López, González, Pérez, Fernández, son apellidos extendidos en todo el mundo y sinónimo en estas regiones de un tipo común y silvestre. Un López, un Pérez, un Rodríguez incluso, es como decir un cualquiera.
No me gusta mucho hablar en primera persona, pero casi toda mi vida tuve una sensación ambigua en relación con el López paterno. Porque el doble apellido, en el barrio donde me crié, sonaba a garca. Y para alguien que vivía en un conventillo de Pepirí y Famatina, olía a pretencioso, a querer cagar más alto que el culo. Pero avanzada mi carrera periodística llegué a la conclusión que el López se pierde en los pliegues de un diario o de una página web. Hay más recordación de un López Girondo, a pesar de que siempre hay que aclarar “no, nada que ver con Oliverio”. Y ese es el poco capital que tiene un periodista.
No es la primera vez, de todas maneras, que uno se ve en la obligación de enfrentar las cargadas. “Lopecito, lo pesito que te llevaste”. Y no, cada pesito que me llevé me lo gané en buena ley, y pago todos mis impuestos, y no tengo guita en Panamá, ni en Bahamas, ni en Caimán. Ni siquiera en Buenos Aires, para decirlo de una buena vez.
Todo esto para ahora si hablar del López que quiso esconder más de 8 millones de dólares en un convento. Un personaje lamentable que un par de días más tarde fue un tanto opacado por un Pérez, que se adosó un Corradi quizás porque le parecía poco, tratándose de un tipo que se presentaba como financista y quería presumir.
López enchastra con su gesto final y sus acciones durante 12 años a todo un proceso político que tuvo no pocas virtudes. Pérez Corradi es un personaje clave para develar oscuras redes del narcotráfico en el marco de un triple homicidio que espeluznó a la sociedad. Y puede arrastrar, sueñan en el macrismo, a un Fernández, Aníbal. Igual que López -desean, necesitan, apuestan-podría implicar a otra Fernández, Cristina, en una trama de corrupción y dinero mal habido.
No me preocupan demasiado ni López ni Pérez ni Fernández. A cada uno los juzgará la justicia de los hombres, que en nuestro país no es garantía de mucho, y la justicia divina si es que les llega. La historia los pondrá en su lugar, como suele hacer siempre.
Me preocupa más lo que dijo un González, que se agregó un Fraga porque en el mundo en que se mueve un solo apellido -y más cuando es uno que invita al Gonzalito a secas- no es buena inversión. Javier González Fraga, por si alguien no lo ubica, fue dos veces presidente del Banco Central, cargo al que llegó en 1989 y en 1991. Salió expelido de ese sillón en el contexto de las dos hiperinflaciones, que sirvieron para justificar el modelo de convertibilidad como la única salida a la destrucción de la moneda nativa. Durante todo el período posterior se consolidó un modelo de exclusión que destruyó millones de puestos de trabajo al que el ex funcionario no fue ajeno.
González Fraga volvió a estar en el candelero hace unos días, antes de que José López apareciera con los millones en la bolsa y de que oportunamente encontraran otra vez a Ibar Esteban Pérez Corradi en Paraguay. “Le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal”, dijo sin tapujos a radio La Red. Dejando traslucir, por si hiciera falta, lo que esconde la política económica del gobierno de Mauricio Macri, al que él apoya con fervor.
López y Pérez Corradi, dos personajes menores, al igual que otro López, Cristóbal, o de otro apellido simplote como Báez, Lázaro para más datos, simbolizan ante los medios hegemónicos y una gran capa de la sociedad, lo peor de la corrupción kirchnerista, en la que quieren incluir a todos los que simpatizan y extrañan al gobierno de Fernández, Cristina.
Esa es la gran trampa de todo este entramado en el que esos mismos medios hacen malabares para despegar a Macri, con sus millones en el exterior y sus relaciones empresarias con los aludidos, con sus pies sumergidos en los mismos barros. No es que la corrupción les preocupe porque son Carmelitas Descalzas. La corrupción les sirve para enlodar una política que benefició a millones de Gonzalitos y Lopecitos como el que escribe, que efectivamente compramos celulares, plasmas, autos y viajamos el exterior en estos años.
La trampa es pretender que nosotros, que nunca nos llevamos un pesito en forma deshonesta, nos sintamos culpables de lo que logramos en estos años. Que nos sintamos culpables de creer que eso que disfrutamos nos corresponde como un derecho. Que sintamos que somos cómplices de personajes corruptos o de crímenes horrendos.
Y no muchachos. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Tengo derecho a las mismas cosas que ustedes, Javier, Mauricio y todos los que ponen boquita de indignados como si sus fortunas no tuvieran un origen espurio como todas las que en el mundo han sido. Y si apoyamos a CFK es porque en este período hemos sido partícipes de esos derechos que ustedes están queriendo cercenar.
Y a vos José o Ibar Esteban o quienes sigan en la cadena de iniquidades, hacia arriba, hacia abajo o al costado: ustedes y todos los que son como ustedes no valen nada, son seres despreciables. Pero qué útiles que resultan para enmierdarnos a todos nosotros, eh.