por Alberto López Girondo | Jul 15, 2017 | Sin categoría
Como anunciaba alguna de las consignas convocantes de los organizadores de las manifestaciones contra los dirigentes de las naciones más poderosas y las emergentes, Hamburgo fue finalmente un infierno durante los tres días que insumió la cumbre del G20. Un caos que enfrentó a grupos venidos de todas partes de Europa para expresar su repudio por el estado del mundo a los mandatarios a los que acusan por su responsabilidad en una crisis que sume en el hambre y la desesperación a millones de personas en todo el planeta. Este infierno también puede repercutir en el gobierno de la anfitriona de la cumbre, Angela Merkel, a escasos dos meses de una elección crucial para su continuidad en el cargo. Por lo pronto, los medios, la oposición y hasta líderes sindicales de la policía descargaron sus críticas contra la canciller germana.
Oficialmente, el saldo de estos tres días es de al menos 213 policías heridos y 144 personas detenidas, pero nadie había recopilado información sobre los manifestantes heridos, que no sería menos si se toman en cuenta los decenas de videos tomados con celular donde se ve a uniformados atacando impiadosamente, no solo a los que habían identificado como grupúsculos violentos. En algunas callejuelas se ve a policías apaleando a todo humano que se moviera, estuviera o no participando de las protestas. Incluso hubo balaceras efectuadas por policías infiltrados entre la población, como lo atestiguan grabaciones de individuos de mochila y ropa de calle que, descubiertos por alguno de los manifestantes, no dudaron en mostrar su arma y disparar.
Ya desde el jueves el clima era de enfrentamiento. Había cerca de 20 mil policías pertrechados con todos los elementos de protección más desarrollados, armados con lanzagranadas de gas lacrimógeno y seguidos de cerca por camiones hidrantes
Los medios alemanes, con información policial, acusaron de desmanes a los Black Blocks, y los filmaron cercanos a la retahíla de coches quemados, comercios destruidos y barricadas en llamas. Otros grupos relacionados con la masiva protesta, que sumó a más de 80 mil personas este sábado, fueron sectores de la izquierda y colectivos llamados «altermundistas». También había de los llamados «ecopacifistas», el movimiento ATTAC, agrupaciones de inmigrantes y de la comunidad LGTB.
«Welcome to hell!» («¡Bienvenidos al infierno!») fue el lema que difundió el Rote Flora, un grupo alemán que ocupa un teatro abandonado en Hamburgo. Uno de sus activistas más conocidos, Andreas Blechschmidt, había explicado un par de días antes del inicio del G20 a la agencia AFP que «es un mensaje combativo, pero también demuestra que las políticas del G20 en el mundo son responsables de situaciones terribles como el hambre, la guerra o el desastre climático».
Otras de las pancartas que se vieron en las protestas decían: «Piedras no», «Nuestra arma es la sabiduría», «Solidaridad sin fronteras en vez de G20», «El capitalismo morirá, tú decides cuándo».
Bild, el periódico más influyente de Alemania, acusó a Merkel de haber fracasado en mantener el orden. En la revista Der Spiegel, Jan Reinecke, delegado hamburgués del sindicato de la policía, BDK, fue más genérico: «Los políticos tienen la total responsabilidad de los policías heridos y las destrucciones en la ciudad.»
Tiempo Argentino
Julio 9 de 2017
por Alberto López Girondo | Jul 15, 2017 | Sin categoría
La casa Windsor fue creada hace un siglo ante la crítica porque era una monarquía alemana que enfrentaba al rey Jorge V con su primo el kaiser Gullermo II.
Para irritación de un sector creciente de la sociedad, que se cuestiona la razonabilidad de mantener una dispendiosa familia que solo cumple funciones protocolares, el presupuesto para el mantenimiento de la monarquía inglesa -los Windsor- aumentó este año un 5,4 por ciento. La cifra, que actualmente suma 41,9 millones de libras, no computa el costo de las obras de refacción del palacio de Buckingham. Se ignora, además, si cubre los gastos que insumirán los festejos por el centenario de la nacionalización de una casa real de origen alemán que en la Primera Guerra Mundial tuvo que cambiar de nombre para acallar los cuestionamientos, en medio de semejante un enfrentamiento bélico de dos imperios regidos por nietos de la recordada reina Victoria: el del rey Jorge V contra el de su primo el kaíser Guillermo II. En una contienda que, además, era por los mercados económicos por los que competían el Reino Unido y Alemania.
No era la primera vez que la familia real cambiaba de nombre. La muy alemana casa de Hannover había llegado al trono inglés en 1714, cuando el primero de los Jorges, hijo del duque Ernesto Augusto de Brunswick-Luneburgo y de Sofía de Wittelsbach, ante la ausencia de herederos de Ana Estuardo, reclama sus derechos a la Corona británica como bisnieto por parte de madre del rey Jacobo I.
Es Victoria la que lleva a los Sajonia-Coburgo y Gotha, también alemanísimos, al palacio de Buckingham, cuando se casa en febrero de 1840 con su primo Francisco Alberto Augusto Carlos Emanuel. Con él tuvieron 9 hijos y 34 nietos, todos “enganchados” luego en matrimonios reales con alguna monarquía del continente, al punto que a Victoria se la pudo llamar “La Abuela de Europa”, sin que sonara osado.
El primogénito, Eduardo VII, fue el primer rey de la Casa Sajonia- Coburgo y Gotha, y gobernó desde la muerte de Victoria, en 1901, hasta la suya propia, en 1910, que es cuando llega al trono Jorge V. Y los suyos, como suele ocurrir con todos, no fueron tiempos fáciles.
Con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, el 28 de julio de 1914, comenzaría la Gran Guerra, una conflagración en la que pugnaban en diferentes bandos tres primos, descendientes todos ellos de manera más o menos directa de Victoria: a los ya mencionados Guillermo II y Jorge V se debe agregar a Nicolás II de Rusia.
Para julio de 1917 la guerra ya había consumido buena parte de los más de 10 millones de vidas que quedarían en los campos de batalla de todo el continente y había dejado ya a cerca de 15 millones de heridos y mutilados que terminarían haciendo colapsar todos los centros sanitarios. Por otro lado, se complicaba el escenario ruso luego de la revolución de febrero, que un mes más tarde había forzado la abdicación de los Romanov a toda aspiración monárquica. En octubre los bolcheviques tomarían el poder por completo.
La situación política para Jorge V no era entonces precisamente floreciente: a las consecuencias de una guerra de las más sanguinarias que se recuerde, se sumaba una sociedad que se preguntaba cómo podía ser que sus hijos fueran a combatir en defensa de una casa real alemana. Cuando, además, para los medios Guillermo II era, como resulta obvio decir, la encarnación del diablo en esta tierra.
Esos detalles no menores impidieron que en junio, por ejemplo, Jorge V tuviera que rechazar el pedido de asilo de los Romanov, que temían un giro más dramático que los pusiera frente a los fusiles de los soviets, cosa que ocurriría un año más tarde en Ekaterinburg.
Pero todo terminó de decantar luego de que el 13 de junio de 1917 un ataque aéreo contra Londres llevado con catorce aeroplanos alemanes llamados «Gotha” dejara un saldo de 162 muertos y 432 heridos. Gotha, igual que el rey de la casa Sajonia-Coburgo y Gotha.
Pero había otro detalle. Si se habría de nacionalizar a la casa real británica, la cosa para entonces era qué nombre ponerle. Se barajaron apelativos autóctonos como York, Lancaster, Plantagenet, Tudor-Stuart o Fitzroy hasta que el secretario privado del rey, según cuentan los historiadores, tuvo una epifanía.
Hay un castillo, cerca de Londres, en el que la familia real gustaba pasar sus días de descansos, Windsor, bien «british» por cierto. Y esa inspiración de Arthur John Bigge resultó la ganadora en esa pequeña compulsa familiar.
A la muerte de Jorge V, en 1936, lo sucedió su hijo Eduardo VIII, quien debió elegir entre el trono y un casamiento de conveniencia y prefirió el dictado de su corazón, como lo recuerdan las crónicas sentimentales, y abdicó tras 325 días de reinado en favor de su hermano, coronado como Jorge VI, para casarse con una estadounidense divorciada, Wallis Simspon.
Jorge VI es ese rey tartamudo que se entrena con el australiano Lionel Logue para poder dar el discurso más dramático de su vida, el que anuncia el ingreso de Gran Bretaña en una nueva guerra contra Alemania, en 1939.
A este Jorge le tocó en suerte administrar la disolución del imperio que había construido su abuela un siglo antes. A su muerte, en 1952, lo sucedió su hija Isabel Alejandra Mary Windsor, quien se casa con Felipe Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg y Battenberg. Este último apellido es traducido también del alemán como Mountbatten, que es el nombre con que el Príncipe de Edinburgo pasó a llamarse para no acentuar el germanismo familiar. Por las dudas. La realeza británica es desde entonces como Mountbatten-Windsor, aunque prima el nombre del castillo cercano a Londres.
La última aparición pública de Isabel II -la primera en reinar como Windsor- fue el 21 de junio, cuando leyó el tradicional “Discurso de la Reina” en la ceremonia de apertura del año legislativo.
Días aciagos para la mujer que ostenta el título de monarca de los 16 estados que conforman la Comunidad Británica de Naciones –creada por su padre para mantener algún tipo de ligazón con las antiguos territorios imperiales- , cuando el país inicia el proceso de separación de la Unión Europea. De la mano de un gobierno conservador, el de Theresa May, debilitado por el resultado de las últimas elecciones, que enfrenta otra vez a Alemania, gobernada por la durísima Angela Merkel.
Tiempo Argentino
Julio 7 de 2017
por Alberto López Girondo | Jul 5, 2017 | Sin categoría
Foto: Soledad Quiroga
Asesor en política internacional de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, Marco Aurelio García es uno de los fundadores del PT y uno de los máximos referentes de la izquierda regional. Exiliado durante la dictadura militar en Chile y luego Francia, conoce al dedillo lo que ocurre en esta parte del mundo. Por eso no extraña que use sin equivocaciones términos bien porteños como «despelote total» o «ir en cana». De eso habla en esta entrevista con Tiempo, a su paso por Buenos Aires, donde dio una conferencia organizada por Le Monde Diplomatique y la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM)
–Desde Argentina siempre se vio a Itamaraty como un modelo de diplomacia decidida a convertir a Brasil en una potencia mundial. Se vio con la conformación de los BRICS, el planteo de tener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora parece haber dado un vuelco. ¿Comparte esta perspectiva?
–Es un poco verdad. Hoy día, en primer lugar los ministros ya no son de carrera, son políticos; y en segundo lugar, el primer canciller (de Michel Temer, José) Serra, llenó de los suyos a Itamaraty, que no permite funcionarios que no sean de carrera. Serra estaba tratando de transformar a la cancillería en un comité electoral en una supuesta candidatura a la presidencia. Lo más interesante ahora es que grandes decisiones en política internacional que Brasil está tomando no son tomadas por Itamaraty sino por los equipos económicos o la Casa Civil (Jefatura de Gabinete). Una de ellas es el ingreso en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Es un tema que viene de nuestra época y había mucha resistencia porque implicará compromisos que van a pesar mucho en el futuro de la política externa. Lo mismo ocurre con el ingreso al Club de París. En los dos casos había resistencia de Itamaraty pero les quitaron la decisión, o como nosotros decimos: bateram carteira (punguearon). Además ahora crearon un grupo también contrario a la política de Itamaraty en la Secretaría de Asuntos Estratégicos. Yo creo que hay un despelote total.
–¿Hay ahora un renunciamiento a ese rol de liderazgo que viene incluso desde la época imperial?
–Siempre en Itamaraty hubo dos tendencias. Una decía que no debía tener aspiraciones de ir más allá de la región. Eso fue claro en el gobierno de (Fernando Henrique) Cardoso, cuando el canciller (Luiz Felipe) Lampreia decía «nosotros no podemos subir mas allá de nuestros zapatos». Otros sectores, que básicamente estaban liderados por (Celso) Amorim (canciller con Itamar Franco y luego con Lula y titular de Defensa con Dilma), planteaban que además de los compromisos más fuertes con América del Sur, Brasil podía tener un rol internacional más amplio, sobre todo en un mundo en cambios muy importantes de los que creo que las autoridades actuales no tienen la menor idea. Ahora dicen que ese intento de acuerdo sobre el plan nuclear con Irán (de 2010, junto con Turquía) fue un absurdo. Algunos dicen que fracasó la política exterior brasileña porque no se consiguió el asiento en el Consejo de Seguridad. Lo mismo se podría decir entonces de la política exterior de India, Japón y Alemania, porque éramos los cuatro que estábamos buscando un asiento permanente como los que tienen China, Rusia, EE UU, Francia y Gran Bretaña. Tuvimos también un peso importante en el G20. Yo creo que eso estaba muy vinculado a que estábamos en transformaciones muy importantes. Brasil era visto como un país con profunda desigualdad e inestabilidad económica y nosotros conseguimos reducir esa desigualdad dentro de un régimen democrático, con derechos plenamente garantizados con la oposición, tanto que dieron un golpe parlamentario. Eso nos dio una credibilidad muy fuerte, mas allá de un hecho que no puede ser soslayado como que Lula era una personalidad fuerte que impulsaba un liderazgo fuerte. Ahora tienen un gobierno con una situación económica pésima, una situación social en regresión y un liderazgo de una mediocridad impresionante en un país hundido en la crisis política y la corrupción. Es muy difícil así tener un peso internacional más significativo.
–Da la impresión, como decimos nosotros, «con el diario del lunes», de que el PT cayó en la trampa de creer que se podía gobernar con estos sectores de la derecha.
–Siempre tuvimos conciencia de eso, pero fuimos impotentes para cambiar el sistema político brasileño. Otros países lo hicieron, con correlaciones de fuerza distintas que las nuestras. Ecuador, Bolivia, incluso Venezuela, hicieron una refundación institucional con democracia, elecciones. Nosotros quedamos prisioneros de una institucionalidad que, más allá de algunas conquistas en el ámbito de políticas sociales, mantenía perversiones políticas muy grandes. La principal es eso que se llama «presidencialismo de coalición». Tú logras una mayoría extraordinaria en la presidencial y sin embargo no tienes mayoría en el Congreso. Es un problema global. Los franceses establecieron un sistema interesante que es hacer la elección parlamentaria un mes después de la presidencial. Nosotros no tuvimos fuerza, y a lo mejor tampoco la conciencia suficiente. Como íbamos avanzando y con ese modelo habíamos logrado tantas conquistas, pensamos que eso se podría mantener.
–¿Y ahora qué se puede esperar?
–Absoluta imprevisibilidad. Como yo digo, cualquier previsión sobre lo que pueda pasar en Brasil es para hasta hoy a las 4 de la tarde, después tenemos que constituir otro escenario. Mi impresión es que habrá una tendencia a que Temer quede porque no hay cómo reemplazarlo, y que se vaya pudriendo todo. Eso dejará un olor político tremendo en el país. Tuvimos una situación semejante al final del gobierno Sarney, muy bajo en las encuestas, cercano a lo que hoy tiene Temer, 5%, y fue pudriéndose hasta que terminó su mandato, dejando una mala herencia. No sé si el país aguanta, porque sería un año y medio, y eso es mucho. Los que hicieron el golpe son una coalición de medios –el principal partido político del país–, empresarios –mucho mas unidos porque cada vez están más abajo en la hegemonía financiera aunque tengan actividades productivas– y esta capa política que mantiene una mayoría en el Congreso y está muy involucrada en la corrupción, con corporaciones como algunos jueces, fiscales e integrantes de la burocracia estatal. Creo que la estrategia de ellos frente a la imposibilidad de encontrar una salida en las soluciones tradicionales es enfatizar más la corrupción de todos los sectores y crear un clima de «que se vayan todos» en la expectativa de que pueda aparecer un hombre providencial. No es casual que se hable mucho de (el nuevo presidente francés, Emmanuel) Macron tratando de presentar al alcalde San Pablo (João Doria) como un Macron. O que se abra camino para una solución de extrema derecha. No creo que (el exmilitar y diputado Jair) Bolsonaro tenga peso para llegar, pero sí para desplazar un poco el eje del debate
–¿Y Lula?
–Como dice Lula, «es un problema que en el PT tengamos solo una carta, que soy yo». Hay una memoria muy fuerte de la sociedad pro Lula en la medida en que se agrava la situación social. El lulismo juega un rol parecido al que acá jugó el peronismo en la memoria de la sociedad, no solo en torno de cuestiones de naturaleza socioeconómica, sino también en cuanto a empleo, identidad, jóvenes, educación, y temas más actuales, como la situación de la mujer. El gobierno de Temer es el gran aliado del feminismo, porque hace tantas cosas horrendas que lo convierte en un movimiento de masas, lo mismo que con los negros, los jóvenes, el LGBT. La manifestación del domingo pasado en San Pablo tenía 3 millones de personas con una consigna muy clara, en defensa del Estado laico.
–¿Y con América Latina?, porque lo que pase en Brasil va a influir de forma contundente. ¿No estamos ante una década…?
–No es todavía una década perdida, tengamos eso en claro, por una razón muy sencilla: porque cuando perdimos en los ’60/’70, perdimos. La gente murió, fue en cana, fue al exilio. Ahora no, ahora la gente se está moviendo, está en situación difícil, tiene incluso que hacer su análisis crítico de las políticas llevadas a cabo, pero se está moviendo. Como le encanta decir a la izquierda, perdimos una batalla pero no la guerra. Sí, hay que ver si tenemos la capacidad de cambiar el cuadro, para lo cual tenemos que cambiar nosotros mismos. «
Una salida a la crisis de Venezuela
«La refundación democrática de Venezuela con (Hugo) Chávez estuvo siempre bajo cuestionamiento de la oposición, que hasta intentó un golpe de Estado. Estas cosas dejan sus marcas. Me acuerdo de que cuando Lula ganó en 2002 me pidió que fuera a tratar de ayudar en una solución negociada puesto que el país vivía un lockout patronal. Algo hicimos y se constituyó el grupo de Amigos de Venezuela. Eso permitió un diálogo civilizado durante un tiempo. La comunidad sudamericana, Argentina y Brasil, ayudamos mucho para que no hubiera un enfrentamiento tan fuerte como ahora. En los últimos años la oposición brasileña, que tenía mucho peso en el Senado, dio apoyo irrestricto a la venezolana. En Argentina hubo un vuelco aunque quizás no tan radical como el de Brasil, y entonces el gobierno de Venezuela empezó a rechazar cualquier intento de mediación. Entiendo que sería útil, no sé si hay tiempo para eso, que la comunidad sudamericana pudiera ejercer una mediación.
–Pero los países más influyentes han dado un giro de 180 grados y no están buscando una mediación sino un cambio de régimen.
–Eso es cierto, y les quita completamente la autoridad. En el caso de Argentina eso es menor porque surgió de elecciones, en el de Brasil eso no es así. Yo vi el voto del diplomático brasileño en la OEA y era un voto, si se quiere, moderado, pero el delegado venezolano hizo una réplica diciendo: «¿Qué autoridad tienen ustedes, un gobierno que surgió de un golpe parlamentario dirigido por un señor corrupto etc., etc.? » Eso quita autoridad completamente.
Tiempo Argentino
Julio 2 de 2017
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