El 24 de febrero de 2022 el presidente Vladimir Putin anuncia el inicio de una «Operación Militar Especial» con el objetivo de «proteger a las personas que han sido objeto de abusos y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años» para lo cual, agregó el mandatario ruso «nos esforzaremos por desmilitarizar y desnazificar Ucrania y también para llevar ante la justicia a quienes han cometido numerosos y sangrientos crímenes contra la población civil, incluidos los ciudadanos de la Federación de Rusia».
Pasaron diez meses y medio y si algo queda claro es que el 24F será recordado como el día en que los cambios geopolíticos que se venían macerando en el mundo ingresaron en el punto de no retorno. Caben pocas dudas de que Europa es el escenario de una disputa global en el que el bloque de la OTAN pone las armas y ucranianos y rusos, la sangre.
Tampoco deberían quedar dudas de que no se trata una puja entre democracias y autocracias, o civilización y barbarie. Hay presentes y futuros pero también mucho pasado puesto en juego. No se trata de una región naturalmente pacífica que repentinamente se ve envuelta en una contienda sin sentido. Hay siglos de enfrentamientos y en el caso de Ucrania y Rusia, Kiev y Moscú, un componente de identidad nacional que se hunde en los orígenes de los pueblos eslavos.
Sin un orden cronológico demasiado estricto, intentaremos desde estas páginas aportar elementos para tener en consideración a la hora de analizar lo que sucede en esa parte del mundo. Habida cuenta de que quizás en esos campos de batalla se está decidiendo la suerte de la humanidad. Desde la crisis de los misiles entre Estados Unidos y la Unión Soviética, hace seis décadas, no se vivía una tensión como la de estos meses ante la posibilidad de una guerra nuclear. Es que iniciar una guerra es relativamente fácil, resulta complicado terminarla, pero es imposible evitar sus consecuencias. Sobre todo cuando se enfrentan potencias atómicas.
Pero hagamos andar el reloj hacia atrás y podremos ver que veinte días antes de que tropas cruzaran las fronteras, Putin y el presidente chino Xi Jinping habían firmado un Acuerdo de Amistad que fue presentado en la inauguración de los XXIV Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing. Un certamen que había sido prolijamente boicoteado por la administración de Joe Biden con el argumento de «el genocidio y el crimen contra la humanidad que está llevando a cabo la República Popular China en Xinjiang y otros abusos de los Derechos Humanos».
El documento que firman Putin y Xi* dice que las relaciones internacionales están ingresando en una «nueva era de rápido desarrollo y profunda transformación». Y pone el acento en el inminente rediseño del mundo. De tal manera que al lema de la Casa Blanca para justificar sus puntos de vista sobre respetar «el orden internacional basado en reglas», el documento chino-ruso habla de «defender el orden mundial basado en el derecho internacional, incluidos los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas». Xi y Putin cuestionan el propósito de Estados Unidos de arrogarse el derecho de fijar unilateralmente las reglas y obligar a respetarlas manu militari. Por eso, sostienen su observancia de los valores de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Pero le quitan entidad a la interpretación que les da Occidente. «Una nación puede elegir las formas y métodos de implementar la democracia que mejor se adapten a su estado particular, en función de su sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas. Corresponde únicamente al pueblo de cada país decidir si su Estado es democrático».
El documento se extiende sobre el medio ambiente y el rol que a cada una de ambas potencias cree que le cabe en el mundo. Pero lo más sustancial es que tras la caída de la URSS, es el primer desafío explícito a Washington y sus aliados de la OTAN.
Cuatro meses antes, el 15 de septiembre de 2021, Estados Unidos, el Reino Unido y Australia anunciaron la creación del AUKUS**, una alianza militar destinada al control y la vigilancia de la región Indo-Pacífico. «Como primera iniciativa bajo AUKUS, reconociendo nuestra tradición común como democracias marítimas, nos comprometemos con la ambición compartida de apoyar a Australia en la adquisición de submarinos de propulsión nuclear para la Marina Real Australiana», dice el texto, que generó la indignación de Francia, que había firmado un contrato multimillonario para la venta de artefactos similares elaborados en país galo con las autoridades australianas.
Dos semanas antes, el 31 de agosto, Estados Unidos había retirado sus últimos representantes en Kabul, un momento caótico que hizo recordar la derrota en Vietnam en 1975. Invadido por fuerzas estadounidenses y de la OTAN en 2003, Afganistán ya había significado el inicio del fin de la Unión Soviética. Continuará. «
*Versión en inglés del documento según el Kremlin.http://en.kremlin.ru/supplement/5770
**Texto original del AUKUS según la Casa Blanca. https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/15/joint-leaders-statement-on-aukus
Navidad en medio de la batalla
Rusos y ucranianos celebraron la Navidad ortodoxa enfrentados en lo que seguramente es la batalla más sangrienta desde que se desató la guerra, la de Bajmut, la ciudad de Donetsk por la que disputan desde hace meses Kiev y Moscú. El presidente Vladimir Putin había decretado un alto el fuego unilateral para la celebración cristiana, pero desde el otro lado respondieron que no le creían y que no iban a cesar las hostilidades. AFP registró bombardeos a lo largo de la mañana de este sábado, dice la agencia francesa.
Putin asistió solo a la misa en una iglesia del Kremlin la medianoche del viernes y felicitó a los cristianos ortodoxos tras indicar que este día inspira «buenas acciones y aspiraciones». Por la parte ucraniana, cientos de fieles asistieron a una misa histórica en el célebre monasterio de las Cuevas de Kiev, que antes dependía del patriarcado de Moscú, pero que pasó ahora a manos de Ucrania debido a la guerra. La homilía fue oficiada por primera vez por el metropolitano Epifanio, líder de la Iglesia ortodoxa ucraniana formada en 2018-2019 tras un cisma con el patriarcado de Moscú.
Inacio Lula da Silva asumió su tercer mandato, el número 39 de Brasil desde que se constituyó como una república federativa, el 15 de noviembre de 1889. Fue el último país americano en terminar con la monarquía y con la esclavitud y hoy es la esperanza de nuevos aires para muchos en la región y en el mundo, habida cuenta del embate de la extrema derecha que golpea en Europa y que se extendió con suerte dispar en esta parte del planeta. De hecho, los dos líderes más destacados de esa regresión histórica, Donald Trump y Jair Bolsonaro, se encuentran en Florida, Estados Unidos, en una suerte de refugio dorado luego de sendas aventuras y a la espera de poder reconstruirse como opción a futuro.
Por estos antecedentes es que el líder metalúrgico recalcó en su discurso ante el Congreso el principal objetivo que se fijó para su nueva su gestión. “Bajo los vientos de la redemocratización decíamos: ¡dictadura nunca más! Hoy, tras el terrible reto que hemos superado, debemos decir: ¡democracia para siempre!”, dijo Lula, al tiempo que anunciaba una reestructuración del funcionamiento del Poder Ejecutivo “para que el Gobierno vuelva a funcionar de forma racional, republicana y democrática”.
“El mandato que hemos recibido, frente a adversarios inspirados en el fascismo, será defendido con los poderes que la Constitución confiere a la democracia. Al odio responderemos con amor. A la mentira, con la verdad. Al terror y a la violencia responderemos con la Ley y sus más duras consecuencias”, detalló.
Luego señaló algunos de los proyectos con los que aspira a revertir esa tendencia violenta a la que el bolsonarismo fue llevando a la sociedad brasileña, con inspiración indudable en los peores ejemplos que Estados Unidos despliega en el mundo. «Hay mucha inseguridad y Brasil no quiere y no necesita tener armas en las manos del pueblo. Necesitamos cultura, libros, para que podamos ser un país más justo».
El otro eje, en el que Bolsonaro también se destacó -y no para bien- fue el del medio ambiente. «Vamos a iniciar la transición energética y ecológica. Nuestro meta es lograr la emisión cero de gases invernadero y la deforestación cero de la Amazonia. Vamos a vivir sin cortar un árbol», abundó, para, a renglón seguido, prometer una reparación de la histórica con los pueblos originarios, tan amenazados como la destrucción de su lugar en el mundo y que se amplió en los cuatro años que finalizan. «Vamos a denunciar todas las injusticias cometidas contra los pueblos indígenas», se comprometió Da Silva.
Sin dejar de recordar que su llegada al Planalto no es para una simple sucesión sino para dar un giro tajante a la anterior administración brasileña, Lula dijo que “la libertad que hemos defendido es la de vivir en libertad, incluyendo el derecho de expresión. La libertad que ellos defienden es la de imponer sobre los más débiles, eso es barbarie” y señaló a continuación que «los controles republicanos serán recuperados para defender el interés público».
Más adelante refrescó la memoria de sus dos períodos presidenciales. “Se demostró que sí era posible gobernar este país con la más amplia participación social, incluyendo a los trabajadores y a los más pobres en el presupuesto y en las decisiones de gobierno (…) Se ha demostrado que un obrero sí podría dialogar con la sociedad para promover el crecimiento económico de forma sostenible y en beneficio de todos, especialmente de los más necesitados”.
Como parte de este cambio de rumbo, y en vista de la realidad de que el bolsonarismo tiene un apoyo importante en el Congreso pero también controla los estados más grandes de Brasil y tiene simpatizantes en las fuerzas militares y de seguridad, Lula señaló en su discurso ante el Congreso la necesidad de un nuevo pacto democrático. “Quiero saber cuáles son los principales proyectos de cada uno de los gobernadores, para poder discutir el apoyo, la financiación y lo que el Gobierno federal pueda hacer para colaborar con los estados”.
Para alentar la esperanza de los otros mandatarios latinoamericanos que asistieron al acto de transmisión de mando -al que por cierto, viene bien recordar que no estuvo Bolsonaro- fijó el cuadrante para su derrotero: “Nuestro compromiso será con Mercosur y el resto de las naciones soberanas de nuestra región. Tendremos un diálogo activo con Estados Unidos, la Unión Europea y China. Haremos más alianzas para tener más fuerza de ahora en adelante. Brasil tiene que ser dueño de su destino, tiene que ser un país soberano».
Entre los que aplaudieron especialmente estuvo el argentino Alberto Fernández, que anunció una bilateral este lunes, y la delegación uruguaya, encabezada por Luis Lacalle Pou acompañado por los expresidentes Julio María Sanguinetti y José “Pepe” Mujica. Finalmente no viajó el venezolano Nicolás Maduro, pero el aire de cambio que representa la vuelta de Lula se manifestó en que el propio Bolsonaro tuvo que levantar unos días antes la prohibición a su ingreso. Pero sobre todo en que los mismos que habían ungido al exdiputado Juan Guaidó como “presidente interino”, durante la administración Trump en EEUU, decidieron poner fin a ese mandato inexistente este mismo 1 de enero.
Como cierre de su discurso, Lula dijo: «Vamos a reconstruir este país, viva la democracia y viva el pueblo brasileño». En el plenario de diputados y senadores estalló el grito de «Lula, guerrero del pueblo brasileño».
Pero luego de la ceremonia el ya presidente comenzó a lanzar una serie de tuits en cascada en lo que se pareció a una autoreivindicación histórica para quienes no vivieron aquellos tiempos, que en muchos casos «compraron» el mensaje del bolsonarismo por desconocimiento.
«Recientemente releí el discurso de mi primera asunción, en 2003. Y lo que leí vuelve aún más evidente cuánto volvió para atrás Brasil. Aquí, en este mismo lugar, asumimos el compromiso de recuperar la dignidad y la autoestima del pueblo brasileño y las recuperamos».
«Pero el principal compromiso que asumimos fue luchar contra la desigualdad y la extrema pobreza y garantizar a cada persona el derecho a tomar café a la mañana, almorzar y cenar y hemos cumplido ese compromiso. 20 años después volvemos a un pasado que creíamos enterrado», dicen dos de esos textos.
Lula da Silva vuelve al gobierno y como siempre que un pobre se divierte, diría el Gaucho Martín Fierro, «nunca faltan encontrones». Estuvo divertido la primera vez, cuando por esas cosas del destino coincidió con Néstor Kirchner Hugo Chávez y armaron aquella fiesta de los primeros años del siglo, a la que luego se sumaron Evo Morales, Tabaré Vásquez, Rafael Correa y Fernando Lugo.
Perseguido como el personaje definitorio de la idiosincrasia argentina escrito por José Hernández –de cuya publicación se cumplieron hace poco 150 años– este obrero metalúrgico que cuando un juez lo quiso chucear en una indagatoria declaró como profesión «tornero mecánico». Y ya había sido dos veces presidente de Brasil, y había logrado construir no solo un gremio y un partido político de masas sino un camino para otro mundo posible, como decían aquellos encuentros en Porto Alegre al despuntar el siglo. Pero eligió ese, el título logrado con tanto esfuerzo en su juventud. Y hablemos de meritocracia.
Como a Fierro, a Lula un juez y un sistema que rechazan la diversión del pobre lo sacaron de juego tanto a él como a su sucesora, Dilma Rousseff. No les fue mejor al cura paraguayo, al economista ecuatoriano y al dirigente cocalero boliviano. Con tal de acabar con la fiesta, apelaron a golpes y persecuciones. Lo que deja en claro que por las buenas no hubieran podido. Una suerte similar corre en Argentina la vicepresidenta.
Este 1 de enero vuelve al Planalto el hombre que como buen metalúrgico, tiene fierro en la sangre. Para volver tuvo que armar alianza, hacer concesiones, juntar cabezas que apostaran a derrotar a la ultraderecha. ¿Es una vuelta como la de Fierro? Resultaría tan tentador asimilar a ambos personajes…
Lo que si queda claro es que ante la inminencia del regreso de Lula da Silva, no faltaron encontrones para advertirle que si antes no la tenía fácil, ahora están dispuestos a hacérsela imposible. El golpe contra Evo en noviembre de 2019, unas semanas antes de que Alberto Fernández asumiera su cargo, tenía un sentido similar. Marcar la cancha, mostrar de qué son capaces y de qué viene la cosa. La arremetida de la derecha boliviana desde hace meses, comandada por el gobernador de Santa Cruz, Fernando Camacho tenía ese sentido.
Camacho es aquel que en un éxtasis místico ingresó en el Palacio Quemado con una Biblia en la mano y se arrodilló frente a una bandera de Bolivia desplegada en el piso. Líder racista de una región que abomina de las raíces indígenas del pueblo boliviano, es uno de los responsables de las atrocidades cometidas en el interinato de Jeanine Añez. En su terruño es imbatible electoralmente. En las calles sus esbirros lucen una violencia comparable solo a los grupos nazis de entreguerras. La fiscalía boliviana lo acusa de aquel golpe y de los paros que organizó ahora contra el gobierno de Luis Arce bajo la excusa de la fecha para el censo de población.
Unas semanas antes, los poderes fácticos terminaron de concretar el golpe contra Pedro Castillo en Perú. No lo querían dejar asumir en julio de 2021 y no lo dejaron gobernar. Como en Bolivia hace tres años, la represión desatada por la interina Dina Boluarte se ensañó con quienes apoyaban a este dirigente docente de sangre indígena y hubo un reguero de muertes. Si uno se pusiera a hilar fino, podría sumarse a este rosario de advertencias los últimos fallos judiciales contra Cristina Fernández y el de la Corte Suprema a favor de la ciudad de Buenos Aires. Muy oportunas decisiones para aguar la fiesta popular por el triunfo del seleccionado argentino en Qatar.
Este domingo habrá fiesta en Brasil, pero los bolsonaristas no se fueron. Seguían en las puertas de los cuarteles exigiendo que los militares no dejen asumir a Lula. El último gesto de Jair Bolsonaro fue la designación del nuevo jefe del Ejército. Se dice que con acuerdo de las autoridades que llegan. En todo caso, una señal preocupante de malestar en la institución que fue el principal sostén de Bolsonaro. El sostén armado. Y que no se fueron.
Luego de una audiencia a puertas cerradas en la Cámara del Consejo de Bruselas, la eurodiputada griega Eva Kaili fue informada de que continuará en prisión preventiva por otro mes. La ex vicepresidenta del Parlamento Europeo, de 44 años, fue destituida luego de haber sido acusada de pertenecer a «una organización criminal» y de «blanqueo de dinero y corrupción» en relación con presuntos sobornos de Qatar para beneficiar la imagen pública de la monarquía. La ex presentadora de televisión del canal público helénico alega inocencia y pidió que mientras se continúe con el proceso judicial se le permita quedar en un régimen de libertad vigilada con un brazalete electrónico. Pero la solicitud fue denegada.
Es de suponer que es mucho mejor que Kaili esté en prisión para que mantenga un silencio conveniente ante el caso que estalló en la institución legislativa continental el martes de la semana anterior. En el marco de esta causa fueron detenidos su pareja, Francesco Giorgi, el también europarlamentario Pier Antonio Panzeri y el lobista Niccolo Figa-Talamanca. Pero ya comenzaron a aparecer sospechas sobre otros dirigentes. De hecho había un grupo Amigos de Qatar en la Unión Europea, integrado por 13 eurodiputados y presidido por el español José Ramón Bauzá, del partido Ciudadanos, que se llamaron a silencio «hasta que se llegue al fondo del asunto».
Otro presunto implicado, el secretario general del Consejo General de la Confederación Sindical Internacional (CSI) Luca Visentini, admitió haber recibido 50.000 euros de una ONG ligada al gobierno de Qatar para financiar su campaña a dirigir esa institución gremial, que ya lo despojó del cargo. La defensa de Kaili apuntó para arriba y dijo que tanto la presidenta del Europarlamento, la maltesa Roberta Metsola, como el jefe de la diplomacia regional, Josep Borrell, estaban al tanto de sus actividades y sus relaciones con Qatar. La encendida defensa del régimen que hizo Kaili en la sede legislativa hace algo más de un mes no recibió en ese momento mayor rechazo, aunque bajo la superficie estaba avanzando la investigación de la justicia belga.
Borrell se reunió este viernes con el canciller catarí, Mohamed bin Abdulrahman Al Thani, en Jordania en ocasión de la conferencia Bagdad II, de la que participan Francia y la Unión Europea, para tratar la problemática del Medio Oriente extendido. Borrell dijo que había conversado con Al Thani del embrollo armado en Bruselas y aseguró que habían llegado al convencimiento de que había que investigar a fondo. «Discutimos temas regionales y bilaterales, entre otros las acusaciones contra miembros y personal del Parlamento Europeo. Estuvimos de acuerdo en la necesidad de que las investigaciones en curso brinden total claridad», escribió luego el catalán en su cuenta de Twitter.
Ni bien trascendió el escándalo, las autoridades cataríes negaron las imputaciones. Y se quejaron de que a pesar de que la investigación aún no dio otras pruebas de que el dinero encontrado en poder de Kaili haya salido del país árabe, como medida preventiva anunciaron que impedirán el ingreso de personas relacionadas directa o indirectamente con la monarquía al recinto.
La decisión de imponer «este tipo de restricciones discriminatorias» antes de que termine la pesquisa «va a afectar negativamente la cooperación en seguridad y las discusiones en curso sobre la pobreza y la seguridad energéticas mundiales», deslizó un diplomático a medios europeos que resguardaron su identidad. Desde Jordania, el canciller Al Thani dijo que rechazaba «las filtraciones engañosas de los medios sobre Qatar». La queja lleva de la mano al mensaje de que este tipo de actitud puede afectar el suministro de gas, en un momento en que Qatar se convirtió en un proveedor alternativo al combustible ruso, bloqueado por las restricciones europeas.
El gobierno de Hungría, el más reacio a acatar las sanciones de la UE contra Rusia a raíz del operativo militar en Ucrania, firmó acuerdos con Qatar para la provisión de gas natural licuado (GNL) al país europeo en unos tres años, informó la semana pasada el ministro de Exteriores húngaro, Peter Szijjarto.
Ahora, el primer ministro Víktor Orban dijo que, a la luz de los escándalos surgidos en este mes, es tiempo de profundas reformas en el poder legislativo continental. En su cuenta de Twitter fue bastante contundente: «Las salvaguardias anticorrupción de la Eurocámara han fracasado estrepitosamente. Si queremos restaurar la confianza pública, llegó la hora de abolir el Parlamento Europeo». «
La pelota va de Moscú a Washington
El viaje del presidente Volodímir Zelenski a Washington reavivó la «causa ucraniana» en los medios estadounidenses y en los foros de debate geopolítico. El mandatario ucraniano se reunió con su par estadounidense Joe Biden y lo instó a que Rusia acepte el plan de paz que dijo haber pergeñado. «Necesitamos paz, y Ucrania ya ha ofrecido propuestas», dijo Zelenski luego a la prensa. El canciller de EE UU, Antony Blinken aprovechó esa declaración para señalar que el Kremlin no muestra señales de que quiera avanzar hacia un proceso de paz.
Desde Moscú, el vocero presidencial, Dmitri Peskov, dijo en cambio que no tienen idea de ese supuesto plan. «Sería prematuro lanzar negociaciones serias sobre garantías de seguridad en el contexto de Ucrania y la región euroatlántica mientras se inyecten armas y fondos al régimen (de Ucrania), mientras los militares estadounidenses y de la OTAN permanecen en el país, y a menos que se reconozcan ciertos desarrollos prácticos sobre el terreno», replicó posteriormente el director del Departamento para Norteamérica del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Darchiev.
Uno de los objetivos de Zelenski –que habló en el Congreso de EE UU vestido con su ya clásica remera color verde militar para consternación de los clasicistas del saco y la corbata– es que los legisladores aprueben un nuevo paquete de «ayuda» por 40.000 millones de dólares.
Darchiev abundó en su crítica al rol de la Casa Blanca y afirmó que Rusia hizo intentos «honestos» para llegar a un acuerdo pero ante esa escalada armamentista no pueden confiar ni en EE UU ni en Occidente. «La pelota ahora está en la cancha de Estados Unidos», resumió.
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