por Alberto López Girondo | Jun 2, 2018 | Sin categoría
Somos dos gobiernos en plena sintonía sobre política económica y exterior», dijo Mauricio Macri a Mariano Rajoy. «Es un ejemplo de liderazgo, honestidad y empuje», agregó, pletórico de entusiasmo, ese 10 de abril.
Parece mentira pero aún no pasaron dos meses de la gira del ahora exmandatario español, llamado con el fin de respaldar a su admirador en momentos cruciales para la gestión Cambiemos.
Rajoy venía a «animar a los empresarios españoles a invertir tras recuperar el país la normalidad y la seguridad jurídica», según editorializó el diario El País, que destacó entonces que el mandatario argentino «ha hecho un magnífico trabajo en lo económico y esto abre oportunidades».
También hablaron de Venezuela, el enemigo favorito cuando arreciaban las turbulencias en Madrid. A semanas para la reelección de Nicolás Maduro, y previendo el resultado, Macri adelantó: «No lo vamos a reconocer como presidente democrático ya que hace rato que no hay democracia» en ese país, y añadió que «estas elecciones no tienen ningún valor».
Por eso de que la venganza es un plato que se come frío, ahora desde Caracas pueden jactarse de que todos los que se meten con el chavismo terminan mal.
La última cumbre presidencial de las Américas, en Lima, comenzaba el 13 de abril. Maduro tenía la entrada prohibida por el presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski con el raído argumento de «la grave situación» en Venezuela. El 23 de marzo, Kuczynski tuvo que renunciar por el escándalo Odebrecht. y fue él quien se quedó fuera de la Cumbre.
Algo similar le pasó al expresidente panameño Ricardo Martinelli, otro feroz antichavista, detenido el 12 de junio de 2017 en Estados Unidos.
Ahora tiemblaRajoy por la causa Gürtel. En su lugar asumió Pedro Sánchez, del PSOE. Es previsible que la relación de España con Venezuela cambie. El exjefe de Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero fue uno de los veedores que certificó la transparencia de los comicios en que Maduro fue reelecto.
El exlíder del PSOE había coordinado una mesa de diálogo en Santo Domingo entre el oficialismo y al oposición venezolana para la pacificación del país. Todo iba bien para firmar un acuerdo hasta que el 8 de febrero, sin embargo, la MUD se negó a firmar. «De manera inesperada para mí, el documento no fue suscrito por la representación de la oposición. No valoro las circunstancias y los motivos, pero mi deber es defender la verdad y mi compromiso es no dar por perdido el lograr un compromiso histórico entre venezolanos», declaró Rodríguez Zapatero.
Tiempo Argentino, 2 de Junio de 2018
por Alberto López Girondo | Jun 1, 2018 | Sin categoría
La tensión cambiaria de mayo sirvió para que el gobierno acelerara la implementación del plan neoliberal, en el marco de cambios en el Gabinete, turbulencias en la alianza política y búsqueda de acuerdos con algunos sectores de la oposición a efectos de intentar mitigar los costos políticos que genera la nueva etapa de ajuste de la economía. Algunos definen como «un tembladeral» lo que ocurrió puertas adentro de la Casa Rosada. Una señal concreta del efecto interno de la corrida es que la mesa chica se agrandó de pronto, con el retorno del titular de la Cámara Baja, Emilio Monzó; del ministro del Interior, Rogelio Frigerio; y del radical Ernesto Sanz. Uno, porque debe lidiar con los diputados, dijo que se quiere ir y lo tentaron del peronismo para que vuelva al redil. El otro, porque debe entenderse con los gobernadores, que marcan la cancha a sus diputados, pero sobre todo a los senadores. El tercero, porque fue gestor de la alianza que permitió el triunfo de Cambiemos en 2015.
Otra señal de la tormenta es que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, anunció la intención de impulsar un Gran Acuerdo Nacional (GAN), en principio, para aprobar el Presupuesto de 2019. Es la prueba de fuego para el oficialismo, ya que en ese presupuesto se deberían plasmar los recortes que el nuevo hombre fuerte del Gabinete, el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, está acordando con el FMI. Esta propuesta despertó desconfianzas dentro del PJ. La reminiscencia del GAN que en 1971 pretendía lograr el general Alejandro Agustín Lanusse es obvia y no casual. Lanusse buscaba sumar a todos los sectores políticos en una salida que le salvara los papeles a la dictadura iniciada con Juan Carlos Onganía, con los peronistas, pero sin Perón, exiliado entonces en Madrid.
Por su parte, el GAN de Macri pretende incluir a todos los sectores, menos al que lidera Cristina Fernández. La expresidenta mantuvo silencio público ante la profundización de un modelo diametralmente opuesto al de sus ocho años de gestión y los cuatro de su marido. Ese silencio cotiza dentro del PJ, porque hacia afuera mantiene la expectativa como la dirigente con más intención de voto.
Pero esta iniciativa también despertó recelos dentro de la propia tropa. Los radicales venían dando señales de descontento porque se sienten convidados de piedra a las decisiones gubernamentales. Lo venía advirtiendo Ricardo Alfonsín desde hace meses, pero la ola fue creciendo y el presidente del partido y gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, fue uno de los primeros en protestar por el aumento desmedido de las tarifas. En tanto, el vicepresidente de la UCR, Federico Storani, fue más explícito: «El gobierno toma de manera muy centralizada las decisiones y muchas veces sin consultar», lo que genera «descontento, sobre todo en la militancia». Como si fuera un opositor, Storani dijo que el gobierno tiene el deber de escuchar y no encerrarse como hasta ahora. Otra aliada, algo más incómoda, Elisa Carrió, se quejó de que siempre tiene que ir a apagar incendios. Storani, Sanz y Carrió tienen en la mira a Peña, artífice de la estrategia de que el Pro se corte solo.
Diciembre como antecedente
El debate por la reforma previsional fue un primer toque de atención para el oficialismo. El voto de octubre había sido interpretado por sectores macristas erróneamente, a la luz de los hechos, como una suerte de cheque en blanco en favor de Mauricio Macri. En ese marco, los legisladores de Cambiemos impulsaron y lograron aprobar el cambio en la fórmula de cálculo de los haberes jubilatorios. El descontento se mostró en dos jornadas recordadas por la represión feroz. Hacia adentro de la alianza gubernamental no faltaron reproches. Los radicales rumiaban bronca por los rincones porque no habían sido consultados para la modificación previsional, pero tenían que aguantar el embate de una oposición que aprovechó la situación para disimular diferencias y plantar bandera con la defensa de los afectados por esa ley. Desde Balcarce 50 el discurso era que la reforma había sido consensuada con los gobernadores. Y eso era parcialmente cierto, pero no había sido consensuada en el Congreso, y mucho menos en la sociedad, que mostró su rechazo tanto en masivas manifestaciones como en sondeos de opinión.
Así, 2018 comenzó con una encerrona del macrismo puro: una mesa chica de la que formaban parte Peña, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. El plan, luego del triunfo en la elección de medio término, era llegar a 2019 con un nivel aceptable de actividad económica, alimentado con deuda externa y entonces sí, avanzar hacia el objetivo de cristalizar un movimiento político que terminara con el peronismo. La alianza con los radicales, en este proyecto, era apenas un escalón hasta consolidar caudal propio.
Pasado el verano, comenzaron los problemas políticos para el macrismo.
Emilio Monzó, un hábil negociador y con mucha experiencia en los artilugios de la Cámara Baja, proveniente del peronismo, anunció que a fines de 2019 se iba a alejar de ese cargo. Lo habían maltratado demasiadas veces y venia avisando que al proyecto le faltaba política.
Los sucesivos aumentos dispuestos en las tarifas de los servicios públicos generaron reacción social y despertaron del letargo a la oposición. El gobierno comprendió, entonces, la necesidad de reformular ciertas estrategias para enfrentar con chances a la mayoría opositora en el Legislativo. Que los mandatarios provinciales del PJ iban a protestar por las tarifas era algo previsible, pero no que el propio gobernador mendocino Cornejo fuera uno de los primeros en poner el grito en el cielo. El rechazo al tarifazo creó las condiciones para que lo impensado, la unidad opositora, ocurriera, al menos para la votación del proyecto que modera los incrementos. Así ocurrió en Diputados y, en caso de concretarse lo mismo en Senadores, el Ejecutivo deberá recurrir a la amarga fórmula del veto presidencial.
El costo político de esa medida se sumaría al que ya carga el macrismo por la rápida corrida hacia los brazos del Fondo Monetario Internacional. El exministro Alfonso Prat Gay describió la situación con una metáfora familiar: «Pedirle al FMI es como pedirle a un suegro con el que nos llevamos mal», dijo.
Mientras funcionarios oficiales y comunicadores afines intentan imponer el relato de un «nuevo FMI», desde el organismo internacional ya plantean las condiciones que el país deberá cumplir para acceder al financiamiento solicitado. Por lo pronto, la designación de Nicolás Dujovne como coordinador de los ministerios del área significa un intento de fortalecer a quien debe negociar con el suegro mentado por su antecesor en la cartera de Hacienda.
Revista Acción, primera quincena de Junio de 2018
por Alberto López Girondo | Jun 1, 2018 | Sin categoría
Se puso picante el contrapunto entre Albert Rivera y Pedro Sánchez en la sesión donde se planteó la moción de censura al gobierno de Mariano Rajoy. Rivera, fundador del partido Ciudadanos, una derecha liberal que se formó a partir de la lenta pero persistente caída -un poco por la crisis económica, un mucho por los escandalosos casos de corrupción- del Partido Popular de Rajoy, buscó por todos los medios impedir que Sánchez, el jefe indiscutido hoy día del Partido Socialista Obrero de España (PSOE), se saliera con la suya y cumpliera un objetivo por el que lucha desde que comenzó a destacarse en la carrera política, siendo estudiante universitario: llegar a La Moncloa, la sede del gobierno español. Y le tiró con todos los dardos que encontró a mano.
Madrileño del barrio de Tetuán, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, a los 46 años, tuvo que pelearse fuerte dentro de su partido para dejar de ser la joven promesa y encarnar la generación que no tuvo mas remedio que arrasar con buena parte de la vieja dirigencia, envuelta en gran parte de los escándalos que ahora enchastran al PP. No por nada, el PSOE es la otra pata del bipartidismo que gobierna en ese país desde la Constitución de 1978.
Ya a los 26 años, recién incorporado al PSOE, Sánchez -con pinta de galán de telenovela a lo Enrique Peña Nieto, el presidente mexicano- fue asesor de la socialista Bárbara Dührkop en el Parlamento Europeo y luego, en la Guerra de Kosovo, fue jefe de gabinete del alto representante de Naciones Unidas en Bosnia, Carlos Westendorp.
Recién en 2009 llegaría al Congreso, a raíz de la renuncia de un diputado y gracias a un don de gentes y una sonrisa cautivante, entre otras virtudes por cierto, llegó a ser elegido como la revelación del Parlamento en 2010 por los periodistas acreditados.Volvería al Congreso en 2013, otra vez por la renuncia de un titular elegido.
Desde entionces, y en un segundo plano pero con los dientes apretados, Sánchez fue recorriendo España para sopesar en cada distrito en descontento no solo de los partidarios del PSOE sino de la ciudadanía en general contra la dirigencia política, que por eso de la gobernabilidad, acataba recortes presupuestarios impuestos por la Unión Europea, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, y que acompañaba con el mismo fervor desde la llegada de Rajoy al gobierno.
Para peor, muchos de los integrantes del PSOE o estaban implicados en casos de corrupción o criticados por actitudes reñidas con la ética, como es el caso del ex presidente del gobierno, Felipe González, sin ir más lejos, que luego de dejar la gestión pública pasó a formar parte del directorio de varias empresas privadas.
Es así que tras perder el poder en 2011, el PSOE se fue desmoronando como opción de gobierno. Al mismo tiempo fue creciendo en la población el rechazo a todos los dirigentes políticos. En ese contexto y a partir el 15 de Mayo de ese mismo año, con la Plaza de los Indignados, se inicia otra etapa en la vida política española. Un «que se vayan todos» pero sin corralito.
Nace entonces el movimiento Podemos, en torno a Pablo Iglesias, lo que sería un ala izquierda que si bien tiene origen en el PSOE ya no cree que ese partido pueda recuperar sus viejas banderas de la República española. Desde la derecha surge como contrapartida, Ciudadanos. Ambos, nuevas opciones políticas, son claves en esta disputa.
En 2014 Sánchez asumió la presidencia del PSOE como la opción renovadora, luego de elecciones internas. Pero llegó con muchos de los antiguos dirigentes a su costado y en cierto modo con las manos atadas a acuerdos de los que no había participado. Así y todo, destituyó a muchos de los viejos barones acusados de algunos chanchullos por la justicia. Quería mostrar que era otra cosa.
En las elecciones de 2016 el PSOE cayó a su mínimo histórico, pero también el PP sufrió el embate de los nuevos actores en la política española. En ese contexto, Sánchez dio un paso al costado en el partido y dejó vacante su cargo en la cámara baja, poco antes de que Rajoy fuera ungido presidente del Gobierno.
Se tomó un par de meses para volver con todo al PSOE, aunque ahora con una cúpula de su palo. El 21 de mayo de 2017 fue elegido Secretario General del PSOE. Juró su cargo cantando La Internacional. Todo un reto, ya que en los 90 y tras la caída de la Unión Soviética, el partido había renunciado al marxismo.
Un año después los vientos volvieron soplar a su favor. Y resulta ser el hombre de la hora para reemplazar a Rajoy. Con apoyo de los nacionalistas vascos, de los catalanes -que ven el momento de vengar las humillaciones que le hizo el gobierno del PP- y con los votos de Podemos. Solo Rivera, del otro lado del tablado, encarnaba la oposición cerril a Sánchez.
Es que si bien las condenas de hace unos días contra los máximos dirigentes del PP por la doble contabilidad para la financiación del partido terminaron por hastiar a la ciudadanía, también el PP está tomando del mismo veneno que generó con su modo de enfrentar la crisis por el independentismo catalán.
El desafío es cómo manejar la crisis económica sin los recortes que, corresponde decirlo, empezaron con Rodríguez Zapatero. Porque para lograr apoyos de sectores políticos dubitativo sa su movida de hoy, ya dijo que acepta el presupuesto votado al PP, que contempla precisamente muchos de los ajustes que dice no compartir.
También deberá vérselas con el president de la Generalitat de Cataluña, Quim Torrá, al que hace poco tildó de fascista. Los independentistas le dieron su apoyo a Sánchez con tal desacarse de encima y devolver gentilezas a Rajoy. Pero ahí hay una papa caliente que tendrá que tomar, quiéralo o no.
Tiempo Argentino, 1 de Junio de 2018
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