Lo primero que se podría decir sobre las elecciones de medio término es que el resultado sorprendió incluso al oficialismo, que hasta un par de días antes se conformaba con un 30% de los votos y un tercio de los diputados. Si el 7 de septiembre el peronismo había aplastado a La Libertad Avanza con 14 puntos de diferencia en el principal distrito electoral de la Argentina, era inimaginable que apenas 49 días después fuera derrotado allí mismo, ajustadamente pero simbólicamente de una manera contundente.
En resumidas cuentas, Javier Milei obtuvo un aval impensado hasta días antes para concretar un modelo económico-político que llegó al 26 de octubre con la lengua afuera, sostenido por la ayuda del Gobierno de Estados Unidos. Si alguien debería haberse subido al escenario montado en el Hotel Libertador quizás fuera Scott Bessent, el secretario del Tesoro, o directamente Donald Trump, que a su manera se puso la cocarda: «¡Gran triunfo en Argentina para Javier Milei, un candidato maravilloso respaldado por Trump! Nos está dejando a todos en una buena posición. ¡Felicidades, Javier!», escribió en su red Truth
Una respuesta más acabada de lo que ocurrió este domingo llevaría algunas semanas de estudios e investigaciones de campo. Y quizás ni así se pueda llegar a alguna conclusión. De modo que cualquiera de las hipótesis que se puedan desmenuzar, en principio, tienen cabida. Es cierto que el porcentaje de participación fue el menor desde la recuperación de la democracia, un 67,9 %. El tema es cómo interpretar esas ausencias. Si son desencantados de la democracia argentina en general, debería ser una llamada de atención a la dirigencia política. Pero el ganador está más que conforme con ese estado de cosas y, además, en las últimas semanas reclamó con insistencia que los ciudadanos acudieran a las urnas. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, esta vez hubo unos 238.000 votantes más que en septiembre. Pero Fuerza Patria perdió ahora 262.000 votos y en cambio LLA, a pesar de haber llevado en la boleta la foto de un candidato que se tuvo que bajar, sumó más de 880.000 sufragios.
Tribulaciones bonaerenses En la provincia de Buenos Aires el resultado desnudó críticas desde sectores kirchneristas contra la decisión de Axel Kicillof de desdoblar los comicios. Sin embargo, nada garantiza que todo hubiese sido diferente si los bonaerenses iban a las urnas para elegir legisladores provinciales y nacionales el mismo día. En todo caso, ese cruce obedece a la cuestión de fondo en el peronismo: cómo se rediseña si quiere ser una opción a la ultraderecha gobernante. Las internas que lo llevaron a perder en 2023 luego de un Gobierno que quedó atrapado en esas peleas lo siguen teniendo maniatado. Así y todo, en diputados mantuvo su poder de fuego: sigue con 98 escaños, y en el Senado si bien perdió seis bancas, sigue siendo el bloque mayoritario, con 28. Claro que en ese escenario Milei se convierte en el líder de estos tiempos. Bajo la férula de otro Gobierno ultra como el de Trump, enfrascados ambos en una cruzada conservadora internacional de la que Argentina es quizás el laboratorio más puntual.
En el chisporroteo bonaerense se señala que esta vez los intendentes no se movilizaron porque en septiembre ya habían cubierto sus espaldas, y no tenían alicientes. Todo es tan efímero que hasta el viernes Kicillof pintaba como el candidato natural del peronismo para 2027 y ahora aparece cuestionado tras la derrota por apenas 46.600 votos, que fue la diferencia entre Diego Santilli y Jorge Taiana. En condiciones que, tras el empoderamiento de Milei, le serán más difíciles. Por otro lado, en los distritos que gobiernan los intendentes peronistas del Conurbano, ganó Fuerza Patria. Kicillof, si bien reconoció la derrota ante LLA, destacó que el peronismo sumó una banca en la provincia, donde renovaba 15 y consiguió 16. El mandatario provincial dijo que «la situación del pueblo no va a mejorar mientras sigan con las mismas políticas».
Sobre la injerencia estadounidense en estas elecciones, algo que la historia argentina llamaba a ver como un error político del Gobierno, acotemos que también resultó una demostración de que los tiempos cambiaron de manera dramática. Jaime Durán Barba, que supuestamente ostenta un amplio conocimiento del electorado argentino desde su paso como asesor -incluso «hacedor»- de Mauricio Macri, había dicho en una entrevista con el diario Perfil el 22 de septiembre que la ayuda de EE.UU. no iba a favorecer a Milei. «Argentina es el país más antinorteamericano del continente; la mayoría tiene antipatía hacia EE.UU.», dijo.
Sin embargo, esa precepción no es reflejada en una encuesta del Pew Research Center, un think tank no partidista estadounidense cuyos estudios son tomados seriamente, publicada en julio pasado, revela que el 43% de los argentinos consideran que EE.UU. es el más importante aliado del país. En el sexto puesto en una tabla que ocupa en primer lugar Israel, y apenas un poco menos que la consideración de los británicos (51%). El Brasil del Lula da Silva, que se le plantó este domingo a Trump en Malasia figura tres puestos más abajo, con 41% de apoyo. De ser cierto, tal vez también el voto del domingo fue para las alianzas férreas de Milei tanto con Washington como con el Gobierno de Benjamin Netanyahu.
In Argentina, Brazil, Canada, and Mexico, the United States is the most commonly named ally and the top threat. https://t.co/BffgwllcRx
Algunas cosas claras Un Milei algo más moderado, aunque lanzando chicanas contra el kirchnerismo -un brulote que le dio resultado y al que recurrirá seguido, porque no tendrá un enemigo mejor en los dos años que le quedan de mandato- celebró haber pasado de 37 diputados violetas a 101 y de 6 senadores a 20. Al mismo tiempo, llamó a construir consensos para las reformas que pretende, y que estaban delineadas en el Pacto de Mayo, que tanto le costó que se firmara el año pasado. Ese llamado sin dudas obedece a los lineamientos del Gobierno de Estados Unidos, de las élites locales e incluso de los gobernadores a los que invitó a la «fiesta». Que no tendrán demasiadas razones para estar en contra, ya que, como fue el caso del grupo Provincias Unidas, terminaron derrotados en sus propios distritos. Los ejemplos más notorios fueron los del santafesino Maximiliano Pullaro -cuyo candidato quedó en tercer lugar, debajo de LLA y de la representante de FP- y del «cordobesismo», que buscaba pista con su líder, Juan Schiaretti, para un «camino del medio» dentro de dos años. Si algo quedó claro en esta ocasión, es que no es un campeonato para centro-delanteros, todo se juega por los laterales.
La otra interna caliente de la política nacional quedó por el momento despejada con lo que cantaron las urnas. Así, el –por ahora– moderado Milei agradeció a todo su Gabinete, sin olvidar ni al renunciante Gerardo Werthein, pero hizo subir al escenario a los se supone enemistados Santiago Caputo y su hermana. Antes, los primeros en hablar cuando ya se sabía que el resultado sería irreversible, fueron Karina Milei y Martín Menem, los dos más cuestionados por los medios y la oposición. Si EE.UU. y las acusaciones contra José Luis Espert ya no son mala palabra, parece que tampoco lo serán las acusaciones de coimas en la Andis y el sitial del sobrino del expresidente Carlos Menem en la presidencia de la Cámara Baja. Mauricio Macri, otro involucrado en esta movida pero que lo mira con la ñata contra el vidrio, aplaudió con manos rojas que el proyecto que desea que se vea como suyo, tiene posibilidades de cristalizarse.
Mis felicitaciones a LLA, al Presidente Milei y, especialmente, a todos los argentinos que hoy apoyaron el cambio. Este resultado electoral sobresaliente renueva las esperanzas en nuestro país. No perdamos esta oportunidad única para producir las transformaciones pendientes y…
Muchos en los medios resaltaron que es la primera vez en la democracia argentina que un Gobierno que acarrea denuncias de corrupción gana elecciones con una situación económica desastrosa. Habrá que ver ahora cómo se acomodan los comunicadores que en las últimas semanas perecieron despegarse de su comunión con Milei y ahora lo tienen nuevamente ganador. Y también habrá que ver si ese tono «acuerdista» le dura. Ya adelantó que del otro lado está el kirchnerismo, así, genéricamente. Ahora, «la casta» está adentro y va a ser más necesaria que nunca.
El empresario y lobista Spruille Braden había sido designado embajador en Argentina por Franklin Delano Roosevelt en uno de sus últimos actos de gobierno. De hecho, el cuatro veces presidente de Estados Unidos murió 15 días antes de la capitulación nazi. El 1 de julio de 1945 Braden fue recibido en la Casa Rosada por el coronel Juan Domingo Perón, que era vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión y apuntaba para la presidencia en elecciones libres. Braden estaba casado con una chilena, tenía fuertes intereses en la minería trasandina y una visión muy sesgada de Perón, al que calificaba -tal como hacía el Departamento de Estado y en general la dirigencia y la prensa “aliada”- de pro nazi.
El paso del ascendiente líder como agregado militar en la Italia del Duce no ayudaba demasiado. Y además, integraba un grupo de coroneles que tenían como objetivo el desarrollo autónomo de la Argentina, aprovechando que las grandes potencias estaban en otra. Por la guerra primero y en la reconstrucción luego, además de que desde la muerte de Roosevelt -que había cristalizado un modelo económico como el que venía a proponer Perón- su sucesor, Harry Truman, se sumergió en la Guerra Fría, adhiriendo a los postulados de los halcones anticomunistas de la Casa Blanca.
Con todo ese bagaje, Braden fue recibido, dice en sus memorias, muy cordialmente por el hombre fuerte del gobierno de Edelmiro Farrell. El diplomático venía con sus imposiciones y “recomendaciones”. Argentina había demorado la declaración de guerra a Alemania y Japón hasta fines de marzo de 1945. Brasil, el vecino, había enviado una Fuerza Expedicionaria en agosto de 1942, lo que granjeó la simpatía -momentánea- de los aliados con Getulio Vargas. Un reclamo del embajador era por la entrega de los activos nazis en el país, cuantiosos fondos que el Estado argentino había expropiado. Se dice que Perón reclamó por el trato hostil de la prensa estadounidense. Fue entonces cuando el diplomático planteó un pliego de condiciones: “Créame, si usted hace todo esto será bien considerado en mi país”.
«Vea, señor embajador: a mi no me interesa ser muy bien considerado en su país al costo de ser un hijo de puta en el mío», respondió el coronel.
No viene mal recordar este episodio a 80 años de la fecha iniciática del movimiento que encumbró a un movimiento que transformaría para siempre al país. Un obvio contraste con la imagen de servilismo del actual presidente, que se conforma con “ser bien considerado” en la Casa Blanca. A ocho décadas de aquellos acontecimientos, el peronismo sigue siendo el grano en el patio trasero de Estados Unidos, como evidencian los integrantes del staff y el propio Donald Trump, que conocen esta historia mejor que muchos argentinos proclives a la lisonja fácil y la autodenigración cómoda. Por eso están dispuestos a poner lo que haga falta con tal de «poner el último clavo en el ataúd» y etc.
Perón decía que “la verdadera política es la política exterior”, y actuó en consecuencia, algo inadmisible para el proyecto de dominación mundial como el que iniciaba el imperio sustituto del británico. Ese modelo se formalizó en 1947 con el Pacto de Río de Janeiro que dio origen al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), un acuerdo de defensa continental que mostró su verdadero cariz cuando fue reclamado por Argentina en 1982, a raíz de la guerra en Malvinas.
Un legado perdurable de Perón fue la Tercera Posición, que define una política exterior y también un modelo económico. Para la época -la Guerra Fría naciente- era toda una definición ideológica a la que imperceptiblemente fueron adhiriendo líderes del llamado Tercer Mundo. La Conferencia de Bandung de 1955 que dio a luz al Movimiento de No Alineados iba en ese sentido. En la región, el peronismo 1946-1955 impulsó una alianza estratégica con Brasil y Chile, llamada ABC, que no alcanzó a prosperar, aunque fue el antecedente del Mercosur. Hugo Chávez tomó en cuenta el ideario de Perón con el proyecto de Unasur, en 2008.
A poco de ser ungido por tercera vez, Perón reanudó relaciones diplomáticas con Cuba, expulsada en 1962 de la OEA, la pata política del imperio, nacida en 1948 en Bogotá, para cuando fue asesinado el candidato progresista Jorge Eliécer Gaitán. ¿Casualidad? El ingreso en el MNOAL se produciría en la Cumbre de Argel, en septiembre de 1973, cuando se logró incorporar como tema la soberanía sobre Malvinas y los usos pacíficos de la energía nuclear.
El otro capítulo del sometimiento a los dictados del Norte se hizo a través del Fondo Monetario Internacional, creado a partir de los acuerdos de Bretton Woods, de junio de 1944. Argentina no fue invitada, como tampoco lo fue en 1945 a la firma del Acta de Chapultepec, punto de partida para el TIAR. La demora en romper relaciones y declarar la guerra a los países del Eje era un estigma difícil de olvidar.
Es conocido que la Argentina se incorporó al FMI el 20 de julio de 1956. Ocho meses después del golpe de estado contra el gobierno constitucional y 40 días después de los fusilamientos de los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Estaba en el poder el dictador Pedro Eugenio Aramburu. ¿Otra casualidad?
El ansia de someterse a Estados Unidos es una marca indeleble para las élites locales, sucesoras de la Revolución Fusiladora (Libertadora le llamaron, nueva “casualidad”). Consideran que la decadencia argentina se produjo por no haber apoyado a los aliados. Interpretan que el despegue de Brasil es porque hizo los deberes entonces y recibió las bendiciones de Washington. Ahora Brasil apuesta por otro alineamiento del que el gobierno decidió bajarse. ¿Y se era el último tren?
La visita de Javier Milei a la Casa Blanca dejó la vergonzosa sensación de que el país está en manos de un grupo de enajenados dispuesto a entregar el país por un puñado de dólares para aguantar hasta el 26-O y que el diablo nos lleve. O, peor aún, que todo sí está saliendo de acuerdo al plan, pero que el plan siempre fue convertir a la Argentina en un protectorado. Y que cada paso no fuera otra cosa que la consecuencia de un plan fríamente calculado para el coloniaje, como de alguna manera deslizó Carlos Heller, diputado y columnista de este diario.
En cualquier caso, no habría que caratular al presidente como un loquito suelto. Como se dice en Hamlet, hay método en esa locura. Un método nocivo para el país, pero método al fin.
A poco de aterrizar, entrevistado por Eduardo Feinmann en el canal A24, el mandatario explicó lo que entiende por estrategia geopolítica.
“Dije (en la campaña) que iba a ser aliado de EE UU y de Israel y eso hice”.
“Somos un aliado incondicional de EE UU, es una cuestión de ordenamiento geopolítico”.
“Trump vino a poner en orden una cosa que estaba totalmente desequilibrada”.
“Ese mundo va a tener bloques. Un bloque es el que está alineado con EE UU, otro va a estar alineado con China y el otro con Rusia”.
“Los aliados son esos con los que usted sabe que va a contar siempre. Ellos deciden quiénes son sus aliados. Esa es la parte que ellos (los críticos) no entienden”.
Ahora vayamos a lo finito: esa es la geopolítica de Trump y explica cómo se mueve el presidente estadounidense, pero no implica que sea un análisis certero ni mucho menos adecuado para nuestro país. El empresario inmobiliario busca romper la alianza que sellaron Vladimir Putin y Xi Jinping y Beijing el 5 de febrero de 2022 en los juegos Olímpicos de Invierno de Bejing, 19 días antes del inicio de la operación militar en Ucrania. Si no impedir la sociedad de Rusia-China fue un error de Joe Biden, como cuestiona Trump, su voluntad no será suficiente. Sobre todo porque los estadounidenses no se caracterizan por cumplir los acuerdos que firma. Sino jamás se hubiese llegado a esta guerra.
La otra parte de la geopolítica de Milei es su férrea amalgama con el pensamiento de los paleolibertarios argentinos, que se disemina desde el patriarca de los Benegas Lynch, el primer Alberto, que trajo al país las ideas de la Escuela austríaca. Ese ALB es abuelo de Berty y padre del fundador de la ESEADE, la «academia» que le otorgó el título honorífico del que el presidente quiere jactarse como si hubiera sido fruto de una sesuda tesis de investigación.
Ese espacio considera que los militares de los ’40, con Perón a la cabeza, eran pro nazis y en lugar de hacer como Brasil, que envió tropas a favor de los aliados, esperó hasta lo último para declarar la guerra a Alemania. Así explican que Brasil despegó por el apoyo estadounidense. Que claro que existió.
Esos paleolibertarios están convencidos de que ese pecado capital impidió que Argentina fuera como Australia o Canadá. Pero que no digan que no se intentó: el tratado Roca-Runciman de 1933 convirtió al país, como dijo el entonces vicepresidente, Julio Argentino Roca hijo, “desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico». La dictadura también lo intentó, enviando expertos en aberraciones a hacer el trabajo sucio por EE UU en sus guerras contrarrevolucionarias en Centroamérica. ¿Se acuerdan cómo terminó la historia en Malvinas?
Si no fuera que el destino de los 45 millones de argentinos está entre las bambalinas, el encuentro de este martes de Javier Milei con el presidente Donald Trump daría para un triste paso de comedia. Con un personaje lisonjeado hasta la exuberancia por un servidor sumiso que no alcanza a conmoverlo y al que humilla con displicencia. O vendedores de ilusiones que prometían volver con la gloria y el oro y ni siquiera recibieron palmaditas de consuelo. A tal punto llegó el dislate en la Casa Blanca que bastó que el cansado anfitrión dijera que habría plata para las desesperadas arcas del Gobierno nacional solo si ganaba las elecciones para que se desplomaran las acciones, subieran el dólar y el riesgo país y se reavivara la amenaza de peores calamidades sobre el experimento paleolibertario. Tanto fue el descalabro en los mercados que hubo todo tipo de interpretaciones retorcidas y pedidos de aclaraciones particularmente angustiosos para sofocar el vendaval que se desató en lo que se pregonaba como una marcha triunfal hacia el 26 de octubre gracias a la inestimable ayuda del hermano mayor.
Pero vayamos al contexto. La gestión económica de Milei tuvo que pedir un tercer rescate en seis meses, esta vez, de la ultimísima instancia que le quedaba: Estados Unidos. Sin embargo, a buen puerto fue por agua, justo cuando la administración Trump atraviesa el cierre del Gobierno por esa cuestión del Presupuesto que la oposición remolonea en aprobar. El destiempo fue otra característica de lo que prometía ser el Día D ‒así lo promovía el ministro Luis Caputo‒ para el colega ultraderechista de Trump. Porque el mandatario estadounidense venía de haber juntado las cabezas de los líderes regionales en el balneario egipcio de Sharm el Sheij para la firma de un acuerdo de cese el fuego entre Hamas e Israel. Y el hombre ya tiene sus años. En concreto: NSAP (Nada Salió de Acuerdo al Plan).
Quizás el cansancio le jugó una mala pasada o quizás Trump nunca terminó de entender qué es Argentina ni dónde queda. El caso es que en esa mesa, en la que de un lado estaba la plana mayor del Gobierno trumpista y del otro los funcionarios argentinos, al menos dos veces el anfitrión se mostró convencido de que las elecciones que se avecinan en el extremo sur del continente son presidenciales. Así, alabó la gestión de su aliado ultraderechista, del que afirmó: «El trabajo que hizo en estos cuatro años es increíble». Lo que despertó ironías sobre un supuesto elogio al tramo final de Alberto Fernández.
Inesperado elogio de Trump a los últimos dos años de gestión de Alberto Fernández pic.twitter.com/GhAJx2MpLn
Lo insólito fue que el desplome de los mercados se produjo en tiempo real, mientras Trump insistía en una amenaza ni siquiera solapada contra los ciudadanos argentinos, a los que les avisó que si votaban mal, como quien dice se irían a la cama sin postre. Para que no quedaran dudas usó un ejemplo local, el del candidato a alcalde de Nueva York, Zohran Mandami, al que dijo que tampoco ayudaría si resultara electo. «Si Milei pierde, no seremos generosos con Argentina. No vamos a perder el tiempo», concretó, lapidario, en ese tono que Trump suele usar para quienes ningunea.
Ese mal trago despertó feroces internas dentro del propio Gobierno y lastimosos intentos de la ministra Patricia Bullrich y de Caputo para explicar que lo que se dijo no era lo que todo el mundo entendió, y que el mandatario no hablaba del 26 de octubre sino de 2027. Hasta hubo un reclamo al propio Trump para que explicara la cosa. Las bolsas ya habían hablado el martes, había que prepararse para el miércoles. En su red Truth Social, esta fue la aclaración del presidente estadounidense: «¡Excelente reunión la de hoy con Javier Milei! Está haciendo lo correcto para su país. Espero que el pueblo argentino comprenda el excelente trabajo que está haciendo y lo apoye durante las próximas elecciones intermedias, para que podamos seguir ayudándolo a alcanzar el increíble potencial de Argentina. Javier Milei tiene mi total apoyo. No los defraudará. ¡Hagamos que Argentina vuelva a ser grande!». Pero de plata o acuerdos comerciales, nada.
Quizás a Luis Caputo, que estuvo una semana en Estados Unidos presuntamente negociando un gran acuerdo salvador, la dura realidad lo hizo quedar en falsa escuadra. Y el presidente terminó envuelto en un desaguisado por el que uno de los trols pagos con dinero público, que firma como Gordo Dan, culpó al canciller Gerardo Werthein. Pero el ministro de Economía no fue el único que vendió la piel antes de cazar al oso. El desregulador Federico Sturzenegger había pronosticado horas antes del encuentro «un acuerdo comercial bastante inédito dentro de los Estados Unidos que va a permitir a ciertos sectores de nuestra economía tener un acceso privilegiado al mercado norteamericano». ¿Fue un error de diagnóstico el que llevó al papelón en el almuerzo presidencial? Porque el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ya había dicho que el swap de 20.000 millones de dólares vendría después del 26 de octubre, lo que a buen entendedor implicaba que en Washington orejean las cartas hasta ver cómo caen las fichas. Eso no cambió. Lo otro que sigue inmutable es que sea cual sea el resultado, «los dueños de la pelota» quieren un amplio acuerdo de sustentabilidad política para la reforma impositiva, laboral y previsional que pretenden imponer a como dé lugar. Así aparece en el juego un oscuro lobista estadounidense, Barry Bennett, que trabaja con un no menos oscuro personaje ligado a lo servicios argentinos, Leonardo Scatturice. De este modo los presenta el periodista Marcelo Falak en el portal Letra P.
El lunes Carlos Pagni había contado en el canal La Nación+ que Bennet se había reunido con tres diputados que, se supone, pueden mover los hilos en el Congreso para esa sustentabilidad que el Gobierno de Milei no buscó hasta ahora y no logrará por sí solo: Cristian Ritondo, Rodrigo de Loredo y Miguel Ángel Pichetto. Dignos representantes, cada uno de ellos, de eso que el presidente calificaba de «casta» y que eventualmente podrían salvarle los papeles. Que cada vez están más devaluados por los dislates cotidianos del Gobierno.
Comentarios recientes