Sergio Galiana es historiador, magister en Relaciones Internacionales y docente en la Universidad de General Sarmiento y en la UBA. Es uno de los mayores expertos del país en la realidad africana y desde ese lugar desmenuza ante Tiempo la situación en Sudán, atravesada por un conflicto entre el gobierno de transición de Abdelfatah al Burhan y las milicias de la Fuerzas de Reacción Rápida (FRR).
«Sudán, desde fines de los ’80 hasta 2019 tuvo un gobierno, el de Omar al Bashir, que en su momento era parte del ‘eje del mal’. Cuando tomó el poder, Sudán era lo que hoy, más Sudán del Sur, donde había una guerrilla separatista, y tenía otros conflictos internos: el más activo, en la provincia de Darfur, una zona en la que, por el acceso a las tierras y el agua, chocaban campesinos negros no arabizados y grupos de pastoreo de camellos. Para enfrentar la guerra en Darfur, Bashir armó grupos paramilitares, los ‘yanyauid’, que no eran parte de la estructura política y fueron acusados de genocidios», comienza Galiana. «En 2005 se firman los acuerdos de paz y Sudán del Sur logra la independencia pero la zona sigue muy conflictiva y Bashir le da institucionalización a esas milicias, que derivan en estas FRR. Ahí tenías al ejército que gestionó aquella transición ‘pacífica’, y una enorme movilización popular que presionaba por una transición democrática. La transición se estira, y se produce un golpe de Estado, que hace que Sudán sea sancionado por la Unión Africana: puede ser un genocida, pero si es elegido, lo aceptan; si es producto de un golpe de Estado, lo sancionan».
–La sublevación hoy está encabezada por el general Mohamed Hamdan Dagalo, Hemetti.
–Cuando se produce el levantamiento popular, hábilmente cambia de grupo y se pone al frente de una salida negociada. Con el tiempo controló la explotación de minas de oro y se convierte en empresario y en un político poderoso. Lidera el FRR, que hoy pelea por el poder: tienen mucho dinero, fierros fuertes y gran experiencia de lucha, a diferencia del ejército, cruzado por cuestiones de corrupción. Intervinieron en otros conflictos, como en la guerra civil de Yemen con Arabia Saudita. Son mercenarios: van donde hay billetes. Y tienen buena relación con el grupo Wagner (ruso).
–Los rusos quieren construir una base naval en el Mar Rojo ¿Cómo es que están tan activos ahí?
–Como eje del mal, Sudán fue objeto de sanciones económicas de la UE y EE UU. Y en los 2000 reorienta su política hacia China y Rusia.
–La visita de Victoria Nuland (subsecretaria de Estado) y las presiones de Antony Blinken (canciller de EE UU) ¿qué buscan?
–El que firma los acuerdos (con Rusia) es el gobierno, que se conformaba por las milicias, los paramilitares y el Estado. Por eso, lo único que le queda es presionar para una transición política. China es el principal socio comercial de Sudán, pero baja su perfil porque no le conviene quedar apoyando a gobiernos militares. Por eso saltan los yanquis.
–¿Se puede hablar de ideología de unos y de otros?
–En términos ideológicos, no hay nada. Ambos grupos dicen que están comprometidos en organizar una transición hacia un gobierno civil. No es que quieran nacionalizar el petróleo o eso. Es una puja por poder. Una cuestión central es la desarticulación de los grupos paramilitares, que en un gobierno civil, deberían desaparecer. ¿Cómo lo haces? ¿Los integrás al ejército? ¿Quién se queda a cargo del ejército? Hemetti lidera un grupo paramilitar. Si se queda con el poder dirá que será garante de la transición, y podrá ser un presidente civil en el futuro. Todos tienen excelentes relaciones con Rusia y con China, lo que, de alguna manera aceleró el conflicto. Deja de ser una cuestión de política doméstica. Un acuerdo político para dejar que se establezca una base militar es pasar de pantalla…
–¿Cómo puede ejercer presión EE UU?
–Por los vecinos. Egipto y Etiopía, por ejemplo, son dos piezas muy fuertes de la política norteamericana. Van marcándole la cancha de hasta dónde puede coquetear con los rusos. Y además influencia a través de ONGs, grupos religiosos y otros, que para países sancionados son fundamentales. Estados Unidos no va a amenazar con una invasión pero tiene miles de formas capilares de intervención. Por ejemplo, por el programa mundial de alimentos, medicina, y otras cuestiones. Pero el problema de EE UU es cómo reconstruir su presencia en ese país. Es el problema de la política de sanciones: si no lográs estrangular a un país, lo empujas a otro lado. Y en este contexto, significa que se vayan con los rusos.
–O con los chinos.
–Un gran problema de EE UU en este siglo es el avance de los chinos en África. Van por los commodities y por mucho más. En los últimos años, el principal destino de los estudiantes becados en el exterior es China. Hacen carreteras, compran cosas, se llevan el petróleo, venden armas, saquean el país. Lo hacen los yanquis, lo hacen los chinos, como en otro momento lo hicieron los ingleses, los franceses… Acá no hay uno bueno y uno malo.
–Además de la base naval ¿en qué otros lugares quiere intervenir Rusia?
–Hay que mirar las votaciones en las Naciones Unidas. ¿Quiénes votan sistemáticamente sanciones contra Rusia? EE UU, sus satélites, la UE, Japón, Australia y Nueva Zelandia. El resto tiene una política mucho más ambigua y Sudáfrica salió a bancar muy fuerte la no intervención. La respuesta fue: «estamos llenos de guerra, nosotros no pedimos que tomen partido, ¿por qué intervendríamos nosotros en la guerra en Ucrania?». El imaginario norteamericano era que hubiera 150 países condenando a Rusia y eso no ocurrió. Los rusos fueron construyendo esta política yo diría desde hace 15 años. La guerra claramente reactivó esta idea de no alineamiento. En Irak fue «vamos todos» y hoy ya no. Es un problema que tiene EE UU a la hora de reconstruir su hegemonía global.
–¿Quién en el resto de África sería amigable con EE UU?
–Ruanda claramente se alineó con EE UU y Gran Bretaña. Tiene acuerdos vergonzosos en términos de derecho internacional como que los solicitantes de asilo al Reino Unido pueden ir a Ruanda. Pero recibe muchas inversiones y después del genocidio recuperó un montón. Tiene inversiones, estructuras, es uno de los dos países candidateado para fabricar vacunas, junto con Senegal, tiene acuerdos con India para fabricar celulares. Fue un alineamiento que le dio mucho beneficio al país. Pusieron plata en el Arsenal para bancar al equipo, lo que motivó pedido de informes a la UE porque recibe dinero de la cooperación internacional y la usaron para un equipo de la Premier Ligue. Tenía otro con el PSG. Yo creo que la apuesta fuerte de EE UU en Sudán es asegurar una transición política y pensar en construir algún candidato que salga de estos señores de la guerra.
–¿Esta situación puede influir sobre algún otro país de la región?
–El problema de Sudán crea conflictos a todo nivel y el primero es el de los desplazados. Sudán estuvo en guerra durante muchísimo tiempo pero nunca en la capital, Jartum. Ahora se están tirando con todo en el centro de la capital. Y tienen de todo para tirarse. Fue tan sorpresivo que mucha gente ni podía salir de la casa. Todos los países de la región presionan para encontrar una solución.
–Una lectura rápida podría decir que los grupos paramilitares, como ha sido tradición de la política estadounidense, son financiados por las agencias de EE UU.
–Esta política que vos señalás es lo que Rusia construyó en los últimos 15 años. El Grupo Wagner es eso. Los medios hablan mucho de estos grupos de mercenarios que van por los diamantes, por el petróleo, por minerales, pero eso es lo que hacían los estadounidenses y vos no te enterabas. Ahora hablan de que la inestabilidad es por los rusos como si antes África hubiera sido Suiza. Digamos que está la CIA, está Israel, están los saudíes, Emiratos Árabes Unidos, que tiene fuertes inversiones en Sudán. Son países que empezaron a jugar fuerte en la política regional en los últimos diez años. Hay algo de la política regional que se escapa de la lógica estadounidense. En Sudán EE UU tiene líneas con todos los actores, pero nadie puede decir abiertamente que apoya a alguno de los dos bandos porque el origen es ilegítimo: el gobierno porque es producto de un golpe y los otros porque es un grupo paramilitar. Lo que es interesante es que toda esa movilización que llevó a la caída de Bachir sigue vigente y hoy son los que en la práctica están atendiendo a todas las víctimas civiles del conflicto. Comités de barrios, de profesionales, de médicos, de enfermeras, de tipos que tienen algo y lo ofrecen. Toda esa oleada de participación ciudadana, democrática, que se había generado al fin de la dictadura sigue vigente en una situación extremadamente hostil. En medio de ese lío tratan de organizar redes de contención, que para mí es de donde puede venir un cambio emancipador, positivo. En lo otro no veo que haya nada que sea más que agarrar el estado y hacer negocios.
El ataque con un dron sobre el Kremlin desató el anuncio de represalias de Moscú, la acusación de que detrás del atentado estuvo la mano de la Casa Blanca y hasta un guiño favorable a la posición rusa de un precandidato presidencial por los demócratas para las elecciones estadounidenses del año que viene. Se trata nada menos que de Robert Kennedy Junior, hijo homónimo del ex procurador de Justicia y sobrino del expresidente John –asesinados ambos en la década de 1960– quien recordó la intervención de los Kennedy para desarticular un conato de estallido nuclear con la Unión Soviética en 1962. «Imagínese cómo responderíamos si las fuerzas respaldadas por Rusia lanzaran un ataque con aviones no tripulados en el Capitolio. Debemos detener estos intentos desquiciados de intensificar la guerra», posteó Kennedy Jr. en su cuenta de Twitter. «Después de desactivar con éxito la crisis de los misiles en Cuba, el presidente John Kennedy advirtió en contra de obligar a Rusia a elegir entre la humillación nacional y la guerra nuclear. Deberíamos prestar atención a su consejo», agregó luego.
El heredero de la dinastía Kennedy es un activista ambiental y abogado de 69 años que no tuvo mayor participación en la política partidaria hasta el momento. Su currículum lo marca como autor de libros sobre medio ambiente y litigando en defensa de ciudadanos afectados por contaminación, entre ellos de la cuenca del Río Hudson, que baña la ciudad de Nueva York. Ahora, y cargando con el sino trágico de su familia –a los asesinatos de su padre y su tío, donde resulta difícil no ver la sombra de las agencias de vigilancia, se agrega el accidente en que murió su sobrino John Kennedy Jr. en 1999– corre por izquierda al Partido Demócrata y además de pedir un cambio de enfoque en Ucrania, afirma que desde la presidencia liberaría a Julian Assange y pondrá fin al sistema de vigilancia interna sobre los ciudadanos desplegado desde el 11S.
Aniversario El ataque a la sede del gobierno ruso del miércoles fue interpretado como un intento de magnicidio del presidente Vladimir Putin. La primera respuesta fue acusar a Ucrania de un golpe terrorista, cosa que las autoridades ucranianas negaron rotundamente. En el contexto de una guerra, se entiende que todo vale y esa postura dio a entender que Rusia ahora se reservaba el derecho a eliminar físicamente a Volodimir Zelenski. Pero el viernes el canciller Sergei Lavrov sostuvo en una visita a la India que «los terroristas de Kiev no habrían podido llevarlo a cabo sin el conocimiento de sus jefes», y agregó: «si usted cree que porque Estados Unidos y Ucrania han rechazado las acusaciones debemos dejar de pensar lo que sabemos, no es así». Desde el Kremlin también alegaron que la operación tiene «el estilo típico de los nacionalistas ucranianos», según el presidente del Comité de Investigación, Alexandr Bastrikin, para quien además se trató de un hecho «cínico» porque se produjo «en vísperas de celebrarse el Día de la Victoria» –el 9 de mayo– en recuerdo de la rendición del Tercer Reich, en 1945, lo que marcó el fin de la Segunda Guerra. Dato adicional: en París se recuerda la fecha el 8 de mayo (por la diferencia horaria con Rusia) como la Fiesta Nacional de Francia y nuevamente no fueron invitados representantes rusos, como ocurría hasta 2014. Para anotar en la lista de posibles atentados atribuibles a fuerzas ucranianas, este sábado resultó herido el escritor nacionalista Zajar Prilepin al explotar el auto en que viajaba por la región de Nizhny Novgorod. En el hecho perdió la vida el chofer del vehículo. Prilepin es defensor de la guerra contra Ucrania. En agosto pasado, Daria Duguina, la hija del filósofo nacionalista Alexndr Duguin, murió al explotar una bomba en el coche en el que debía viajar su padre, y al que había reemplazado a último momento tras un encuentro político en las afueras de Moscú.
Municiones En el campo de batalla, mientras tanto, y a la espera de una muy anunciada ofensiva de primavera ucraniana en alguna parte del Donbass, el jefe del grupo paramilitar privado Wagner, Yevgueni Prigozhin, dio el batacazo el jueves al afirmar que el próximo miércoles sus tropas dejarán Bajmut por falta de municiones y para no someterlos a una muerte sin sentido. «Cargarán con la responsabilidad de decenas de miles de muertos y heridos delante de sus madres e hijos», dijo en un video dirigido al Estado Mayor de Rusia. Muchos entendieron que era una maniobra de distracción destinada a tentar a los ucranianos a una emboscada en esa zona. Luego se informó que había pedido permiso para ceder sus posiciones a las tropas del batallón Ajmat, del checheno Ramzan Kadirov. La viceministra ucraniana de Defensa, Ganna Maliar, argumentó que la táctica rusa podría reemplazar a los Wagner con tropas de asalto paracaidistas para terminar de conquistar Bajmut el mismo martes y sumarlo a la celebración del 9M.
Gonzalo Lira, Gershkovich, Assange y el riesgo periodístico
Las autoridades ucranianas confirmaron la detención del periodista chileno-estadounidense Gonzalo Lira por efectivos de la agencia de seguridad SBU en Jarkiv. «En sus intervenciones, el bloguero aseguró que las atrocidades en Bucha fueron cometidas por ‘las fuerzas del régimen Zelenski’ y que las Fuerzas de Defensa de Ucrania utilizan a la población civil ucraniana como escudos humanos», explica un comunicado del organismo. A mediados de abril fue detenido en Eketerinburgo, Rusia, Evan Gershkovich, corresponsal del Wall Street Journal, acusado de hacer espionaje a favor de Estados Unidos. Gobiernos e instituciones occidentales reclamaron por su liberación, cosa que no ocurrió con Lira. Un tribunal ruso ordenó que Gershkovich siga preso hasta terminar la investigación en su contra. En Londres, mientras tanto, sigue en una cárcel de máxima seguridad el australiano Julian Assange por haber divulgado documentos sobre las atrocidades cometidas por tropas de EE UU en Irak y Afganistán. En una carta Carlos III por su coronación (ver aparte) Assange le extiende «una cordial invitación para conmemorar esta trascendental ocasión visitando su propio reino dentro de un reino: la Prisión de Su Majestad Belmarsh».
El recuerdo a los 20 años de la elección en la que finalmente Néstor Kirchner resultaría consagrado presidente fue una ocasión que desde ningún espacio se desaprovechó para interpretar, y hasta reinterpretar, la historia reciente del país. Y sirvió para confirmar una vez más la centralidad que ocupa la vicepresidenta Cristina Fernández en el escenario político nacional. A tal punto que su discurso en el acto que se desarrolló el 27 de abril en el Teatro Argentino de La Plata en el lanzamiento de la Escuela Justicialista Néstor Kirchner (EJNK), fue esperado por militantes y dirigentes del Frente de Todos con igual expectativa que los de la oposición más acérrima. La gran incógnita a despejar era si finalmente anunciaría su postulación a un nuevo período presidencial. Y volvió a repetir que la negativa que esbozó en diciembre pasado sigue vigente. «Yo ya viví, ya di lo que tenía que dar», dijo a modo de clausura sobre su postulación. De todas maneras, esa frase, con lo que tiene de lapidaria o definitiva, no cierra la aspiración de muchos de quienes se encolumnan en su sector del peronismo y pugnan por contar con su figura en un comicio que se aventura particularmente difícil en un contexto de alta inflación, escasez de reservas y un clima externo que en términos poco académicos podría definirse como de «viento en contra». Desde el tablado platense Cristina Fernández detalló el eje de lo que debería ser, según su interpretación, la disputa para esta ronda presidencial. «Es posible que 20 años después estemos discutiendo lo que fracasó en la Argentina. Es una Argentina que vuelve sobre sus fantasmas y sus viejos fracasos. No digo que tengamos la razón, pero no me quieran convencer de que tenemos que volver para atrás para resolver este presente», dijo la dos veces presidenta, tras afirmar que el problema inflacionario en el país está relacionado con las imposiciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Y ahí puso el dedo en la llaga desde el título mismo de su exposición: «La Argentina circular. El FMI y su histórica receta de inflación y recesión». «La Argentina fue el país que más se endeudó con fondos privados (desde 2016) y cuando no pudieron más, volvieron al FMI. Fue criminal lo que pasó», sostuvo Fernández. Si estas dos décadas están signadas por la crisis del 2001 y el fin de la convertibilidad, no es ajeno a aquel estallido el condicionamiento del FMI, que en 2006 había dejado de tener influencia luego de que Néstor Kirchner canceló el total de la deuda con el organismo de crédito.
Impacto del Fondo Lo que Cristina Fernández puso sobre la mesa es un tema fundamental que solo un mecanismo de ocultamiento mediático y político puede barrer de los debates, como es el regreso del FMI y las ataduras que impone. No hace tanto en un programa de tevé se hizo una pequeña compulsa en las calles y la mayoría de los consultados –gente que circulaba ocasionalmente– ignoraba qué papel podía tener el FMI en la vida cotidiana o estaba convencida de que el crédito lo había contraído el Gobierno de Alberto Fernández. Y por otro lado, en todas las críticas a la gestión actual desde la oposición jamás se menciona el impacto del Fondo en el diseño de la economía. El mismo jueves 27, horas antes de que la vicepresidenta hablara en la capital bonaerense, el contratante del acuerdo, Mauricio Macri, lanzó una carta pública fustigando este período. «Veinte años de una ocasión desperdiciada», tituló el expresidente. «Habíamos logrado salir de la peor crisis de nuestra historia y empezábamos, después de mucho dolor, a recuperarnos», dice el texto. Tras una enumeración de esos años en clave macrista, la carta concluye que «no habrá más años de kirchnerismo, más allá de lo que diga el resultado electoral. El dominio del kirchnerismo sobre el peronismo y sobre la política argentina se terminan en 2023».
Una gran familia. Con el expresidente fuera de la grilla de candidatos, la cúpula macrista intentó limar asperezas.
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Un par de días antes, Patricia Bullrich, precandidata por el PRO a la presidencia y una de las integrantes del Gobierno que renunció en 2001 en medio de esa crisis terminal que sesgadamente menciona Macri, había prometido en un foro empresarial que ella iba a «demoler el régimen económico de los últimos 20 años».
El factor Milei La que fuera ministra de Trabajo del Gobierno de Fernando de la Rúa fue una de las participantes del encuentro que el macrismo celebró el viernes 28 en San Isidro, en la casa del exministro de la misma cartera, Jorge Triaca, junto con las principales espadas del partido: Macri, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, el diputado Diego Santilli, la exgobernadora María Eugenia Vidal, entre otros. En esa cumbre se debatieron las disputas internas en ese sector de cara a las PASO y en un entorno de críticas cruzadas luego de la renuncia del exmandatario a una nueva postulación y el rol que asumió el alcalde porteño para aspirar a la presidencia. Las únicas palabras salieron de boca del diputado Cristian Ritondo, designado vocero de ese tipo de cónclaves hace ya tiempo para controlar la versión oficial y evitar a los asistentes la tentación de hablar de más ante los micrófonos. La novedad fue que se habrían de reunir con José Luis Espert para ofrecerle participar de las PASO dentro de Juntos por el Cambio. De alguna manera esta movida también obedece al discurso de Cristina Fernández, quien en el Teatro Argentino «subió al ring» a Javier Milei, el verborrágico competidor ultraliberal de Espert. Fue cuando rememoró discursos de quien definió como discípulo «con más pelo» del creador de la convertibilidad, en alusión a Domingo Cavallo, en el que acusaba a la dirigencia política de tenerle miedo. «Esos mamarrachos que dicen que “la casta” tiene miedo, ¿de qué te tenemos miedo? Si nunca te pasó nada. ¿De dónde te tenemos miedo?», dijo la líder del Frente de Todos, para luego insistir en que es «la única dirigente política que fue condenada, proscripta e intentada asesinar» y señalar que el Poder Judicial «no quiere investigar a los que me quisieron matar». Eso sí, reconoció que tiene miedo, pero porque sus nietos «puedan crecer en un país tan injusto e inequitativo».
Programas contrapuestos Lo que en definitiva quedó claro tras el discurso de Cristina Fernández en La Plata y la respuesta conservadora es que en ninguno de los espacios con aspiraciones se está discutiendo, puntualmente, por personalidades sino sobre programas. Para la expresidenta, el programa no será «uno de fe anticapitalista», y tras encuadrar al capitalismo como «el modelo de producción más eficiente», agregó que «la gran discusión no va a ser sobre si capitalismo sí o no, si no quién conduce el proceso de producción para no dañar tanto el medioambiente, si dejamos a los mercados o la política vuelve a tomar la dirección». En el libro Segundo tiempo, Macri de alguna manera fijó su programa y es el que intenta imponer en el PRO, con mayor o menor acompañamiento de los otros socios de JxC, la UCR y la Coalición Cívica, que a pesar de hablar de sus diferencias con la ultraderecha, no se oponen a un acuerdo con Espert, un personaje no menos drástico en sus postulados económicos que el discípulo de Cavallo. Es que ese programa es el mismo y ni siquiera tienen que esforzarse mucho en elaborarlo. Es el que desde 2018 dicta el FMI.
El exministro de Economía del expresidente Horacio Cartés, Santiago Peña, será el nuevo inquilino del Palacio de López tras un comicio en el que el partido Colorado le sacó 15 puntos de ventaja a su más inmediato contendiente, Efraín Alegre, de la Concertación Nacional para un nuevo Paraguay, una alianza de centro izquierda que tiene entre sus filas a integrantes del tradicional Partido Liberal y del Frente Guasú, del derrocado presidente y actual senador Fernando Lugo.
El comicio corroboró lo que las encuestas venían anunciando: que la ultraderecha tiene un caudal de votos importante y es un espacio llamado a hacer todavía más ruido en la nueva gestión presidencial, y que el factor “brisugayos” tiene un peso que apunta a ser determinante en la realidad del país. El violento e impredecible Paraguayo Antonio Cubas Colomés (Payo Cubas en las boletas y entre casa) obtuvo el 23% de los sufragios y sumó unas 690.000 voluntades.
En cuarto lugar quedaron los votos en blanco, que junto con los algo más de 13.000 nulos, sumaron 81.000 y representan el 1,7 % de los 4.782.940 ciudadanos paraguayos habilitados para ejercer su derecho cívico. Muy lejos de la discusión, como ya auguraban también los sondeos previos, quedó el ex arquero José Luis Chilavert, opacado por Cubas, ya que eran en alguna medida competidores en el espacio nacionalista derechoso. El ex guardameta de Vélez Sarsfield y del seleccionado paraguayo -tentado por Patricia Bullrich para postularse a intendente de La Matanza por el PRO- recibió cerca de 25.000 adhesiones, lo que implica 0,80 % de apoyos, y quedó en quinto lugar, detrás del excanciller Euclides Acevedo, del Movimiento Nueva República, y superó los 41.000 votos y el 1,36 % del total computado.
El resultado implica el mantenimiento del partido que hegemoniza la política paraguaya desde 1947, salvo el período en el que el ex obispo Fernando Lugo pudo romper que esa tradición, que incluye la feroz dictadura del general Alfredo Stroessner, entre 1954 y 1989. Lugo fue la otra pata de la mesa progresista que gobernó en el Mercosur y consolidó la Unasur en la primera década de este siglo, pero fue destituido en un golpe parlamentario en 2012, tras cuatro años de mandato, en un adelanto de una movida calcada contra Dilma Rousseff en Brasil en 2016.
¿Los de siempre?
Las encuestas hacían pensar en un final cabeza a cabeza entre Alegre y Peña. El Paraguay que se construyó durante el coloradismo y que Cartés, amigo de Mauricio Macri y socio en algunos de sus negocios, muestra datos de crecimiento económico y un boom de inversiones foráneas que los medios de derecha de la región aplauden a cuatro manos, obviando que al mismo tiempo aumenta la desigualdad a niveles insostenibles.
En 2018, el actual presidente, obtuvo el mismo porcentaje de votos que ahora su “pollo”, 46,42%, con 1.206.067 votos, mientras que Alegre esa vez llegó al 43, 04% y 1.115.464 voluntades. La foto de este domingo muestra que el progresismo perdió caso 290.000 sufragios, unos 16 puntos porcentuales. Podría decirse sin temor a equivocarse, que esos votos fueron para Cubas, que aquella vez no compitió pero en estos años se mostró asiduamente precisamente ante parte de aquel electorado. Pero incluso ahora «mordió» en el oficialismo y en nuevos votantes, ya que en la práctica apenas creció (80.000 votos más), cuando en esta ocasión 523.000 ciudadanos se sumaron al padrón e incluso hubo un 2% más de asistencia (63,22% contra 61,40% en 2018).
Cubas, un espécimen político comparable a nuestro Javier Milei por la violencia de su discurso y sus actitudes misóginas y provocativas a todo nivel, hizo eje en un nacionalismo si se quiere elemental, pero puso el ojo en las tropelías que emergen del poder y la influencia en las zonas fronterizas de los capitales “brasiguayos”, agricultores y empresarios de origen brasileño que desplazan a los campesinos locales para las explotaciones de soja, fundamentalmente.
Es así que no solo propuso crear impuestos a la renta de actividades agropecuarias y un gravamen a la exportación, sino que -por poner un ejemplo- siendo senador, en noviembre de 2018 acompañó demandas de campesinos de Tembiaporã, Departamento de Caaguazú, contra productores brasiguayos de Guahory y Pindo’i,
Había sido elegido senador poco antes por el Movimiento Cruzada Nacional. Un año después fue expulsado por «conductas polémicas» tras denunciar corrupción en el sistema político. Las hizo todas: desde arrojar agua a un senador rival en el Congreso a haber golpeado a un juez en el marco de una causa en la que defendía, como abogado, a campesinos. Esa vez incluso los medios reflejaron que defecó en el despacho de Su Señoría.
Años antes
En 2008, Lugo pudo encabezar un gran movimiento progresista encaramado en las luchas campesinas de la zona de San Pedro, de donde era obispo. Los “brasiguayos” fueron un factor clave en la caída del religioso como ahora lo fueron ahora lo fueron para recomendar que no se vote a Cubas
Corría el mes de junio de 2012 y los medios alertaban sobre tomas de tierras de campesinos amparados por el gobierno de Lugo, la llamada Liga de los Carperos. “Firmeza contra los invasores”, reclamaba el conservador ABC Color a Federico Franco, el vice que asumió tras el derrocamiento de Lugo.
Por si no se recuerda, la Cámara baja sometió a Lugo a un juicio político express luego de una matanza en un campo en Curuguaty, departamento de Canindeyú, donde la policía fue a reprimir una toma y quedó un saldo de 17 muertos, entre ellos seis uniformados y 11 chacareros. El Congreso, totalmente torcido a la derecha, había rechazado el ingreso de Venezuela al Mercosur y ahora estaba en condiciones de dar otro golpe en el corazón de la organización regional.
Foto: Agencia AFP
En dos días el presidente fue expulsado como máximo responsable político de la masacre y su sucesor recibió el apoyo de los «brasiguayos», representados entonces por el empresario Aurio Fighetto, quien luego de esa trapisonda institucional viajó a Brasilia para pedirle a Dilma Rousseff que comprendiera la situación en Paraguay y no apoyara sanciones contra las nuevas autoridades. Cosa que no fue aceptada y de hecho el país fue suspendido hasta la celebración de nuevas elecciones por haber violado normas democráticas aceptadas por las naciones miembro.
Cubas, con un porte desencajado y actitudes reñidas con la civilización occidental y cristiana, recibió votos que hace cinco años iban hacia otro sector. Podrá discutirse si lo representa cabalmente, lo que no se puede desconocer es que quienes lo encumbraron este domingo no encontraron otro canal más que seguirlo o votar en blanco. Pero no a la Concertación armada en torno a Lugo.
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