Martín Vizcarra llegó a la presidencia del Perú medio de refilón. El 21 de marzo pasado el presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) tuvo que renunciar, complicado en parte por el escándalo Odebrecht, pero más que nada por sus propias torpezas políticas, que lo llevaron a quedar embretado en una interna de la familia Fujimori. La sombra de Alberto Fujimori, el expresidente que fuera indultado por PPK de delitos de lesa humanidad, sigue cubriendo la política peruana al punto de que en esta semana Vizcarra se jugó una parada fuerte para ponerle límite a Keiko Fujimori, la hija de «El Chino» –como se conoce al exmandatario, a pesar de su origen japonés–, que utiliza la mayoría parlamentaria en un sostenido intento por esmerilar al gobierno y forzar una salida favorable a sus intereses. Por ahora no pudo ser, pero la pelota todavía está en el aire.
Fuerza Popular, el partido de Keiko, había obtenido en julio de 2016, un total de 73 escaños sobre 130 diputados. Cierto que la bancada se fue desgajando por un par de expulsiones pero básicamente por la pelea entre los dos hermanos, Kenji y Keiko. El muchacho buscó congraciarse con su padre, acusado de múltiples crímenes en el combate a la guerrilla de Sendero Luminoso, entre 1990 y 2000, y sentenciado en 2009 a 25 años de prisión. Fue así que hizo un acuerdo con PPK para que a cambio de la amnistía sus legisladores rechazaran el juicio político al presidente que pedía Keiko, en diciembre.
Poco le duró el respiro a Kuczynski, porque a la revelación de que había trabajado para Odebrecht y las sospechas sobre contratos cuando fue primer ministro, en tiempos de Alejandro Toledo, se le sumó la difusión de un video donde se lo veía con Kenji Fujimori y otros dirigentes arreglando pagos para salvar el pellejo en el pedido de impeachment de diciembre.
Fue entonces que Vizcarra, que había sido elegido vice de PPK pero era embajador en Canadá, volvió para hacerse cargo del gobierno. El dato es que el hombre, un ingeniero de 55 años, ocupaba el cargo de ministro de Transportes y Comunicaciones y el 22 de mayo de 2017 había sido trasladado a Montreal luego de varios escándalos que lo habían obligado a renunciar a la cartera.
Parecía una presa fácil para Keiko, que perdió la elección contra PPK en el balotaje, por poco más de 40 mil votos, luego de haber obtenido el doble que Kuczynski en la primera vuelta. Luego de la arremetida contra el presidente, un dirigente de reemplazo con al menos 48 denuncias penales en su contra y desprestigiado tras su paso por el Gabinete no podía durar mucho si se lo sometía a presión.
Vizcarra quedó a merced de la aprobación de la bancada fujimorista. Pero aplicando técnicas de un deporte típicamente japonés, el judo, supo aprovechar la fuerza de su oponente. Y pacientemente viene denunciando que bloquean sus iniciativas de reforma y purificación de la política y la justicia.
El Poder Judicial peruano no está menos manchado que el político. Y el escándalo que envuelve a los presidentes de la Corte Suprema, al titular del Consejo de la Magistratura y al fiscal general fueron buen argumento para que Vizcarra planteara una amplia reforma que tiene una muy buena recepción en la ciudadanía, hastiada de tanta corruptela como le muestran los medios.
La reforma judicial modifica la forma de elección del organismo que debe nombrar y eventualmente juzgar a jueces y fiscales. La política establece controles para la financiación de las campañas electorales. Propone también la creación de un congreso bicameral, todo esto mediante la realización de un referéndum.
Para el fujimorismo, esa consulta popular puede terminar consolidando el poder de Vizcarra y dieron largas al asunto para evitar su sanción. El presidente planteó una «cuestión de confianza» el domingo, y amenazó con disolver el Congreso y llamar a elecciones parlamentarias.
En 1992, Fujimori disolvió el parlamento, hizo una reforma constitucional a gusto y piacere de las políticas neoliberales –a la moda de aquellos años– que buscaba imponer. Así, sin oposición legislativa, logró reelegirse para seguir con su plan. Pero finalmente terminó preso. Vizcarra aprendió a pulsear con la hija. Habrá que ver como continúa la historia. « Hitler va a las urnas contra Lenin
El 7 de octubre habrá elecciones distritales en Yungar, en el departamento peruano de Ancash. Se elige alcalde y los dos postulantes más renombrados son Hitler Alba Sánchez y Lenin Vladimir Rodríguez Valverde. La curiosidad permite todo tipo de alegorías. Alba Sánchez, que asegura ser «el Hitler Bueno», carga con una mochila que él no eligió. El candidato de Somos Perú cree que en ese sitio tan alejado del mundo, el nombre sonaba atractivo para sus padres y ya fue jefe comunal, entre 2011 y 2014. «Cuando estudié la historia quise cambiarme el nombre –dijo Alba Sánchez a El Universal– pero la ya gente y los amigos me conocen así y los vecinos no tienen ese complejo». Lenin Vladimir, por su parte, tuvo el primer altercado con su rival cuando quiso impugnar su candidatura. No lo logró pero fue perdonado por el exalcalde. «La oposición ha utilizado a ese ciudadano para que puedan confundir pero entre ‘revolucionarios’ no vamos a chocar», ironizó. El lema del controvertido candidato es «Hitler es pueblo» y «Hitler es confianza». Las elecciones locales están pasando casi inadvertidas en Perú, sumido en las últimas semanas en una incertidumbre política por el enfrentamiento entre el gobierno y el Congreso. En estos comicios, en los que hay 23,4 millones de habitantes aptos para votar, se elegirán unas 13 mil autoridades entre gobernadores, consejeros, alcaldes y regidores. Hitler va a las urnas contra Lenin
El 7 de octubre habrá elecciones distritales en Yungar, en el departamento peruano de Ancash. Se elige alcalde y los dos postulantes más renombrados son Hitler Alba Sánchez y Lenin Vladimir Rodríguez Valverde. La curiosidad permite todo tipo de alegorías. Alba Sánchez, que asegura ser «el Hitler Bueno», carga con una mochila que él no eligió. El candidato de Somos Perú cree que en ese sitio tan alejado del mundo, el nombre sonaba atractivo para sus padres y ya fue jefe comunal, entre 2011 y 2014. «Cuando estudié la historia quise cambiarme el nombre –dijo Alba Sánchez a El Universal– pero la ya gente y los amigos me conocen así y los vecinos no tienen ese complejo». Lenin Vladimir, por su parte, tuvo el primer altercado con su rival cuando quiso impugnar su candidatura. No lo logró pero fue perdonado por el exalcalde. «La oposición ha utilizado a ese ciudadano para que puedan confundir pero entre ‘revolucionarios’ no vamos a chocar», ironizó. El lema del controvertido candidato es «Hitler es pueblo» y «Hitler es confianza». Las elecciones locales están pasando casi inadvertidas en Perú, sumido en las últimas semanas en una incertidumbre política por el enfrentamiento entre el gobierno y el Congreso. En estos comicios, en los que hay 23,4 millones de habitantes aptos para votar, se elegirán unas 13 mil autoridades entre gobernadores, consejeros, alcaldes y regidores.
Julia Hartz es una de las fundadoras de Evenbrite, una plataforma donde se promocionan eventos internacionales. Como joven emprendedora, fue la que este jueves dio la campanada de inicio a la rueda del día en la Bolsa de Nueva York (NYSE, por Nueva York Stock Echange). Se trata de una tradición que comenzó en 1871 con un gong chino y se mantiene, como la de las clásicas chaquetas azul eléctrico en el centro financiero más importante del planeta, a pesar de que en otros «pisos de negociación» del mundo, los algoritmos dejaron atrás al intercambio humano. Curiosamente, hace exactamente 12 años, el 20 de setiembre de 2006, el entonces presidente Néstor Kirchner, acompañado por la senadora Cristina Fernández, fueron las personalidades invitadas para la apertura en una jornada en la que el gobierno argentino volvía a dar que hablar luego del crack del 2001 y de la renegociación de deuda en ciernes. “Me llamaron heterodoxo y progresista, pero gracias a esta política pudimos salir del default y construir la estabilidad”, dijo Kirchner a los periodistas.
Hubo aplausos y fervor por los tiempos que se iniciaban en el país.Y hubo mucha tarea para los operadores, que manejaban por entonces unos 4 mil millones de dólares al día. Corrían de un lado al otro y era fácil distinguirlos entre la multitud de afiebrados inversores. Para eso fueron diseñadas las chaquetas, «trading jacket» en inglés. Para que pudieran ser identificados en la marea humana en que se habían convertido las grandes bolsas del mundo en sus años de oro.
Serios y afectados, los operadores neoyorquinos nunca se salieron del libreto y ya desde el manual de estilo de la NYSE se puede apreciar el remilgo.
«Se espera que todo el personal masculino use la vestimenta adecuada de la siguiente manera: Una camisa de vestir abotonada en el cuello, con una corbata de vestir anudada en el lugar habitual, es decir, ceñida al cuello; pantalones de vestir largos -jeans u otros pantalones deportivos no están permitidos- y una chaqueta con mangas largas», que puede ser tipo blazer, aclara el texto. Y de color sólido, esto es, no se aceptan telas con dibujos excéntricos, como sí se acostumbraba en otros distritos.
Para las mujeres el manual de comportamiento NYSE indica «faldas y vestidos de longitudes apropiadas», lo mismo que las blusas, camisas y suéteres. No aclara qué quiere decir apropiado, pero es dable imaginar que como tampoco se aceptan pantalones cortos, se refiere a la parte del cuerpo que pueden o no quedar a la vista. Lo interesante es que los hombres tienen que usar calcetines, mientras que las mujeres tienen la opción de usarlos «según su juicio y el estilo de la ropa que vistan». Fetichismos aparte.
En cuanto a la famosa chaqueta, que ilustra cuanta publicación necesite contar que las acciones subieron o bajaron, según si los operadores están exultantes o se agarran la cabeza, las hay que pueden valer una fortuna. Hay una que ofrecen por internet a 425 dólares porque perteneció a un operador de la banca Goldman Sachs. «A medida que disminuye la relevancia de los comerciantes (traders) de piso, estas chaquetas se han convertido en hallazgos muy raros. ¡Estas chaquetas de comerciante de bolsa de valores se ven geniales en una vitrina!», se entusiasma el redactor de la publicidad.
El récord, presumiblemente, lo tiene la chaqueta a rayas amarillas y negras, como la camiseta de Peñarol, que usó Nick Leeson en la bolsa de Singapur, y se vendió en una subasta electrónica por eBay en abril de 2007 a 21.000 libras esterlinas.
Nicholas William Leeson fue en cierto modo el vengador de los argentinos. Era un joven brillante y avispado cuando en 1992, a los 25 años, fue nombrado gerente general del Mercado Monetario Internacional de Singapur (SIMEX) por la banca Baring.
Los memoriosos recordarán que Baring Brothers, creada en Londres en 1762, fue la que otorgó el primer crédito a la naciente nación rioplatense, cuando Bernardino Rivadavia era ministro de Gobierno de Buenos Aires. De unos 2,8 millones de libras, llegaron al país 550 mil -el resto se fue en «gastos financieros»- y en 1881 se terminaron de pagar 4.8 millones de libras.
La venganza de Neeson, que de Argentina no tenía ni idea, fue haber embarcado a Baring Bank, como se llamaba entonces, en especulaciones cada vez más complicadas que la llevaron a la bancarrota, en 1995. Cierto que él terminó en prisión por seis años y medio, pero entonces tuvo tiempo para escribir un libro, Rogue Trader (Operador deshonesto) luego llevado al cine y que lo hizo millonario. Ewan McGregor hace de Neeson.Neeson sigue en carrera y entre 2005 y 2011 integró la Comisión Directiva el club Galway United de la Liga de Irlanda y este año compitió en Celebrity Big Brother, la versión británica de Gran Hermano para Famosos, donde terminó cuarto.
Muy cerca de donde Neeson saltó a la fama -y la cárcel- en Hong Kong, hasta no hace mucho se usaban unos chalecos rojo furioso para identificar a los corredores de bolsa. Una de esas chaquetas sin manga se la quedó el presidente chino, Ji Jinping, cuando el parquet, como también se los suele denominar, fue definitivamente clausurado, en octubre del año pasado, para dar lugar al mercado totalmente electrónico. Ya Singapur había cerrado sus puertas y Tokio estaba en ese camino.
Algo de este final olfateaban en la principal fabricante de chaquetas para agentes de bolsa de Estados Unidos, la empresa Peco, de Chicago, que en 2010 decidió reconvertirse.
«Para los operadores que trabajaban en el piso de Chicago Mercantile Echange -escribió entonces Ami Scott para Marketplace, una organizacion que ofrece información financiera en radios públicas- la chaqueta verde y negra es como una segunda piel». En ese artículo también habla Billy Polovin, que trabajó durante 14 años en ese sitio, y recuerda chaquetas mas extravagantes, «como estampados de selvas o llamas y bolsillos personalizados». El detalle de los bolsillos es importante, porque allí es donde se llevaban pedidos, documentos y hasta dinero. Los hay en abundancia, adentro y afuera, con visibles refuerzos.
El dueño de Peco, Peter Papageorge, quien ahora promociona uniformes para la gastronomía y afirma que ese rubro ya representa el 75% del negocio, al decir de Scott, «sabe que las transacciones electrónicas seguirán deshaciéndose del negocio que su padre comenzó hace más de treinta y cinco años. Pero él dice que los expertos han estado prediciendo la desaparición del piso de negociación durante décadas».
¿Por qué el parquet de Nueva York sigue vigente? Lo aclara John Detrixhe en el portal de Quartz. «Los varios cientos de corredores y corredores de NYSE son el rostro de Wall Street, y forman una parte crucial de la marca NYSE, que es tal vez la más conocida en la industria financiera. La bolsa de valores tiene un golpe de marketing que pocas empresas, si las hay, pueden igualar». Por algo al menos 30 medios especializados tienen cámaras en ese piso para mostrar como viene la mano en los mercados financieros.
La directora de Operaciones de NYSE Group, Stacey Cunningham fue más clara aún. «Si bien el mercado puede estar completamente automatizado, pierde valor cuando ya no permite la interacción humana», dijo. «Creemos que la combinación es el estándar de oro». Y en esa combinación, la chaqueta es el mayor símbolo.
El gobierno de Estados Unidos viene forzando al límite las reglas de un tribunal secreto para espiar y perseguir a periodistas, según documentos obtenidos tras una demanda de dos ONG dedicadas a defender la libertad de prensa. La primera lectura diría que todo esto es parte de una ofensiva del presidente Donald Trump contra uno de sus objetivos desde que llegó la Casa Blanca: los medios y el periodismo en general. Sin embargo conviene hacer dos acotaciones clave: el tribunal en cuestión fue creado hace justo 40 años durante el gobierno del demócrata Jimmy Carter a instancias de una propuesta de otro miembro de su partido, el senador Ted Kennedy, el tercer hermano de esa dinastía. Y que además, las primeras revelaciones sobre este sistema de vigilancia saltaron a la luz en 2013, durante la administración de Barack Obama. El ingrediente ahora es que estas prácticas no solo prosiguieron sino que en manos de Trump se potenciaron.
Amparados en la Ley de Libertad de Información estadounidense, la Freedom of the Press Foundation (FPF, Fundación para la Libertad de Prensa) y la Knight First Amendment Institute (KFAI, Instituto Knight de la Primera Enmienda, la que garantiza la libertad de prensa) de la Universidad de Columbia, obtuvieron los documentos que prueban de qué modo las autoridades siguen vigilando a periodistas mediante ordenes FISA (por Foreign Intelligence Surveillance Act o Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera). Y también de qué manera pueden abusar de esta prerrogativa, según publicó Cora Currier en el portal The Intercept.
La importancia de haber expuesto estos documentos es que, como dijo Trevor Timm, de la FPF, por primera vez el Departamento de Justicia muestra los lineamientos que aplicó para la vigilancia. Y se pregunta, preocupado. «¿Cuántas veces se han utilizado las órdenes judiciales de FISA para apuntar a periodistas? (…) ¿Cuántos periodistas han sido vigilados en total, cuántos están actualmente bajo una investigación FISA?».
Pero vayamos por partes. El FISA surgió como propuesta de Ted Kennedy , el atribulado hermano de los dos líderes demócratas asesinados en los años 60, el presidente John y el procurador general Robert. Corría el año 1977 y el tema de la libertad de prensa estaba en el candelero luego de la arremetida del republicano Richard Nixon primero contra los diarios que publicaron los Papeles del Pentágono (Pentagon Papers en el original, llevados al cine el año pasado por Steven Spielberg en The Post), y luego por la revelación del Escándalo de Watergate, que finalmente lo obligaría a renunciar, en 1974.
Esos dos temas marcarían del tal modo la política y el periodismo en el mundo que con solo agregar «Papers» a una gran filtración de documentos -en ese caso era sobre la guerra de Vietnam, expuestos ante los diarios The New York Times y Washington Post por el analista Daniel Ellsberg- los medios ya tienen un título. Pasó hace un par de años con los Panamá Papers.
El sufijo Gate habla, en tanto, de otro tipo de ilegalidades publicas, como pasa ahora con el Gloriagate o Cuadernogate. Y Watergate es apenas el nombre del edificio de oficinas de Washington DC donde espías – mandados por el presidente Nixon y bastante torpes ellos, por cierto- vigilaron una convención de los demócratas.
Ambos sucesos llevaron al debate el modo en que un gobierno puede utilizar los servicios de inteligencia para escudriñar lo que hacen sus propios ciudadanos. Porque la seguridad interior está en manos del FBI, pero ese organismo necesitaría que un juez le dé una orden escrita para intervenir teléfonos y poner el ojo sobre una persona. Y un magistrado necesita tener alguna sospecha o fundamento para autorizar esa medida.
No era así como había actuado Nixon. El debate, en plena Guerra Fría, fue qué hacer entonces cuando había sospecha de actividad de organismos extranjeros dentro del país sin que se enteren de los tienen en la mira. La propuesta de Kennedy fue crear un tribunal secreto que estudie la necesidad expresa de algún organismo estatal que lo requiera y dé la orden respectiva. Todo legal.
La ley FISA fue firmada por Carter el 25 de octubre de 1978 y establece la creación de un Tribunal de Vigilancia de Inteligencia Extranjera, FISC (por Foreign Intelligence Surveillance Court). Ese tribunal está integrado por once jueces nombrados por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia.
Otra normativa aprobada ese año, las llamadas Cartas de Seguridad Nacional, permiten al FBI recoger información privada sobre los estadounidenses sin su consentimiento, y si bien fueron declaradas inconstitucionales por la juez estadounidense Susan Illston en 2013, siguen vigentes.
La corte secreta tomó mayor relevancia luego de los atentadas a las Torres Gemelas, el 11-S de 2001, porque de inmediato se aprobó la Patriot Act (Ley Patriota) que bajo la excusa de perseguir el terrorismo, clausuró muchas de las libertades civiles consagradas en la tradición estadounidense. La corte en las sombras comenzó a trabajar a destajo y casi no puso objeciones a lo que le reclamaban las autoridades.»Usted lo pide usted lo tiene», parece ser el mena.
Con un adicional, no solo organismos dedicados a la vigilancia interior podrían actuar, ya que la CIA y la NSA, la agencia que espionaje electrónica, estarían en condiciones de sospechar de un periodista que tenga como fuente a un extranjero o intercambie mensajes o mails con un residente en el exterior. Hurgando en el foráneo, se meten en el local.
Si FISA nació como intento de legalizar la intervención del propio gobierno sobre sus ciudadanos en el contexto de la Guerra Fría y luego de una filtración que sirvió para cuestionar la guerra que EEUU desarrollaba en Vietnam, en estos últimos años las filtraciones y cuestionamientos a gobierno estadounidense se multiplicaron.
(Foto: AFP)
Durante el gobierno de Obama (2010-2016) Julian Assange lanzó WikiLeaks, donde en 2010 el soldado Bradley (luego Chelsea) Manning filtró millones de documentos sobre atrocidades cometidas por tropas de EEUU en Irak. Manning terminó preso y Assange esta refugiado desde 2012 en la embajada de Ecuador en Londres para no ser sometido a la ley en EEUU.
Fue durante ese gobierno que Edward Snowden filtró en 2013 desnudó la manera en que la NSA espía a todo el mundo en todo el mundo mediante todos los aparatos electrónicos que utiliza un ciudadano común.
En ese mismo año se supo que el gobierno de Obama había intervenido unas 20 líneas de la agencia de noticias Associated Press (AP) para determinar quién había filtrado información secreta sobre una operación en Yemen contra un activista de Al Qaeda. El procurador de Justicia, Eric Holder, tuvo que salir a dar explicaciones.
«El objetivo de vigilancia sobre los periodistas, especialmente cuando se trata de determinar sus fuentes, históricamente ha estado limitado por la Primera Enmienda», escribe Currier en The Intercept, para aclarar luego que «después de que surgió que el gobierno de Obama había confiscado secretamente los registros telefónicos de la AP y nombrado a un reportero de Fox News como cómplice en un caso de filtración, el ex fiscal general Eric Holder instituyó nuevas directrices que hicieron que la investigación sobre periodistas sean un «último recurso», y dijo que el Departamento de Justicia necesitaba notificar a los periodistas cuando se incautaran sus registros»
Holden reformuló la aplicación de FISA y estableció que antes de proceder a la vigilancia se debía tener la aprobación por escrito del titular de Justicia y su gabinete y que los trabajadores de prensa no podrían ser enjuiciados por actividades de recopilación de noticias.
Las filtraciones son un tema que desvela a mandatarios desde los affaires de Nixon en los 70 y de Obama entre 2010 y 2016. Ni qué decir de Trump, cuando hace unos días Bob Woodward, el mismo que saltó a la fama con la investigación de Watergate, publicó un libro con revelaciones de su gestión que solo podría conocer mediante fuentes cercanas al presidente. Y cuando el mismo día el Times publicó una columna sin firma de un funcionario suyo que no lo deja bien parado.
El actual fiscal general Jeff Sessions, dijo en una comparencia en el Congreso que hay en curso 27 investigaciones sobre filtraciones, de las que no dio precisiones. Ben Wizner, un abogado de la ONG ACLU (American Civil Liberties Union, por Unión Estadounidense para las Libertades Civiles ), se alarmó. «En toda la historia del país, solo ha habido una docena de enjuiciamientos por filtraciones», dijo el letrado, que también representa a Snowden. «Si el número 27 es real, es asombroso».
«El hecho de que (las investigaciones) se mantuvieron en secreto durante la administración de Obama es motivo de gran preocupación. Ahora, el presidente Trump ha expresado repetidamente su odio por los medios y su fiscal general Jeff Sessions ya ha triplicado la cantidad de investigaciones sobre fugas desde la era de Obama (cuando ya estaban en su punto más alto). ¿Ha utilizado la administración Trump órdenes judiciales de FISA para apuntar a periodistas con vigilancia? ¿Si es así cuando?» reclama Timm, de la Freedom Press Foundation.
Cuando el 9 de abril el presidente Donald Trump designó a John Bolton como asesor de seguridad nacional en lugar del general H.R. McMaster todos sabían que tarde o temprano el temperamento y la ideología extrema de este señor que parece salido de un dibujo animado terminará por aflorar. Trump lo había convocado para eso; para ser un halcón entre halcones en un Gabinete que con el secretario de Estado Mike Pompeo y la jefa de la CIA Gina Haspel conforma un peligroso tridente ofensivo que nadie recomendaría como garantes de la paz.
Heredero de un puesto que alguna vez tuvieron dos de los grandes estrategas de Estados Unidos, Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, Bolton fue uno de los más activos integrantes del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (Project forthe New American Century, PNAC) un think tank que promueve por las vías a su alcance la fortaleza del imperio de Estados Unidos.
Este lunes protagonizó una escena con pocos antecedentes en la diplomacia internacional. No por el contenido, ya que simplemente dijo que su país no aceptará que la Corte Penal Internacional investigue crímenes de guerra cometidos por tropas estadounidenses en Afganistán. Lo que si sorprendió a quienes no lo conocían fue la rudeza con que lo dijo. Enfurecido, agitando su tupido bigote y su melena blanca, amenazó con «impedir a esos jueces y fiscales la entrada a Estados Unidos. Vamos a aplicar sanciones contra sus bienes en el sistema financiero estadounidense y vamos a entablar querellas contra ellos en nuestro sistema judicial».
No es casualidad que hubiese esperado esta ocasión para lanzar su furia. Faltaba poco para que la Corte de La Haya tomara la denuncia por las aberraciones perpetradas durante los últimos 15 años en ese país asiático por soldados estadounidenses en el marco de la invasión ordenada por George W. Bush, luego de los atentados a las Torres Gemelas del 11 S de 2001. Con un adicional: Bolton fue uno de los miembros del Gabinete de Bush que más hizo para oponerse a que Estados Unidos firmara y refrendara a ese tribunal, creado en 2002.
Integran la CPI y ratificaron el Tratado de Roma posterior 123 países del mundo, entre ellos Argentina, pero no Estados Unidos, China, Israel, Rusia, India ni Sudán. El gobierno de Barack Obama tampoco dio un paso adelante para aceptar la injerencia del tribunal o ser parte de él. La Corte puede intervenir porque Afganistán sí es miembro.
El historial de Bolton lo muestra consecuente con un pensamiento de derecha racista y beligerante. No es la imagen de abuelo comprensivo que se podría percibir en una foto fija. Nacido en 1948 en Baltimore, a los 16 años se sumó al comité de campaña de Barry Goldwater, un republicano ferviente anticomunista y racista que disputó la presidencia contra Lyndon Johnson pero perdió por paliza. Luego, el joven Bolton se uniría a Jesse Helms, quien haría carrera desde el Senado en todas las causas antipopulares y emprendió una cruzada especial contra Cuba.
Bolton llegó al gobierno tras un cambio de Gabinete que ensayó Trump a principios de este año y en el que colocó a lo peorcito que encontró revolviendo la caja de herramientas del partido republicano. Fue cuando Pompeo, titular de la CIA, reemplazara a Rex Tillerson en la Cancillería. La jefatura de la agencia de inteligencia exterior de EE UU fue ocupada entonces por Gina Haspel, que hasta entonces había sido la directora adjunta. Con casi tres décadas en la «compañía», Haspel estuvo el frente de operaciones encubiertas en varias partes del mundo y en Tailandia, según se reveló cuando fue nominada para el cargo, supervisó interrogatorios en los que fueron aplicadas varias técnicas de tortura.
En ese equipo, Bolton se siente a gusto porque, según el investigador norteamericano John Ricardo «Juan» Cole, fue uno de los responsables de haber promovido la invasión de Irak y ayudó a crear al grupo yihadista conocido como Estado Islámico. «En un mundo justo, Bolton estaría en juicio en La Haya por crímenes de guerra», sostiene Cole. Tal vez por eso reaccionó como lo hizo.
Juez con antecedentes
Donald Trump tenía ocasión de armar una Corte de Justicia a su paladar tras el retiro de Anthony Kennedy. La postulación de Brett Kavanaught creó inquietud entre los demócratas pero mucho más entre quienes luchan por la ampliación de derechos. Se lo considera, por sus antecedentes, partidario de revocar o limitar aun más el derecho al aborto que contempla el fallo Roe vs. Wade de 1973. Luego de semanas de chicanas de los demócratas, que alegan la necesidad de esperar la elección de noviembre antes de proponer un nuevo integrante de la corte –donde ya los conservadores son mayoría– el Senado comenzó a debatir su designación. Parecía que la cosa venía bien luego de un par de sesiones donde lo acribillaron a preguntas, cuando apareció una inesperada impugnación. Una mujer mandó una carta a los legisladores demócratas que evalúan su candidatura denunciando que hace 30 años había intentado forzarla sexualmente durante una fiesta. «Rechazo de manera categórica y sin equívoco esta acusación», dijo el aspirante en un comunicado.
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