Se nota que en Latinoamérica hay un reflujo de los movimientos progresistas, para qué barrer debajo de la alfombra. Luego del proceso de integración regional más importante en dos siglos de historia, es notorio el grado de recuperación de la derecha tradicional, ligada a los poderes hegemónicos, en Brasil, en Ecuador, incluso en Venezuela y ni qué decir en Argentina.
Se lo percibía en octubre de 2014, cuando Dilma Rousseff ganó el balotaje sobre Aecio Neves por muy poco. Lo que auguraba -y quedó plasmado en esta columna- que no tendría tiempos fáciles la presidenta brasileña, cosa que pudo verificar ni bien asumió su segundo mandato.
Un año antes, en abril de 2013, Nicolás Maduro también obtuvo el cargo por muy poca diferencia, tras lo cual, la derecha generó todo tipo de acciones primero para deslegitimar al sucesor de Hugo Chávez y luego para crear una atmósfera de violencia de la que aún se pagan las consecuencias.
Se trata de una derecha que aprendió de sus errores y no tiene problema en reconocer logros de los gobiernos progresistas con tal de acceder al poder. Lo que harían luego ya se sabe, es como la fábula del escorpión y la rana. No pueden más que obedecer a los dictados de su naturaleza.
En lo que hace a las relaciones con el mundo, sin embargo, es donde han sido más explícitos y coincidentes. Allí no hubo subterfugio alguno, tal vez porque descubrieron que no es un tema que impacte en las campañas o porque el tema de las alianzas exteriores tiene para un sector determinante del electorado mucho de aspiracional. Define qué queremos ser, dónde y con quién queremos estar.
Cuando Lula llegó por primera vez al gobierno, y luego de sus primeras entrevistas con Néstor Kirchner, en aquel ya mítico 2003, dijo una frase que resultaba toda una muestra de los tiempos que se avecinaban. «Los brasileños siempre miramos más a Europa y Estados Unidos que a América Latina». Tenía que llegar al Planalto un metalúrgico nacido en la miseria nordestina para expresar lo que el resto de los latinoamericanos ya había anotado desde los orígenes, que Brasil daba la espalda a la región, que miraba con resquemor su destino sudamericano. Son razones históricas que no es dable expresar en estas líneas y que marcan los rumbos del Brasil desde tiempos del imperio.
El lema «civilización o barbarie» caló hondo no solo en la patria argentina de Sarmiento. Fue y es una consigna para las elites ilustradas del resto de los países independizados de España en el siglo XIX. En esta parte del Río de la Plata no solo acarreó guerras sangrientas sino también definió los dos campos en que se debate la nacionalidad. ¿Queremos ser latinoamericanos o nos sentimos europeos en el exilio, como planteaba Jorge Luis Borges?
Resultan interesantes vistas hoy las agudas polémicas entre Sarmiento y Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853. La crítica de Sarmiento a la Carta Magna se hace, como bien le marca contemporáneamente Alberdi, desde la óptica de su exacerbado apego a los Estados Unidos como un modelo a copiar. Sarmiento, impulsor de la educación estatal, esto también es cierto, buscaba el destino nacional mirando al norte. Alberdi escribió para esa época en un diario de Valparaíso que «los Estados Unidos no pelean por glorias ni laureles, pelean por ventajas, buscan mercados y quieren espacio en el Sur. El principio político de los Estados Unidos es expansivo y conquistador.»
Este debate posterior al rosismo cruza toda la historia latinoamericana desde la independencia y es el trasfondo del Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Ni qué decir que tanta disputa de sentido llega hasta la Filosofía de la Liberación en los 70, de la mano de un puñado de seguidores del mendocino Enrique Dussel. En la misma senda se ubica la Teología de la Liberación, que promovió la renovación más impactante de la Iglesia Católica que resultó envuelta en la tragedia de aquellos años y fue clausurada por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Un Papa latinoamericano no es sólo un gesto de generosidad de los cardenales que lo eligieron en Roma. Es, utilizando términos eclesiásticos, una «intervención estratégica del espíritu santo» en tiempos del crecimiento de esta parte del mundo.
No es casual que en la ciudad administrada por Mauricio Macri la versión del programa de entrega de computadoras a los alumnos de las escuelas públicas, que la Nación bautizó Conectar Igualdad, se llame Plan Sarmiento. Expresa claramente un proyecto de país y de región. No es casual tampoco que este proyecto se lleve de la mano del que propone la oposición venezolana encarnada en Henrique Capriles y el PSDB brasileño, que se encolumnó detrás de Neves.
A la pregunta de qué queremos ser, los gobiernos populistas respondieron «latinoamericanos» y obraron en consecuencia, creando y fortificando instituciones para cristalizar ese proyecto común. El conservadurismo ofrece acercarse a Estados Unidos y Europa, el Occidente difuso que pretendían defender los militares en los años de plomo. La derecha regional impulsa una amalgama de esa cultura la que los latinoamericanos, por razones obvias, no podemos desconocer porque forma parte de las raíces.
En el caso concreto del alcalde porteño, su visión sobre los vecinos más cercanos, sobre todo de paraguayos y bolivianos, las dos comunidades más pobladas, es como la de cualquier vecino de Recoleta. Si a alguien quisieran parecerse no es precisamente a ellos, que representan a lo que permanece de los pueblos originarios. Esa clase de citadinos despliega una mezcla de desprecio y racismo muy ostensible que incluso resultaría peligroso para el mantenimiento de las relaciones con esos países en caso de que esta opción política se haga de la presidencia.
Pero como en esa misma derecha el componente empresarial y que privilegia el interés monetario es clave, convendría mostrar las reflexiones que los poderes financieros internacionales, a los que se identifica con los reales factores de poder en estos días, piensan. En tal sentido, uno de los bloques armados en estos años, el BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, puede decirse que es una creación de un perspicaz analista de la banca Goldman Sachs, Jim O´Neill, quien en un estudio sobre los mercados emergentes que podrían ser el gran imán para las inversiones hacia mediados del siglo XXI, elaboró el acrónimo con los nombres de esas naciones, que le sonó a «ladrillo», brick en inglés. La decisión política de conformar el bloque es posterior.
Con las prospecciones de O’Neill coincide un reciente estudio de la consultora Price Waterhouse & Co -a la que tampoco se la podría considerar populista ni algo semejante- que considera que «los activos bancarios nacionales del E7 (China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía), así como las ganancias potenciales del sector, serían mayores que los del G7 (EE UU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá) hacia 2036», adelantando en 14 años su evaluación inicial.
Ese rumbo esperado explica el acercamiento a China y Rusia y el proyecto en marcha de ampliar el Mercosur con nuevos componentes, como Bolivia y Ecuador. Pero además de las justificaciones materiales, también hay cuestiones ideológicas. Cuando la derecha desliza la necesidad de «reinsertar» al país en el mundo, es claro que hablan de ese mundo occidental al que pertenece por razones culturales e históricas.
Pero entonces cabría la pregunta ¿a qué Europa proponen ligarse, a que Estados Unidos? Porque si es la Europa del estado de bienestar y de la justicia social no habría voces en contra. En cambio, la Europa actual es la de la troika que somete a griegos, españoles e italianos al ajuste perpetuo. Igualmente, al New Deal de Franklin Roosevelt no habría problemas en acordar, pero al del recorte de beneficios de las Reaganomics…
Por otro lado, la Europa está al rojo vivo por los ataques yihadistas, consecuencia de tropelías cometidas por algunos de sus países coloniales. La Europa de estos días, como hizo Estados Unidos luego del 9/11, recorta las libertades civiles, tal vez su máxima contribución a la humanidad, y levanta muros para evitar las «invasiones bárbaras». ¿A esa Europa en conflicto proponen ir? ¿No se corre el riesgo de comprarse conflictos ajenos innecesariamente?
Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2015