Me preocupa parte de la retórica que empleó él y algunos que le rodeaban. La retórica incendiaria logra fácilmente titulares pero no necesariamente resuelve los problemas diplomáticos». Dos joyitas conceptuales que le destina el 41 presidente de Estados Unidos al número 43. Un dato anecdótico si no fuera porque se trata de George H.W. Bush hablando de su hijo George W Bush en un momento en que su otro hijo, Jeb, ex gobernador de Florida, lucha por hacerse un lugar entre los candidatos republicanos a suceder al demócrata Barack Obama.
Bush padre, que alguna vez fue director de la CIA y vicepresidente de Ronald Reagan, se sinceró ante el ex director de Newsweek, Jon Meacham, autor de Destino y Poder, la Odisea Americana de George Herbert Walker Bush y reveló ácidas críticas sobre el rol que desplegaron en el gobierno de su párvulo el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, dos halcones que participaron estrechamente en el diseño de la agresiva política exterior que comenzó luego de los atentados a las torres gemelas.
«Cheney tenía su propio imperio, marcaba su propio ritmo. Las cosas no se pueden hacer así», deslizó GHW Bush sobre el hombre que impulsó las incursiones armadas en Afganistán e Irak, un poco subido al carro de la lucha contra el terrorismo y otro porque era un buen negocio para la empresa Halliburton, contratista del Pentágono, de la que había sido presidente. Rumsfled también pertenece al mundo empresarial, e integró directorios en la farmacéutica G. D. Searle & Company y en Gilead Sciences.
Jeb, acrónimo de John Ellis Bush, fue el hombre clave para que GW pudiera llegar a la Casa Blanca en las elecciones del año 2000. El candidato de Bill Clinton, Al Gore, que obtuvo más de medio millón de votos que su oponente, disputaba palmo a palmo un distrito clave con Florida, que en un sistema indirecto como el estadounidense -en que se eligen electores- inclinaba la balanza para un lado u otro.
Pero el gobernador ayudó a su hermano mediante la manipulación lisa y llana de los votos y luego de presiones a la Corte «amiga», que avaló el triunfo del republicano mediante artimañas bastante poco éticas. Un trago amargo para Gore, que sin embargo, decidió no seguir la pelea para no continuar embarrando la cancha en el supuestamente democrático ejemplo de Occidente. Eso ocurrió al cabo de cinco semanas sin definición sobre quién sería el próximo presidente y ante una furibunda campaña mediática para que se bajara.
Bush padre, Rumsfled y Cheney se conocían desde la época de Reagan, donde habían formado parte del sólido equipo que impuso en los 80 las ideas neoliberales a rajatabla, en una funesta alianza del ex actor de Hollywoodcon la premier británica Margaret Thatcher. Cheney y Rumsfled fueron con su hijo los más duros en la privatización de la guerra para fomentar los negocios con las empresas proveedoras en un momento particular de la historia. Al mismo tiempo que se desarrollaban dos guerras en simultáneo, el Estado iba dejando de ocuparse de resolver los problemas del habitante de a pie a ritmo acelerado. Las consecuencias pudieron verse cuando el huracán Katrina destruyó los barrios pobres de Nueva Orleans, hace ya diez años.
Lo que ahora Bush padre critica no fue sino el barrial generado por la aguas de la era de Reagan. Que llevaron al país más desarrollado y rico del mundo a tener hoy día 47 millones de personas viviendo en la pobreza, 1,5 millones de «ultrapobres» (como los definió el escritor y periodista Michael Snyder) que viven con menos de dos dólares al día y el 65% de los niños de ese país viviendo en una casa que recibe alguna forma de ayuda del gobierno federal. Los estadounidenses que habitan en áreas de pobreza concentrada, además se duplicaron desde ese año 2000. Son datos de la Oficina del Censo estadounidense que no parecen alarmar mayormente a la dirigencia política. Al menos no es uno de los temas principales de la campaña que ya se inició con sendos debates televisados.
Las posibilidades de que estos datos dramáticos se reduzcan en los próximos años resultan escasas dado que, en primer lugar, no están mayormente en la agenda de los grandes medios. Es así que mientras las cifras oficiales revelan una desocupación de 5,1 en la general y un 11 % entre los menores de 25 años, un total de 8,3 millones de personas en agosto pasado, estadísticas de organizaciones no gubernamentales indican que hay alrededor de 90 millones que oficialmente no se consideran dentro de la fuerza laboral, porque no lo buscan, mientras que el 48,8 % de los menores de 25 aún viven con sus padres, o sea, no se pueden ir a vivir solos. El censo destaca que el 0,1% de las familias estadounidenses tienen tanta riqueza como el 90% de todas las familias menos pudientes juntas.
Este dato resulta clave para entender hasta donde la propia democracia está en riesgo. Porque a la política de los halcones que critica Bush padre -que no sólo fue ferozmente belicosa en lo exterior sino que cercenó derechos individuales consagrados por la Constitución en lo interior- se le sumó en 2010 una decisión de la Corte Suprema que impide que el gobierno le pueda poner algún tipo de límite a los aportes de las corporaciones a las campañas políticas. Iguala a particulares con los grandes conglomerados y abre un espacio de graves consecuencias para acudir a las urnas en condiciones medianamente equitativas.
De hecho, los candidatos demócratas –Hillary Clinton y Bernie Sanders- firmaron un petitorio de una organización, End Citizen United (ECU), que pretende crear una masa crítica importante como para que los magistrados revean la medida. El diario New York Times publicó hace unas semanas un informe alarmante sobre el estado de la situación. Según el matutino, apenas 158 familias y las firmas que controlan hicieron la mitad de los aportes que ya se registraron hasta ahora, o como dicen los militantes de ECU, «158 familias compran la elección». El 87 % del dinero fue a parar a candidatos republicanos.
La familia Wilks, de Texas, que ganó miles de millones con el boom del fracking, donó 15 millones para la campaña del senador texano Ted Cruz, una de las espadas del Tea Party. Un conocido de los argentinos como el buitre Paul Singer también puso en los bolsillos de Cruz, aunque por ahora sólo un millón.
En tiempos de sinceridad brutal, los hermanos Koch, que amasaron la cuarta fortuna de Estados Unidos desde el sector petrolero, no tuvieron tapujo en revelar el trasfondo de su interés en destinar parte de su dinero en campañas ultraconservadoras como las que apoyan regularmente. Preguntado por el conductor de Morning Joe, un programa que se emite por el canal de cable MSNBC, sobre la justificación para que los ricos pongan sin límites, Charles dijo: «Depende de con qué fin (se haga): si se trata de lograr políticas que abran oportunidades para las personas y deshacerse de todo este corporativismo y del Estado de bienestar, ¿qué?”
-¿Qué espera a cambio?, fue la repregunta.
-Me encantaría detener a este gobierno del (Estado de) bienestar corporativo.
Curiosamente, Koch habló también ese día de Bush hijo, al que acusó de haber sido uno de los presidentes más gastadores en la historia de su país, «creando más regulaciones destructivas» y poniendo a Estados Unidos «en contraproductivas guerras hechas sin sentido todo el tiempo».
Es aquí donde la serpiente se muerde la cola. Hay sectores, como ahora parece decir el Bush grande y los Koch, que interpretan de un modo tan extremo el rol del Estado como recaudador y beneficiador de las clases populares que ven un gasto innecesario el hecho de ir a la guerra. El problema sería la contraria, esto es, que la única forma de defender los derechos sociales sea a través de la industria bélica. Vaya paradoja estadounidense.
Tiempo Argentino
Noviembre 6 de 2015
Ilustró Sócrates