Desde fines del año 2021 parecía inminente el estallido de un conflicto en Ucrania, por Ucrania y contra Rusia. Así lo presagiaba –deseaba, necesitaba, alentaba– el gobierno de Joe Biden. Así lo anunciaba Volodimir Zelenski desde Kiev. Pero desde Moscú, las voces oficiales negaban toda posibilidad de una invasión, aunque el presidente Vladimir Putin insistía en su reclamo de acordar condiciones para un acuerdo de convivencia con la organización atlántica y Estados Unidos en Europa.
De hecho, el 8 de enero de 2022 le respondió a la periodista Diana Magnay, de Sky News, una cadena del millonario australiano Rupert Murdoch, que a Rusia no le resultaba aceptable «un mayor desplazamiento de la OTAN hacia el este» y agregó: «¿qué es lo que hay que entender ahí? ¿Estamos poniendo misiles en la frontera de EE UU?». En esa ocasión, incluso, recordó que alguna vez California y Texas pertenecieron a México. «Pero eso se olvidó», insistió (1).
En el ambiente se olfateaba ese aroma peligroso de la pólvora, pero la respuesta del Kremlin era que estaban abiertos a un acuerdo sustentable y definitivo para desactivar cualquier aventura bélica. Como parte de ese escenario de reconfiguración mundial, desde la Casa Blanca, sobre todo a partir de la administración de Donald Trump, China comenzaba a ser un objetivo que de ninguna manera desarticuló la gestión de los demócratas. Es así que las Olimpiadas de Invierno de 2022 en Beijing sufrieron un boicot político que por lo apresurado de la decisión no llegó a impactar –los atletas decidieron participar igual–, aunque la respuesta chino-rusa fue anunciar el mismo día de la inauguración la firma de un amplio acuerdo de amistad. (2)
De allí en más, todo se fue acelerando (3) mientras crecía el temor a que el conflicto se desmadre hacia un enfrentamiento nuclear (4). Y así, mientras el secretario de Estado Antony Blinken advertía sobre una inminente invasión que su par ruso Sergei Lavrov negaba, se iban intensificando los ataques contra población rusoparlante en el sureste ucraniano, el Donbass. La zona donde desde 2014 había un proceso de guerra civil alentada por Occidente, que no forzaba a que Kiev cumpliera con los Acuerdos de Minsk que debían garantizar la autonomía de esas regiones y permitir el uso de la lengua y cultura de sus habitantes.
Para el 19 de febrero, según los cómputos que llevaba adelante la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OCSE), el organismo de seguridad regional que integran 57 países de Europa, Asia y América del Norte encargado de que se cumplan aquellos documentos firmados por los líderes de Ucrania, Rusia, Alemania y Francia en la capital bielorrusa en 2015, se computaban casi 600 violaciones al alto el fuego en Donetsk y cerca de 1000 en Lugansk. (5)
Foto: Alexey Nikolsky / Sputnik / AFP
Cinco días más tarde, Putin anunciaba el inicio de una Operación Militar Especial (6). Para el presidente ruso, no se trataba de una invasión en los términos que planteaba EE UU o Europa, sino de una intervención que tenía como objetivo «desnazificar y desmilitarizar» a Ucrania. Para los gobiernos occidentales, era la puesta en marcha de la ocupación que ya venían advirtiendo meses antes, destinada a someter a los ucranianos a los designios de un autócrata que buscaba recuperar las añejas glorias del imperio de los zares.
Esta semana, el noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, recordó a la agencia AFP que en la noche del 23 se fue a dormir maliciando novedades. «Fue una noche muy corta, porque sabía que en algún momento, en unas horas, alguien me despertaría, y eso fue exactamente lo que pasó. No es de extrañar, porque lo sabíamos», confirmó. «No hay forma de sorprenderse, porque esto fue realmente algo que se predijo meses antes de la invasión».
Comenzó ese 24 F una nueva etapa en este proceso de reconfiguración geopolítica que venía gestándose desde varios años antes a la espera de que alguien encendiera la mecha. Un proceso en el que es ostensible la declinación del poderío de Estados Unidos en todos los planos y con ello queda patente una nueva discusión sobre el orden internacional.
Sobreextendido como gendarme del mundo y muy golpeado militar y políticamente por las intervenciones en Irak, Afganistán, Libia y Siria, tras décadas de desindustrialización, EE UU padece además la pérdida de influencia económica y tecnológica a manos de China.
La primera reacción de los países occidentales a la incursión rusa fue establecer una batería de nuevas sanciones contra Moscú y representantes de la cúpula dirigente. También fueron incautadas las reservas del Banco Central ruso en los países europeos y les expropiaron empresas y fondos de magnates-oligarcas.
Foto: Drew Angerer / AFP
Al mismo tiempo, se manifestó un amplio apoyo al gobierno de Zelenski que se dimensionó en cuantiosa ayuda en entrenamiento militar y armamentos, mientras millones de ucranianos atravesaban las fronteras para huir de la guerra.
Todo lo ruso fue cancelado a niveles incluso que no se vieron siquiera en la Guerra Fría. Cayeron en esa bolsa del oprobio todos los miembros del gobierno de Putin pero la tirria llegó a artistas y creadores tanto actuales como a algunos de la talla de Fedor Dostoievski, Piotr Tchaikovski o León Tolstoi, para no ir más lejos.
Al mismo tiempo, la amenaza de que una confrontación nuclear, teniendo en cuenta que tanto Rusia como EE UU y la OTAN tienen el mayor arsenal atómico del planeta, no deja de atronar en las mentes más lúcidas.
Soltenberg bajó estos días las expectativas de un arreglo a corto plazo al afirmar en esa entrevista con la agencia francesa de noticias que «necesitamos estar preparados para un largo camino. Esto puede durar muchos, muchos años». «
El viernes que pasó fue inaugurada la Conferencia de Seguridad de Múnich, un foro de debate del que forman parte 96 países al que por primera vez no fue invitada Rusia y donde, obviamente, el tema central es la guerra en Ucrania. Las intervenciones de la vicepresidenta de EE UU, Kamala Harris, y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, marcan la tendencia.
«Estados Unidos ha establecido formalmente que Rusia ha cometido crímenes contra la humanidad en Ucrania mediante un ataque sistemático contra la población civil», dijo Harris. «Debemos darle a Ucrania lo que necesita para ganar y prevalecer como nación soberana e independiente en Europa», añadió Stoltenberg.
A una semana de que el mismo periodista que en 1969 reveló la masacre cometida por tropas de EE UU en la aldea vietnamita de My Lai y luego detalló crímenes similares en Irak y Afganistán informara sobre la orden de Joe Biden para destruir el gasoducto Nord Stream, lo de Harris resulta sorprendente. Ni qué decir de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen: «La versión de la participación de EE UU en el sabotaje nos parece absurda. En todos los años de existencia norteamericana, no se ha establecido y confirmado un solo hecho de violación del derecho internacional o acciones fuera del marco del derecho internacional. La reputación intachable del estado estadounidense nos permite ignorar esta versión. La Comisión Europea no dará cabida a las acusaciones de sabotaje del North Stream formuladas por Pulitzer Seymour Hersh», dijo sin pestañear.
Las palabras de Stoltenberg, a dos días de que la subsecretaria de Estado Victoria Nulland reconociera que «derrotar a Rusia nos permitirá mantener el orden mundial favorable a EE UU que tuvimos durante décadas y décadas seguros y prósperos», resultan también insólitas. Unos días antes, el jefe de la OTAN había reconocido que «las entregas de armas a Kiev superan la capacidad de producción de la OTAN».
Este mensaje desnuda que la estrategia rusa de desmilitarizar a Ucrania, aunque más lenta de lo que creían, se viene cumpliendo, lo que pone en un aprieto a la organización atlántica, acosada por el reclamo de Volodimir Zelenski de que le entreguen cuanto antes los tanques y aviones prometidos.
Uno debería acostumbrarse a pensar en qué se beneficia el pueblo argentino ante cualquier acontecimiento exterior. Y en relación con la guerra en Ucrania -de la que este viernes se cumple un año- es bueno pensar cómo pararse frente a este hecho de una trascendencia fundamental, partiendo del principio de que la Argentina es un pueblo de paz.
El discurso occidental se centra en señalar como culpable del conflicto a Vladimir Putin y su ansia imperial. Lo califican de dictador que busca someter a los ucranianos y luego al resto de Europa a sus designios. Es una guerra de la libertad y la democracia contra la autocracia.
Para Putin, en cambio, todo se reduce a la violación de acuerdos con la OTAN tras la disolución de la Unión Soviética para respetar las fronteras establecidas al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos y Europa arguyen que Rusia y China pretenden cambiar «el orden mundial basado en reglas». Tanto Moscú como Beijing sostienen la necesidad de establecer un mundo multipolar donde se respeten las normativas de la Organización de Naciones Unidas de 1945.
El gobierno de Cristina Fernández hizo hincapié entre 2007 y 2015 en la necesidad de que en la ONU se diriman las diferencias entre los estados y no la fuerza del más poderoso. Como quien diría, «minga de mundo basado en reglas que dicten los poderosos». Argentina tiene buenas razones para reclamar entre iguales, por ejemplo, la soberanía de Malvinas y la deuda odiosa.
De eso partió la Casa Rosada en 2014 para no avalar la incorporación de Crimea a la Federación Rusa y mantener su apoyo a Ucrania, a pesar del golpe contra Viktor Yanukovich. Argentina, recordó CFK hace justo un año, salió en defensa del principio de integridad territorial.
Cuando para muchos que rechazan el imperialismo anglosajón, Putin es un personaje hasta romántico, ella –que siempre tuvo buenas relaciones personales con el líder ruso– explicó en una cadena de tuits el sentido de esa posición que mantiene ahora Alberto Fernández. Reconocer el referéndum en Crimea entonces y en el Donbass luego, implicaría también aceptar una consulta similar en las islas del Atlántico sur que legitimaría el despojo británico. China, de hecho, tampoco reconoce abiertamente esa forma de resolver entuertos. ¿Qué debería esperar de un plebiscito en Taiwán? Tanto Rusia como China por cierto reconocen la soberanía argentina en Malvinas.
Un mundo multipolar sería la mejor noticia para los intereses del pueblo argentino y de la región latinoamericana. En base a esta estrategia, sería conveniente consolidar la relación con todas las potencias y no comprar el discurso «democrático» de Occidente. No es eso lo que se discute a sangre y fuego en Ucrania. Hace unas semanas, en estas páginas, el embajador argentino en la OEA, Carlos Raimundi, propuso reflotar y adecuar aquella «tercera posición» de los gobiernos de Juan Perón a los tiempos que corren. De eso se trata.
Por otro lado, los países del sur global se muestran razonablemente esquivos en apoyar a la OTAN y EE UU. El bloque que está llamado a liderar el resto de este siglo, BRICS, tiene como socio al principal aliado de Argentina, Brasil. Con todo lo pro EE UU que es Jair Bolsonaro viajó a Moscú poco antes del 24F y celebró su amistad con Putin. La semana pasada, Lula da Silva le dijo a Joe Biden en sus narices que iba a mantener la neutralidad y esperaba convertirse en una suerte de arquitecto para una salida pacífica en Ucrania.
Agustín Oscar Rossi es el tercer jefe de Gabinete del Gobierno del Frente de Todos (FdT) y asume el cargo en el último tramo de la gestión de Alberto Fernández. Llega en un marco apenas más apacible que el que le tocó vivir a Juan Luis Manzur, su antecesor, hace poco más de dos años, pero también en un entorno signado por las elecciones y las pujas internas en el oficialismo. El exgobernador tucumano llegó al cargo a instancias de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, como el hombre providencial destinado a recuperar el liderazgo político perdido en las PASO celebradas unos días antes de su jura y que presagiaban el resultado final de noviembre. Pero poco fue quedando del empuje inicial que lo puso entonces en lista de los presidenciables. Quizás esa gran expectativa le jugó en contra. Rossi, en cambio, no llega con esa perspectiva, sino más bien como un posible articulador para enfrentar los próximos comicios de un modo más optimista del que muchos, incluso en el oficialismo, avizoran. Algo que puede computarse en favor del hasta ahora interventor en la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) es su lealtad, una virtud que, en política, por no tan extendida, despierta respeto incluso entre quienes no lo quieren. Ingeniero civil por la Universidad Nacional de Rosario, comenzó a militar en el peronismo en los últimos años de la dictadura cívico-militar y se jacta de defender valores de aquella generación diezmada por la violencia institucional. Había nacido dos décadas antes en Vera, esa localidad del Chaco santafesino donde un pequeño de rostro anguloso como el que tenía en su infancia era cantado que tenía que ser apodado «Cara de Chivo», luego apocopado en simplemente «Chivo», como se lo conoce públicamente. Con un gran desencanto, dijo alguna vez, se alejó del PJ en los 90 ante el perfil que tomaba el gobierno de Carlos Menem. Ya había sido presidente del Concejo Municipal rosarino y pintaba para liderar ese espacio en la provincia. Vuelve al ruedo en 2002, tras el estallido del modelo neoliberal, y se integra al movimiento kirchnerista.
En la trinchera En 2005 es elegido diputado nacional y como jefe del bloque del entonces llamado Frente para la Victoria debió, ya durante el gobierno de CFK, defender el proyecto de incremento de las retenciones al sector agropecuario. La resolución 125 del año 2008, anunciada por el entonces ministro de Economía Martín Lousteau –ahora precandidato a jefe de Gobierno porteño por el radicalismo dentro de Juntos por el Cambio– generó un levantamiento en todo el país y despertó tal enfrentamiento en la sociedad que tanto Rossi como su familia sufrieron actos de violencia en su provincia. Eso no impidió que en 2011 se candidateara a gobernador, sin suerte. Cristina Fernández lo nombra en 2013 ministro de Defensa, cargo que vuelve a ocupar en 2019 con Alberto Fernández. El año pasado asumió en la AFI, un territorio sensible si los hay para la democracia argentina, atravesado por intereses cruzados y el que cualquier mandatario necesita cubrir con una persona no solo leal sino también ejecutiva. Eso es lo que puede ofrecer Rossi, además de sus dotes de negociador entre todos los espacios que confluyen en el FdT. A su favor cuenta con la confianza del presidente, pero también de la vicepresidenta. Porque si bien es cierto que hubo diferencias en 2021, cuando Rossi fue a una interna contra el gobernador Omar Perotti –que había alcanzado un acuerdo con Cristina Fernández–, el tiempo suele limar asperezas y después de todo, el «Chivo» simplemente avisó que mantenía su porfía para su línea interna. Rossi puede argumentar ahora que él sigue en el mismo lugar, mientras que Perotti tiene más que ver con el cordobés Juan Schiaretti, con quien está armando una alianza peronista federal, que con el FdT, del que siempre se sintió distante. Algunos análisis prevén que los chisporroteos con Perotti se agudizarán por esta suma de circunstancias, habida cuenta, además, de la situación de violencia narco que se vive en Rosario y que enloda cualquier intención política. Pero Rossi vivió el divorcio social como consecuencia de «la 125» para el oficialismo y la ruptura definitiva con el peronismo cordobés a fines de 2013 en medio de acusaciones por la falta de apoyo de la Casa Rosada al Gobierno de José Manuel de la Sota en el marco de una huelga policial. Sabe que no tendría mucho que ganar si por su intervención se retacea la ayuda federal.
Para analizar los antecedentes históricos de una guerra, seguramente habría que sumergirse en varias centurias para escudriñar en su origen. En el conflicto en Ucrania. la historia podría retrotraerse al Rus de Kiev y el Principado de Moscú, en los siglos IX y XIII, los primeros estados eslavos. Pero esa sería una explicación superficial. Porque esta no es una guerra tribal ni étnica y mucho menos por las libertades y la democracia. Lo que comenzó desde 2014 como una guerra civil tras el golpe contra Viktor Yanukovich tiene un arranque más cercano en el tiempo y se trata ni más ni menos que de una guerra de poder que jaquea al unilateralismo de EEUU. Entre el Occidente atlantista y el eje Rusia-China por el control de Eurasia, el “Corazón de la Tierra” o “Isla-Mundo”.
Ese concepto fue acuñado por uno de los padres de la geopolítica, el inglés Halford John Mackinder, quien popularizó en 1904 una frase plasmada en estrategia del imperio anglosajón y que explica incluso la Primera Guerra Mundial: “Quién controle Europa del Este dominará el Pivote del Mundo, quien controle el Pivote del Mundo dominará la Isla-Mundo, quien domine la Isla-Mundo dominará el mundo”. El pivote es ese territorio que ocupó el imperio zarista y luego la Unión Soviética. La isla es la masa de Asia, Europa y África, donde se asienta la mayor parte de la población y los recursos del planeta. Acotación importante: No por casualidad la jefa del Comando Sur del Pentágono, la generala Laura Richardson, anda de gira por la otra plataforma insular, las Américas, a 200 años de la Doctrina Monroe, y hace hincapié en los recursos que atesora la región. Avisa que en estos tiempos de reformulación geopolítica, las últimas reservas del imperio están en el “patio trasero”. Y que pretenden ir a por ellas.
Recuperación. La Federación de Rusia, heredera del espacio de la Unión Soviética, tras su estruendosa caída en 1991 comenzó una tarea de reconstrucción desde la llegada de Vladimir Putin al poder, en agosto de 1999. Si la elite que le puso el último clavo en el ataúd de la URSS le creyó a los líderes occidentales que no extenderían la Otan hacia las exrepúblicas soviéticas, para el 2000 ya era evidente que no podían esperar una convivencia virtuosa y que si querían seguir siendo potencia debían disputar el Pivote del Mundo.
Hay quienes dicen que la de Ucrania es la primera guerra en territorio europeo desde la derrota del Reich. Eso, si olvidan la destrucción de Yugoslavia y el rol que cumplieron la Otan y EEUU en ese sanguinario enfrentamiento. Quienes crean que Europa no está en guerra desde 1945, olvidan las intervenciones “otanistas” en Irak, Afganistán, Siria y Libia.
Es en este contexto que Putin consolidó su poder en Rusia, luego de las guerras de Chechenia (1999-2009) y Georgia, por Osetia del Sur y Abjasia (2008). Su acercamiento a la lideresa alemana, Ángela Merkel -criada y educada, a la sazón, en la Alemania Oriental- permitió construir lazos que facilitaron el crecimiento de la industria en la locomotora de Europa por los combustibles a bajo costo provistos por el país euroasiático. Era un Pivote que apuntaba a ser autónomo del atlantismo. El proyecto descollante fue el desarrollo de las tuberías Nord Stream I y II para llevar gas a Alemania, cuyo último eslabón debió entrar en funcionamiento en 2022.
Esta semana un artículo del veterano periodista Seymour Hersh -ganador del premio Pulitzer por investigaciones sobre crímenes cometidos por tropas de EEUU desde Vietnam a esta parte- confirma lo que ya se sabía: que la explosión de los gasoductos, en septiembre pasado, fue un atentado perpetrado por EEUU para poner fin a esa alianza peligrosa para sus intereses, a pesar de que – o precisamente porque – una víctima de este ataque es la economía de un socio estratégico. (ver aparte).
Sin medias tintas. A medida que crecían en Occidente las voces contrarias a la anexión de Crimea, el mensaje desde el Kremlin se aligeró de aditamentos diplomáticos. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017 pudo calmar un tanto las aguas entre Moscú y Washington, pero el empresario inmobiliario enfrentaba fuertes presiones de los demócratas, que lo acusaban de haber ganado la elección contra Hillary Clinton con ayuda de Putin. Es así que Trump puso fin al Tratado de Reducción de Misiles Nucleares de Alcance Medio (INF en inglés), en agosto de 2019. “Si todo esto se desmonta no quedará nada de las limitaciones a la carrera de armamentos. No quedará nada más que la carrera de armamentos -dijo entonces el mandatario ruso- y si EE UU sale del INF y los misiles son colocados en Europa, naturalmente responderemos de igual forma”.
Desde los países occidentales se replicaron acusaciones por supuestas violaciones a los DDHH del gobierno ruso y en abril de 2021 el caso del presunto envenenamiento del líder opositor Alexei Navalny llevó la cosa al paroxismo. «Globalmente, nos comportamos de forma prudente y modesta, a menudo incluso sin responder a las acciones inamistosas o incluso a groserías flagrantes», dijo esa vez Putin en un discurso ante la Duma en el que recomendó a Occidente que no se confundiera prudencia con debilidad.
A medida que se acercaba el 30º aniversario de la disolución de la URSS, el 25 de diciembre de 2021, el Kremlin fue planteando con mayor énfasis la necesidad de establecer pactos de no agresión en Europa y le exigió a la Otan y la Casa Blanca compromisos en tal sentido. “Deben entender que no tenemos ningún lugar donde seguir retrocediendo” dijo el domingo 12. “No podemos permitir desplegar en Ucrania misiles que estarían a unos minutos de distancia de Moscú -insistió-, eso está en la puerta de nuestra casa”.
Desde Washington, el secretario de Estado Antony Blinken aseguraba que quería detener una agresión rusa. Su par Sergei Lavrov, en tanto, no le escapaba a reuniones y conversaciones telefónicas sobre el asunto, pero aseguraba que defenderían su posición con firmeza.
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