La visita de Javier Milei a la Casa Blanca dejó la vergonzosa sensación de que el país está en manos de un grupo de enajenados dispuesto a entregar el país por un puñado de dólares para aguantar hasta el 26-O y que el diablo nos lleve. O, peor aún, que todo sí está saliendo de acuerdo al plan, pero que el plan siempre fue convertir a la Argentina en un protectorado. Y que cada paso no fuera otra cosa que la consecuencia de un plan fríamente calculado para el coloniaje, como de alguna manera deslizó Carlos Heller, diputado y columnista de este diario.
En cualquier caso, no habría que caratular al presidente como un loquito suelto. Como se dice en Hamlet, hay método en esa locura. Un método nocivo para el país, pero método al fin.
A poco de aterrizar, entrevistado por Eduardo Feinmann en el canal A24, el mandatario explicó lo que entiende por estrategia geopolítica.
“Dije (en la campaña) que iba a ser aliado de EE UU y de Israel y eso hice”.
“Somos un aliado incondicional de EE UU, es una cuestión de ordenamiento geopolítico”.
“Trump vino a poner en orden una cosa que estaba totalmente desequilibrada”.
“Ese mundo va a tener bloques. Un bloque es el que está alineado con EE UU, otro va a estar alineado con China y el otro con Rusia”.
“Los aliados son esos con los que usted sabe que va a contar siempre. Ellos deciden quiénes son sus aliados. Esa es la parte que ellos (los críticos) no entienden”.
Ahora vayamos a lo finito: esa es la geopolítica de Trump y explica cómo se mueve el presidente estadounidense, pero no implica que sea un análisis certero ni mucho menos adecuado para nuestro país. El empresario inmobiliario busca romper la alianza que sellaron Vladimir Putin y Xi Jinping y Beijing el 5 de febrero de 2022 en los juegos Olímpicos de Invierno de Bejing, 19 días antes del inicio de la operación militar en Ucrania. Si no impedir la sociedad de Rusia-China fue un error de Joe Biden, como cuestiona Trump, su voluntad no será suficiente. Sobre todo porque los estadounidenses no se caracterizan por cumplir los acuerdos que firma. Sino jamás se hubiese llegado a esta guerra.
La otra parte de la geopolítica de Milei es su férrea amalgama con el pensamiento de los paleolibertarios argentinos, que se disemina desde el patriarca de los Benegas Lynch, el primer Alberto, que trajo al país las ideas de la Escuela austríaca. Ese ALB es abuelo de Berty y padre del fundador de la ESEADE, la «academia» que le otorgó el título honorífico del que el presidente quiere jactarse como si hubiera sido fruto de una sesuda tesis de investigación.
Ese espacio considera que los militares de los ’40, con Perón a la cabeza, eran pro nazis y en lugar de hacer como Brasil, que envió tropas a favor de los aliados, esperó hasta lo último para declarar la guerra a Alemania. Así explican que Brasil despegó por el apoyo estadounidense. Que claro que existió.
Esos paleolibertarios están convencidos de que ese pecado capital impidió que Argentina fuera como Australia o Canadá. Pero que no digan que no se intentó: el tratado Roca-Runciman de 1933 convirtió al país, como dijo el entonces vicepresidente, Julio Argentino Roca hijo, “desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico». La dictadura también lo intentó, enviando expertos en aberraciones a hacer el trabajo sucio por EE UU en sus guerras contrarrevolucionarias en Centroamérica. ¿Se acuerdan cómo terminó la historia en Malvinas?
Si no fuera que el destino de los 45 millones de argentinos está entre las bambalinas, el encuentro de este martes de Javier Milei con el presidente Donald Trump daría para un triste paso de comedia. Con un personaje lisonjeado hasta la exuberancia por un servidor sumiso que no alcanza a conmoverlo y al que humilla con displicencia. O vendedores de ilusiones que prometían volver con la gloria y el oro y ni siquiera recibieron palmaditas de consuelo. A tal punto llegó el dislate en la Casa Blanca que bastó que el cansado anfitrión dijera que habría plata para las desesperadas arcas del Gobierno nacional solo si ganaba las elecciones para que se desplomaran las acciones, subieran el dólar y el riesgo país y se reavivara la amenaza de peores calamidades sobre el experimento paleolibertario. Tanto fue el descalabro en los mercados que hubo todo tipo de interpretaciones retorcidas y pedidos de aclaraciones particularmente angustiosos para sofocar el vendaval que se desató en lo que se pregonaba como una marcha triunfal hacia el 26 de octubre gracias a la inestimable ayuda del hermano mayor.
Pero vayamos al contexto. La gestión económica de Milei tuvo que pedir un tercer rescate en seis meses, esta vez, de la ultimísima instancia que le quedaba: Estados Unidos. Sin embargo, a buen puerto fue por agua, justo cuando la administración Trump atraviesa el cierre del Gobierno por esa cuestión del Presupuesto que la oposición remolonea en aprobar. El destiempo fue otra característica de lo que prometía ser el Día D ‒así lo promovía el ministro Luis Caputo‒ para el colega ultraderechista de Trump. Porque el mandatario estadounidense venía de haber juntado las cabezas de los líderes regionales en el balneario egipcio de Sharm el Sheij para la firma de un acuerdo de cese el fuego entre Hamas e Israel. Y el hombre ya tiene sus años. En concreto: NSAP (Nada Salió de Acuerdo al Plan).
Quizás el cansancio le jugó una mala pasada o quizás Trump nunca terminó de entender qué es Argentina ni dónde queda. El caso es que en esa mesa, en la que de un lado estaba la plana mayor del Gobierno trumpista y del otro los funcionarios argentinos, al menos dos veces el anfitrión se mostró convencido de que las elecciones que se avecinan en el extremo sur del continente son presidenciales. Así, alabó la gestión de su aliado ultraderechista, del que afirmó: «El trabajo que hizo en estos cuatro años es increíble». Lo que despertó ironías sobre un supuesto elogio al tramo final de Alberto Fernández.
Inesperado elogio de Trump a los últimos dos años de gestión de Alberto Fernández pic.twitter.com/GhAJx2MpLn
Lo insólito fue que el desplome de los mercados se produjo en tiempo real, mientras Trump insistía en una amenaza ni siquiera solapada contra los ciudadanos argentinos, a los que les avisó que si votaban mal, como quien dice se irían a la cama sin postre. Para que no quedaran dudas usó un ejemplo local, el del candidato a alcalde de Nueva York, Zohran Mandami, al que dijo que tampoco ayudaría si resultara electo. «Si Milei pierde, no seremos generosos con Argentina. No vamos a perder el tiempo», concretó, lapidario, en ese tono que Trump suele usar para quienes ningunea.
Ese mal trago despertó feroces internas dentro del propio Gobierno y lastimosos intentos de la ministra Patricia Bullrich y de Caputo para explicar que lo que se dijo no era lo que todo el mundo entendió, y que el mandatario no hablaba del 26 de octubre sino de 2027. Hasta hubo un reclamo al propio Trump para que explicara la cosa. Las bolsas ya habían hablado el martes, había que prepararse para el miércoles. En su red Truth Social, esta fue la aclaración del presidente estadounidense: «¡Excelente reunión la de hoy con Javier Milei! Está haciendo lo correcto para su país. Espero que el pueblo argentino comprenda el excelente trabajo que está haciendo y lo apoye durante las próximas elecciones intermedias, para que podamos seguir ayudándolo a alcanzar el increíble potencial de Argentina. Javier Milei tiene mi total apoyo. No los defraudará. ¡Hagamos que Argentina vuelva a ser grande!». Pero de plata o acuerdos comerciales, nada.
Quizás a Luis Caputo, que estuvo una semana en Estados Unidos presuntamente negociando un gran acuerdo salvador, la dura realidad lo hizo quedar en falsa escuadra. Y el presidente terminó envuelto en un desaguisado por el que uno de los trols pagos con dinero público, que firma como Gordo Dan, culpó al canciller Gerardo Werthein. Pero el ministro de Economía no fue el único que vendió la piel antes de cazar al oso. El desregulador Federico Sturzenegger había pronosticado horas antes del encuentro «un acuerdo comercial bastante inédito dentro de los Estados Unidos que va a permitir a ciertos sectores de nuestra economía tener un acceso privilegiado al mercado norteamericano». ¿Fue un error de diagnóstico el que llevó al papelón en el almuerzo presidencial? Porque el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ya había dicho que el swap de 20.000 millones de dólares vendría después del 26 de octubre, lo que a buen entendedor implicaba que en Washington orejean las cartas hasta ver cómo caen las fichas. Eso no cambió. Lo otro que sigue inmutable es que sea cual sea el resultado, «los dueños de la pelota» quieren un amplio acuerdo de sustentabilidad política para la reforma impositiva, laboral y previsional que pretenden imponer a como dé lugar. Así aparece en el juego un oscuro lobista estadounidense, Barry Bennett, que trabaja con un no menos oscuro personaje ligado a lo servicios argentinos, Leonardo Scatturice. De este modo los presenta el periodista Marcelo Falak en el portal Letra P.
El lunes Carlos Pagni había contado en el canal La Nación+ que Bennet se había reunido con tres diputados que, se supone, pueden mover los hilos en el Congreso para esa sustentabilidad que el Gobierno de Milei no buscó hasta ahora y no logrará por sí solo: Cristian Ritondo, Rodrigo de Loredo y Miguel Ángel Pichetto. Dignos representantes, cada uno de ellos, de eso que el presidente calificaba de «casta» y que eventualmente podrían salvarle los papeles. Que cada vez están más devaluados por los dislates cotidianos del Gobierno.
América Latina despertó este viernes con dos novedades que la afectan directamente y tienen un profundo sentido geopolítico: María Corina Machado, la lideresa opositora venezolana, fue galardonada con el premio Nobel de la Paz al que aspira ilusoriamente Donald Trump; y la presidenta de facto de Perú, Dina Boluarte, fue destituida por el Congreso acusada de “incapacidad moral permanente”, una figura que sirve tanto para un barrido como para un fregado. En ambos casos, se trata de decisiones que van en sintonía con los intereses estadounidenses, por más que el inquilino de la Casa Blanca estaba que trinaba al conocer la noticia de que se había quedado afuera del galardón que se entrega en Oslo, y eso que apuró un acuerdo entre Hamas e Israel con tal de anotarse en la lista.
Veamos el caso venezolano. Si dárselo a Trump hubiese sido un despropósito para el Comité Noruego, sólo pensar en Machado llama a recordar que no es la primera vez que ocurre algo tan descabellado. De hecho, si bien lo recibió Adolfo Pérez Esquivel, también tuvieron su premio Barack Obama y Henry Kissinger, sin ir más lejos. Lo que da la razón al director de comunicación del gobierno de EE UU, Steven Cheung, que calificó la nominación como una prueba de que pusieron “la política por encima de la paz”. La manera de mostrar el disgusto de Trump, que incluso horas antes de la novedad había recibido el apoyo de Vladimir Putin. En el caso de la mujer que está inhabilitada en Venezuela por respaldar las sanciones contra su país dictadas por Estados Unidos y, además de propiciar una intervención armada, es acusada de ser responsable de mucha de la violencia política promovida por los sectores opositores contra la presidencia de Nicolás Maduro desde 2014 junto con el exiliado Leopoldo López y Antonio Ledezma.
Foto: Xinhua
Boluarte, por su lado, llegó al poder en 2022 tras la destitución del dirigente del gremio docente Pedro Castillo, de quien había sido compañera de fórmula en las presidenciales de 2021. Una alianza inestable entre un maestro que sorpresivamente había ganado los comicios con más ímpetu de hacer cambios revolucionarios en el Perú que diseñó la dictadura de Alberto Fujjimori que posibilidades de lograrlo habida cuenta de las trabas impuestas por la constitución. Ella se acomodó a la ofensiva conservadora que sacó, mediante los artilugios que permite esa carta magna, a Castillo y no movió un dedo para defenderlo. El hombre permanece detenido a la espera de que se sustancie un juicio por rebelión, abuso de autoridad y perturbación de la tranquilidad pública.
En julio del año pasado, Boluarte, que ya venía acusada por la supuesta tenencia de un reloj Rolex de alta gama y minucias semejantes, inauguró con Xi Jinping el Puerto de Chacay, al norte de Lima. Será un punto neurálgico para el comercio con los países del Pacífico y la salida de la producción brasileña a través de la ruta amazónica. Hace una semana, los países de la Comunidad Andina -Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú -aceptaron el ingreso de China como país observador. No hace falta mucho para entender que si el secretario de Estado, Scott Bessent condiciona el salvavidas al gobierno de Javier Milei a romper los lazos con el gigante asiático, detrás de esta movida estén los esbirros de Washington.
En Venezuela es más fácil de captar la idea del Comité Noruego. Puede molestar a Trump, pero es funcional a los intereses estadounidenses. Sin dudas la nominación causa impacto en el interior del país caribeño, en medio de la ofensiva contra el narcotráfico en el que la fuerza naval más poderosa del mundo ya destruyó cinco lanchitas presuntamente cargadas de droga tripuladas por presuntos narcos, frente a las costas de Venezuela.
No es novedad que Donald Trump le declaró la guerra, por ahora comercial, a China, que con sus vaivenes -pone aranceles, reduce aranceles, incrementa aranceles- viene desarrollando desde el 20 de enero. Beijing, a todo esto, fue respondiendo con sus tiempos pero cada vez más ímpetu. A tal punto que ahora el inquilino de la Casa Blanca se queja de que los chinos se pusieron “extremadamente agresivos”. Una de las batallas de esa guerra afecta especialmente a la Argentina, donde el gobierno de Javier Milei fue a pedir un nuevo salvavidas para que no terminara de hundirse su plan económico y el secretario del Tesoro, entre las condiciones para su “rescate”, reclamó “sacar a China” del país. El comunicado de la embajada china en Buenos Aires fue todo lo lapidario que ni Milei ni su ministro de economía osarían decir: “Scott Bessent y Estados Unidos deben entender que América Latina y el Caribe no es el patio trasero de nadie”.
En esa escalada comercial que está generando una crisis global a todo nivel, este viernes el Ministerio de Transporte de China anunció tarifas especiales a buques propiedad de operadores, propietarios, empresas, organizaciones o individuos estadounidenses en todos sus puertos. Estados Unidos había avisado que desde ese mismo martes impondría tasas adicionales a embarcaciones chinas.
Una minucia en el contexto de la ofensiva de Trump. Que no duda en acusar al gobierno de Xi Jinping por las movidas que ensaya ante las medidas unilaterales que aplica EEUU desde febrero. Así, Beijing anunció controles a la exportación de tecnologías relacionadas con las tierras raras, un insumo básico en la industria bélica y de comunicaciones de las que el gigante asiático es el principal exportador del mundo.
Desde el Salón Oval la irritada réplica fue “¡Están sucediendo cosas muy extrañas en China! Se están volviendo muy hostiles y están enviando cartas a países de todo el mundo para anunciar que quieren imponer controles de exportación a todos los elementos de producción relacionados con tierras raras, y prácticamente a cualquier otra cosa que se les ocurra, incluso si no se fabrica en China”, se ofuscó en su red Truth.
Pero de inmediato tomó dos decisiones igualmente hostiles. Por un lado dijo que desde el 1 de noviembre aplicará aranceles de 100% a todos los productos chinos que quieran llegar a EE UU. Por el otro dijo que no se reunirá con el presidente chino en la cumbre de la APEC, el foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico que se desarrollará en Corea del Sur. “Ahora no parece que hay motivo para reunirnos”, indicó, con los labios en “puchero” como muestra de su enfado. Todavía se dio tiempo para añadir que “en esencia, (las medidas de China) congestionarían los mercados y dificultarían la vida a prácticamente todos los países del mundo, especialmente a China”.
La frutilla del postre en estas costas vino de la mano del gobierno nacional, que sumiso como nunca, calló ante la imposición de Bessent para respaldar la región paleolibertaria. “Parece ignorar que China viene impulsando valiosas acciones de cooperación con los países de la región en las más diversas áreas, siempre sobre la base del respeto, la igualdad, la colaboración y el beneficio mutuo”, dice el comunicado de la representación diplomática. Esas declaraciones del funcionario estadounidense, añade, “volvieron a dejar de manifiesto la mentalidad arraigada en los tiempos de la Guerra Fría que sigue caracterizando a algunos funcionarios estadounidenses”.
“Los países de América Latina y el Caribe tienen el derecho a elegir, con independencia y libertad, cuál es su camino de desarrollo y quiénes son sus socios en materia de cooperación”.”, critica el texto, que concluye: “sería mejor que EE UU deje de sembrar discordia y crear problemas donde no los hay, para hacer más aportes reales para el desarrollo de la región que dice defender”.
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