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Ewen MacAskill jura no haber imaginado jamás que aquella historia que le llegó un poco de rebote hace tres años y de la que desconfió por muchas razones profesionales, se convertiría en la denuncia más resonante en la historia de los servicios de inteligencia internacionales. MacAskill, 63 años, escocés de nacimiento y miembro del staff del diario británico The Guardian desde 2007, fue uno de los autores de la investigación que llevó a la explosiva publicación de las filtraciones del ex analista de la CIA Edward Snowden que revelaron el sistema de espionaje global de la agencia NSA sobre ciudadanos de todo el planeta. Una operatoria que las administraciones de Estados Unidos extendieron desde los atentados a las Torres Gemelas, el 11 de setiembre de 2001 y que tras los ataques en París del viernes 13 de noviembre se comprometió a replicar el gobierno de François Hollande (ver aparte). Invitado a participar en el encuentro «Cibervigilancia, BigData y Derechos Humanos» organizado por Hacks/Hackers Buenos Aires en el Centro Cultural Kirchner y por la consultora Baufest, MacAskill dijo ante Tiempo Argentino que esta era, en realidad, «es peor de lo que imaginó George Orwell» en su célebre libro 1984, «porque a través de los mails y las comunicaciones saben todo lo que hacemos. Pueden ver los registros telefónicos, seguir a la gente a través de sus propios teléfonos y con los teléfonos como micrófonos, escuchar las conversaciones y con las cámaras de los propios equipos grabar hasta las relaciones sexuales».

-Pero no sólo pueden hacerlo organismos estatales.
-Es cierto, no sólo nos tienen vigilados al máximo sino que saben lo que hicimos y pueden prever lo que pretendemos hacer los bancos, las tarjetas de crédito. A través de las compras que hacemos pueden hacer un perfil exacto de cada uno de nosotros.

En cuanto al caso Snowden, el periodista, corresponsal del área de defensa e inteligencia en el prestigioso periódico británico, contó detalles de cómo Snowden se acercó para contar lo que tenía. «Intentó comunicarse mediante un sistema encriptado, el PGP, con Glenn Greenwald (el otro periodista que integró el equipo del diario) y como él no estaba preparado se conectó con Laura Poitras, una experta en el tema».
Así comenzó una aventura que duró unos seis meses hasta ponerse cara a cara con el analista de Booz Allen Hamilton, subcontratista de la NSA, que a la sazón se refugiaba en un hotel de Hong Kong y que hasta entonces se había identificado como «citizenfour». «Yo pensé que lo que planteaba era algo muy técnico y con poco interés para los lectores. Él decía que era algo grande, pero todas las fuentes creen eso. Sin embargo, a medida que fuimos avanzando en el cruce de datos vimos que si era algo importante», explicó MacAskill.
Hubo dos cuestiones que vale resaltar en todo este proceso: el primer lugar, el periodista señala el alto costo de una investigación como esa, con tres personas a full y la cobertura de los viajes al Asia. En segundo lugar, el apoyo cuando todas las agencias estatales se lanzaron a presionar para que no se publicara la información. Aquí el hombre destaca que incluso cuando tuvieron a Snowden frente a frente, todavía tenían resquemores. «Laura fue con su cámara y filmó todo (es la base del documental Citizenfour, Premio Oscar en 2014), pero la sorpresa fue que Snowden era muy joven, tenía apenas 29 años, ¿cómo podía manejar tanta información? Eso era sospechoso. ¿Y si era una trampa de la CIA por nuestras publicaciones anteriores de Wikileaks?»

-¿Cómo chequearon entonces si lo que tenía era verdadero?
-Muy sencillo: cuando quisimos preguntar por la veracidad de algunos de los documentos se nos vinieron encima el FBI, la CIA, el GCHQ (la superagencia británica) para que les entregáramos todo.

Hubo incluso una escena jocosa, recuerda MasAskill, cuando obligaron a destruir discos rígidos y CDroms en la redacción del diario, pero los técnicos de The Guardian ya tenían una copia segura en Nueva York. «Desde el 11-S los gobiernos de Estados Unidos se volvieron más reaccionarios y lanzaron un sistema de vigilancia que va contra la privacidad de las personas, sin discriminar. Esta es la enseñanza que nos deja el caso Snowden –le dice a Tiempo Argentino- y los periodistas deberían preocuparse, porque es realmente muy difícil proteger las fuentes. Si alguien me llama por teléfono o me manda un mail, o chateamos, lo pueden rastrear y evitar que lleguemos a profundizar en el caso que nos llega.»

-¿De qué modo protegen a sus fuentes?
-Con el uso de los programas de encriptación, que son bastante seguros. Pero además, Snowden está desarrollando en Moscú un sistema para tratar de proteger a las fuentes mediante un software específico.

MacAskill dirá luego que se siente en particular muy comprometido con lo que pueda ocurrir con el ex analista y que mientras el joven no pueda regresar a su país de origen con la seguridad de que su vida o su libertad no corren peligro «para nosotros es un asunto inconcluso». «

Los «errores» del servicio secreto galo
Ewen Mac Askill coincidió en Buenos Aires con los cruentos ataques en París que costaron la vida de 129 personas. Al otro día publicó una columna en The Guardian donde se congració con los agentes de los servicios de espionaje franceses, que «con poco personal deben vigilar a un gran número de sospechosos». Recordó que tuvieron dos gruesos errores este año, uno cuando los ataques a la redacción de Charlie Hebdo y otro el viernes de la semana anterior. Y da unos datos que permiten entender dónde está la falla. «No es que las agencias no tenían suficientes datos, sino que no actuaron sobre lo que tenían.» Esto es: sabían quiénes eran Adelhamid Abaaoud, Omar Ismail Mostefai y Sami Amimour, pero no fueron objeto de vigilancia física. Luego refuta a los jefes del FBI y de la CIA, que argumentan la necesidad de más equipamiento porque los terroristas tienen mejores sistemas de encriptación. «Sin embargo, el celular que llevó a la policía al escondite de Saint-Denis contiene texto sin cifrar.» Y en el caso de París, hubo advertencias de Irak y Turquía que fueron desoídas.

Tiempo Argentino
Noviembre 22 de 2015

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