de los sectores populares y las organizaciones sociales, que ahora son un factor de poder relevante y con conciencia de su rol. También por la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos, que le permitió disponer de un excedente para inversiones sociales y desarrollo, cuando antes iban a bolsillos privados.
Pero hay una realidad a esta altura histórica que explica este momento: en el tramo más duro del enfrentamiento en la Media Luna próspera de Oriente, Morales contó con el apoyo de las instituciones regionales y de los gobiernos de Argentina –estaba ya en el poder Cristina Kirchner– y de Lula da Silva en Brasil. ¿Podrá tener la misma tranquilidad si cambia la ecuación política en el vecino mayor y más poderoso? ¿Qué ocurriría si en Argentina llegara a ganar alguno de los candida
Tiempo Argentino
Octubre 10 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Oct 3, 2014 | Sin categoría
Se suele afirmar por estas tierras, tan proclives a la desconfianza, que ciertos encuestadores, a medida que se acercan los comicios, van publicando los resultados verdaderos, cosa de no quedar el offside cuando se conozca el resultado final de la elección. Otros, que conocen la trama más íntima de la sociedad brasileña, sostienen que los nativos de la principal potencia latinoamericana son naturalmente muy mutantes, y que cambian con frecuencia de parecer. Sin embargo, a la hora de depositar el voto todo indica que prima un conservadurismo subliminal bastante arraigado. Esa tendencia, que impidió al líder del PT Lula da Silva ganar la Presidencia en sus tres primeras incursiones electorales, entre 1989 y 1998, ahora curiosamente le jugaría favor para que una amplia mayoría apruebe un segundo mandato de Dilma Rousseff.
Ya sea que se respalde una u otra interpretación de los estudios preelectorales, lo cierto es que poco queda de ese furor inicial de las agencias encuestadoras –y que repercutían de inmediato en los grandes medios con gran expectativa –acerca de un potencial triunfo de la candidata Marina Silva, ni bien se produjo el accidente que le costó la vida al candidato del partido Socialista, Eduardo Campos. Ahora, a menos de dos meses de esa tragedia, incluso, se habla de una victoria en primera vuelta de la sucesora del ex trabajador metalúrgico. Y fluyen ríos de tinta tratando de entender las razones para tan abrupta caída en la voluntad ciudadana hacia la ex ministro de Medio Ambiente de Lula.
No sería un buen punto jugarse por cualquiera de estas opciones, ni siquiera aventurar un resultado certero este domingo. Pero sí es interesante desmenuzar los motivos que convierten a Brasil en la avanzada de una batalla por el futuro de América Latina que se disputa de un modo sibilino, «mientras todos estamos ocupados en otras cosas», parafraseando a John Lennon.
Porque no conviene creer que es casualidad el repentino incremento de hechos de violencia en territorio brasileño días antes de la elección. Ya había sucedido semanas antes del comienzo del Mundial de Fútbol, que finalmente se desarrolló sin mayores perturbaciones, salvo la abrumadora derrota del «scratch» local frente a Alemania, algo que no parece haber influido demasiado en las inclinaciones electorales de los brasileños. Tampoco es casualidad que una semana antes haya perdido valor el real con relación al dólar, luego de que se comenzaran a develar los últimos sondeos.
Lo cierto es que en este mes de octubre se juegan simultáneas cruciales para el futuro de la región. Brasil, en primer lugar y no solo cronológicamente, vio en la campaña electoral cómo se fue desplegando una pelea por un modelo económico y también social. Eso se percibe en las posiciones que fueron adoptando los candidatos.
Tanto el tercero en las encuestas, Aecio Neves, del PMDB, como Campos primero y luego Silva, lanzaron juramentos de libre mercado y defensa del status quo neoliberal. La candidata ecologista, en tal sentido, dijo claramente que en caso de ganar será impulsora de un Banco Central independiente del poder político. Algo que Dilma se encargó de retrucar alegando que su gobierno mantiene la idea de una «autonomía relativa» en ese organismo porque una independencia absoluta «convertiría al BC en un cuarto poder». Discusiones estas que han atravesado el debate en varios países y se manifestó sobre todo en la Argentina.
Nuestro conocido James Petras, sociólogo y docente en la Universidad de California en Berkeley, en un reciente análisis detalla la inquietud que trasciende en Washington por la eterna puja entre las dirigencias militares y las corporaciones multinacionales, que en la práctica están desarrollándose en «el patio trasero» latinoamericano, donde se cruzan tensiones entre «el imperialismo militar y el capitalismo extractivo».
«En Argentina y Brasil, las políticas reformistas moderadas de los regímenes de Kirchner y Lula/Rousseff están bajo asedio. Haciendo trastabillar los ingresos de exportación, con déficits crecientes y presiones inflacionarias, han alimentado una ofensiva neoliberal que toma una nueva forma: populismo al servicio de la colaboración neoliberal con el imperialismo militar.» El analista estadounidense evalúa que una parte de las corporaciones, a las que denomina «extractivas» porque sólo buscan la acumulación de capital, están divididas. «Algunos sectores mantienen lazos con el régimen (los gobiernos), otros, la mayoría, están aliados con el creciente poder de la derecha.»
La derecha brasileña, agrega Petras, creyó encontrar en una antigua ambientalista la persona indicada «para llevar adelante la línea dura a favor del sector financiero neoliberal». Para la Argentina, el autor de El nuevo orden criminal considera que «el estado imperial y los medios de comunicación han respaldado los fondos especuladores y han lanzado una guerra económica a gran escala, reclamando un default con el fin de dañar el acceso a los mercados de capital de Buenos Aires y aumentar sus inversiones en el sector extractivo».
La semana entrante hay elecciones en Bolivia. Allí no quedó mucho de la derecha política. Esa tensión permanente entre democracia, necesidad de cambios y golpismo oligárquico fue laudado por el gobierno de Evo Morales hacia «el lado de la justicia» desde la intentona de la «media luna próspera» del Oriente boliviano de 2009. A partir de ese momento, y mediante el expediente de echar del país a representantes de ONG vinculadas a la CIA y de organismos como la DEA, pasando por embajadores demasiado interesados en intervenir políticamente fronteras adentro, las aguas se fueron calmando. El líder cocalero marcha hacia una segura victoria que incluso puede ser récord, luego de haber literalmente dado vuelta al país en una revolución pacífica como no se tienen muchos antecedentes en el mundo.
El último domingo del mes, los uruguayos también van a las urnas. Y allí también se plebiscita una gestión progresista, la que en 2005 comenzó el Frente Amplio de la mano de Tabaré Vázquez. De un tono mucho más moderado que su sucesor, el inefable José Mujica, Vázquez marcha primero en las encuestas pero hasta ahora hay sondeos que indicarían un posible triunfo de Lacalle Pou. Quizás porque el representante del Partido Blanco resulta más «vendible» que el del Colorado, Pedro Bordaberry. Ambos son de derecha, y ambos son hijos de ex presidentes. Pero Bordaberry fue el que dio el golpe institucional en 1973 que abrió las puertas a la dictadura militar.
Luis Lacalle Pou, en cambio, se muestra como un joven atlético, decidido y con aires de empresario próspero pero con sentimientos sociales. Una mezcla de Enrique Peña Nieto y Henrique Capriles, que promete no romper con las políticas inclusivas de los gobiernos progresistas del FA, pero mejorando «lo que no funciona bien». No es fortuito que haya sido recibido por líderes de la oposición argentina que buscan definir un perfil para 2015 pero caminando por los senderos de la centro derecha, que son, al decir de Arturo Jauretche, como circular por la vereda donde calienta el sol.
En horas tan determinantes para Latinoamérica, la noticia del asesinato de Robert Serra, la joven promesa del chavismo, genera más preocupación por la forma en que toma la disputa en algunos territorios. El año ya había comenzado con un plan de desestabilización contra el gobierno de Nicolás Maduro que puso en vilo al continente y que a pesar de los 43 muertos, no da señales de haberse saldado. Para Petras, «El caso de Venezuela destaca la persistente importancia del militarismo imperial en la política de Estados Unidos en América Latina.» Sería interesante encontrar argumentos para decir que se equivoca.
Tiempo Argentino Octubre 3 de 2014
Ilustró: Socrates
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