Son febriles estos días para François Hollande, el presidente francés, que intenta armar una fuerte coalición internacional para combatir a Estado Islámico (EI). Ya había reforzado su amistad con el británico David Cameron y había intentado lo propio con el estadounidense Barack Obama. Ahora se fue hasta Moscú para sumar a Vladimir Putin a ese equipo de estrellas.
El viaje de Hollande representa no sólo la intención de convencer al jugador que cambió el esquema que se venía desarrollando en Siria al iniciar ataques contra la oposición a Bashar al-Assad, sino que busca tranquilizar los ánimos luego del derribo de un avión ruso en territorio turco. Y además, se posiciona como un líder global en momentos en que Estados Unidos no tiene capacidad de respuesta tras los fracasos en Irak y Afganistán.
El tablero regional se viene complicando en las últimas semanas, y todo se aceleró tras la decisión de Putin, acordada con Obama aunque no en forma pública, de atacar desde el aire a los yihadistas en Siria. Allí hay un conglomerado de agrupaciones financiadas desde países occidentales más Turquía y Arabia Saudita que se enfrentan al régimen de Damasco. Pero también figura en la lista de enemigos el EI, que con el tiempo mostró toda su barbarie en la amplia región que controlan en parte de Siria y de Irak y ya dieron muestras de su capacidad de daño en París el 13N. Aliados yihadistas también han golpeado en países africanos y amenazan en otras naciones europeas.
Para complicar más la situación, el martes aviones turcos dispararon contra un caza ruso, elevando al máximo la tensión entre Ankara y Moscú. Al correr de las horas primó la cordura y no hubo que lamentar más incidentes que las protestas airadas del gobierno de Putin y una tenue condolencia –que no disculpas– del presidente Tayyip Erdogan.
La incursión de Rusia en el conflicto era previsible y sólo cabía apostar a cuándo y cómo se produciría. Como se sabe, en Siria está la base militar de Tartús, la única fuera de territorio ruso y un puesto clave para la estrategia militar de aquel país. Integra junto con Crimea, donde está la base de Sebastopol, dos ejes fundamentales para señalar la determinación de Moscú –o fundamentalmente de Putin– para recuperar el rol de potencia que Rusia tiene desde hace más de tres siglos. No iba a dejar sin ayuda a Al Assad y menos ante la perspectiva de una sucesión surgida de la guerra civil notoriamente anti rusa como es fácil de prever si los grupos opositores logran su objetivo.
El bloque occidental, sin embargo, pretendía que Rusia sólo atacara a EI, convertido en el enemigo número uno en los papeles. Putin, en cambio, no hizo distinciones y no dejó de tomar como objetivo a los vehículos que circulaban sobre los territorios controlados por los yihadistas.
El ataque sobre el avión SU24 es entendido por no pocos analistas como una respuesta de la OTAN perfectamente planificada, un mensaje inocultable de que nadie juega con chiquitas en ese escenario peligroso. Los atentados del 13N, a su vez, muestran una escalada de imprevisible final. Por un lado, sumieron a la población de Francia y la mayoría de los países europeos en el terror, como se proponían los autores. Y fomenta respuestas calcadas de las que en Estados Unidos provocó la caída de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001. Es decir, se amplían las capacidades de vigilancia de los organismos estatales en detrimento de las garantías civiles de los ciudadanos.
El escándalo que se armó cuando el analista de la CIA Edward Snowden reveló el programa de espionaje de la agencia NSA es apenas la punta de un iceberg que no será sino ampliado luego del golpe en París. Así lo adelantó el gobierno de Hollande, que ya avisó al Consejo de Europa que «algunas de las medidas introducidas tras los atentados en París probablemente implicarán una derogación de las obligaciones derivadas de la Convención europea de los Derechos Humanos». O sea, que en aras de la seguridad, se sacrificarán algunas de las mejores creaciones de Occidente.
Por otro lado, en un encuentro del premier galo con un grupo de periodistas que buscaban explicaciones de lo que significa la frase «Francia está en guerra», Manuel Valls señaló que «El control de fronteras exteriores es esencial para el futuro de la Unión Europea (…) Europa debe encontrar soluciones para que los inmigrantes sean tomados a cargo en los países vecinos de Siria. Si no, Europa va a poner en cuestión la forma de controlar eficazmente sus fronteras (…) Nosotros debemos evitar una amalgama que es insoportable», se explayó. Hollande desmintió a las pocas horas que la administración socialista estuviese pensando en cerrar fronteras, pero el sincericidio de Valls seguramente no tardará en verificarse.
Putin, mientras tanto, prosiguió con su respuesta diplomática contra el gobierno turco y amenaza con represalias económicas. Ya su canciller Sergei Lavrov había indicado que la inquina de Moscú no era con los turcos sino con sus autoridades. Lavrov es el mismo que cuando estalló la revuelta contra el gobierno ucraniano, que terminó con la renuncia del presidente Viktor Yanukovich, dijo que los europeos parecían aficionados por no haber sabido que la respuesta rusa sería recuperar Crimea.
Ahora el gobierno de Putin directamente acusó a Ankara de estar apoyando al EI y además, de ser el principal comprador del petróleo que se produce en las zonas controladas por los yihadistas. Cuando se pregunta cómo se financia la organización, no hay más que analizar que se sigue extrayendo petróleo en esas regiones y que es llevado en camiones hacia compradores no revelados. Pero hay otro detalle: es muy fácil saber quién compra, porque cada gota del combustible tiene elementos característicos en cantidad y calidad que son particulares de cada sitio, como arenas y azufres varios, sin ir más lejos. Hace algunas semanas el gobierno estadounidense preguntó de dónde salían las camionetas Toyota que los milicianos del EI muestran en las fotos que cuelgan en la Web. Porque son todas nuevitas. O sea, que si se quiere ir al hueso, es fácil encontrar las huellas de quienes financian, abiertamente o no, a los grupos terroristas. Alguien compra el petróleo, alguien vende camionetas, así de sencillo.
Hay otra pata de este intríngulis y es quiénes ingresan a esos grupos como militantes. El Papa Francisco dijo lo suyo al pisar suelo kenyata en su gira africana. «La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación, nacen de la pobreza y la frustración», evaluó, punzante.
No sólo Francia tiene el cuchillo entre los dientes en estos momentos. Y el derribo de un avión podría ser una formidable excusa para iniciar una Tercera Guerra Mundial a las puertas de Europa. Allí mismo donde comenzó la primera. Turquía forma parte de la OTAN y por lo tanto un ataque a su territorio merecería respuesta de sus socios militares. Pero Turquía no logró nunca entrar a la Unión Europea. Siempre se buscaron excusas para dejar al país mirando con la ñata contra el vidrio. Y los turcos se quejan: «¿somos buenos para pelear pero no para ser miembros del mismo club?»
Hay voces que desde el nuevo gobierno argentino, y el propio presidente lo dijo con insistencia, reclamaban reinsertarse en el mundo. La canciller designada, Susana Malcorra, es una mujer con experiencia en la actividad privada, como es el perfil mayoritario de la futura administración local, y acredita varios años en la ONU, por lo que conoce los botones que hay que tocar ante cualquier emergencia.
El riesgo de entrar a ese mundo en crisis es grande, porque podría implicar la compra de una guerra que Argentina no provocó ni tiene nada que ganar con ella. Seguramente ahora estas palabras suenen a exageradas. Pero la experiencia de las relaciones carnales fue dramática para el país, y no solamente en el plano económico.
Tiempo Argentino
Noviembre 27 de 2015
Ilustró Sócrates