por Alberto López Girondo | Jun 29, 2013 | Sin categoría
Finalmente, y contra todas las expectativas, el Mundial de Brasil se está convirtiendo en un problema de inesperadas consecuencias. Y se verá en la final de la Copa Confederaciones hasta qué punto las movilizaciones que comenzaron con una protesta por el aumento del boleto de colectivo calientan el clima en los alrededores del Estadio Maracaná en la final de España con la verdeamarelha.
Que la construcción de megaestadios para el certamen de la FIFA y para las olimpíadas de Río de Janeiro de 2016 estaba levantando indignación era algo visible desde hace tiempo. Ya una edición de nuestro suplemento Claves del Mundo del 28 de abril pasado, con el título «La otra cara del Mundial», lo había advertido. Como dijeron algunos de los columnistas en ese número, no todo era color de rosa en esta etapa en que Brasil se estrena como jugador de las grandes ligas, pero con severas cuentas pendientes hacia adentro de sus fronteras. Lo que nadie imaginaba era que en tan poco tiempo todo estallaría por los aires dejando la sensación de que nadie sabe cómo seguirá la película. Pero con la certeza, también, de que todos los ingredientes están sobre la mesa como pocas veces antes en la historia brasileña.
Se repite con acierto que Brasil es un país de consensos. Lo supo el PT, el partido creado por el metalúrgico Lula da Silva, cuando se dio cuenta de que las reivindicaciones por las que luchaba desde su sindicato paulista –que primero lo habían llevado a la formación de la Central única de Trabajadores como herramienta sindical– chocaba con la realidad de que era necesario tener representación política si no quería que su utopía terminara en una mera lucha testimonial.
Pero una síntesis de ese estilo de negociación pacífica y «civilizada» quedó plasmado –a empellones– con la ley electoral pergeñada por la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985 para que nada cambiara cuando tuvieran que dejar el poder. Por eso de la «gobernabilidad».
Conocido como «sistema de preferencias», la legislación permite que cada candidato «adhiera a un partido pero a la vez junte votos de manera personal», como resalta Ricardo Romero, politólogo de la UBA y la UNSAM y habitual columnista de Tiempo Argentino. Este método garantizó hasta ahora que no haya una mayoría en el Congreso favorable a cambios profundos en la sociedad, ya que la negociación no es sólo con la oposición sino también hacia adentro de cada partido. Y además, hay una sobre representación de los Estados menos poblados en detrimento de los más populosos, lo que en sí mismo no sería un problema, pero genera grandes diferencias entre la posición de los distritos más industrializados y los territorios donde la economía gira en torno producciones con menor valor agregado.
El PT intentó llegar al gobierno de la mano de Lula en 1989, 1994 y 1998. Estuvo cerca, pero ese poquito que faltaba para ganar convenció a los líderes «petistas» de que era necesario rendirse ante la evidencia de que sin alianzas no habría gobierno. Ese papel jugó el ex guerrillero José Dirceu, quien logró aglutinar alrededor del sindicalista a una serie de partidos menores, en un amplio abanico que iba desde la izquierda a la derecha pasando por las iglesias evangelistas. Su vicepresidente fue el fallecido empresario José Alencar, uno de los más ricos de Brasil, que había apoyado el golpe del ’64.
Hace diez años, Lula llegaba al Palacio del Planalto como una esperanza para millones que al fin habían logrado coronarlo por una trayectoria impecable como dirigente gremial. Había ganado con un discurso de igualdad social y de fuerte compromiso en contra de la corrupción. Pero allí también comenzaría una saga que incluso podría llevarlo a una condena.
Porque Dirceu, para entonces su hombre de confianza y jefe de Gabinete, terminaría implicado en una denuncia de uno de los socios electorales del «travalhismo» en lo que se llamó el «escándalo del mensalão». Que no era otra cosa que el aporte económico para los partidos aliados. Pero que en boca de un hombre de la derecha más rancia como Roberto Jefferson ante la revista Veja fue el gran titular escandaloso. El PT, que prometía combatir la corrupción, soborna a diputados para que les aprueben las leyes.
Mientras tanto, Brasil desplegó una fuerte política exterior y se posicionó fuerte en el ámbito regional. Aquí también hubo un acuerdo razonable de todos los sectores en pugna. Itamaraty, la cancillería brasileña, tiene políticas nacionales a más largo plazo que los dirigentes políticos. Incluso se dice que la diplomacia brasileña es quien realmente gobierna en el Planalto. En este caso se unió la tradición internacionalista de un partido de izquierdas como el PT y la comunidad de intereses dio sus frutos: Brasil es uno de los países centrales en el siglo XXI, las empresas brasileñas se trasnacionalizaron y tienen negocios en todo el continente y más allá.
En este contexto la realización del Mundial de Fútbol y de las Olimpíadas se convirtió en una necesidad de marketing político. Por eso era importante para el gobierno, que podía demostrar los logros de una gestión encabezada por un tornero mecánico, para Itamaraty, que representa los intereses exteriores de una potencia emergente y no de un país subdesarrollado, y para los empresarios, que si ya venían ganando con los planes económicos que incorporaron casi 40 millones de pobres al consumo, con las obras públicas multiplicaron sus ingresos mucho más.
Hasta que de pronto todo parece desmoronarse. Dirceu fue condenado en octubre del año pasado y lo que comenzó como un simple aumento de un «vintén» como diría Zitarrosa, destapó una olla mucho más grande. Y del boleto se pasó a la represión, que costó la vida de unas 10 personas –otra cuenta pendiente del oficialismo, la democratización de las policías, por más que las fuerzas de seguridad dependan de los gobiernos estaduales– y de allí a protestar por los gastos multimillonarios en eventos organizados por la FIFA y el Comité Olímpico y los déficits en salud y educación.
La primera reacción de la presidenta Dilma Rousseff, cuando salió del estupor, fue decir que había oído el reclamo del pueblo. La segunda fue convocar a un referéndum con la aspiración de reformar la constitución y el sistema electoral y de representación. Los manifestantes, en tanto, consiguieron pequeñas victorias en el Congreso. Así, fue dejada de lado una reforma conocida como PEC 37, que iba a dar mayor poder para investigar a la policía en lugar de los fiscales. Los líderes de la protesta consideraban que esa medida estaba destinada a impedir que se pudiera juzgar delitos de corrupción. Pero también le dejaba las manos libres a los zorros para controlar los gallineros, dicho mal y pronto.
También en estos días se aprobó una ley que pasa a considerar a la corrupción pública como un delito grave, lo que endurece las sentencias. Apurados por el ruido de las calles, la justicia ordenó el arresto de un diputado que había sido condenado por el desvío de fondos públicos.
Al mismo tiempo, los legisladores aprobaron destinar a las áreas de educación y salud a la totalidad de las regalías petroleras correspondientes al gobierno federal, a los estados y los municipios.
Dilma, que tiene un pasado de lucha, recordó en uno de sus discursos lo que le costó a su generación conseguir la democracia. Ahora tiene el desafío de profundizar los derechos y las garantías para todos los ciudadanos. Y ese reclamo de igualar para arriba, justo y también lógico en el marco de los millones de brasileños que ahora tienen ante sí otro horizonte de expectativas, es la gran oportunidad de conseguir lo que por las vías de los consensos no se había alcanzado.
Tras un encuentro de la presidenta con el titular del Supremo Tribunal de Justicia, Joaquim Barbosa, el primer negro en llegar a ese cargo en la historia brasileña, deslizó algunos conceptos que el gobierno debería tomar como música para sus oídos: «La democracia no está en riesgo (…) el país está sumergido en una grave crisis de legitimidad (…) Brasil está cansado de reformas de cúpulas políticas que atienden sólo sus intereses específicos».
Carlos Ayres Britto, quien fuera presidente de esa misma corte hasta finales del año pasado, sostuvo en los considerandos de la condena a Dirceu que «el sentido de las alianzas (políticas) es el de su transitoriedad», y agregó que «cada partido goza de autonomía política, administrativa y financiera. Tiene una identidad ideológica o político-filosófica que se pone en suspenso para formar alianzas en el período electoral», pero, pontificó, una vez terminado este período deben ser «substituidas por alianzas tópicas, puntuales, episódicas, para la aprobación de proyectos específicos». Una especie de reclamo a la dirigencia para modificar esta legislación que retoma Barbosa.
Dilma está en condiciones de aprovechar la fuerza de las calles, como en las artes marciales, a su favor. Y hacer de esta crisis la oportunidad para nuevos consensos que incluyan a las mayorías que en el país del fútbol protesta contra el Mundial.
Tiempo Argentino, 29 de Junio de 2013
por Alberto López Girondo | Jun 21, 2013 | Sin categoría
Hay coincidencia en que las manifestaciones de los últimos días en Brasil tomaron de sorpresa a todo el mundo. Como que para anotar algún antecedente de movilizaciones de un calibre similar fue necesario remontarse hasta 1992, cuando multitudes exasperadas salieron a las calles a pedir la destitución del entonces presidente Fernando Collor de Melo por los escándalos de corrupción que envolvían a su gobierno.
Es que los brasileños son un pueblo que no acostumbra a hacer estas tenidas callejeras como sus vecinos más cercanos, salvo cuando se trata de festejos por algún triunfo futbolístico. Por eso llamó la atención la protesta contra el aumento en los transportes públicos de las mayores ciudades de ese país y luego la rechifla contra la presidenta Dilma Rousseff al inaugurar la Copa Confederaciones, una previa al Mundial de 2014. Si en el medio se tiene en cuenta la brutal represión policial –una deuda pendiente allí es la democratización de las fuerzas de seguridad– se podrá tener una medida más ajustada de lo que estaba ocurriendo en una nación que ya está jugando en las grandes ligas de la economía mundial. Una suerte de levantamiento que golpea de lleno en un gobierno federal que goza de una popularidad, según las últimas encuestas, que le despejan el camino a una cómoda renovación de mandato el año próximo. ¿Qué sucedió entonces?
El sociólogo Emir Sader es un fino analista político y uno de los intelectuales de más brillo en la izquierda continental. En su blog intentó desmenuzar algunas reflexiones sobre esta corrosiva realidad de la administración brasileña que seguramente más hizo por los sectores más humildes en la historia del país y que sin embargo aparece como habiendo dejado escapar una tortuga.
En primer lugar, sostiene Sader –quien resalta que los incrementos en el boleto de colectivo habían sido dejados de lado– «fue una victoria que muestra la fuerza de las movilizaciones y más aun cuando se apoyan en una reivindicación justa y posible, tanto que así fue realizada». Efectivamente, los gobiernos estaduales tomaron registro del fervor con que la protesta ganaba adeptos y decidieron escampar hasta que aclare.
El otro dato que anota Sader es que esta monumental movida popular hizo entrar en la vida política a amplios sectores de la juventud «no contemplados por políticas gubernamentales y que hasta aquí no habían encontrado sus formas específicas de manifestarse políticamente». Un olvido que le puede costar caro al oficialismo.
Los medios de difusión masivos, que atacan de forma sanguinaria el gobierno, fueron cuestionados durante un acto masivo en la favela Rocinha, la más grande de Río de Janeiro, por Dilma, quien los tildó de hacer «terrorismo informativo». Allí se comprometió a continuar con los planes sociales que benefician especialmente a la abrumadora mayoría de los residentes en esas villas miseria. Sin embargo, muchos de esos beneficiados también reclamaban contra el aumento de los boletos, unos 20 centavos fatales que hacen trastabillar el sistema político armado en torno del PT una década atrás, cuando el metalúrgico Lula de Silva llegó al Palacio del Planalto.
Se habló la semana pasada de una caída en los índices de imagen de Dilma. Pero el conservador Folha de São Paulo apunta a que esa caída fue principalmente en los sectores más acomodados de la sociedad. Y de todas maneras, si los comicios fuesen hoy ganaría por más del 55 por ciento.
Pero estos datos invitan a confusiones. Por eso se intentó minimizar la convocatoria, que seguramente pasó del cuarto de millón de ciudadanos en las más grandes ciudades, con el argumento de que eran integrantes de la clase media, de la tradicional y de las nuevas capas surgidas con el PT, que acudieron llamadas por las redes sociales. Algo así como una Primavera Brasileña calcada de la que ya se llevó puestas a varias dictaduras en los países árabes. Y justamente esa lectura resultaría desconcertante: no son los gobiernos «trabalhistas» una muestra de tiranía. Otro análisis compara el rechazo al aumento en la tarifa con el reclamo contra la construcción de un shopping en un parque de Estambul, cuando tampoco se puede equiparar al modelo brasileño con el islamizante Tayyip Erdogan.
Es cierto que en Brasil hubo convocatoria digital. Y a nadie escapa la exquisita tarea que acostumbran realizar «servicios» de toda laya y ONG afines a la CIA en todo el planeta. Pero para que el convite haya tenido éxito se necesitaban otros ingredientes y no sólo la idea cómoda de que a los jóvenes «cualquier colectivo» los deja bien. Si fuera así, el cómico Beppe Grillo, que en las legislativas italianas fue el cuco electoral con su propuesta de no a la política, hubiera prosperado en las municipales. Y sin embargo quedó totalmente al margen apenas cuatro meses más tarde.
En Brasil, por lo pronto, aparece en la superficie de la protesta un grupo que se denomina Movimento Passe Livre, que desde hace por lo menos siete años viene reclamando por una tarifa libre para los estudiantes en los servicios públicos del país y que lograron crecer abruptamente tras el reajuste tarifario. El argumento que tienen es bien sencillo y efectivo: en ciudades que crecen desmesuradamente, viajar cada día se hace más oneroso para las capas más humildes de la población. No sólo en términos de dinero sino en tiempo de su vida que cada ciudadano pasa arriba de un ómnibus. De hecho, el servicio público, coinciden mayoritariamente los usuarios, es lamentable y cada vez más caro.
Con el furor del Mundial y de la Olimpíadas de Río de Janeiro de 2016, el costo de la vida en general –alquileres, alimentos, servicios de salud, transporte– se hacen directamente prohibitivos para las mayorías. Lo que entra por un lado en términos de distribución de riqueza se va por el otro en precios que trepan mucho más rápido. El gobierno federal asumió que la inflación es una de sus prioridades, pero esto es una respuesta más acorde con el reclamo de los medios concentrados de comunicación. Para el resto, el pedido de tarifa cero, mejores servicios de salud y de educación de organizaciones como MPL (cuyo lema es «sin tarifa ni molinetes») apareció como la única propuesta viable, en vista de que el sistema político explica la problemática en términos economicistas.
Fernando Haddad, el alcalde paulista que ganó con el apoyo de Lula en 2012, señaló por ejemplo que dejar el precio del boleto como estaba significará 8,6 mil millones de reales más en cuatro años. «Tendremos que recortar en otros gastos sociales», adelantó el lord mayor. Pero fue al contrastar este dato con el gasto de 30 mil millones de reales para la Copa Confederaciones y el Mundial que la irritación se salió de madre.
Ante la pregunta de cómo creen que se puede financiar un servicio absolutamente gratuito y masivo del transporte, dos de las caras visibles del MPL, el bancario Douglas Beloni y la estudiante Mayara Vivian, declararon que el proyecto de tarifa cero deja la iniciativa para la alcaldía, «porque entendemos que no es nuestra responsabilidad decir de dónde va a salir el dinero». El MPL se promueve como un movimiento «horizontal, autónomo, independiente y apartidario, pero no antipartidario». Y asegura que su independencia se verifica en relación con los partidos, las ONG, y «las instituciones religiosas y financieras».
País futbolero al fin, antiguos ídolos del «Scratch brasileiro» también se sumaron a la polémica. Así, Ronaldo –que forma parte de la organización– consideró que «la Copa es una oportunidad increíble para Brasil de atraer atención, inversión, turismo y otras mil cosas». El legendario Pelé no podía quedarse afuera y suplicó a través de un video que sus compatriotas dejen las calles. «Pido a los brasileños que no confundan las cosas. Estamos preparando la Copa del Mundo. Vamos a apoyar a la selección nacional.
Vamos a olvidar la confusión que reina en Brasil. Vamos a olvidar las protestas», dijo el tricampeón. Otro ídolo, Romario, que se inició en la política y fue elegido diputado, no lo perdonó: «Pelé en silencio es un poeta.» Y le cuestionó su falta de conocimiento acerca de lo que ocurre en el país.
A finales de 2010, el gobierno de Evo Morales eliminó un subsidio al combustible que venía de la época del dictador Hugo Banzer. Se desató una serie de protestas que lo obligaron a volver la medida para atrás, a pesar de que implica un quebranto en la economía del país de más de 1500 millones de dólares al año. «Mandamos obedeciendo», explicó entonces el líder cocalero. Similares palabras repitió Dilma Rousseff estos días, cuando salió a apoyar a los manifestantes y a decir que había entendido el reclamo popular.
El equilibrio de las cuentas públicas en un país democrático reclama un delicado equilibrio de las demandas sociales. Para las clases más poderosas, el bolsillo suele ser el órgano más sensible. Para los gobiernos populares, debe ser la oreja.
Tiempo Argentino, 21 de Junio de 2013
por Alberto López Girondo | Ago 20, 2011 | Sin categoría
El triunfo contundente de Cristina Fernández no sólo produjo impacto en la política argentina sino que significó un fuerte respaldo para el modo de encarar los problemas del mundo que intentan poner en práctica los gobiernos de la región. El hecho fue destacado por cada uno de los gobernantes que esperaban, ansiosos, el resultado de la primaria del domingo pasado. Y que respiraron aliviados cuando se confirmó la cifra y ahora esperan ir por más, ante un mundo que, parafraseando a Roberto Arlt, podríamos decir que se desmorona inevitablemente.
Ese hecho fue profusamente destacado y aplaudido por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el uruguayo José Mujica, pero también por el resto de los mandatarios del Mercosur y de la Unasur, incluido los de Chile y Colombia. Juan Manuel Santos, dicho sea de paso, le vino a traer en persona las congratulaciones, y no se olvidó de explicar en qué marco regional y mundial se inscribe.
Ahora que los medios opositores y la gran mayoría de los partidos antikirchneristas tratan de buscar explicaciones para un resultado que ni en el peor de los pronósticos podían pensar, es entendible también el alivio del arco de gobiernos sudamericanos ante el mismo escenario.
Y para este análisis nada mejor que aprovechar las palabras del colombiano en su encuentro con Cristina del jueves. Porque Santos viene de la derecha y está sin dudas ligado a la política represiva que como ministro de Defensa de Álvaro Uribe aplicó en Colombia entre 2002 y 2010. Pero que con la llegada al poder entendió que en otros ámbitos muy poco tenía por ganar. Pragmatismo que le dicen, pero de un tinte bien diferente al de las relaciones carnales que justificaba a Carlos Menem y al resto de los gobiernos de los ’90.
Cierto es que cambiaron las cosas en Europa y sobre todo en los Estados Unidos, que padecen ahora una indigestión con los mismos remedios que desde el Consenso de Washington vivieron aplicando en el sur esa serie de gobiernos respetuosos del orden mundial que llevaron al derrumbe de la Argentina y la desaparición en cadena del modelo neoliberal ni bien despuntaba el siglo XXI.
Y, como la necesidad tiene cara de hereje, Santos y también el chileno Sebastián Piñera ponen las barbas en remojo por lo que pudiera. Con la mirada puesta en el vecindario, porque finalmente terminaron de entender que el bote es el mismo y que entre todos sería más fácil reparar cualquier perforación en el casco antes que hundirse en privado. Porque, además, perciben como nunca que el salvavidas que pudieran ofrecer desde el hemisferio norte está confeccionado en puro plomo.
Santos, otra vez, fue clarísimo cuando dijo que se viene un huracán y conviene estar preparado no sea cosa que los arrastre a todos. Y si finalmente no ocurre nada, da lo mismo, pues ninguna precaución es poca y nada se pierde con cuidarse en salud.
Y aquí es donde se comprende mejor las razones de las élites sudamericanas –ya no solamente progresistas– para respirar aliviadas por el resultado de la primaria argentina. Más aun cuando se vio de qué modo en el antikirchnerismo –la mal llamada oposición– se pasan facturas por la derrota. O llegan a confesar sus bajezas, como el tambero Biolcati, que finalmente acepta que parte de los votos eran por la estabilidad y el miedo a la crisis internacional.
Los medios hegemónicos y muchos opinólogos prefirieron interpretar que no ganó el gobierno sino que perdió la oposición, que no pudo encontrar ni un candidato ni un discurso común. Pero, en ese contexto, aparecieron un par de fotos que sirven para entender la película que los derrotados de este domingo no terminan de aceptar.
Como el mensaje “antisubversivo” de Eduardo Duhalde, repentinamente girado hacia la derecha más furiosa, por convicción o por cálculo. ¿Alguien imagina a un Duhalde presidente felicitado por Dilma o por el Pepe Mujica, ambos guerrilleros y presos políticos en su juventud? Cierto que Macri se bajó de la candidatura presidencial para abroquelarse en su feudo capitalino, cosa de volver a mostrarse en 2015, pero ¿es posible vislumbrar al empresario tejiendo alianzas para evitar la especulación financiera y apostando al desarrollo y la igualdad social con Fernando Lugo o Evo Morales, después de todo lo que dijo de paraguayos y bolivianos cuando los ya olvidados incidentes en el Parque Indoamericano?
No es descabellado pensar que Raúl Alfonsín también hubiera apostado por la integración. El ex presidente radical fue el impulsor del Mercosur y buscó sin éxito crear un frente común para enfrentar el problema de la deuda externa y evitar una invasión estadounidense a la Nicaragua sandinista. ¿Haría honor a ese antecedente su hijo Ricardo Alfonsín, aliado con De Narváez y González Fraga? ¿Lo habría hecho Lilita Carrió, socia política del empresario agropecuario Benito Llambías?
Algo similar hubiese ocurrido en Brasil de haber ganado José Serra, que dijo en plena campaña que el Mercosur era una traba para el desarrollo del coloso sudamericano. Y puede ocurrir si en Paraguay no aparece una figura “del palo” para suceder a Lugo cuando finalice su mandato.
La construcción de una región integrada lleva tiempo y esfuerzos, pero sobre todo paciencia y determinación para seguir el rumbo adecuado sin escuchar los cantos de sirena de los apocalípticos. Es lo que con sus más y sus menos están haciendo los gobiernos de la Unasur.
Con un horizonte más despejado en un país clave como la Argentina y luego del triunfo de Ollanta Humala en Perú, la región puede encarar su futuro con mejores armas. El desafío de la hora es impulsar fuertemente el cambio de paradigma. No sólo en el ámbito económico –bien sabemos los latinoamericanos a dónde conduce la ortodoxia neoliberal– sino sobre todo cultural y político.
Si se prueba que hay espacio para una derecha integradora, bueno sería que los conservadores la tomaran como modelo, para luchar juntos contra el principal enemigo, que es la mirada colonizada, la admiración por naciones y sistemas que se caen a pedazos. Aunque más no fuera porque como buenos conservadores, verían que así van a perder menos, y hasta pueden salir ganando.
Desde el otro lado del escritorio, en este rincón plagado de amenazas y también de oportunidades, los gobiernos tienen el desafío de profundizar la integración. Poniendo en marcha de una buena vez el Banco del Sur, pero atendiendo a la experiencia fallida del Banco Central Europeo. Para convertirlo en un banco de desarrollo en el que se podrían, como sueñan los más osados, resguardar las reservas internacionales y los depósitos en oro de cada uno de los miembros y hasta los fondos de la jubilación de todos los trabajadores de Sudamérica.
Para lo cual no vendría mal tampoco que los sindicatos fueran acercando mucho más sus líneas. Porque también tienen mucho que decirse, como ya lo están haciendo los estudiantes de la zona reunidos a raíz de la crisis en el sistema educativo chileno.
Pocas veces en estos 200 años de historia este puñado de países ha tenido una ocasión como esta para romper las cadenas. Y puede decirse que esto ocurre desde que todos juntos clausuraron el ALCA, en 2005 en Mar del Plata, dándole la espalda a la solución colonial.
Quizás en este detalle habría que buscar las razones que llevan a los medios concentrados a minimizar o directamente ningunear a estas instituciones sudamericanas que para su información –la de ellos– han llegado para quedarse.
Tiempo Argentino, 20 de Agosto de 2011
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