por Alberto López Girondo | Dic 8, 2015 | Sin categoría
El resultado de las legislativas venezolanas causó escozor en los sectores progresistas de América Latina, pero no sorpresa. Si bien las encuestas dejaron de ser un sistema creíble para prever conductas electorales, todos los sondeos previos adelantaban diferencias importantes entre la oposición y el chavismo. Y según dicen los analistas que transitaron las calles de ese país, la sensación de que soplaban nuevos aires era evidente.
Es difícil gobernar en medio de una guerra económica como la que se desató sobre la presidencia de Nicolás Maduro. El sucesor de Chávez triunfó en 2013 y desde entonces debió soportar una campaña de deslegitimación del derrotado candidato Henrique Capriles y de toda la oposición. Es cierto que había ganado por escaso margen, pero había ganado y el sistema electoral venezolano, se terminó de corroborar ahora, es seguro y transparente.
La denuncia de fraude servía a los fines de desgastar al chavismo, todavía golpeado por la muerte de su líder. La tarea fue seguida por el desabastecimiento de productos esenciales y por las guarimbas, una ola de violencia que costó la vida de 43 personas en 2014. Nunca pudo estabilizar la situación el presidente. Y la derecha regional también hizo su aporte.
La prueba más evidente, por si alguien dudara, de las profundas relaciones que imbrican a los países de la región es la forma en que se encadenan los procesos. La década del ’70, con su secuela de sangre y muerte, se extendió de Brasil a Chile, Uruguay y Argentina desde antes del Operativo Cóndor, el siniestro plan orquestado para eliminar a los sectores de la izquierda latinoamericana. La recuperación democrática en los ’80 también fue una sucesión como en dominó. Ni qué decir de los avances comunes en lo que va del siglo, desde el Brasil de Lula a la Argentina de Kirchner. Todo eso había empezado con la Venezuela de Chávez en 1999.
La oposición al líder bolivariano tardó su tiempo en unificarse detrás de un objetivo común: derrotar al chavismo. Apoyó el golpe de 2002 y luego intentó deslegitimar las instituciones bolivarianas negándose a ir a comicios en 2003. Chávez logró aprobar una Constitución que en un librito de tapas azules del tamaño de un paquete de cigarrillos regalaba a quienes lo visitaban. Una forma de crear ciudadanía. Esa misma constitución, rechazada por los sectores ultras de la MUD, terminó consolidada el domingo con el triunfo de la oposición. Es un triunfo para la democracia chavista. No hubo denuncia de fraude, ganó la oposición con las reglas de juego bolivarianas y nadie les deslegitimó el resultado. ¿Respetarán el espíritu de esa Carta Magna ahora que tendrán el poder formal en la legislatura?
por Alberto López Girondo | Nov 20, 2015 | Sin categoría
Se nota que en Latinoamérica hay un reflujo de los movimientos progresistas, para qué barrer debajo de la alfombra. Luego del proceso de integración regional más importante en dos siglos de historia, es notorio el grado de recuperación de la derecha tradicional, ligada a los poderes hegemónicos, en Brasil, en Ecuador, incluso en Venezuela y ni qué decir en Argentina.
Se lo percibía en octubre de 2014, cuando Dilma Rousseff ganó el balotaje sobre Aecio Neves por muy poco. Lo que auguraba -y quedó plasmado en esta columna- que no tendría tiempos fáciles la presidenta brasileña, cosa que pudo verificar ni bien asumió su segundo mandato.
Un año antes, en abril de 2013, Nicolás Maduro también obtuvo el cargo por muy poca diferencia, tras lo cual, la derecha generó todo tipo de acciones primero para deslegitimar al sucesor de Hugo Chávez y luego para crear una atmósfera de violencia de la que aún se pagan las consecuencias.
Se trata de una derecha que aprendió de sus errores y no tiene problema en reconocer logros de los gobiernos progresistas con tal de acceder al poder. Lo que harían luego ya se sabe, es como la fábula del escorpión y la rana. No pueden más que obedecer a los dictados de su naturaleza.
En lo que hace a las relaciones con el mundo, sin embargo, es donde han sido más explícitos y coincidentes. Allí no hubo subterfugio alguno, tal vez porque descubrieron que no es un tema que impacte en las campañas o porque el tema de las alianzas exteriores tiene para un sector determinante del electorado mucho de aspiracional. Define qué queremos ser, dónde y con quién queremos estar.
Cuando Lula llegó por primera vez al gobierno, y luego de sus primeras entrevistas con Néstor Kirchner, en aquel ya mítico 2003, dijo una frase que resultaba toda una muestra de los tiempos que se avecinaban. «Los brasileños siempre miramos más a Europa y Estados Unidos que a América Latina». Tenía que llegar al Planalto un metalúrgico nacido en la miseria nordestina para expresar lo que el resto de los latinoamericanos ya había anotado desde los orígenes, que Brasil daba la espalda a la región, que miraba con resquemor su destino sudamericano. Son razones históricas que no es dable expresar en estas líneas y que marcan los rumbos del Brasil desde tiempos del imperio.
El lema «civilización o barbarie» caló hondo no solo en la patria argentina de Sarmiento. Fue y es una consigna para las elites ilustradas del resto de los países independizados de España en el siglo XIX. En esta parte del Río de la Plata no solo acarreó guerras sangrientas sino también definió los dos campos en que se debate la nacionalidad. ¿Queremos ser latinoamericanos o nos sentimos europeos en el exilio, como planteaba Jorge Luis Borges?
Resultan interesantes vistas hoy las agudas polémicas entre Sarmiento y Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853. La crítica de Sarmiento a la Carta Magna se hace, como bien le marca contemporáneamente Alberdi, desde la óptica de su exacerbado apego a los Estados Unidos como un modelo a copiar. Sarmiento, impulsor de la educación estatal, esto también es cierto, buscaba el destino nacional mirando al norte. Alberdi escribió para esa época en un diario de Valparaíso que «los Estados Unidos no pelean por glorias ni laureles, pelean por ventajas, buscan mercados y quieren espacio en el Sur. El principio político de los Estados Unidos es expansivo y conquistador.»
Este debate posterior al rosismo cruza toda la historia latinoamericana desde la independencia y es el trasfondo del Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Ni qué decir que tanta disputa de sentido llega hasta la Filosofía de la Liberación en los 70, de la mano de un puñado de seguidores del mendocino Enrique Dussel. En la misma senda se ubica la Teología de la Liberación, que promovió la renovación más impactante de la Iglesia Católica que resultó envuelta en la tragedia de aquellos años y fue clausurada por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Un Papa latinoamericano no es sólo un gesto de generosidad de los cardenales que lo eligieron en Roma. Es, utilizando términos eclesiásticos, una «intervención estratégica del espíritu santo» en tiempos del crecimiento de esta parte del mundo.
No es casual que en la ciudad administrada por Mauricio Macri la versión del programa de entrega de computadoras a los alumnos de las escuelas públicas, que la Nación bautizó Conectar Igualdad, se llame Plan Sarmiento. Expresa claramente un proyecto de país y de región. No es casual tampoco que este proyecto se lleve de la mano del que propone la oposición venezolana encarnada en Henrique Capriles y el PSDB brasileño, que se encolumnó detrás de Neves.
A la pregunta de qué queremos ser, los gobiernos populistas respondieron «latinoamericanos» y obraron en consecuencia, creando y fortificando instituciones para cristalizar ese proyecto común. El conservadurismo ofrece acercarse a Estados Unidos y Europa, el Occidente difuso que pretendían defender los militares en los años de plomo. La derecha regional impulsa una amalgama de esa cultura la que los latinoamericanos, por razones obvias, no podemos desconocer porque forma parte de las raíces.
En el caso concreto del alcalde porteño, su visión sobre los vecinos más cercanos, sobre todo de paraguayos y bolivianos, las dos comunidades más pobladas, es como la de cualquier vecino de Recoleta. Si a alguien quisieran parecerse no es precisamente a ellos, que representan a lo que permanece de los pueblos originarios. Esa clase de citadinos despliega una mezcla de desprecio y racismo muy ostensible que incluso resultaría peligroso para el mantenimiento de las relaciones con esos países en caso de que esta opción política se haga de la presidencia.
Pero como en esa misma derecha el componente empresarial y que privilegia el interés monetario es clave, convendría mostrar las reflexiones que los poderes financieros internacionales, a los que se identifica con los reales factores de poder en estos días, piensan. En tal sentido, uno de los bloques armados en estos años, el BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, puede decirse que es una creación de un perspicaz analista de la banca Goldman Sachs, Jim O´Neill, quien en un estudio sobre los mercados emergentes que podrían ser el gran imán para las inversiones hacia mediados del siglo XXI, elaboró el acrónimo con los nombres de esas naciones, que le sonó a «ladrillo», brick en inglés. La decisión política de conformar el bloque es posterior.
Con las prospecciones de O’Neill coincide un reciente estudio de la consultora Price Waterhouse & Co -a la que tampoco se la podría considerar populista ni algo semejante- que considera que «los activos bancarios nacionales del E7 (China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía), así como las ganancias potenciales del sector, serían mayores que los del G7 (EE UU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá) hacia 2036», adelantando en 14 años su evaluación inicial.
Ese rumbo esperado explica el acercamiento a China y Rusia y el proyecto en marcha de ampliar el Mercosur con nuevos componentes, como Bolivia y Ecuador. Pero además de las justificaciones materiales, también hay cuestiones ideológicas. Cuando la derecha desliza la necesidad de «reinsertar» al país en el mundo, es claro que hablan de ese mundo occidental al que pertenece por razones culturales e históricas.
Pero entonces cabría la pregunta ¿a qué Europa proponen ligarse, a que Estados Unidos? Porque si es la Europa del estado de bienestar y de la justicia social no habría voces en contra. En cambio, la Europa actual es la de la troika que somete a griegos, españoles e italianos al ajuste perpetuo. Igualmente, al New Deal de Franklin Roosevelt no habría problemas en acordar, pero al del recorte de beneficios de las Reaganomics…
Por otro lado, la Europa está al rojo vivo por los ataques yihadistas, consecuencia de tropelías cometidas por algunos de sus países coloniales. La Europa de estos días, como hizo Estados Unidos luego del 9/11, recorta las libertades civiles, tal vez su máxima contribución a la humanidad, y levanta muros para evitar las «invasiones bárbaras». ¿A esa Europa en conflicto proponen ir? ¿No se corre el riesgo de comprarse conflictos ajenos innecesariamente?
Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2015
por Alberto López Girondo | Nov 13, 2015 | Sin categoría
La sorpresiva conversión del alcalde porteño Mauricio Macri, la misma noche en que por muy poco retuvo el Gobierno de la Ciudad -fue el 19 de julio, hace apenas tres meses y monedas- autoriza a algunas reflexiones de cara al balotaje, pero mucho más al debate de este domingo entre los dos aspirantes a la presidencia. En temas como la política exterior, que no asomaron como parte de las campañas.
Aquella noche, con el rostro casi desencajado porque en el conteo de votos en el búnker del Pro temieron haber perdido con Martín Lousteau, y ante la protesta de sus seguidores, Macri salió a defender algunos logros del gobierno kirchnerista. Habló de la Asignación Universal por Hijo, de la recuperación de YPF y Aerolíneas y de otras cuestiones muy sensibles a los oídos de quienes creen que el rol del Estado es fundamental para reducir la desigualdad.
Tras conocerse el no menos impactante resultado de la primera vuelta nacional, una rápida conclusión fue que prácticamente la totalidad del electorado había votado a opciones que -de creer en la sinceridad de las promesas del candidato de la alianza Cambiemos- coincidían con políticas que se desarrollaron durante estos 12 años. Si a la recta final llegaron Daniel Scioli y el propio Macri, puede decirse que las alternativas que se presentan -de la boca para afuera- serían las mismas.
Más aún, ese lunes aciago para el oficialismo, Macri confirmó que Scioli había llamado para felicitarlo y prometió que una vez que se calzara la banda celeste y blanca, «el 11 de diciembre quiero hablar con todos los candidatos a presidente para acordar políticas de Estado, también con los gobernadores (sic)». No fue muy preciso pero si mencionó una modificación en el sistema electoral, «la recuperación de las economías regionales, el fomento de una justicia independiente y una Argentina de pobreza cero».
Ya que está dispuesto a establecer políticas de Estado, ¿Por qué no aprovechar que los dos contendientes se verán las caras este domingo para firmar un documento que establezca esas políticas de Estado que la ciudadanía plebiscitó el 25 de octubre? Que quede rubricado ante esa audiencia que será sin dudas multitudinaria -qué mejores escribanos que los espectadores- el compromiso de que gane quien gane ese será un compromiso férreo que de no cumplirse la ciudadanía deberá exigir. Si ya hay consenso en una YPF y una aerolínea estatal, y se emiten señales desde el PRO de que la educación y la salud públicas, los planes sociales y el apoyo a la ciencia se van a mantener, debería ser apenas un trámite y entonces sí «que gane el más mejor». Todo esto va en consonancia con las promesas de concordia y felicidad que se pueden ver en los spots que atruenan los medios masivos, de modo que no se perciben excusas válidas para negarse.
Pero a ese histórico compromiso debería agregarse un rubro que se nota descuidado en las campañas. Tal vez porque no aparece como una preocupación en los «focus group» con que se diseñan las estrategias publicitarias. Sin embargo, mal que les pese a analistas apresurados, Argentina no vive dentro de una burbuja y lo que ocurre del otro lado de las fronteras influye de manera decisiva.
Se podrá discutir la pertinencia de políticas llevadas a cabo por el oficialismo en esta década larga, pero ignorar de qué modo la crisis internacional afectó a la economía local debería ser considerado casi como un delito grave. Sin embargo, las acusaciones que de unos años a esta parte recibe el gobierno nacional son directamente maliciosas. Porque cuando había crecimiento a tasas chinas hablaban de «viento a favor» para minimizar la eficacia de las políticas locales. ¿Ahora que hay viento en contra lo exterior no existe? Porque las cifras locales, siendo menos auspiciosas que en el primer tramo kirchnerista, no son todo lo que auguraban desde las usinas opositoras y ni siquiera son tan malas como las que muestra Brasil, el socio comercial más cercano y determinante para le economía nativa.
Revisando los programas
Dicho esto, hagamos un recorrido sobre el lugar en que está parado cada aspirante al sillón de Rivadavia. Scioli avisó con tiempo que apuesta a profundizar la integración regional. Para lo cual se reunió con Lula, con Dilma, con Evo Morales, con Tabaré Vázquez y con José Mujica. Lo dice y lo repite: la Argentina bajo su gobierno será una continuación de la gestión exterior de Cristina Fernández. Aunque sus voceros ya adelantaron que piensan al mismo tiempo estrechar lazos con Estados Unidos y la Unión Europea. Lazos que por otro lado no estaban rotos. Sucede que la Casa Rosada en estos años negoció duro con la UE por la firma de acuerdos comerciales y se plantó frente a Washington de un modo que otras administraciones no habían hecho en asuntos como Cuba, Venezuela, golpes en Paraguay y Honduras, Irán e incursiones bélicas estadounidenses en el mundo. Sólo basta recordar las relaciones carnales y el envío de buques para el primer bloqueo a Irak del menemismo y los votos a favor del bloqueo a Cuba con la Alianza para ver la diferencia. ¿Esto implica que las relaciones con Barack Obama están rotas? De ninguna manera, pero negociar es como comprar un auto usado, hay que doblar la apuesta hasta que se llega a algún precio razonable. La asociación de YPF con Chevron prueba que los empresarios no tienen dudas al respecto.
Por el lado de Macri, la falta de definiciones en este tramo se puede cubrir en abundancia con declaraciones previas a la campaña y por gestos bien claros y contundentes. En primer lugar, sus amigos son el Partido Popular español y especialmente el ex presidente del gobierno José María Aznar y el actual Mariano Rajoy. En la región, su amigo es Álvaro Uribe, ex presidente colombiano y principal opositor a la firma de un acuerdo con la guerrilla que ponga fin a más de medio siglo de una guerra civil que causó miles de muertos y millones de desplazados en medio siglo y que está a punto de culminar en La Habana con un pacto que dé nacimiento a una nueva Colombia. Por otro lado, un triunfo del PRO es esperado como una señal de nuevos rumbos para la derecha latinoamericana por Henrique Capriles en Venezuela, Aecio Neves en Brasil y toda la dirigencia que aspira a poner fin a estos años de integración.
Argentina no solo logró que la UN apruebe declaraciones por Malvinas y contra los fondos buitre sino que se convirtió en un referente sobre Derechos Humanos y sobre la necesidad de integrarse en nuevos espacios democráticos a nivel internacional. CFK reclamó en reiteradas ocasiones cambiar las reglas de juego en ese organismo creado para consolidar el poder de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cambiemos también impulsaría cambios en la UN?
El mundo está en las vísperas de algo nuevo. Estados Unidos sigue siendo una potencia relevante, pero su poder viene declinando y nuevos jugadores se suman al escenario. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS), están llamados a ser las potencias del siglo XXI y Argentina ya avisó que quiere estar en esa liga. Los voceros en política exterior del PRO repiten que con el triunfo de Macri llega la felicidad y aseguran que lo mismo ocurrirá en cuanto a las relaciones exteriores. Es más, sostienen que el país debe reinsertarse en el mundo. Una forma de ocultar que Argentina nunca estuvo afuera -en todo caso se abrió a rumbos no tradicionales- y que el mundo del que hablan es el de las viejas estructuras que, la realidad demuestra, vienen en caída. Es cierto que esa caída, como la del imperio romano, puede durar centurias y tal vez ni quien escribe ni quienes lean estas líneas la verán. Pero ¿no es que un estadista debe ver mas allá de la próxima elección?
Macri, como jefe de gobierno, no fue muy feliz con la comunidad boliviana y paraguaya cuando la toma del Indoamericano en 2010. Evo ya avisó que apoya a Scioli, Bolivia es el nuevo socio del Mercosur, ¿Qué plantea el PRO en relación con eso? ¿Qué haría con Brasil y Uruguay, que también eligen al candidato del FPV como garante de continuidad en política exterior? ¿Qué haría con los acuerdos con Rusia y con China? Su padre, sus empresas, tienen negocios con el gigante asiático, sabe que se puede ganar mucho con la relación, pero él mantuvo distancia y cuestionó esos convenios. Ahora Techint salió nuevamente a denostarlos, porque cree amenazados sus intereses particulares. ¿Lo que es bueno para Techint será bueno para los argentinos? Eso no sólo es economía, es política exterior y también es conveniencia a largo plazo ¿Macri estaría dispuesto a sostener estas políticas de Estado? Buena pregunta para el debate.
Tiempo Argentino
Noviembre 13 de 2015
por Alberto López Girondo | Oct 9, 2015 | Sin categoría
En Brasil se las llama «pedaladas», literalmente pedaleo. En este lado del mundo ese procedimiento podría ser traducido como «bicicleteada». El sistema guarda ciertas similitudes con el que había sido aplicado alguna vez por el entonces zar de la economía local Domingo Cavallo, y en su interpretación más extrema se lo conoce como «contabilidad creativa». La versión más delictiva podría estar representada por el ejemplo de algunos grupos económicos que maquillaron cuentas con el propósito de obtener fondos frescos, aunque luego esos aportes terminaron esfumándose en el aire, como hizo la firma de energía Enron en los ’90, que quebró dejando colgados a accionistas, inversores y miles de trabajadores en todo el mundo.
El caso que implica a la gestión de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, según el Tribunal de Cuentas de la Unión –un organismo de control administrativo de la Legislatura integrado por dos tercios de representantes elegidos por el congreso y el resto por el Poder Ejecutivo– sería una «grave ofensa» contra la ley de responsabilidad fiscal ya que, explicó el relator del TCU, Augusto Nardes, el gobierno retrasó pagos para programas sociales a los bancos públicos, con el objetivo de dibujar un déficit menor en el presupuesto de 2014. De paso, esa institución estatal desliza la sospecha de que el dinero se hubiera utilizado para fines más oscuros. El guante lo recoge el Tribunal Superior Electoral, que se propone investigar cómo se pagó parte de la campaña del oficialismo, con lo que les deja la puerta abierta a los opositores más extremos, que ven la oportunidad de, en caso de poder demostrar esas irregularidades, anular las elecciones que le dieron un segundo mandato a la primera mujer en llegar al Planalto en la historia de Brasil.
La cifra de esta presunta maniobra fue estimada por el TCU en el equivalente a 27.300 millones de dólares. La «pedalada» habría permitido reducir el déficit en las cuentas públicas en 1795 millones, indica el informe de 1400 páginas ¿Es dinero que se llevó la presidenta, lo utilizaron sus correligionarios del PT para provecho personal? Nada de eso, la falla consistió, de acuerdo a la presentación, en que el gobierno aplicó una medida que en la práctica le habría permitido obtener un «crédito oculto» de los bancos estatales sin el permiso del legislativo, algo que la ley no permite, violando ostensiblemente las disposiciones fiscales.
¿El gobierno niega totalmente la información que envió al tribunal? No, la oficina de prensa de la Presidencia respondió que «los órganos técnicos y jurídicos del gobierno tienen plena convicción de que hay motivos legales para el rechazo» del dictamen del TCU –es decir, para negar las acusaciones–, y agrega que el organismo sancionó maliciosamente al gobierno por las medidas que tomó en su momento para financiar «programas sociales como la Bolsa Familia y Mi Casa, Mi Vida». Y añade que lo que busca ahora el TSE, con este argumento, es convertirse en una suerte de «casación electoral», o sea, de ponerse como tribunal de alzada para anular la voluntad del pueblo expresada en las urnas.
La decisión del TCU es, para los grupos más golpistas dentro del sistema político brasileño, la frutilla del postre para iniciar finalmente un impeachment contra la mandataria y de paso sacarse de encima al vicepresidente Michel Temer, del PMDB, aliado del PT desde hace una docena de años. Acá es donde se juega un ajedrez de alto riesgo, porque el tercero en la línea sucesoria, el jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, también del PMDB, es el principal sostén del juicio político, a pesar de estar obligado políticamente a defender a su gobierno. Sin embargo Cunha aparece comprometido con los presuntos sobornos en la petrolera Petrobras, al punto que las autoridades suizas corroboraron al procurador general de Brasil, Rodrigo Junot, que el dirigente político tiene cuentas por 2,4 millones de dólares a buen resguardo en bancos helvéticos. De modo que si el partido de Fernando Henrique Cardoso, el PSDB, que perdió en octubre pasado con su candidato Aecio Neves, quiere dar un golpe perfecto, no tiene más que forzar la renuncia de Cunha y «limpiar» a la fórmula triunfante en 2014.
Así se entiende que Cunha, más reflexivo que hace unos meses, cuando fue ungido titular de la Cámara Baja, ahora dice que aceptará el ingreso del dictamen del TCU que recomienda no aceptar la rendición de cuentas de 2014 por las irregularidades que detectó. Pero que el tratamiento no será antes de 2016: entre nos, cuando las aguas se calmen… Tanto para Dilma como para él, por supuesto.
El caso es lo suficientemente espinoso como para espantar a los sectores «biempensantes» de la sociedad. Es cierto que puede entenderse como un dibujo presupuestario, pero no constituiría un delito en la medida en que el dinero no desapareció. Sucede que por más que los entretelones del hecho sean poco cercanos al hombre común de cualquier esquina brasileña, los medios lo presentan de tal manera que suena a un escándalo similar al de la petrolera estatal. Los «malpensantes», incluso, que reprueban los planes sociales puestos en marcha por el gobierno de Lula da Silva desde 2003, pueden ver en este desliz una buena ocasión para echar por tierra con este resabio del «populismo» que permitiría, de paso, reducir el presupuesto. Empero, por enésima vez la oposición no dio quórum para debatir los recortes que Dilma envió al Congreso para cumplir con las medidas que le pide su ministro de Finanzas Joaquim Levy. Sabiendo que bloquear los recortes impide la gobernabilidad, tal como la entendió Dilma en esta gestión. Avatares de este momento en el principal socio de la Argentina.
Hurgando en los archivos de O Globo, la periodista Marlen Couto encontró que no es la primera vez que el TCU encontró irregularidades en cuentas de un presidente. El antecedente que aparece es de 1937, cuando el tribunal de la época que rechazó las cuentas del presidente Getulio Vargas en el presupuesto de 1936, por pagos cuestionados por cuenta del Tesoro y del Banco de Brasil. Esto fue en abril, en noviembre, y en un clima de inestabilidad creciente en que el dictamen del TCU era una cuestión menor, Vargas clausuró el congreso y dictó una nueva Constitución que le permitió gobernar hasta 1945, cuando fue destituido.
En ese lapso, construyó el denominado Estado Novo con el que consolidó un gobierno de corte populista-nacionalista, amplió derechos ciudadanos y a los trabajadores, y creó, entre otras cosas, Petrobras. La misma empresa que ahora aparece en el centro de las críticas contra el gobierno del PT, que «corrió el arco» del varguismo hasta donde llegó.
Vargas, reelegido en 1951, se suicidó el 24 de agosto de 1954. En su carta póstuma escribió:
«Más de una vez las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí. No me acusan, me insultan; no me combaten, difaman de mí; y no me dan el derecho a defenderme. Necesitan apagar mi voz e impedir mi acción, para que no continúe defendiendo, como siempre defendí, al pueblo y principalmente a los humildes (…) La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió con grupos nacionales contra el régimen de garantía del trabajo. (…) Quise crear la libertad nacional en la potencialización de nuestras riquezas a través de Petrobras, mal comienza esta a funcionar cuando la ola de agitación crece. Eletrobras fue obstaculizada hasta el desespero. No quieren que el pueblo sea independiente (…)”.
Nada indica que Dilma tendrá ese mismo final, pero las presiones parecen ir en el mismo camino. La cuestión será si puede mantener el equilibrio.
Tiempo Argentino · 9 de Octubre de 2015
Ilustró Sócrates
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