por Alberto López Girondo | Nov 5, 2016 | Sin categoría
Es curioso pero los más lúcidos estrategas de la política exterior de los Estados Unidos del último medio siglo no son nacidos en América. Uno de ellos es más popular: Henry Kissinger, impulsor del histórico encuentro de Richard Nixon y Mao Zedong en 1972 y de los golpes genocidas en Latinoamérica desde un año después, nació en la ciudad bávara de Fürth y emigró con su familia huyendo de la persecución nazi.
El otro, Zbigniew Brzezinski, dio sus primeros berridos en Varsovia en 1928, se educó en Canadá, donde la invasión hitlerista encontró a su padre diplomático en 1938, y se graduó en Harvard, ya con ciudadanía estadounidense. Entre sus logros diplomáticos podría contarse el acercamiento del cura Karol Wojtyla a la CIA y a los centros del poder real en Washington que aceitó la llegada del obispo polaco al Vaticano. Ese fue, visto a la distancia, el inicio de la caída del poderío soviético porque Juan Pablo II fue el ariete para los levantamientos anticomunistas en el país más católico del este europeo.
Brzezinski acompañó a James Carter y dio sustento pragmático a su política exterior en un momento crítico para la región, por los crímenes de las dictaduras sudamericanas de la era Kissinger. A esa altura, ZB ya trabajaba –además de su cátedra universitaria- para el magnate David Rockefeller, que lo había contratado para solventarle una propuesta muy conveniente para el esquema imperial que –en esto se iguala con HK- quería defender y extender al resto del planeta: la Comisión Trilateral, llamada a ser un colosal thinktank entre EE UU, Europa y Japón para vencer al sistema comunista.
El experto diseñó desde su puesto de Consejero de Seguridad del mandatario demócrata (1977-1981) la estrategia de defensa que exacerbó el ataque político contra la URSS cuestionando a ese enemigo por su política de derechos humanos. Cierto que eso ayudó en muchos casos puntuales a víctimas del terrorismo de estado en Argentina y el cono sur de América. Pero era un intento por un lado de arreglar desaguisados que el propio Departamento de Estado había promovido y por el otro para acorralar al Kremlin ante los organismos internacionales. Esto se hizo más patente luego de la invasión soviética a Afganistán en 1979.
Todo este prolegómeno quizás no sea más que una presentación de un personaje determinante en la política exterior estadounidense. Un personaje escuchado y respetado por lo que sabe y por lo que es capaz de prever. Por así decirlo, es uno de los gurúes del imperio cuya palabra tiene verdadero peso en las grandes decisiones del Departamento de Estado, por más que no ocupe cargos públicos desde hace décadas.
De hecho, cuando Barack Obama asumió su cargo, el 20 de enero de 2009, era uno de los pocos a los que el primer presidente afrodescendiente en llegar a la Casa Blanca prestaba oídos. Una forma, quizás, de soslayar las críticas que lo acusaban de saber poco y nada del manejo de las relaciones exteriores. Porque, se decía, era para eso que la había nominado a Hillary Clinton, su candidata ahora a sucederlo.
Desde hace algún tiempo, Brzezinski no es tan optimista sobre el futuro de Estados Unidos como potencia imperial. Más bien, si en 1997 había pergeñado en El Gran Tablero Mundial (La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos) el modo en que ese imperio debía consolidar su poderío cuando habían pasado casi diez años de la desaparición de su rival de la Guerra Fría, ahora tiene una perspectiva casi opuesta. Lo que no implica que renuncia a mantener una posición hegemónica.
Así, en un artículo para la revista The American Interest que tituló “Hacia un realineamiento global”, Brzezinski reconoce que “los Estados Unidos ya no son una potencia imperial mundial” y prevé que ante esta circunstancia pueda ocurrir un proceso de caos mundial que, considera, debería evitarse por lo riesgoso para el planeta.
«A medida que termina la era de su dominación global, Estados Unidos tiene que tomar la iniciativa en el reajuste de la arquitectura de poder global”, señala el gurú polaco-estadounidense. Su recomendación es hacer las paces con Rusia o con China o con ambos (“incumbe a los Estados Unidos modelar una política en la que al menos uno de los dos estados potencialmente amenazantes se convierta en un socio en la búsqueda de la estabilidad regional y luego global”, escribe), y por lo tanto, involucrarlos para dirigir de alguna manera la cuestión del Medio Oriente y las relaciones con el mundo musulmán, dos conflictos de gravedad extrema hoy día.
Y desde allí reorganizar el mundo de modo de mantener un rol destacado para su patria de adopción.
A unos días de la crucial elección en Estados Unidos, es bueno recordar a este pensador clave en la política imperial, porque sin dudas su palabra indica un rumbo más que probable para la política exterior de quien gane el comicio. Sea quien sea, y a pesar de que el hombre ya anda por los 88 años.
Donald Trump ya dijo que se amigará con la Rusia de Vladimir Putin, aunque muestra cierto resquemor ante la producción industrial china, que se llevó parte de las industrias que se fueron de EEUU. Hillary ya mostró qué es capaz cuando fue secretaria de Estado. Dura y belicosa, pero en aquellos tiempos (2009-2013) entre Obama y Putin había “buenas vibras”.
Obama aparece en estos últimos meses enfrentado tanto a Moscú como a Beijing, pero por debajo de la superficie hay una corriente que en todo tiempo y lugar lleva siempre a lo inevitable. Y la decadencia de Imperio Americano ya no es una sorpresa o una elucubración de la izquierda internacional.
Hasta el gurú más respetado del imperio lo dice, y en el fondo las dos caras que ofrece hoy día el sistema electoral estadounidense, dos figuras de las menos convocantes de la historia, representan seguramente el momento que vive esa nación con la mayor claridad que cualquier elaboración académica.
Tiempo Argentino
(www.tiempoar.com.ar)
Noviembre 4 de 2016
por Alberto López Girondo | Nov 2, 2016 | Sin categoría
El discurso exacerbado del antichavismo es una amenaza no sólo para Venezuela sino para toda la región, porque representa un riesgo de violencia sin límite ante la embestida que despliega la Mesa de Unidad Democrática (MUD) contra el gobierno constitucional.
Como se sabe, el presidente Nicolás Maduro se reunió con el Papa Francisco y acordaron, con mediación del Vaticano, convocar a un diálogo para atemperar la explosiva situación, acentuada tras la suspensión del referéndum revocatorio, luego de que en varios distritos prosperaran judicialmente denuncias por falsificación y adulteración de documentos en la recolección de firmas para el llamado a consulta.
Esa medida puede demorar el llamado a las urnas, al punto de que, de hacerse luego de enero de 2017, el PSUV siga en el poder, aunque deba cambiar al primer mandatario por su vicepresidente.
Al cierre de esta columna, el secretario general de la MUD, Jesús Torrealba, aseguró que iría al encuentro de Maduro en isla Margarita, pero el resto de los dirigentes (desde Henrique Capriles hasta el titular de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup) no sólo se burlaron de ese llamado sino que «aconsejaron» a Jorge Bergoglio que no peque de inocente al avalar esa convocatoria.
El Parlamento unicameral venezolano, con mayoría abrumadora de la oposición desde diciembre pasado, se encamina a desconocer el mandato de Maduro, al que denuncia por abandono del cargo. La MUD promueve una masiva manifestación al palacio Miraflores el jueves para exigir la renuncia del primer mandatario.
Una aclaración: Maduro se reunió en Arabia Saudita con los líderes de los países productores de petróleo y logró que se aprobara un plan para estabilizar el precio del crudo.
En la raíz de la situación económica que atraviesa el gobierno está la colosal baja del valor del principal producto de exportación venezolano, lo que generó una profunda crisis de ingreso en moneda fuerte. Que los mercados puedan recuperar previsibilidad e incluso incrementar el margen de entrada de divisas debería ser una buena noticia para los venezolanos.
Pero para la rabiosa oposición es un mal augurio, porque implicaría que a la par de la estabilización del precio del barril de petróleo, Maduro podría estabilizar la economía y encarrilar el resto del mandato hacia travesías menos conflictivas.
La arremetida opositora alarmó incluso al director de uno de los diarios más influyentes de Venezuela, Últimas Noticias, hasta hace tres años ligado a una rama de la familia Capriles y ahora en manos de un fondo de inversión británico.
Eleazar Díaz Rangel alertó sobre el empecinamiento antichavista luego del pedido de diálogo. «Echar a un lado esa vía negociadora y democrática y vistos los antecedentes más recientes, desde la resolución de la Asamblea el pasado domingo, el agresivo y grosero discurso del presidente de la AN (Ramos Allup) contra el ministro de la Defensa, el llamamiento a un paro en todo el país, la decisión anunciada de suspender al presidente de la República de sus funciones y su llamado a la OEA de aplicar la carta democrática a Venezuela, para finalmente pretender anunciar en Miraflores las medidas contra el presidente, significa que lo que buscan es una salida violenta, o un intento de golpe parlamentario, como ha sido denunciado.»
Líneas más abajo recuerda lo que ya ocurrió en 2002, las violentas manifestaciones con un saldo de 19 muertos y un golpe de tres días contra Hugo Chávez.
Maduro señala que se trata de un golpe parlamentario como los que ya se dieron en la región contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009, Fernando Lugo en Paraguay en 2012 y Dilma Rousseff hace unos meses y promete resistir. Tiene de su lado a las Fuerzas Armadas, más allá de que haya algún militar dispuesto a sumarse a un golpe como los de antes, al igual que ocurrió hace 14 años.
Pero fundamentalmente a los golpistas les falta la pata judicial, que fue muy necesaria en Brasil, en Honduras y también lo es en Argentina para intentar demoler todo vestigio populista. El sistema de justicia venezolano fue reformado totalmente con la nueva Constitución chavista desde 1999.
Venezuela es clave para estabilizar la región noroeste de Sudamérica. El resultado negativo del referéndum por el acuerdo de paz con las FARC en Colombia marca una tendencia peligrosa. La de que un porcentaje mínimo de la población (terminó 50,2% a 49,7%) defina un rumbo para lo que sería la otra mitad de la ciudadanía.
Venezuela, y específicamente Hugo Chávez junto con Néstor Kirchner, fueron claves para sentar a una mesa de negociaciones a los líderes de la guerrilla y al presidente Juan Manuel Santos, flamante Premio Nobel de la Paz 2016. Venezuela también es uno de los garantes de esos acuerdos, mientras que el principal opositor es el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, quien sintoniza perfectamente con el discurso agresivo y denigrante de la MUD. La mejor noticia para él sería que cayera el gobierno de Maduro y así embarrar la cancha hacia los futuros pasos en el camino hacia la paz definitiva en Colombia.
El miércoles pasado, la representante de Washington en la ONU, Samantha Powers, destacó el alcance de la sorpresiva y reveladora abstención en el voto con el que 191 países instaron a levantar el embargo al gobierno de Cubaisla. Reconoció, como lo había hecho en 2014 el presidente Barack Obama, que la política de aislar al país caribeño había sido un error que había aislado a EE UU de América latina.
Pero Estados Unidos necesita enemigos y demostrar y demostrarse que mantiene sometido al «patio trasero». Y más aun un par de semanas antes de una crucial elección como la que se desarrollará el 8 de noviembre. Reconocido el error en Cuba, ahora decidieron ir por Venezuela, como denuncia Maduro y todos quienes apoyan al proceso revolucionario bolivariano.
Como en Cuba durante 56 años, no buscan un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen. Para el departamento de Estado y el Pentágono, factores claves en esta desestabilización, la peor noticia sería que Maduro recupere el rumbo del crecimiento y se cumplan los objetivos del Socialismo del siglo XXI tal como lo planteó Chávez.
Las disputas violentas, que en febrero de 2015 segaron la vida de 43 personas con las guarimbas organizadas por la oposición, y por las que el opositor Leopoldo López fue condenado a 13 años de prisión, pueden volver con peor ímpetu.
Y la OEA, de la mano del excanciller uruguayo Luis Almagro, puede repetir otro error histórico como el que en 1962, y precisamente en Punta del Este, dejó afuera de ese organismo a Cuba. A un precio en vidas y desestabilización regional que no parecen calibrar del todo los gobiernos que apoyan la destitución de Maduro, entre ellos el argentino.
Tiempo Argentino
Octubre 30 de 2016
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