En estos tiempos, el discurso ultraconservador se esparce sin ningún prurito en todo el mundo. Los gestos y las palabras muestran el revés de la trama de un modo transparente. Hubo en estos días una gran proliferación de estos ejemplos en las intervenciones de los jefes de Estado en la 75ª Asamblea de la ONU. Y si se habla de la región, también los hubo en las últimas movidas en los organismos latinoamericanos, donde se expresa sin pudor la fuerte alianza entre los gobiernos de Jair Bolsonaro y Donald Trump.
El que abrió la ronda de discursos en Nueva York -esta vez de forma virtual- fue el presidente brasileño. Una tradición que se remonta al fin de la Segunda Guerra Mundial, en la que Brasil fue el único país sudamericano en enviar tropas contra las fuerzas del nazismo.
Fue muy evidente el deseo del excapitán del Ejército brasileño de congraciarse con el empresario inmobiliario estadounidense, que está a días de una elección presidencial. Esa actitud era el reconocimiento público de una asociación que intenta marcar el rumbo de América Latina a la medida de la Casa Blanca. Y que seguramente excederá a quien sea el que ocupe el cargo de presidente en el futuro. Después de todo, el que reflotó el término “patio trasero” para definir a las naciones que están al sur del Río Bravo fue el secretario de Estado de Barack Obama, John Kerry.
Los ejemplos del eje Washington-Brasilia en esta era abundan. Luis Almagro, el sumiso secretario general de la OEA, anunció hace un mes que no le iba a renovar el contrato al secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el brasileño Paulo Abrao. Argumentó que había decenas de denuncias por malos tratos al personal en su contra. Olvidó decir que Abrao había sido votado según las reglas de la CIDH en febrero pasado para un nuevo período.
Resultaría difícil negar ahora que el uruguayo ex frenteamplista negoció un nuevo período propio, a fines de marzo pasado, a cambio de sacarse de encima a un funcionario que Bolsonaro desprecia. Tras algunas semanas de alboroto, Abrao tiró la toalla y este viernes la CIDH abrió una convocatoria para elegir al reemplazante, de acuerdo a los reglamentos internos -violados por Almagro- durante un período que culmina el 8 de noviembre. El nuevo titular del organismo, de acuerdo al anuncio, será seleccionado entre los postulantes el 3 de diciembre.
La misma CIDH anunció estos días la designación del colombiano Pedro José Vaca Villarreal como relator especial para la Libertad de Expresión, en lugar del uruguayo Édison Lanza. Vaca Villarreal es abogado y dirige actualmente la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) en Colombia, integra el Consejo Directivo Global del International Freedom of Expression Exchange (IFEX) y es relator en otra ONG, Freedom House (FH).
IFEX nuclea a un centenar de asociaciones mundiales y en el caso de Argentina figuran el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) y las Asociación por los Derechos Civiles. FH, a su vez, es financiada en un 80% por el gobierno de EE UU.
Almagro, tras deshacerse de Abrao y mientras espera que la CIDH le ofrezca un candidato potable para el régimen imperante en la OEA, completó la devolución de gentilezas a Bolsonaro y nombró a Arthur Bragança de Vasconcellos Weintraub en la secretaría de Acceso a los Derechos y la Equidad de la entidad. Conocido ultraconservador, racista y misógino, Weintraub argumenta en contra del uso de barbijo porque dice, textualmente, que es “un pin del partido comunista”.
Levantó mucha espuma la polémica elección de Mauricio Claver-Carone al frente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Faltando a la tradición, Trump forzó la nominación de un estadounidense, cuando siempre ese cargo había sido para un latinoamericano. El sillón de vice, en cambio, siempre había sido para un nativo del norte del continente. El último en ocupar la vicepresidencia fue Brian O´Neill, pero murió en diciembre pasado. En su lugar está como interino John Scott. Pero el sucesor será el brasileño Carlos da Costa, hasta ahora secretario de Productividad, Empleo y Competitividad del Ministerio de Economía brasileño.
Esta sociedad de derecha se viene gestando desde que Bolsonaro, con ayuda de asesores de campaña de Trump, ganó la presidencia de Brasil. La gira del secretario de Estado Mike Pompeo por Brasil, Colombia y Guyana de la semana pasada buscó consolidar esos lazos en torno al objetivo de terminar con el gobierno venezolano, la obsesión de la gestión Trump.
En la Asamblea de ONU, la presidenta de facto de Bolivia, Jeanine Áñez, apuntó contra la Casa Rosada denunciando el “acoso sistemático” contra su gobierno y pidió acabar con el “populismo caudillista y autoritario” y las “castas populistas” como catalogó a las autoridades nacionales argentinas.
No tardó Bolsonaro, en una entrevista con OGlobo, en sumarse al mensaje (¿de Washington?) al afirmar que el gobierno de Alberto Fernández está «yendo rápidamente hacia un régimen similar a Venezuela».
Fue un encuentro inusual para los jefes de Estado de toto el mundo. Esta 75ª Asamblea General por primera vez no tuvo asistencia en la sede central de la Organización de Naciones Unidas. La gran sala del edificio en Nueva York estuvo poblada solamente por los embajadores de cada país, que fueron haciendo la presentación a los mensajes grabados de cada mandatario. Además de ese detalle de los tiempos de pandemia, hubo otro destacado: quizás desde aquellos agrios cruces durante la Guerra Fría no hubo choques tan fuertes como los que tuvieron Donald Trump con Xi Jinping. Ni diferencias tan marcadas entre dos visiones enfrentadas del mundo como las que mostraron un aliado incondicional de Estados Unidos como el brasileño Jair Bolsonaro y los que desde otra trinchera plantean la necesidad de fortalecer los organismos internacionales y el multilateralismo e incluso la apertura del Consejo de Seguridad a otros miembros que no formen parte del club de naciones con armamento nuclear y ganadores de una guerra que termino hace tres cuartos de siglo.
Los temas de debate, por otro lado, se centraron en las tareas en torno a la catástrofe que generó el coronavirus a todo nivel, y el cuidado del medio ambiente. En ese sentido, resonaron fuerte las palabras de Trump -que hizo un acting fenomenal propio de una campaña electoral como la que lleva adelante para la elección del 3 N- al acusar a Beijing por la difusión de lo que insiste en llamar “virus chino”. La respuesta del gobierno asiático vino por parte del embajador Zhang Jun. “Estados Unidos difunde un virus político en la ONU”. Trump fue mas lejos y pidió directamente que el organismo internacional castigue al gigante asiático por la pandemia.
La apertura de la Asamblea, como sucede desde su fundación, estuvo en manos de Brasil, que de ese modo fue premiado en 1947 por haber enviado tropas a Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Un Bolsonaro calmo y convencido, acusó a la prensa de hacer una campaña contra su gobierno por los incendios en Amazonas y el Pantanal. Dijo que el fuego se distribuye en los mismos sitios que en otras ocasiones y afirmó que forma parte del sistema de cultivos de productores y poblaciones indígenas sobre territorios ya desmontados hace tiempo.
Lo llamativo del mandatario brasileño fue su apoyo irrestricto a la política de Trump sobre Medio Oriente. Así, aplaudió el plan de paz de Trump y puso como ejemplo la firma de acuerdos entre Israel, Bahréin y Emiratos Árabes. Para finalizar, envió un discurso en defensa de la libertad como bien mayor de la humanidad y pidió combatir la “Cristofobia”, al tiempo que definió a Brasil como “un país cristiano y conservador”.
Trump, desde la Casa Blanca, mostró a continuación todas sus virtudes de showman. Afirmó que había movilizado esfuerzos contra el coronavirus de una magnitud que no se veía desde la II Guerra -algo desmentido por la realidad- y dijo que «las Naciones Unidas deben responsabilizar a China por sus acciones». No perdió oportunidad de descargar culpas también sobre la OMS, a la que acusó de estar controlada por Beijing.
Así de grandilocuente también fue su consideración sobre su política ambiental, y también en este rubro señaló al extremo oriente. «Quienes atacan el excepcional desempeño ambiental de Estados Unidos al mismo tiempo que ignoran la polución rampante en China no están interesados en el medio ambiente. Solo quieren castigar a Estados Unidos».
Xi, a su turno, pidió “superar la trampa del choque de civilizaciones” y respetar el camino soberano hacia el desarrollo de cada país. “La globalización es una realidad objetiva y una corriente histórica. Meter la cabeza bajo la arena como un avestruz y blandir la lanza contra ella como el gigante imaginario del Quijote son procederes contra el avance de la historia. El mundo no retrocederá ni aceptará la división artificial en bloques opuestos”, pontificó Xi para puntualizar que China “no quiere una guerra fría ni una guerra caliente con nadie”.
Consecuente con este pensamiento, abundó en propuestas para la gobernanza global y en apoyo de las organizaciones internacionales, como precisamente la Organización Mundial de la Salud. Luego prometió que las vacunas en investigación de laboratorios chinos serán compartidas de manera solidaria con todas las naciones, principalmente las subdesarrolladas.
Vladimir Putin, en una línea similar, dijo que debería abrirse la conformación del Consejo de Seguridad para agregar a otras naciones a la mesa de los cinco miembros permanentes, que son EEUU, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Cinco triunfadores en la contienda a la que los chinos catalogan como la Guerra Antifascista Mundial. El presidente ruso invitó a promover iniciativas tendientes a acuerdos para el control de armas, estancadas a medida que van venciendo los tratados en vigencia desde el fin de la era soviética y sin visas de renovación desde la actual Casa Blanca.
El jefe de gobierno turco, Recep Tayyip Erdogan, apuntó directamente a la organización internacional al afirmar que “el sistema de las Naciones Unidas no puede ser eficaz para prevenir conflictos ni para poner fin a los conflictos que han comenzado”. Y fue derecho al grano: “una estructura del Consejo, que deja el destino de más de 7 mil millones de personas a merced de 5 países, no es justa ni sostenible”.
Luego dio su posición sobre las diferencias con Grecia en torno del Mediterráneo oriental. “Creemos que se debe resolver los conflictos en base al derecho internacional y sobre una base equitativa”. Y a continuación se metió de lleno en el conflicto Medio Oriente.
Cuando dijo que “Turquía no apoyará ningún plan que el pueblo palestino no consienta. La participación de algunos países en la región en este juego no significa nada, más allá de apoyar los esfuerzos de Israel para socavar los parámetros internacionales básicos», el embajador israelí en la ONU abandonó la sala en señal de rechazo.
Al cabo del discurso de Erdogan, las autoridades de Turquía y Grecia -dos países que integran la OTAN- anunciaron el comienzo de negociaciones formales en vías de resolver de manera pacífica la cuestión de Chipre. la tensión entre Atenas y Ankara venía creciendo en la últimas semanas y este es un paso en favor de la paz que no se tomaba desde 2016. Algo es algo.
Unas 26 personas fueron detenidas en tres ciudades de Australia por participar de protestas contra el confinamiento decretado ante el rebrote de coronavirus. Entre las detenidas figura una mujer embarazada que publicó en su página de Facebook consignas contra las restricciones. En Londres, el hermano del líder laborista Jeremy Corbin, Piers, fue arrestado en una manifestación en la Plaza Trafalgar y condenado a pagar una multa de 10 mil libras. En Alemania, el gobierno se mostró preocupado por la movilización del domingo en la que grupos neonazis intentaron ingresar al Bundestag. La policía dispersó a la multitud y detuvo a unos 300 manifestantes.
Las marchas anti cuarentena se extienden en todo el mundo con discursos calcados y muy pocas diferencias, incluso en Argentina. No se podría decir que todos los que asisten compartan el mismo perfil, pero si que las convocatorias están en manos de grupos ultraconservadores que recurren a la idea de defensa de las libertades constitucionales para oponerse a cualquier decisión contra la circulación de personas.
Coindicen en ese rincón libertarios, terraplanistas, antivacunas, “conspiranoicos” y hasta algún vegano-fascista. Usan las redes sociales -aunque abominan de las hegemónicas- para encontrarse. Los grupos más activos, sobre todo en Estados Unidos, tienen financiación de acaudalados promotores del partido republicano y apoyo explícito del presidente Donald Trump.
En Alemania se los llama “antimascarilla” y uno de los más conocidos es Attila Klaus-Peter Hildmann, autor de libros de cocina vegana, quien se declara ultranacionalista alemán. Otro que “arrastra” público es el cantante Xavier Naidoo, un racista y anti gay descendiente de cingaleses e irlandeses. Para el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, el ataque al Parlamento es un hecho “insoportable al corazón de nuestra democracia”. El incendio del Recihstag en 1933, del que se culpó al Partido Comunista, fue la excusa de Adolf Hitler para imponer el estado de emergencia. Ahora, algunos
antibarbijo llevaban banderas con la cruz gamada y culpan al Partico Comunista chino por el virus y de las restricciones sanitarias.
En Estados Unidos, desde bien temprano, hubo marchas anticuarentenas en Michgan, Virginia, Colorado, Minnessota y Kentucky. Ya en abril surgió la llamada Operación Gridlock (embotellamiento), una “creación” de organizaciones derechistas de Michigan que alentó una manifestación en automóviles para bloquear las calles céntricas de su capital, Lansing, contra las medidas decretados por la gobernadora Gretchen Whitmer.
Una de esas instituciones, la Michigan Freedom Fund (Fundación de Michgan para la Libertad) recibe aportes de la familia De Vos, según denunció la propia Whitmer. Richard De Vos, uno de los hombres más ricos de EEUU, puso parte de su fortuna para las campañas de los republicanos más oscurantistas, como Rick Santorum y Newt Gringrich. Con Ronald Reagan fue presidente de la Comisión para la Epidemia de Sida. Su nuera, Betsy De Vos es secretaria de Educación de Trump.
Otro grupo muy activo es Proud Boys, de extrema derecha y fuertes partidarios de Trump y de lo que representa en la historia de su país. La organización -Muchachos Orgullosos, una frase tomada de la película Alladin, de Disney- fue creada por Gavin McInnes, un comentarista televisivo de origen canadiense ideólogo de la derecha alternativa. Cuando Proud Boys derivó hacia posiciones racistas McInnes se corrió a un costado. Eso no impidió el crecimiento del “club”, que tiene ramificaciones en Canadá, Australia y el Reino Unido.
Otro grupo influyente es QAnon, que sostiene la existencia de conspiración del Estado Profundo para boicotear a Trump. La sigla corresponde a la autorización de acceso Q que se aplica en dependencias estatales. Como una clave para ingreso del ciudadano anónimo.
En algunas marchas se vio a manifestantes armados para “defender los derechos constitucionales” a circular. Son seguidores de una asociación que no solo defiende la segunda enmienda, sino que pretende que ni siquiera hay que estar registrado para portar una. El líder es Patrick Parsons y recibe apoyo de otra familia poderosa, los hermanos Dorr.
Steve Moore asesor de Trump y fundador del Club para el Crecimiento, reconoció ante la CNN que están “tratando de ayudar a organizar y también brindar asesoramiento a algunos de estos grupos para que puedan tener el máximo impacto y entusiasmar a la gente en lugar de apagarla”.
De estas canteras, entre otras, salieron los que portan carteles «Abramos nuestro país» o «Recuerden la Constitución» que se extendieron por varias ciudades estadounidenses. También los que, como ocurrió el 2 de mayo pasado, atacaron a un periodista de la MSNBC que cubría la marcha en Laguna Beach. “Quítate esa maldita máscara”, le gritó un exaltado que le escupió en la cara.
Redes alternativas
Tenía razón Raymond Chandler cuando escribió que “aún los paranoicos tienen quien los persiga”. Y las revelaciones de Edward Snowden en 2013 aceleraron la mudanza a las redes alternativas de muchos ciudadanos hartos de ser vigilados en Facebook tanto para uso gubernamental como de empresas privadas. Así fue creciendo MeWe, una plataforma creada por Mark Weistein, quien dice: “las redes sociales no se inventaron para que todos pudiéramos ser datos, se inventaron para que pudiéramos disfrutar de la comunicación privada con nuestros amigos, familias, comunidades de interés compartido, para conocer nuevos amigos”. No extraña que MeWe sea la red a la que acuden los anti cuarentena para conectarse y también planificar acciones. Otro sitio es Reddit, un portal de marcadores sociales donde los usuarios comparten imágenes, textos y debaten libremente.
En julio de 2016, un excéntrico millonario era consagrado candidato a la presidencia tras la primaria de los republicanos. Ridiculizado hasta en algún capítulo de Los Simpson, Donald Trump era lo más alejado que podría pensarse de un sucesor de George Washington. Los demócratas, con todo el aparato partidario, habían logrado colocar como aspirante al cargo a Hillary Diane Rodham, esposa de Bill Clinton, ex secretaria de Estado de Barack Obama y con los mejores auspicios de Wall Street, el complejo militar industrial y el establishment mediático. La ex primera dama ganó en las urnas por unos tres millones de votos de diferencia, pero (maravillas del sistema electoral estadounidense) Trump se quedó con la presidencia. A cuatro años de aquella sorpresa, Estados Unidos se dispone a someter este Gobierno a un plebiscito donde los ciudadanos deberán decidir sobre los cambios más radicales en la política de la principal potencia mundial, quizás desde la irrupción de Franklin Roosevelt en 1933. En el plano exterior, Trump rompió con todos los acuerdos que la dirigencia había profundizado –con sus diferencias– hasta ese momento. No tardó nada en tirar a la basura los TTIP, TPP y NAFTA, tratados de libre comercio firmados por Barack Obama con países de la cuenca del Pacífico y el Atlántico los dos primeros, y con Canadá y México establecidos en tiempos de Clinton, el otro. Además, se retiró del pacto 5+1 con Irán, trabajosamente logrado entre las cinco naciones con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y Alemania para controlar el plan nuclear de Irán. También le dio un portazo al Acuerdo de París por el cambio climático, se retiró de la UNESCO, de los acuerdos misilísticos con Rusia y, ya este año, de la Organización Mundial de la Salud. «Fue un volantazo sobre lo que venían haciendo las administraciones anteriores», resalta Telma Luzzani, autora de Territorios vigilados. Cómo opera la red de bases militares norteamericanas en Sudamérica. Para Gabriel Puricelli, coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, Trump «se salió de todos los consensos preexistentes» en todos los terrenos.
Desdén. Tras discurso de Trump, Pelosi rompe su copia con Pence a su lado. (NGAN/AFP/Dachary)
Este giro también se revela puertas adentro. Ganó la presidencia con un discurso de contenido xenófobo, atribuyendo a los mexicanos en particular, y a inmigrantes en general, muchos de los males que padece la sociedad estadounidense en cuanto a inseguridad y pérdida de empleos. Puricelli consigna que Trump «consiguió rebajas de impuestos en una escala a la que los propios republicanos no se habían animado nunca, desregulaciones y retrocesos en cuestiones ambientales inéditas. Es el tipo que más radicalmente ha defendido los intereses más egoístas de los plutócratas». Su período presidencial termina en medio de una pandemia a la que minimizó, atravesado por un conflicto racial que no se veía desde los años 60, culpando de todos los males a China y acudiendo a argumentos que eran habituales en esos años de Guerra Fría, como el fantasma del comunismo. En épocas electorales, cualquier recurso puede ser útil. Y elegir un enemigo siempre paga en las urnas, como lo demuestra la historia estadounidense. De allí que el primer eslogan, con el que llegó al Salón Oval en 2016, fue «Hacer grande a Estados Unidos nuevamente» (MAGA, por sus siglas en inglés) creado para la campaña de Ronald Reagan en 1979. Ahora, tras la revuelta popular por el asesinato de George Floyd, sacó del arcón «Ley y orden», el lema que usó Richard Nixon, otro republicano, en 1974. Se trata de frases que calan hondo en una sociedad atravesada por una lenta decadencia, que se nota en los bolsillos del común y también en la influencia de EE.UU. como potencia. Lo curioso es que Trump, con un tono siempre desafiante y un mohín que hace recordar gestos de Benito Mussolini, salvando las distancias, termina su mandato sin haber iniciado ninguna guerra. Ni siquiera Obama, que ganó un Premio Nobel de la Paz en 2009, puede jactarse de eso.
Minesota. Manifestantes exigen justicia por el asesinato de George Floyd. Las protestas contra el racismo se extendieron a todo el país. (Yucel/AFP/Dachary)
Y quizás en este detalle podría buscarse un perfil posible de Trump. Porque desde que ganó la elección comenzó a ser fustigado por eso que llama el Estado Profundo, el conjunto de instituciones que al decir de Silvina Romano, integrante del área de Estudios Nuestroamericanos del CCC Floreal Gorini e investigadora adjunta de CONICET, «toman decisiones sobre política exterior entre bambalinas sobre objetivos a mediano y largo plazo que trascienden a cada presidente». Ahí, agrega Romano, se juntan empresas transnacionales, lobistas, funcionarios y ocupan un rol clave los grandes medios hegemónicos de Estados Unidos y una coalición bipartidaria no expresada sobre la mesa. Contra estos factores Trump viene batallando desde que decidió postularse a la presidencia. Si en Argentina la dirigencia política hizo carne que ningún mandatario resiste más de tres tapas de Clarín en contra, hasta que Cristina Fernández mostró que no era tan así, en Estados Unidos pasaba algo parecido con The Washington Post y The New York Times, especialmente desde que Richard Nixon tuvo que renunciar por el escándalo de Watergate. Aunque Trump parece disfrutar de ese «palo y palo» contra la «gran prensa». Eso sí, en su primer mes en el Gobierno debió desprenderse del asesor en Seguridad Nacional, el general Michael Flynn, acusado de haber mantenido encuentros con diplomáticos rusos. Rusia fue una constante en la agenda anti-Trump. Los medios y el entorno de Clinton siempre atribuyeron su derrota a la influencia del ciber espionaje ruso en favor de Trump. A pesar de que lo intentaron por todos los medios, no lograron ponerlo contra las cuerdas. «Trump es disruptivo, no expresa a los grupos económicos y del establishment anteriores, por eso tuvo que echar a John Bolton (su tercer asesor en esa cartera)», explica Pablo Pozzi, extitular de la cátedra de Historia de Estados Unidos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Enemigo transparente La expulsión de Bolton se conoció por un tuit del presidente, donde lo denigró impiadosamente. La venganza se produjo recientemente con un libro donde Bolton deja mal parado al presidente a quien, a pesar de ser militante republicano, llama a no votar en noviembre. Pozzi reflexiona que en el país del norte «las peleas se hacen normalmente en la oscuridad, pero con Trump se hicieron a plena luz del día». Romano añade que el presidente «incomoda porque muestra sin doble moral qué es EE.UU. y qué es el imperialismo estadounidense». Y en esto coincide, llamativamente, con el jefe de Estado sirio, Bashar al Assad, quien lo alabó como el mejor mandatario: «Todos los presidentes estadounidenses cometen crímenes, terminan ganando el Premio Nobel y aparecen como defensores de los derechos humanos y de los principios occidentales “únicos” y “brillantes”, pero son delincuentes que solo representan los intereses de los grupos de presión estadounidenses, de las grandes corporaciones en armas y petróleo. ¿Qué más queremos que un enemigo transparente?».
Luzzani. Estrategias electorales frente al nuevo desafío demócrata.
Pozzi. «Las peleas con Trump se hicieron a plena luz del día.»
Puricelli. El presidente republicano «se salió de todos los consensos prexistentes.»
Romano. «Trump incomoda porque muestra sin doble moral qué es Estados Unidos.»
Un dato adicional: desde que Trump llegó al poder, el grupo yihadista Estado Islámico prácticamente desapareció luego de años de atrocidades en Oriente Medio y de un avance que parecía arrollador en la construcción de un territorio de características medievales en zonas de Irak y Siria. Quienes atribuían el respaldo a ese grupo al Departamento de Estado ganaron argumentos en su favor.
¿Aislacionista? Otro dato importante: cuando Trump reconoció oficialmente a Jerusalén como capital de Israel (2017), se limitó a aplicar una ley aprobada por el Congreso –con votos bipartidarios– en 1995. Puede agregarse que su embestida brutal contra Venezuela se basó en una orden ejecutiva de Obama de marzo de 2015 que declaró al Gobierno bolivariano como una «amenaza a la seguridad de Estados Unidos». Contra Cuba, en cambio, Trump volvió a las viejas prácticas de acoso constante que su antecesor había reconocido como un fracaso. Analistas como Tierry Meyssan, creador del portal Voltairenet, incluyen a Trump en el club de los aislacionistas, una tendencia en retroceso en la política de EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial. De allí que otro de los choques con el Estado Profundo sea su deseo de retirar tropas del exterior. Trump había establecido un acuerdo con los talibanes para la pacificación de Afganistán, un país en el que las fuerzas armadas estadounidenses están empantanadas desde 2003. El acuerdo no cayó bien en el establishment, que se lo hizo saber vetando en el Congreso la ley para el retiro de tropas a fines de julio pasado.
Otro tiempo. Con el premier chino Xi Jinping, en la cumbre del G-20 celebrada en Osaka, en 2019. (Smialowski/AFP/Dachary)
Otra piedra en el zapato del Departamento de Estado fue su acercamiento con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un. «Hizo todo un show –recuerda Romano– pero luego no pasó nada. Y eso molesta en el establishment, Trump no mantiene las formas del trato diplomático». Sin embargo, EE.UU. y Corea del Norte firmaron un acuerdo de paz que puso fin oficialmente a la guerra desarrollada entre 1950 y 1953. El «América primero», otro de los lemas en estos años, es un intento de recuperar las industrias que emigraron a China o a México en el marco de una globalización que parecía indetenible y provocó la pérdida de millones de puestos de trabajo dentro de Estados Unidos. Ese electorado de cuello azul, por la ropa de trabajo en las fábricas, en 2016 le dio el voto a Trump, dicen muchos analistas, porque el otro que prometía ocuparse de ellos, Bernie Sanders, no fue el candidato de los demócratas. Para Romano, Trump pretende que EE.UU. recupere su músculo industrial. Por eso Puricelli entiende que sería errado pensar que Trump está en contra del establishment: «Él no descuida fortalecer las capacidades exportadoras de la industria bélica de EE.UU.». Y puntualiza que si bien «no inicia ninguna guerra, le vende armas a Arabia Saudita para derrotar a hutíes en Yemen. En consecuencia, «no se involucra como Estado directamente en ningún conflicto y tiende a reducir la presencia militar, pero sin descuidar al complejo militar». Otra constante en la gestión de Trump: decir una cosa, hacer lo contrario, pegar la vuelta sobre sus pasos sin preocuparse por las contradicciones. Esa práctica también va a las urnas en noviembre.
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