Este gobierno, que se presentaba como el que iba a sellar la «grieta» en la sociedad argentina, no mostró hasta ahora sino una peligrosa inclinación a profundizar abismos en las relaciones internacionales. Y mientras se presentaba en campaña como continuador de las cosas bien hechas del período anterior y deslizaba la necesidad de respuestas no ideologizadas en todos los ámbitos, se revela como uno de los más ideologizados en los foros exteriores. El papel que el país representó en la IV Cumbre de la Celac en Quito es otra manifestación de esa cuña que el gobierno de Mauricio Macri pretende incrustar en la región y que ya había asomado en el encuentro del Mercosur en Paraguay.
Vayamos a lo concreto: al volver del Foro de Davos, el presidente se jactó de que Argentina «volvió a hablar con el mundo». Lo acompañaron en el festejo sus principales voceros mediáticos, asentados en la vieja retahíla de que en estos años la Argentina permaneció aislada o viviendo en alguna suerte de limbo internacional. Cosa que la realidad desmiente.
Nadie duda de la necesidad de que el país se inserte en el concierto de las naciones. El caso es cómo y para qué. Esto es, para defender qué intereses y con qué objetivos. Porque detrás de las fronteras hay diferencias y amenazas que no se resuelven con marketing político. El mundo actual es un sitio lleno de incertidumbres y riesgos y no el espectáculo brillante de un parque de Orlando.
No es la primera vez que la dirigencia vernácula se plantea la disyuntiva de donde poner sus fichas para encontrar un lugar bajo el sol. Resulta ilustrativo ver que la clase dominante insiste en los mismos caminos, desde la deuda con la banca Baring en tiempos de Bernardino Rivadavia y la sumisión al imperio británico que terminó en el genocidio del pueblo paraguayo en la época de Bartolomé Mitre.
Es bueno recordar estas referencias por varias razones, entre ellas el contexto internacional y la posición de Brasil en cada momento pero sobre todo por un detalle anecdótico en momentos en que la actual administración decidió no poner «próceres» en los billetes de la moneda nacional. Porque alguna vez Rivadavia estuvo presente en el papel de un austral, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y Mitre lo está en el de dos pesos. Los primeros en ser devorados por la inflación y que hoy casi son piezas de coleccionistas.
Como se sabe, Rivadavia inauguró el endeudamiento argentino y tuvo que huir del gobierno luego de firmar una paz inconcebible y sospechosa con el Brasil. Mitre, en otro gran proyecto de inserción global, se asoció en cambio con el imperio brasileño para destruir el modelo de desarrollo nacional paraguayo. Ambas decisiones costaron sangre, sudor y lágrimas al pueblo argentino y sólo beneficiaron a unos pocos socios de la oligarquía local.
Durante las dos guerras mundiales del siglo XX, Argentina permaneció neutral y en el caso de la segunda solo tomó parte cuando Alemania ya estaba derrotada. La neutralidad de Roque Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen no despertó mayores críticas, pero la de los gobiernos militares del 40 y especialmente la posición de Juan Domingo Perón es objeto de fuertes cuestionamientos entre las clases dominantes. La idea que prima es que ahí empezó la debacle del país, que no habría sabido «leer» el momento como hizo el gobierno de Getulio Vargas, que envió tropas para colaborar con los aliados en Europa y a cambio recibió las bendiciones y todo el soporte del nuevo imperio global para su espectacular desarrollo desde entonces. Entre esos favores figura sin dudas la apertura de la Asamblea anual de Naciones Unidas, que siempre en homenaje a aquel gesto, le corresponde al representante brasileño. Una afrenta al orgullo de una oligarquía acostumbrada a las mieles de su relación con la corona británica.
El odio contra el peronismo tuvo también mucho de exagerado fanatismo por Occidente en plena guerra fría, como para remediar errores pasados. Ni qué decir que entre las primeras medidas de la dictadura de Aramburu-Rojas estuvo el ingreso al FMI y el pedido de créditos. El dictador Leopoldo Galtieri, tildado por los medios estadounidenses de «general majestuoso», creyó que el pago del trabajo sucio que uniformados argentinos realizaban en América Central contra la revolución sandinista sería aceptar la recuperación de las islas Malvinas. La paradoja es que su canciller, Nicanor Costa Méndez, terminó aceptando apoyos del Tercer Mundo, de Muhammar Khadafi, del Perú de Fernando Belaúnde Terry y de Fidel Castro, en una pirueta tan inútil como grotesca.
Tras el interregno alfonsinista -que promovió una solución latinoamericana para la situación en Nicaragua y al mismo tiempo intentó revisar la deuda espuria contraída por los militares con una mirada regional- el gobierno de Menem-Cavallo planteó otro gesto de desborde carnal con EE UU como salida a la crisis de la deuda y la hiperinflación. El envío de naves para bloquear al Irak de Saddam Hussein y la política blanda sobre Malvinas no sirvieron demasiado para evitar la crisis que finalmente estalló en 2001.
Ahora Macri volvió de Davos, el foro de los poderosos, ilusionado con arreglar el tema con los buitres para obtener inversiones y créditos insertando a la Argentina en ese mundo que, no hace falta más que informarse desapasionadamente, se desmorona en varios frentes simultáneos.
Desde 2003 América Latina siguió otro rumbo, tras la fundación de una herramienta alternativa como fue el Foro Mundial Social de Porto Alegre, que nació con la consigna de que «otro mundo es posible». Durante estos años los gobiernos regionales – encolumnados detrás de una sólida relación Argentina-Brasil- crearon instituciones como Unasur y la Celac mediante un esfuerzo por construir consensos en la diversidad, entre las derechas más conservadoras y las izquierdas más rebeldes.
Mucho se avanzó en establecer algunas reglas de comportamiento, como la no injerencia en los asuntos de los otros países, en declarar a América Latina como zona de paz y sin armamento nuclear, y la profundización de las relaciones comerciales. Argentina logró en estos años un amplio apoyo para la causa Malvinas y frente a las amenazas de los fondos buitre.
Así como el gobierno de Macri habla de desideologizar el debate dentro del país, buscó desmalvinizar la relación con el Reino Unido en el encuentro con el premier David Cameron. Y le hace guiños a la derecha estadounidense e israelí en relación a Irán con la esperanza de abrir los grifos para nuevos endeudamientos a la manera rivadaviana. Justo cuando el mundo arregla las paces con Teherán.
En el camino, decidió exagerar el antichavismo y candidatearse como el «campeón» de la vuelta al ALCA. Pero esa estrategia tiene vuelo corto, como se demostró en las alturas de Quito, donde se aprobó un nuevo documento a favor de la recuperación pacífica de las islas, ya una causa continental. Incómodo apoyo que abrumó a la vicepresidenta Gabriela Michetti, quien insistió en su ataque al gobierno de Venezuela como para probar que el macrismo viene para crear una grieta a nivel continental que hasta ahora no existe. A riesgo de romper con una agenda que se dicta en conjunto y no por oportunismo o capricho personal.
El resultado de los otros intentos de inserción en ese mundo de fantasía fue desastroso. No se trata de ideología sino del pragmatismo más crudo. Si la historia demuestra la ineficacia del alineamiento automático y hasta la cancillería brasileña, tan preclara en sus objetivos a largo plazo, lo entendió y formó un club de disidentes con los países BRICS,
¿Cómo se justifica este giro de 180 grados que se le quiere imponer a la política exterior argentina? ¿Es sólo una ideología retrógrada o esa miopía es la máscara que oculta razones más oscuras? Porque el mundo no es un territorio de paz y prosperidad y, además, Argentina limita con los hermanos latinoamericanos, los únicos dispuestos a dar una mano en caso de necesidad.