por Alberto López Girondo | Mar 8, 2013 | Sin categoría
Al tiempo que la muerte de Hugo Chávez ocupaba las portadas en la mayoría de los medios internacionales y llenaba de dolor a sus seguidores no sólo de Venezuela sino del resto del continente, las caracterizaciones sobre su legado ocuparon ríos de tinta. Era obvio que quienes ven en su paso por este mundo al iniciador de la ardua lucha por sacarse de encima «la larga noche neoliberal» de Latinoamérica iban a encumbrarlo. Como también era natural que desde las trincheras de los poderes concentrados, a los que el líder bolivariano atacó desde que en 1992 intentó voltear al gobierno de Carlos Andrés Pérez, iban a continuar con la tarea de demolición de su imagen. Convertida en la de un autócrata de la peor calaña por lo menos. Aunque las lágrimas de millones de personas en todo el mundo lo desmientan.
Pero hay algunos hechos curiosos en este clima de fervor democrático desatado desde el martes, con las diversas interpretaciones sobre lo que la democracia sea. Un par de días antes de la muerte del venezolano, un Barack Obama acosado por el abismo fiscal, ese nubarrón que puede oscurecer su segundo mandato, se había explayado en una de estas disquisiciones.
Sucede que el déficit estadounidense sobrepasa todo límite. Para poder seguir manteniendo al Estado en funcionamiento, el inquilino de la Casa Blanca necesita una ampliación de Presupuesto. Pretende hacerlo aumentando impuestos a los más ricos. Una medida de estricta justicia social, como indica el presidente ante cuanto micrófono le ponen adelante. Pero allí choca con el fundamentalismo de los republicanos. Enceguecidos un poco por su credo ultraneoliberal y otro mucho porque saben que así liman las posibilidades de que otro demócrata suceda al primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Por eso pretenden forzar recortes en los planes sociales y en los de sanidad, la única medida revolucionaria que puede exhibir Obama.
Como no había forma de salir del entuerto, Obama desafió a los periodistas que lo esperaban en la Casa Blanca al término de una reunión con los jefes de los bloques partidarios. «Denme un ejemplo de lo que yo podría hacer», les espetó, con la mirada tensa, luego de informar que si no había novedades en pocos días se puede paralizar a la principal potencia económica del mundo y dejar en la calle a 750 mil estatales. «¿Por qué no encierra a los líderes del Congreso en una habitación hasta que lleguen a un acuerdo sobre los recortes al gasto público?», ensayó un reportero. Obama le respondió, solemne: «No soy un dictador, soy el presidente», y luego recurrió a la saga de Star Wars para explicar que no puede hacer como un Jedi y «traer a los republicanos al lado luminoso de la fuerza para convencerlos de que hagan lo correcto».
No se sabe si Obama leyó el ejemplar de Las venas abiertas de América latina que Chávez le regalara en su primer encuentro en la Cumbre de 2009 en Trinidad y Tobago, pero al conocerse la noticia sobre la muerte del líder bolivariano señaló que «en Venezuela se inicia un nuevo capítulo en su historia. Estados Unidos sigue comprometido con políticas que promuevan los principios democráticos, el Estado de Derecho y el respeto de los Derechos Humanos». Luego pidió una «relación constructiva» entre ambos países, que desde 2010 no tienen embajadores, justo cuando el vicepresidente Nicolás Maduro anunciaba que expulsarían a dos diplomáticos estadounidenses por conspirar contra el gobierno.
La relación de Chávez con EE UU nunca fue del todo buena, a pesar de la importancia que tiene la exportación del petróleo para la economía venezolana y de que todavía la principal cadena de estaciones de servicio en el país del norte, la Citgo, sigue estando en manos de la petrolera PDVSA.
Con Obama las cosas no podían cambiar, porque los mismos arquitectos de la imagen nefasta de Chávez son los que pintaron al demócrata como un filosocialista y lo acusan de haber querido parecerse al bolivariano. Baste observar lo que los republicanos, los mismos que bloquean su presidencia en el Capitolio, dijeron del fallecido presidente de Venezuela.
El titular de la comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, el representante por California Ed Rolyce, escribió en un comunicado que «Chávez fue un tirano que forzó a su pueblo a vivir con miedo. Su muerte merma la alianza de líderes izquierdistas anti EE UU en Sudamérica. ¡Qué alivio!»
La republicana por Florida Ileana Ros-Lehtinen no se quedó muy atrás, y en otro comunicado anotó que la muerte «del dictador venezolano» es una «una oportunidad» para que Venezuela recupere «la democracia y los valores humanos» y celebró «el fin de su tiranía».
Al sur del continente circuló en la web un texto de Victor Hugo Lettieri que vale la pena reproducir. «No hizo ninguna guerra, no invadió ningún país, no tiró ninguna bomba nuclear, no tuvo ningún Guantánamo, no robó ningún recurso natural, no cerró las fronteras, no le impuso ningún bloqueo comercial a otro país, no cerró el Congreso, ni prohibió a los partidos opositores, no secuestró, ni torturó, ni asesinó, ni se apropió de los hijos de sus enemigos, no fusiló a quienes le hicieron el golpe de Estado de 2002, ni clausuró Globovisión, el principal canal opositor que alentó el golpe. Pero cometió el imperdonable pecado de quitarle el manejo del petróleo a EE UU, redistribuir el ingreso con los sectores más pobres, darles educación, salud, trabajo, vivienda y la osadía de ganar 14 elecciones libres, democráticas y sin fraude. Esto lo convierte en un temible dictador.»
Para demostrar que aquí también se cuecen habas, tal vez un artículo de Emilio Cárdenas haya sido el que más virulencia destiló en estos lares. Nacido Emilio Jorge Cárdenas Ezcurra, emparentado con la familia de la esposa de otro «dictador», Juan Manuel Rosas, y educado en el Colegio Marista de Champagnat, el hombre es un liberal a la manera argentina. Esto es, privatista a ultranza y defensor de un concepto de democracia que abomina de todo populista bien nacido, incluso a su lejano pariente estanciero. Simpatizante por lo tanto de regímenes que no dudaron en fusilar o desaparecer personas en distintas épocas de nuestra historia sin ir más lejos.
Algo más acá en el tiempo, Cárdenas fue socio del estudio letrado de Juan Carlos Cassagne, quien asesoró a Roberto Dromi en las privatizaciones. También tildó de cleptocracia (gobierno de ladrones) a la administración de Carlos Menem. Pero no dudó en aceptar el cargo de embajador permanente de Argentina en la ONU, entre 1992 y 1996. Y se presenta con ese «ex» cargo como el principal mérito en su carrera, que incluye asesorías y representaciones de entidades financieras internacionales.
Sobre Chávez escribió una columna en el diario La Nación bajo el título de «Un líder de mil perfiles». Una pincelada acerca de esos mil perfiles según Cárdenas: «Hay ciertamente muy distintas formas de recordarlo. Como déspota revolucionario; populista pragmático; obsesivo del poder, con una sed que sólo apagara la muerte; caudillo autoritario; encantador de serpientes; generador genial de esperanzas; revanchista insaciable (…) Con un discurso irrespetuoso, agresivo, descalificador e intolerante a la vez, dividió a su pueblo y a la región toda, como nunca hasta ahora (….) concentró todo el poder institucional en sus manos y sometió a la justicia; restringió la libertad de expresión e información, y renunció a la protección de los derechos humanos y de las libertades individuales que contiene el Pacto de San José de Costa Rica, lo que –a nivel regional, por cierto– no es muy diferente a darle la espalda impunemente a la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos (…) Dejó al irse un legado que, para algunos, puede resultar atractivo y que para otros es tan sólo una expresión de su vértigo por la omnipotencia con el perfil típico de los dictadores».
Unas palabras de Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas…, también son furor en la web. «Es un curioso dictador (Chávez). Ganó ocho elecciones en cinco años. Y ahora, recientemente, se sometió a un referéndum en el que preguntaba a los venezolanos si querían el modelo de Estado que él proponía. (…) Y ganó con el 60%. Uno enciende la televisión venezolana y lo primero que ve es a miles de »periodistas» diciendo que en Venezuela no hay libertad de expresión. Uno enciende la radio venezolana y hay miles de »periodistas», analistas, opositores de Chávez, diciendo que allí no hay libertad de expresión. Y uno abre el diario venezolano y hay un título enorme que dice: Aquí no hay libertad de expresión (…) Extraña dictadura y extraños demócratas».
Qué no daría Obama por atreverse a encerrar a republicanos y demócratas en una habitación sólo para que pensaran en las consecuencias que los recortes presupuestarios tendrán para la vida de millones de personas en Estados Unidos.
Tiempo Argentino, 8 de Marzo de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 6, 2013 | Sin categoría
Era el único que podía derrotar a Hugo Chávez, y lo terminó doblegando. El hombre que enalteció los mejores ideales de un pueblo y despertó los de una región entera no pudo más. Como para demostrar que era humano, demasiado humano, sucumbió ante la enfermedad. Se fue antes de tiempo, con la obra avanzada pero aún por concluir. Como otros en la historia de este castigado continente.
Pero no se fue como Bolívar, solo y desencantado por la vileza de algunos de sus contemporáneos –más proclives a la traición que a la construcción– a los 47 años, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, de la actual Colombia. Sintiendo que había arado en el mar.
Tampoco se fue como San Martín, que prefirió retirarse a Boulogne Sur Mer antes que inmiscuirse en una guerra fratricida fruto de miserias humanas no muy diferentes a las que acosaron al libertador venezolano. Ni como Artigas, que eligió terminar sus días en el Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia antes que levantar sus armas contra hermanos rioplatenses.
Chávez murió luego de haber triunfado 13 veces sobre sus adversarios, a esta altura convertidos en enemigos repletos de odio. En elecciones impecables y por diferencias incontestables, como para desmentir a esos que lo tildaban de autoritario y antidemocrático y que pintaron una imagen de monstruo moderno capaz de las mayores iniquidades.
Poco importa ahora lo que digan aquellos que confiaban más en la acción de las células malignas que en propuestas convincentes para lograr el amor de las mayorías. Porque en realidad lo único que tienen para ofrecer es para pocos y de mala forma. Cosa que los pueblos, en su perspicacia, no ignoran. Ellos, los que ahora brindarán por su muerte, no serán llorados ni llenarán de tristeza las calles. Ni encontrarán una línea amable cuando se escriba la historia de estos días.
Chávez no aró en el mar. Y así como otros movimientos políticos de la región encontraron el líder que continuara con ese proceso de cambio, también Venezuela tiene un semillero de dirigentes preparados para continuar la obra iniciada con la Revolución Bolivariana.
Mientras tanto, la derecha y los poderes ligados al establishment apostarán a la división interna en el chavismo. Saben cómo hacerlo, también ellos son bicentenarios en su infamia. Conocen los poderes del mundo dónde apretar las clavijas para intentar socavar la fe de una sociedad en su destino común. De otro modo, el ideal de la Patria Grande se hubiese construido hace mucho y sin derramar sangre inútilmente.
Pero detrás del gobierno venezolano no sólo está un país sino un continente encolumnado en los países de CELAC, su creación póstuma. La Unasur, que creció de la mano de Néstor Kirchner ya había dado muestras de su eficacia cuando logró sentar al flamante presidente colombiano Juan Manuel Santos con Chávez para evitar una guerra promovida por la derecha más reaccionaria.
Esas instituciones ahora más que nunca deberán velar por mantener firmes las convicciones y solidificarse en las propuestas de soberanía popular. Pocas veces en estos 200 años hubo tanta certeza de que la integración es posible y de que para evitar un retroceso es necesario mantener la unidad.
Queda en el poder Nicolás Maduro, un ex dirigente sindical del transporte que ahora va a poder demostrar de qué madera está hecho. Un líder que, como decía Napoleón, tenía el bastón de mariscal en la mochila para hacerse cargo de la situación cuando fuera necesario.
Chávez lo ungió desde la escalerilla del avión que lo llevó a La Habana. Cuando ya pensaba que podría no volver a ocupar la presidencia y pidió que lo votaran en su remplazo. Ahora podrá demostrar por qué es el elegido.
El continente también deberá estar a la altura del desafío que planteó el presidente bolivariano cuando en 1999 llegó por primera vez al Palacio de Miraflores para romper con el pasado. La región también deberá demostrar de qué madera están hechos estos pueblos y no dar pasto a los caranchos que sobrevuelan desde hace tiempo con los más diversos ropajes.
Tiempo Argentino, 6 de Marzo de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 1, 2013 | Sin categoría
Estos no son días fáciles para mí», se sinceró Benedicto XVI en su primera aparición pública un par de días después de sorprender al mundo con el anuncio de su renuncia al trono de Pedro. Fue el primero en hacerlo en 600 años de historia y el primero, además, que deja un cargo –que se supone divino– por problemas terrenales más propios del hombre, como la salud y la edad, desde que la Revolución Francesa decapitó a un rey para instaurar la república moderna. Todo un símbolo en una institución absolutista como el Vaticano, donde un centenar de cardenales deciden quién de entre ellos cargará con el sayo y regirá sin revisión de sus actos, en principio, en forma vitalicia. Un Estado donde desde hace casi 35 años el ala más conservadora de la Iglesia cortó la cabeza a todo vestigio de progresismo de la mano del religioso alemán que deja, técnicamente hablado, la sede vacante.
Es que Joseph Ratzinger fue el continuador de un proyecto de restauración que inició el polaco Karol Wojtyla en 1978, y lo acompañó como artífice de ese gran proceso conservador en la Iglesia Católica que, entre otros laureles, se jacta de haber sepultado los avances del Concilio Vaticano II. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Inquisición, desde la publicación en 1986 de un documento lapidario sobre la Teología de la Liberación, fue acorralando a toda una línea de pensamiento surgida como respuesta de la religión frente a un mundo que se planteaba cambios estructurales de fondo cuando no una revolución lisa y llana.
La prueba más contundente de esa posición la padeció el notable intelectual y teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los teóricos más prominentes de esa forma de interpretar la Biblia, al que le prohibió que diera clases y luego que escribiera, hasta que lo terminó forzando a abandonar los hábitos. El prolegómeno que hizo que otro centenar de curas e intelectuales de su misma tendencia lo siguieran. «Ha hecho que muchos no sientan más a la Iglesia como un hogar espiritual», resaltó el brasileño al conocer la noticia.
Boff adelantó al mismo tiempo lo que seguramente será tema de debate en el concilio que deberá llegar a una fumata blanca para anunciar al nuevo sucesor de Pedro, el papa que tendrá el número 266 en la lista oficial de ocupantes del trono vaticano. «Su proyecto (el de Ratzinger) era una Iglesia al viejo estilo, hacia adentro y con el objetivo de la reevangelización de Europa. Nosotros consideramos que eso es ineficaz y es una opción por los ricos, un proyecto equivocado».
Mucho se escribió en los días posteriores al sorpresivo anuncio, que dejó boquiabiertos a quienes no supieron leer entrelíneas algunas señales que ya venía enviando el obispo alemán que alguna vez integró las juventudes hitlerianas. Ahora que las cartas están sobre la mesa, no son pocos los analistas que caen en la cuenta de que algunos mensajes que parecían reflexiones ecuménicas no eran más que indicios seculares de que un papa podía tranquilamente dejar su cargo para dejar paso a otros, «con más fuerza», para continuar la obra.
Y en esa senda se inscriben los pasos posteriores de Ratzinger, quien fue un académico de fuste en la Universidad de Ratibona, según reconocen el propio Boff y otros de sus condiscípulos. Cuando llegó a un lugar de poder, en su caso la sucesora de la Inquisición, no dudó en aplicar las medidas más drásticas y hasta crueles contra ese grupo otrora influyente de curas seguidores del espíritu del Concilio Vaticano II, que habían comenzado una obra de recuperación de los valores cristianos y de modernización de viejas concepciones anquilosadas en una institución dos veces milenaria que tardó, por dar un ejemplo, cuatro siglos en excusarse por el trato dado al trascendente astrónomo italiano Galileo Galilei.
Hombre clave
Haciendo un poco de historia, conviene recordar que el primer papa no italiano que se puso la tiara pontificia en 300 años, Carol Wojtyla, llegó a la cumbre cuando comenzaba a despuntar el escándalo del Banco Ambrosiano, la entidad crediticia que manejaba los fondos de la Iglesia. Es que la sospechosa muerte de Juan Pablo I, a 33 días de su llegada al trono, en 1978, siempre apareció vinculada con los oscuros manejos del dinero vaticano, una fortuna imposible de dimensionar.
El obispo polaco también resultó el hombre adecuado en un momento clave de la guerra fría, cuando las dictaduras latinoamericanas –en muchos casos avaladas por la curia romana– habían hecho el trabajo sucio contra todo vestigio izquierdista en la región, en Gran Bretaña desplegaba su neoconservadurismo más ortodoxo Margaret Thatcher y se avecinaba la vuelta de los republicanos en Estados Unidos de la mano de otro ultraconservador y ferviente anticomunista como Ronald Reagan.
Un sacerdote polaco, carismático y de 58 años –es decir, joven para los parámetros vaticanos– permitiría una lucha frontal con la Unión Soviética en una trinchera que se mostraba resbaladiza como Polonia, país predominantemente católico y con una historia conflictiva con Moscú, que, además, por esa misma época, veía el crecimiento político de un líder sindical opositor como Lech Walesa.
Juan Pablo II fue el adalid de esa cruzada contra el comunismo y en los días más críticos de la debacle del sistema soviético, mantenía reuniones habituales con el entonces jefe de la CIA, William Casey, para cambiar información y diseñar estrategias.
Pero para «limpiar el mundo» de todo vestigio progresista hacía falta también barrer dentro de la propia iglesia. Para eso nadie mejor que Joseph Ratzinger, el arzobispo de Munich que mantenía elevados lauros como teólogo e intelectual, pero también con antecedentes como hombre conservador en un ambiente puritano como el de la Alemania que en pocos años habría de reunificarse. Es que lidiar con gente de refinada preparación y sólidos conocimientos sobre la fe como los tercermundistas no era tarea para improvisados y Ratzinger era uno de los pocos en la cúpula a la altura del desafío.
El «inquisidor» cumplió su tarea a las mil maravillas y para cuando Juan Pablo II moría, la Teología de la Liberación era cosa del pasado. Entre el polaco y el alemán habían dado una vuelta de campana y el nombramiento del que sería Benedicto XVI fue una muestra de que el ala conservadora había ganado la partida de un modo categórico.
Lo que no se esperaba el papa que asumió en abril de 2005 es que estallarían tantos conflictos latentes durante el anterior reinado. Conflictos que habían quedado tapados un poco por el carisma de Wojtyla y otro poco porque los tiempos fueron cambiando en estos 8 años y ese retroceso en la Iglesia fue forjando también un descrédito cada vez mayor entre los propios fieles.
Como sea, el escándalo por lavado de dinero en las instituciones bancarias vaticanas continúa, ahora por otros medios. Asimismo, las filtraciones de secretos romanos a la prensa por su mayordomo privado, Paolo Gabriele, desnudaron una trama de lucha por el poder dentro del Instituto para las Obras de Religión (el banco eclesiástico) digno de los mejores filmes de Francis Ford Coppola.
Aunque seguramente el peor de los escándalos que salieron a la luz en estos años haya sido el de los extendidos y abrumadores casos de pedofilia que dejaron un saldo de cientos de denuncias, millones de dólares gastados en reparaciones judiciales y extrajudiciales y que reveló una red de ocultamiento que llega hasta el propio Ratzinger cuando era obispo e incluso en sus primeros tiempos de papado.
Dijo el propio Boff en una entrevista en la que alabó la decisión de dejar el trono como gesto de racionalidad, que el período de Benedicto XVI no dejará huella en la historia de la Iglesia católica. Pero tal vez se equivoque. Este horror no será fácil de olvidar para millones de feligreses, muchos de ellos también víctimas de abusos sexuales en su infancia.
Supremo elector
Al renunciar, Ratzinger pone distancia con esas denuncias e incluso aparece como abrumado por haber tenido que enfrentar tamaña responsabilidad. Pero tamabién se convierte en el gran elector en bambalinas de su sucesor y custodio de la fe desde un cargo todavía a definir pero inédito en la iglesia moderna, como ex papa.
Si por algo se caracterizó la gestión de los dos últimos representantes de Pedro, es por haber designado un cuerpo de cardenales tan inclinado a la derecha que puede decirse sin que suene a sátira que la elección será entre los conservadores y los muy conservadores.
Los capacitados para votar son unos 120 cardenales que tienen menos de 80 años. No parecería que estén pensando en los grandes desafíos para el futuro de la Iglesia que el alemán afirma tomar en cuenta en su renuncia. Entre estos está el desafío de un mundo cambiante que no ve como una muestra de santidad el celibato sacerdotal y que aún tiende a considerarlo parte del problema sexual que atraviesa la institución. Un mundo en el que avanza el casamiento igualitario y el uso de anticonceptivos más allá de lo que digan los sacerdotes y que a la vez reclama una posición más firme ante injusticias y desigualdades económicas o sociales. Donde además se extiende otro tipo de confesiones cristianas de corte evangélico que le van quitando adeptos.
No es casual quizás que el reinado «benedictino» haya coincidido con la crisis financiera que acosa a Estados Unidos y Europa, tampoco que Alemania se haya convertido en el motor de las posiciones más ortodoxas entre los países del euro y que fuerza a combatir estos tiempos de recesión con las recetas que Reagan y Thatcher vinieron a imponer cuando despuntaba el reinado del Juan Pablo II.
Si Wojtyla fue el adalid en la lucha contra el comunismo y del progresismo católico, Benedicto seguramente quedará como el ícono del proyecto de centralismo germano en Europa. Su dimisión podrá leerse como símbolo de otros tiempos que sólo el Espíritu Santo sabe si serán mejores para quienes piden una iglesia más cerca de la gente.
Revista Acción, 1 de Marzo de 2013
por Alberto López Girondo | Mar 1, 2013 | Sin categoría
Hay una frase que Miguel Mora, corresponsal del diario español El País, atribuye a dirigentes del Partido Democrático de Italia: «La Tercera República ha empezado». Interesante postura para cuando las encuestas daban ganadora por varios puntos a esta agrupación sucesora del otrora poderoso partido comunista italiano y que la realidad se encargó de desmentir. Es que los comicios dejaron un escenario más inestable del que pretendía combatir Mario Monti cuando percibió que sin el apoyo del inefable Silvio Berlusconi no podría gobernar y presentó su renuncia a la presidencia del Consejo de Ministros.
De haber logrado el resultado que preveía, el líder del PD, Pier Luigi Bersani -el único candidato genuinamente político que se presentó a las elecciones- hubiese cambiado el incierto rumbo por el que transita Italia desde que hace dos décadas la causa llamada Mani Pulite provocó un vendaval del que emergió una Segunda República. Que a su vez había surgido de las cenizas de esa otra que, tras el asesinato de Aldo Moro, estaba moribunda desde 1978.
Las urnas dejaron dos árbitros que, en rigor de verdad, son síntomas de este desconcierto político que padece Italia en forma endémica. El cómico Beppe Grillo ya dijo que no piensa apoyar a Bersani, al que llamó sin tapujos «el muerto que habla». El humorista se presenta como el candidato de la no política, como un ciudadano que pretende soluciones para la gente común. Logró aunar detrás de su particular modo de convocatoria –principalmente la red Internet, pero en lugares donde la web es un exotismo, el cara a cara- al «hombre de a pie» que está harto de escándalos, recortes presupuestarios y falta de horizontes para su propia vida.
El diario alemán Süddeutsche Zeitung fue especialmente corrosivo al decir que «dos cómicos se han presentado a los comicios y son premiados por sus gritos calumniosos». Porque incluía a Berlusconi, que para los votantes más jóvenes podría pasar por un político consumado ya que fue tres veces primer ministro, pero sin embargo fue el «antipolítico» que surgió de la debacle provocada por el fiscal que investigaba la corrupción en el sistema político, en 1994. El otro aspirante, el renunciante Monti, se presentaba como el tecnócrata destinado a terminar con el caos económico que generan los políticos «con sus medidas populistas».
Haciendo un poco de historia, la primera República Italiana surgió de las cenizas del estado fascista, a fines de la Segunda Guerra. Nunca fue un sistema muy estable, pero como decían los analistas, funcionaba aceptablemente porque a los avatares de Roma, donde se cocinaba el caldo político, respondía la riqueza generada en Milán, el eje de un territorio industrializado más cercano a los estándares alemanes.
Pero Italia era un campo de batalla privilegiado en la Guerra Fría. Con un poderoso Partido Comunista –el más importante del llamado Occidente– solo la Iglesia Católica y la Democracia Cristiana podían contrarrestar esa tendencia peligrosa para el establishment y sobre todo para Washington. El norte industrial también era el principal bastión de la izquierda. En el sur, en cambio, se asentaba la mafia, de modo que las denuncias de connivencia con la DC para terminar con los «rojos» eran permanentes.
Un personaje sabía navegar estas aguas agitadas: Giulio Andreotti, quien desde la DC digitó los manejos políticos por décadas. Otro líder democristiano, Aldo Moro, resultaría víctima de ese sistema de alianzas y contrapesos, a pesar de ser un hábil negociador. Y precisamente por esa virtud. Porque en marzo de 1978, mientras en América Latina los dictadores militares ya habían cometido la mayoría de sus crímenes bajo la mirada condescendiente del entonces secretario de Estado Henry Kissinger, Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas, una agrupación de izquierda radicalizada.
Moro –que había sido dos veces premier-– fue levantado cuando iba a una sesión en el Congreso en que se le iba a dar el voto de confianza a un gobierno dirigido por Andreotti pero con apoyo del PCI, en el marco del acuerdo entre democristianos y comunistas conocido como Compromiso Histórico. El cuerpo de Moro apareció entre las sedes de ambos partidos en Roma, el 9 de mayo de ese año.
Un par de meses después moría Paulo VI, el Papa que había cerrado las sesiones del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII. Su sucesor, el último italiano en ocupar el puesto, fue Albino Luciani, que con el lema de la humildad y el nombre de Juan Pablo I –en honor a esos dos antecesores- llegó al trono en agosto de 1978 y misteriosamente apareció muerto en su recámara 33 días después, en un caso que siempre levantó sospechas. El 16 de octubre, finalmente, el polaco Karol Wojtyla se convertiría en Juan Pablo II y en el que cumpliría con los planes de Washington para terminar con la «amenaza comunista» en Europa.
Habían pasado cinco años de la firma de los acuerdos que sellaron la derrota de EE UU en Vietnam y la lucha contra todo lo que oliera a comunismo era sin cuartel. Según el autor suizo Daniele Ganser, existió una Operación Gladio, una red clandestina financiada por la CIA. A ella se atribuye atentados como el que le costó la vida a Moro. El objetivo del crimen, según esta versión, era torpedear acuerdos que podrían haber blanqueado al PCI –que había sacado 34% de votos en 1976 y aspiraba a más- pero que también hubiesen estabilizado a Italia.
La viuda de Moro relató más tarde un encuentro de su marido con Kissinger y un agente de la CIA. «Debe abandonar su política de colaboración con todas las fuerzas políticas de su país… o lo pagará más caro que el chileno Salvador Allende». Hay quienes inscriben en este mismo esquema a la muerte de Luciani, que pretendía profundizar el Concilio y no clausurarlo bajo una lápida como hizo Wojtyla.
En 1992, el fiscal Antonio di Pietro descubrió una extensa red de corrupción que enredaba a los principales partidos políticos en maniobras ilegales con los conglomerados industriales más importantes y los distintos grupos mafiosos del país. La Operación Mani Pulite (Manos Limpias) fue otro terremoto para la vida política italiana. Pero la Tangentópolis (la ciudad de la coima) salpicó a todos menos a un empresario exitoso que no venía de la rama industrial sino que era propietario de medios de comunicación y tenía intereses en un equipo de futbol, el Milán, competidor de la Juventus de los Agnelli, dueños de la automotriz Fiat. Se trataba, claro está, de Berlusconi, quien desde 1994 cubriría la vida política italiana con su impronta escandalosa.
Il Cavaliere no es más un outsider que promete buena gestión como empresario lleno de dinero, y sí un impresentable para esta nueva era en Europa. Por eso el candidato del mundillo de las finanzas era Monti, que no por nada había integrado el staff de Goldman Sachs y había sido Comisario Europeo. Era el hombre de confianza de los organismos internacionales pero su falta de carisma resultó fatal y apenas logró superar el 10% de los votos. La chanza de que es Mario Mortis que lanzó Grillo no suena exagerada.
La Italia de estos días se parece mucho a la Argentina de hace diez años. Cuando luego de un gobierno integrado por tecnócratas que venían a arreglar los despilfarros de los políticos (De la Rúa tuvo cinco economistas ocupando cargos de ministros en su primer gabinete) vendría una elección en la que Menem ganó apenas, pero dejó el lugar a Néstor Kirchner, que tenía muy poco.
Bersani quedó a la cabeza también con muy poco. ¿Podrá ser el político capaz de reconstruir a la política como una herramienta de cambios en Italia? ¿Podrá fundar una Tercera República desde ese tan poco? ¿Qué tendrá que ver todo esto con un Papa que deja el Vaticano en helicóptero luego de haber renunciado?
Tiempo Argentino, 1 de Marzo de 2013
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