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Hay gestos y situaciones que determinan escenarios. Y el triunfo de Mauricio Macri es uno de esos momentos clave en la historia de las naciones. Luego de 12 años de un avance trascendente en el proceso de integración latinoamericana, llega al gobierno de un país clave como la Argentina el candidato de todos los opositores a la unidad regional. Desde Aecio Neves en Brasil hasta Henrique Capriles en Venezuela.
No por casualidad el ex presidente chileno Sebastián Piñera fue de los primeros en celebrar el resultado del comicio local. “Abre nuevas esperanzas para que Argentina supere largo periodo de confrontación y estancamiento” escribió en su cuenta de Twitter. Desde la misma red social fueron los kelpers quienes celebraron una nueva gestión que, auguran –y sus razones tienen- más amigable con la permanencia de las Malvinas como colonia británica.
Para el resto de los países sudamericanos el clima de fiesta en el búnker del PRO es un augurio de tiempos de retroceso. Es clave el resultado de las elecciones en Venezuela del 6 de diciembre para ver en los papeles lo que en los análisis trasluce como un dato relevante para el futuro de los habitantes de este puñado de naciones con más de 200 años en busca de la independencia definitiva.
En tal sentido, resulta interesante examinar los últimos pasos del futuro presidente argentino antes de este comicio. Porque hay allí toda una simbología que permite avizorar qué se trae entre manos. Y el cierre de su campaña fue en Humahuaca, luego de cumplir el rito de la Pachamama en Huacalera, Jujuy. Hagamos un poco de historia.
Alejandro Danel había nacido en Francia y fue un militar de esos que se excitaban con el olor a pólvora. Era uno de los oficiales que Bernardino Rivadavia había convencido de venirse al Río de la Plata a desplegar su experiencia bélica junto a los jóvenes patriotas. En la guerra contra el Brasil se hizo ladero de Juan Galo de Lavalle en el primer Escuadrón del Regimiento de Coraceros.
Lavalle, como se sabe, ordenó fusilar a Manuel Dorrego el 13 de diciembre de 1828. Dorrego era el enemigo de los unitarios no tanto por federal como por su talante de caudillo popular y latinoamericanista. Ernesto Sabato escribió la saga de su derrotero culposo luego de aquel crimen en el “Romance de la Muerte de Juan Lavalle”, musicalizado por Eduardo Falú.
Perseguido por tropas federales, Lavalle fue muerto en San Salvador de Jujuy en octubre de 1841. La soldadesca que se mantenía a su lado llevó el cuerpo hacia el norte y cuando urgía hacer algo con su cadáver, decidió descarnar los restos, poner el corazón en un frasco con aguardiente y trasladarlo hasta Potosí, Bolivia. Danel fue el encargado de la tarea, en un arroyo en Huacalera, cerca de Tilcara.
Macri justificó su acto de cierre allí porque quería tomar «la energía del lugar y de su gente». “Cuando vinimos hace 15 días en la caravana descubrimos lo maravilloso que es la Quebrada de Humahuaca”, se sinceró Juliana Awada, su esposa. Muchos ironizaron con que habrá sido la primera vez que probó el sabor de las hojas de coca, parte del rito milenario de los pueblos originarios.
Simbólicamente esa gesto tiene un impacto revelador. Luego de 12 años de un gobierno que reivindicó a Dorrego, Macri dio señales de que otro será el rumbo de la Argentina. Del “Loco Dorrego”, como tituló Hernán Brienza, a “La espada sin cabeza”, como Esteban Echeverría bautizó a Lavalle.
Uruguay nació en aquel entonces como un estado tapón entre Argentina y Brasil. Luego vendría la destrucción de Paraguay en 1860, las guerras entre Chile y Bolivia en 1879 y la de Paraguay y Bolivia, ya en el siglo XX. Los gobiernos progresistas de América Latina construyeron en esta década un continente de unión, paz y progreso. Macri cuenta entre sus amistades a Álvaro Uribe, pero Juan Manuel Santos es el promotor de la paz con las FARC en Colombia. ¿De qué lado se ubicará en esta encrucijada histórica?

 

Tiempo Argentino
Noviembre 23 de 2015