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Alguna vez el sociólogo estadounidense James Petras, tratando de entender cómo razonaban las cúpulas económicas argentinas, mantuvo un encuentro con el entonces titular de la UIA, Elvio Coelho. Fue en 1971 pero tranquilamente la respuesta podría explicar el golpe de 1976, el menemismo y ahora el macrismo.

JP-¿Por qué no se lanzan a la industrialización como en Brasil?

EC- Porque los sindicatos son demasiado fuertes y eso nos llevaría a una guerra civil.

JP- Pero, ¿porqué no lo intentan?

EC-Porque podemos perder.

Esa misma respuesta podría dar hoy la oligarquía brasileña. Con tal de someter a las masas obreras luego de gobiernos «trabalhistas», no dudan den destruir a la industria y con ella a lo que sería la «burguesía nacional».

Es que Brasil -que no dejo de industrializarse ni con la dictadura que ocupó el poder entre 1964 y 1984-  aún con el Plan Cóndor mantuvo un perfil desarrollista que convirtió al país en una potencia mundial.

Sobre ese perfil se montó Lula da Silva para hacer acuerdos con un sector del establishment más nacionalista, en el que también entraba la burocracia de Itamaty, la cancillería que a lo largo de la historia parecía haber encontrado el modo de que Brasil ocupara un lugar bajo el sol sin enfrentarse a los imperios. Este esquema tripartito lo conformaban también las fuerzas armadas como un pilar esencial para el despegue brasileño. De hecho hace apenas un lustro Brasil pujaba por un asiento permanente en Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Así crecieron los grupos que ahora están en la mira. No es casual que Odebrecht, Camargo Correa y el grupo Batista aparezcan denunciados por la justicia y por la prensa, asociada sin empacho al poder financiero.

Tampoco es casual que el viernes Michel Temer haya tenido que reunirse con el titular del ejército, general Eduardo Villas Boas. Le pidió apoyo pero también tuvo que dar explicaciones.

Se sabe que hay descontento entre las fuerzas armadas por el anuncio de operaciones conjuntas en Amazonas por primer vez en la historia con tropas de Estados Unidos. Se trata de un territorio que apetece a las grandes potencias desde tiempos inmemoriales y que para el imaginario brasileño representa valores como los de Malvinas para los argentinos.

Con tal de que nunca más haya un Lula da Silva, parece que la oligarquía brasileña acepta pagar también ese precio.

Tiempo Argentino
Mayo 20 de 2017