A 34 años del asesinato del entonces primer ministro sueco Olof Palme, la fiscalía determinó que el criminal fue un publicista de ideas ultraderechistas que se suicidó en el año 2000 y dio por cerrada la investigación. Sin pruebas contundentes y luego de múltiples teorias que involucran a servicios secretos de varios países del mundo y haber detenido a un marginal a quien luego debieron liberar por falta de pruebas, seguramente la investigación quedará clausurada en torno de esta historia que aceptan como válida los hijos del legendario jefe de estado socialista, baleado en una calle de Estocolmo a la salida de un cine cuando caminaba con su esposa y sin custodia. Pero resultaría ingenuo pensar quei el mito sobre el magnicidio, que atrapó a periodistas, detectives aficionados y profesionales por más de tres décadas, terminará aquí.
En principio, es bueno acotar que Stig Engstrom, el ahora posible culpable del crimen, no aparecía como sospechoso en las investigaciones que desarrolló durante varios años Stieg Larsson, el autor de la saga Millenium, ni en otras investigaciones realizadas a lo largo de estos años, aunque alguna vez estuvo en la mira de los pesquisas.
Además, las pruebas presentadas por el fiscal Krister Petersson son tan endebles que levantan más suspicacias de las que pretende coagular. A tal punto que los propios medios suecos destacaron la “conveniencia” de culpar a alguien que ya no vive, cuando las pistas que se siguieron todos estos años apuntaban a servicios de inteligencia sudafricanos, israelíes, la CIA o la KGB y hasta a terroristas del grupo turco PKK o fanáticos pinochetistas. Para los hijos del líder socialista, Mårten y Joakim Palme, Engstrom es culpable, pero abrieron la alternativa de no cerrar el caso definitivamente.
Palme se había convertido en un referente para los dirigentes progresistas de los años 70 y 80. Hombre moderado y afecto a las instituciones democráticas al uso occidental, era sin embargo muy crítico de la política exterior de Estados Unidos, en plena guerra de Vietnam, tanto como de la Unión Soviética por su incursión en Checoslovaquia en 1968. Fue primer ministro en dos ocasiones, entre 1979 y 1976 y desde 1982 hasta el día de su muerte, el 28 de febrero de 1986.
Desde ese lugar, fue protagonista de una visión diferente del mundo, lo que llamaba la “tercera vía a la socialdemocracia”. Por lo tanto, la lista de sospechosos de una conjura para eliminarlo era en ese momento cantada: todos a los que había afectado con su política de derechos humanos e igualdad social.
Podían ser servicios del gobierno sudafricano de esa ápoca, por la decidida lucha de Palme contra al apartheid. También la Mossad, por su rechazo a la política de Tal Aviv sobre Palestina. Quizás la URSS si uno piensa en Checoslovaquia, aunque luego desde el gobierno impulsó políticas de acercamiento entre los líderes de ambas potencias para evitar un holocausto nuclear.Chile por su rechazo al golpe contra Salvador Allende y el asilo a los chilenos perseguidos por la dictadura.
Las sospechas sobre EEUU en 1986 no estarían ligadas a la guerra de Vietnam, que había finalizado en 1975. Pero si seguramente podrían estar vinculadas a su apoyo a Cuba -fue el primer mandatario europeo en visitar la isla- o la revolución sandinista, que había tomado el poder en 1979.
Palme había impulsado el Grupo de los 6 por la Paz y el Desarme. Formaban parte de esa iniciativa Suecia, India, México, Grecia, Tanzania y la Argentina recién democratizada con Raúl Alfonsín en la Casa Rosada. Siguiendo esta lógica, Alfonsín se sumaria al Grupo de Contadora, integrado por países latinoamericanos que se oponían a una posible invasión estadounidense a Nicaragua, la amenaza latente durante la administración de Ronald Reagan, y que también se había creado bajo el auspicio de Palme.
Ese 28 de febrero, Palme había trabajado hasta tarde en la casa de gobierno y liberó a sus custodios al llegar a su casa.
Pero su esposa Lisbet Beck Friis y uno de sus hijos, Märten y su nuera tenían otros planes: habían decidido ir a ver la película Los Hermanos Mozart, de la directora sueca Suzane Osten, que se daba en el Gran Cinema, de la capital sueca.
Normalmente Palme prefería circular sin guardaespaldas porque insistía en vivir como un hombre común y corriente, aunque hay cuestiones de seguridad que no podía evadir. Sin embargo, cuando se enteró de la salida compartida con su hijo ya había liberado a sus custodios y pensó que no era correcto llamarlos de nuevo.¿Qué podía pasar en una noche fría de febrero entre su residencia y le sala, en un viaje en subte como cualquier ciudadano?
A la salida las dos parejas se despidieron, el primer ministro y su señora caminaron un trecho por la calle Sveavägen para tomar el metro en la estación Rådmansgatan. Al llegar al cruce con Tunnelgatan, un hombre de no más de 40 años, de cabellera tupida y con un camperón de esquí azul, apareció de entre las sombras y le disparó dos tiros para huir rápidamente. Cuando llegó la ambulancia, Palme había muerto. Los proyectiles le habían destrozado la aorta y le cortaron la columna vertebral. Se sabría luego que el arma, que nunca apareció, era una Smith & Wesson calibre 357 Magnum con balas explosivas, capaces de atravesar un chaleco de seguridad.
El primer sospechoso fue Victor Gunnarsson, al que varios testigos ubicaron cerca de la escena del crimen. No llegó a estar un mes en prisión cuando tuvo que ser liberado por falta de pruebas. Que alguna vez lo hubieran visto con un revólver parecido o que manifestara su odio a Palme no eran suficientes razones. Gunnarson se trasladó posteriormente a Estados Unidos, donde murió asesinado ocho años mas tarde. Sus allegados dicen que se había declarado autor del magnicidio.
El segundo acusado fue Christer Pettersen, un ladronzuelo sin relación con el fiscal aunque de nombre similar, que vivía endrogado y que según las pericias tenía una lesión cerebral. Llegó a ser condenado en primera instancia porque Lisbet, la viuda de Palme, lo había reconocido como autor de los disparos. Pero un tribunal de alzada lo absolvió. entre otras cosas, porque el arma no aparecía, el testimonio de Lisbet no fue tomado en cuenta y fundamentalmente, no había motivo. Salvo, como deslizaron algunos medios, que Pettersen se hubiera confundido y en lugar de matar al dealer que lo perseguía hubiera disparo contra el primer ministro.
Un periodista sueco, Stieg Larsson, se puso en cuerpo y alma a investigar el homicidio desde el 1 de marzo, cuando fue enviado a cubrir la información por el diario en que trabajaba. Su hipótesis era que el asesinato era parte de una trama de grupos fascistas. Buscó y buscó en esos sectores oscuros de la política sueca hasta que llegó a un callejón sin salida. Pero no tiró por la borda el material que fue encontrando. De hecho, fue la base para que escribir las trs novelas de la serie Millenium, que fue un éxito editorial luego de su muerte, en 2004.
Un colega que no conoció a Larsson, Jan Stockassa, se uso a hurgar en los papeles de Larsson y así llegó a la conclusión de que el autor del asesinato era el médico Alf Enerstrom, un hombre de armas llevbar y que también odiaba profundamente a Palme.Un candidato que tranquilamente podría haber sido usado, a sabiendas o no, por una agencia sudafricana. El doctor Enerstrom asesinó en 2003 a un policía. El año pasado Stockassa publicó Stieg Larsson, el legado, las claves ocultas del asesinato de Olof Palme.
La investigación del fiscal Petterson, sin embargo, fue por otro camino. Luego de que la justicia sueca hubiera interrogado a más de 10.000 personas y al cabo de que 134 personas se atribuyeran el magnicidio en más de tres décadas, el que aparecía como más probable, dijo, era el Hombre de Skandia.
Se lo llamó así porque Engstrom -que había sido interrogado al principio de la investigación, pero luego descartado como sospechoso- trabajaba como publicista para la empresa de seguros Skandiahuse.
Ahora, parece, descubrieron que también odiaba a Palme, que tenía armas y un cierto desequilibrio que lo llevó a suicidarse en el año 2000. En esto, el fiscal coincide con otro Petterson, Thomas -sin relación con los otros dos mencionados- quien publicó una teoría como esta en la revista Filter.
Pero el enigma y las teorías conspirativas no quedarán clausuradas tan fácilmente.
Los personajes de esta historia son un periodista con más de 30 años de carrera en los medios más importantes de su país y un senador estadounidense que, de tan corrido a la derecha, hace parecer a Donald Trump como un moderado. Y una controversia que llevó a que el New York Times, el diario de más influencia y prestigio de ese país, debiera recular por el rechazo de sus lectores y de los redactores a una columna del senador republicano Tom Cotton, en la que alentaba el despliegue de tropas militares para acallar las protestas por el asesinato de George Floyd.
Justo el mismo día que en Argentina se celebraba el día del Periodista, el domingo pasado, el jefe de la sección de opinión del NY Times, James Bennet, ponía fin a varios días de fuertes polémicas y renunciaba al cargo. El caso mostró nuevamente, por si hiciera falta, dónde están los límites en el país que se jacta de ser el gran defensor de la prensa libre en el mundo. Pero también de que hay una dirigencia política de valores extremos que no oculta sus pensamientos bajo una máscara de moderación.
La columna de la polémica era coincidente con el discurso de Trump de los primeros días de levantamientos populares tras el asesinato de Floyd por la policía de Minneapolis. “Es necesario dar una muestra abrumadora de fuerza para dispersar, detener y finalmente disuadir a los infractores de la ley”, decía Cotton, en resumidas cuentas. Había que recuperar el control y el orden público a como diera lugar. Si no fuera porque el Pentágono rechazó esa propuesta, quizás habría sido el método utilizado por el gobierno federal para todo el país.
No es la primera vez que Cotton muestra su garra. Nativo de Arkansas, de 43 años, este abogado por la Universidad de Harvard se enroló en el Ejército de Estados Unidos y estuvo en campos de batalla de Afganistán e Irak. Parafraseando a un viejo refrán, podría decirse de él que para quien nace fusil, del cielo le llueven guerras, y entiende entre otras cosas, que la respuesta al que avizora como el mayor de los desafíos que enfrenta su país, Irán, la solución pasaría por arrasar sus plantas nucleares sin miramientos.
Se dice de él que es el que le baja letra a Trump en algunos de los latiguillos que el presidente luego comienza a mostrar en sus tuits y más tarde hace tronar en las conferencias de prensa. Uno de ellos es definir al Covid-19 como el Virus de China. Y afirma, sin la menor prueba, o incluso la desmentida de la CIA, que el virus fue creado en un laboratorio chino.
Parece haber sido, también, el de la idea de que Estados Unidos compre Groenlandia, que Trump lanzó como anuncio antes de una gira por Dinamarca el año pasado, generando la repulsa de las autoridades de esa nación, que tiene la soberanía sobre esa isla boreal.
La relación de Cotton con el diario neoyorquino viene de lejos y había sido conflictiva en su primer encuentro. Fue en 2006, cuando el ahora senador estaba cumpliendo servicios en Irak como teniente. Cotton escribió entonces una carta abierta pidiendo enjuiciar a dos reporteros del NY Times que habían publicado el modo en que dos agentes estadounidenses habían descubierto el esquema de financiación de Al Qaeda. Algo que para Cotton era un tema secreto.
A raíz de la columna en cuestión, Arwa Mahdawi ironiza en el británico The Guardian haciendo juego con el apellido del senador, Cotton, algodón en inglés, que bien se lo podría llamar “Tommy Plantation”, la Plantación de Tommy, aludiendo al libro La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe.
El caso es cómo llegó un personaje así a publicar en un medio como el NY Times, abiertamente contrario a Trump y que suele reflejar el ideario de las clases bien pensantes de EEUU. Y en esto interviene el otro protagonista de este affaire.
James Bennet, a los 54 años, era un editor importante en el escalafón del periódico neoyorquino. Había llegado a esa verdadera cima en la aspiración de cualquier periodista que se precie en 1991, luego de haber pasado por The New Republic y The Washington Monthly. Fue destacado en la Casa Blanca y más tarde corresponsal en Jerusalen y Beinjing hasta que le ofrecen el cargo de editor en jefe de The Atlantic. Le cambió la cara a la revista y la volvió a poner nuevamente en el candelero luego de cambiarle el perfil a temas más populares.
Diez años más tarde lo vuelven a convocar del viejo Times, esta vez para dirigir la sección Opinión. De entrada nomás mostró que lo suyo iba a dar que hablar: a las pocas semanas generó debate la columna del periodista Bret Stephens que ponía en duda las consecuencias del cambio climático que afirman científicos de todo el planeta.
La concepción del periodismo que tiene Bennet es que todas las voces deben tener su espacio para que la sociedad cuente con todas las argumentaciones antes de tomar posición. Y su compromiso con la ética profesional lo llevó a no participar en ninguna edición de la campaña política de ese mismo año, porque su hermano mayor, Michael, competía por la reelección como senador por el estado de Colorado.
Pero quizás no supo evaluar que no son tiempos de romanticismo periodístico. Cuando Trump amenazó con sacar las tropas a la calle para reprimir las protestas, Cotton venia publicando tuits apoyando esta medida. Bennet le propuso que escribiera algo desarrollando eso que estaba publicando en la red social.
La primera reacción de los lectores fue de rechazo. No podían entender que “su” diario apoyara esa postura. Bennet se defendió diciendo que desde que llegó a ese cargo se había comprometido a “mostrar a nuestros lectores todos los argumentos, especialmente aquellos de las personas en posición de establecer políticas”.
Pero no solo los lectores mostraron su disconformidad. Los propios redactores plantearon su absoluto desacuerdo a través de las cuentas de Twitter de cada uno. Lo que implicaba un problema serio para la credibilidad del medio.
Luego de un día de revuelo, Arthur Gregg Sulzberger, el editor general del New York Times -el cuarto en la dinastía de los Sulzberger, que comanda el periódico desde hace 90 años- convocó a una teleconferencia con pequeños grupos de empleados del diario, desde redactores y jefes de secciones a fotógrafos y personal administrativo. Todos fueron muy duros con la publicación.
La versión de Bennet ahora, era que si bien es el supervisor de la sección Opinión, no había leído el articulo de Cotton, que eso había quedado en manos de sus subalternos. Lo que agravó el entredicho con la redacción.
Sulzberger escribió entonces una nota en la que explica: “la semana pasada vimos un colapso significativo en nuestro proceso de edición, no el primero que hemos experimentado en los últimos años, por una columna que no alcanzaba los estándares requeridos y que nunca debió publicarse”. Y agrega: ”James (Bennet) y yo acordamos que se necesitaría un nuevo equipo para dirigir el departamento a través de un período de cambios considerables».
Ese mismo día Bennet anunciaba su dimisión al cargo y al diario. «El periodismo de la sección Opinión del Times nunca ha importado más que en este momento de crisis en casa y en todo el mundo, y he tenido el honor de ser parte de ello. Estoy muy orgulloso del trabajo que mis colegas y yo hemos realizado para centrar la atención en la injusticia y las amenazas a la libertad y para enriquecer el debate sobre el camino correcto a seguir al traer nuevas voces e ideas a los lectores» escribió Bennet para su despedida.
A la noche, Cotton pasó ante las cámaras de la cadena Fox, amiga de los republicanos y de Trump especialmente, para quejarse del trato que le habían dado en el Times. Y en una argumentación que bien podría haber dicho Trump, señaló que su escrito “supera con creces sus estándares, que normalmente están llenos de tonterías de izquierda de segundo año».
De más está decir que Cotton está en la lista de sucesores de Trump para el día que el empresario inmobiliario decida colgar los guantes. Virtudes no le faltan.
«Nos comprometimos a desmantelar la policía tal como la conocemos en la ciudad de Minneapolis y a reconstruir un nuevo modelo de seguridad pública que realmente mantenga a salvo a nuestra comunidad». Con esta frase contundente, la presidenta del concejo municipal de ese distrito, Lisa Bender, anunció el cambio más profundo que se piensa para el organismo luego del asesinato de George Floyd el pasado 25 de mayo. Pero para poder concretar esa decisión, la medida deberá enfrentar el rechazo del racista presidente del sindicato de policías y los temores del alcalde local, que no quiere una guerra contra esa fuerza de seguridad. El crimen de Floyd, generó una ola de repudios en todo el país con una fuerte represión, incentivada por el presidente Donald Trump en su intento de no perder protagonismo de cara a las elecciones de noviembre. Esto incluyó la amenaza de ordenar que las Fuerzas Armadas salgan a las calles, una medida que fue rechazada por el Pentágono.
El anuncio de los concejales choca con la voluntad del alcalde de esa ciudad del estado de Minnesota, Jacob Frey, que ya adelantó que no está de acuerdo con desarticular a esa fuerza. Le teme al jefe del sindicato policial, Bob Kroll, un adherente a la candidatura de Trump al que suele acompañar actos de campaña en esa región. Para tener idea de quién es Kroll, baste decir que para justificar a sus pares acusados por el bárbaro homicidio, calificó a Floyd de “criminal violento”, sin que ninguna imagen de las captadas durante el procedimiento contra el hombre, de 46 años, asfixiado por el oficial Chauvin con su rodilla, muestre el menor atisbo de resistencia.
Frey, del partido demócrata, abogado de 38 años de edad, proviene del mundillo de las organizaciones comunitarias y llegó al cargo luego de participar en infinidad de actividades benéficas. Kroll es el presidente de la Federación de Oficiales de Policía de Minneapolis, y tuvo enfrentamientos con varios ex jefes de la policía local. Janeé Harteau, la primera ex jefa de la institución en salir al ruedo en esta oportunidad, le reclamó que renunciara para no seguir enlodando a la fuerza. “Es una desgracia para la insignia. Esta es la batalla contra la que yo y otros hemos estado luchando. ¡Bob Kroll entrega tu placa!”, tuiteó la semana pasada
Se fueron sumando otros ex titulares de la policía de Minneapolis que habían tenido choques con el titular del sindicato. Lo que demuestra que el clima dentro de las estaciones de policía es denso y que el caso de Derek Chauvin y los otros tres uniformados acusados del crimen, Tou Thou, Thomas Kiernan Lane y J. Alexander Kueng no es un hecho aislado.
Solo que esta vez hubo una filmación que se viralizó y generó la indignación de la comunidad negra pero también de todos aquellos que rechazan el racismo que se enraíza en la historia de Estados Unidos.
El video de esos ocho minutos fatales, mientras Floyd gritaba que no podía respirar, si algo refleja es la pasividad con que los compañeros del agente contemplan la escena y la despreocupación por el que estaba filmando con su celular. Quizás porque sabían que podían gozar de impunidad por la cobertura que les daba el líder gremial.
Derek Chauvin, de 44 años, con casi 19 años en la policía, tuvo al menos 17 investigaciones por denuncias recibidas por el departamento de Asuntos Internos de ese cuerpo policial. Sólo en dos casos la cosa pasó a mayores: recibió dos notas de reprimenda.
Abraham Lincoln asumió la presidencia de EEUU el 4 de marzo de 1861 y 40 días más tarde se desató la Guerra Civil. El presidente era Republicano; en el sur esclavista, los Demócratas eran mayoría y apoyaban ese modelo de explotación inhumana. Se sabe: triunfaron “los buenos” y formalmente se abolió la esclavitud. Lincoln sería asesinado cinco días después del fin de la guerra, hace 155 años. Los negros ganaron la libertad en los campos de batalla, pero pronto la perdieron en la vida real.
Andrew Johnson reemplazó al presidente asesinado y estableció el Plan de Reconstrucción del sur, que quedó ocupado militarmente para que se cumplieran las leyes de la Nación. Los esclavos liberados comenzaron a acceder a derechos civiles y políticos y a reclamar 40 acres de tierra (16 hectáreas) y una mula que por ley les había otorgado el gobierno. El voto negro fue clave para el triunfo de Ulysses Grant, el general victorioso, en 1868.
El conflicto en los once estados esclavistas no cesó y por esos años nace el Ku Klux Klan, el grupo supremacista blanco protagonista de las mayores atrocidades contra los afrodescendientes.
Hasta que en las elecciones de 1876 los racistas sureños encontraron la rendija que estaban buscando. Los demócratas habían candidateado a Samuel Tilden; los republicanos, a Rutheford Hayes. Tilden tuvo más votos populares, pero quedó a un elector de consagrarse presidente.
Hayes decidió ganar a como diera lugar y acordó retirar al ejército de los estados sureños ni bien asumiera su cargo y dejar las manos libres a los supremacistas. Muy poco tardaron “los malos” en arrasar con todos los derechos y profundizar este genocidio a cuentagotas.
Un siglo debió pasar para que otro Johnson, Lyndon, sucesor de otro presidente asesinado, John Kennedy, derogara las leyes de Jim Crow, promulgadas en 1876, que establecían la segregación racial en todas las instalaciones públicas, y aprobara en 1965 la ley de Derechos Civiles.
Tapizaron ese camino Rosa Parks, la mujer que en diciembre de 1955 se negó a dejarle su asiento a un blanco en un autobús en Alabama, y habían sido asesinados Martin Luther King y Malcolm X.
El triunfo electoral de un afrodescendiente, Barack Obama, no aplacó estas masacres cotidianas encarnadas, ahora, por policías de todos los rincones el país.
Si algo saben los racistas es que se puede perder una guerra. Lo importante es quién gana la paz. Y ellos siempre están al acecho.
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